Inspirado por el autor de El narrador, José Ramón Martínez Salio, he generado una serie de vocablos relacionados con su vocablo ideolectal «Normalista»; esto es, he creado un Bestiarum Normativum.
(Catálogo incompleto de los seres que habitan el ecosistema de la normalidad)
Normópata( vocablo existente) Paciente crónico de la enfermedad de encajar, aunque sea un cabeza cuadrada intentando ajustarse a un círculo. Acostumbrado a pedir permiso para ir a orinar desde la más tierna edad. No mea nunca fuera del tiesto.
Normívoro(neologismo) Se alimenta de boletines oficiales y manuales de instrucciones. Su postre favorito: la letra pequeña. No mueve un dedo si antes no ha desayunado un checklist y ha sido validado por su jefe (oficina) o su jefa (casa).
Normonauta(neol.) Navegante del hiperespacio rutinario. Su vida es una colección de reglas inabarcables que amenazan con desbordar su limitada memoria de trabajo. Siempre termina perdiendo la t de la rutina. Sinónimo: Homo Mínimus.
Normofílico(neol.) Amante empedernido de todo lo estándar. Se excita al oler archivadores A4 con separadores de colores y chuparse los dedos untados con el óxido de las señales de tráfico.
Normívago(neol.) Animal de costumbres nocturnas, sale de fiesta todos los juernes, viernes y sarbados, y recorre la ruta del polvo con triste y meticulosa ebriedad. El domingo descansa y acude a misa de ocho.
Normativador compulsivo(neol.) Ente administrativo con pelo y gafas que genera normas más rápido de lo que respira. Si entra en tu casa, te escribe un reglamento para abrir la nevera, verifica la tensión eléctrica y valida la lista de tu compra.
Normaduvalista(neol.) Fanático de lo normal… pero con lentejuelas y mucho maquillaje. Su mantra es “¡Viva el domingo!” de Norma Duval.
Normimaníaco(neol.) Obsesionado con la normalidad hasta el frenesí. Antes de dar un paso, busca manuales de procedimientos, protocolos de urbanidad y limpia obsesiva-compulsivamente sus habitaciones de versos sueltos.
Norminazi(neol., satírico) Policía feroz de la rutina. Abomina de la anormalidad a gritos, insulta a los judíos y el estado de Israel, irrumpe en las noches de los progresismos rotos, viaja en cruceros de lujo por las islas griegas para santificar su narcisismo y señalar virtud. Controla tus proferencias lingüísticas hasta la extenuación para que no le ofendas. Es diverso, igualitario e inclusivo. Amigo de feminazis resilientes y devoradores de brócoli ecosostenible.
Escribía Montaigne, recogiendo el tema clásico del Memento Mori («Recuerda que vas a morir»), que debíamos vivir con una ventana mirando al cementerio.
La muerte, con su promesa segura de finitud, convierte el tiempo vivido en un bien escaso y eso, subjetivamente, convierte a la vida en algo más valioso. La cercanía a la muerte o la amenaza a la vida, un susto existencial, aumentan la perspectiva y también la intensidad derivada de la conciencia de nuestra vulnerabilidad.
El Dr. Johnson escribió: «Cuando un hombre sabe que va a ser ahorcado en quince días, concentra su mente maravillosamente.»
Es un lugar común decir que nuestras sociedades contemporáneas esconden la muerte y cualquier tema relacionado con la muerte, porque el enfrentamiento del hombre con su radical destino no es algo que venda o que pueda explotarse fácilmente desde el punto de vista comercial. Los cementerios alejados del centro de las ciudades, los tanatorios, los blancos y asépticos hospitales, las promesas transhumanistas de vida ilimitada, son todos exponentes de este intento de exorcizar la visión de la muerte.
En situaciones dramáticas a las que acabas sobreviviendo, se abre una ventana de oportunidad en la que puedes considerar tus decisiones vitales y el curso de tu vida para así re-priorizar tus acciones y sus metas. Pero hay un gran peligro, que, pasado el susto, retomes los viejos modos de existir: cuando la espada de Damocles deja de pender sobre el cuello, o al menos pende a una mayor distancia, es muy fácil volver a la condición anterior, al modo habitual de hacer las cosas. Por eso hemos de recordarnos continuamente nuestra finitud, pero no para enviar a todos nuestros jugadores, incluso al portero, a rematar al campo contrario, intentando remontar el partido en tiempo de descuento; es mejor aprovechar la oportunidad para recordar que el propósito en la vida, nuestra misión en la vida, tiene menos que ver con nuestra pequeña felicidad o pequeños deseos que con la manera en que nos relacionamos con el mundo y lo absoluto, con algo que va más allá de nosotros mismos: nuestra pequeña aportación a un fin más grande. En términos de teoría de juegos filosófica, deberíamos pensar más en juegos infinitos: los que continuarán sin nosotros cuando no estemos.
El minimalismo existencial se refiere menos a reducir la cantidad de calcetines en los cajones que a reducir la cantidad de ilusiones, en especial las que tenemos sobre la bondad o maldad de las personas, la capacidad reveladora de sus máscaras, y la profundidad o amplitud de nuestro conocimiento.
–Sensei Mínimus
Un juego de conocimiento e ilusiones
Imagina que una rubia tonta, un mecánico, un ingeniero industrial y un físico de partículas entran a un taller de reparación de automóviles. No, no es el comienzo de un mal chiste, es el escenario de una elucubración filosófico-burlesca donde la profundidad del conocimiento se compara con un juego de muñecas rusas. Cada capa contiene una versión de la comprensión humana, cada una más refinada que la anterior, hasta que la verdad final y más elusiva se asienta en la cima.
Pero… ¿Y si la idea misma de esta jerarquía fuera una farsa? ¿Y si, como en un esquema piramidal, la promesa de un conocimiento más profundo solo ocultara un vacío siempre a punto de desmoronarse, y, en realidad, todos estuviéramos simplemente tratando de mantener el equilibrio sobre la arena movediza de lo que creemos saber, de lo que creemos que vale la pena?
En la cima de la pirámide, el físico mira hacia abajo. En el medio, el ingeniero mantiene su posición. Debajo de ellos, el mecánico carga con el peso del mundo práctico. Y en la base, la rubia flota, sin esfuerzo, inconsciente de que hay algo más que saber.
Así que, sumerjámonos. Bajo la superficie de estos personajes yace algo mucho más interesante que la mera apariencia. Se trata de la ilusión del conocimiento y la pregunta axiológica: ¿quién vale más y quién vale menos?, junto con las preguntas epistemológicas: ¿qué podemos conocer, en qué sentido conocemos algo y qué jerarquía evaluativa puede establecerse sobre los grados de conocimiento?
La rubia tonta – Perfectamente superficial
Es hermosa. Impresionante, incluso, de la manera que solo un filtro de Instagram puede capturar verdaderamente. Su coche es tan impecable como su manicura, puede que lo haya alquilado o sea prestado, ciertamente no lo ha pagado por completo. ¿El motor hace un ruido extraño? No importa. Está demasiado ocupada mirando su reflejo en el espejo lateral para notarlo. El coche tiene asientos de cuero, así que eso es todo lo que importa. Constantemente revisa su teléfono, se ajusta su perfecto peinado, y envía selfis desde el asiento del conductor como si estuviera posando para un spot publicitario.
Su mundo es una colección de momentos cuidadosamente planeados, cada uno más perfecto que el anterior. ¿Y bajo la superficie brillante? No sabe la diferencia entre un carburador y un cupcake, y francamente, no le importa. Vive en un mundo de líneas perfectamente rectas: sus cejas, su sonrisa y el camino por delante. Y eso es suficiente. O eso cree ella.
El mecánico, dentro de su mono azul, recorriéndola de arriba abajo, sabe más.
El mecánico – Repara cacharros, práctico como una navaja multiusos
El mecánico se apoya contra su caja de herramientas, dando una larga calada a su cigarrillo, sus ojos recorriendo a la rubia mientras ella llega. La típica muñeca, quizá no eslava, pero sí de garitos y restaurantes caros. Sonríe para sí mismo: hay cierto tipo de mujer que piensa que el coche es solo un símbolo de estatus, como un bolso o unos zapatos brillantes. El motor suena como un San Bernardo acatarrado, pero ¿lo nota ella? Por supuesto que no. A ella no le importa el motor. Solo le importa qué imagen proyecta dentro del buga.
Pero he aquí la cosa: a pesar de los ojos en blanco y el juicio silencioso, se encuentra pensando que tal vez, solo tal vez, ella tiene “algo”. Claro, es superficial. Pero no es estúpida. Conoce a las personas adecuadas, viste la ropa correcta, dice lo justo para hacer que la gente piense que sabe de qué está hablando. A su manera, es una especie de habilidad.
Pero, aun así, es un cliché andante. Cara bonita, decisiones tontas. Si tuviera la paciencia, tal vez le enseñaría un par de cosas, pero ¿quién tiene el tiempo? De todos modos, probablemente está fuera de su liga. No es su tipo.
El ingeniero – Busca el óptimo, pero olvida variables clave
Luego está el ingeniero industrial. Observa desde un lado, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su mente está ocupada realizando una serie de cálculos sobre el sistema de escape del coche, el coeficiente de fricción de los neumáticos y la forma en que el motor debería teóricamente zumbar en perfecta armonía.
Y ahí está el mecánico, sudando, con los codos hundidos en aceite, arreglando algo que ni siquiera entiende.No puede evitar burlarse un poco. «Otro musculitos simplón con una llave inglesa». El ingeniero no puede evitar mirar con desdén al mecánico. El mecánico arregla cosas. El ingeniero las mejora.
¿El día del ingeniero? Bueno, es una sinfonía de precisión: hojas de cálculo impecables, líneas limpias en software CAD, un orden meticuloso en su mundo. Sus descansos para el café implican sorbos cuidadosamente medidos de espresso orgánico sin gluten de una mezcla de origen único, y pasa al menos treinta minutos discutiendo con las personas adecuadas en línea sobre las RPM óptimas para el ralentí de un motor.
Y luego está la rubia. La mira con el desapego clínico de alguien que examina un objeto en lugar de una persona. Interesante. Sus pensamientos vienen con una ligera pausa calculada. Ciertamente es atractiva. Echa un vistazo a su apariencia bien mantenida, las curvas sin esfuerzo, los… «atributos» vivaces. Levanta una ceja, asiente para sí mismo. «Posiblemente material para una cita, quizá para convertirla en mi esposa-trofeo, si yo puedo soportar su superficialidad, y, mi cartera, su tren de vida. Tal vez.»
El físico – Inmerso en su nube cuántica, asoma la cabeza cuando se acaba el papel higiénico
El físico se encuentra a unos metros de distancia, mirando hacia el horizonte, completamente desconectado del momento. Sus pensamientos no están en el coche, ni en la rubia, ni siquiera en las manos sudorosas y cubiertas de grasa del mecánico. No, su mente está en otra parte, flotando entre partículas y campos cuánticos, desentrañando los misterios del universo de una manera que ningún otro en el grupo podría entender.
Vagamente se percata de los demás. El vestido ajustado de la rubia llama su atención por un momento, pero no es un pensamiento que perdure. No le importan las apariencias; está más preocupado por la paradoja de la dualidad onda-partícula y por qué el universo parece tener sentido del humor sobre todo ello.
Una imperceptible y abstracta sonrisa parpadea en su rostro. ¿El ingeniero? Una mente capaz, seguramente, pero atada a áfanes tan mundanos… ¿El mecánico? Una criatura de hábitos, resolviendo problemas a medida que surgen, pero nunca preguntándose sobre la naturaleza más profunda de la realidad. ¿La rubia? No ve muchas como esta en sus clases, una remota promesa de felicidad no abstracta pero bien estructurada.
El físico casi se anima a decir algo, pero al final no lo hace, no cree que ninguna de estas otras personas pueda entenderle. Después de todo, ¿cómo le explicas a alguien que arreglar un coche, o entenderlo, resulta un poco… trivial, cuando todo el universo podría ser solo una broma cósmica?
El gran caleidoscopio
Ahí lo tienes. Cada hombre (y cada mujer) en su pequeño mundo, cada uno viendo a los demás a través del tamiz de su propia experiencia, o falta de ella. La rubia tonta, que es lista a su manera, felizmente inconsciente, existente en su perfección filtrada; los demás, listos o listillos, que miran por encima del hombro y del hombre (y la mujer) a los demás; pero definitivamente, sin excepción, tontos también a su manera.
El mecánico, práctico, pero no ciego a aspectos más sutiles de la naturaleza humana, ve el mundo como es, aunque a veces, en algún momento de debilidad no práctica, se pregunte por el porqué de las cosas. El ingeniero, con su mente bien ordenada, mira al mundo desde arriba e intenta arreglarlo, de cálculo en cálculo; algo tosco emocionalmente, pero sin gente como él no tendríamos máquinas que funcionan cada año de manera más eficiente. ¿El físico de partículas? Perdido en los pasadizos de su torre de marfil, sabiendo que todo es efímero, pero incapaz de evitar soñar. Siente de vez en cuando la pulsión gregaria de su naturaleza social, pero decide quedarse en la dimensión abstracta.
8.000 millones de seres humanos, todos en su particular mundo, con su particular perspectiva, intentando entenderse o ignorarse, generalmente sin éxito.
No, no es que no exista una realidad objetiva válida para todos, sino que esta realidad ha de pasar por el tamiz de cada uno para volverse significativa y activa en el pensamiento y en la acción. El significado, el sentido de la vida o del momento, no depende solo de los hechos en sí, también depende de la perspectiva desde la que miras y de lo que crees que puedes hacer con la materia bruta de los hechos. La comprensión de cada persona está moldeada por sus necesidades, su entorno, su historia y sus limitaciones.
Posdata
Cada uno de ellos desprecia al otro en algún aspecto: la rubia es solo una habitante de la superficie; el mecánico es un artesano sin refinar; el ingeniero, un optimizador de lo que a veces no importa; y el físico, un filósofo cósmico que no sabe cómo cambiar una rueda.
Pero al final, la rubia se queda con miles de me gusta(s), el mecánico arregla el coche, el ingeniero da con una patente y, el físico…,bueno, es probable que el físico todavía esté en el taller de reparación, preguntándose si todo este episodio fue solo una fluctuación cuántica y si la chica de verdad le guiñó el ojo.
Haz un experimento. Ve por la mañana a la entrada de una escuela de primaria o infantil en cualquier lugar de España. ¿Cuál crees que es la despedida más frecuente cuando los padres dejan a sus niños en el colegio?
«Diviértete» o quizá «Pásalo bien» o incluso «Sé feliz».
Todavía estoy esperando el día en que algún padre diga algo como: «Aprende algo», «Sé bueno», «Haz alguna buena pregunta», «Respeta a tu maestro y tus compañeros». O, Dios no quiera: «trabaja y esfuérzate mucho».
El sé feliz como imperativo categórico. Lo importante es que se lo pasen bien, el yo inmaduro, impresionable, desnortado, del niño como brújula vital. Un manojo de pulsiones centradas en el ombligo.
Los profesores casi te piden disculpas si se atreven a poner algún tipo de tarea o deberes para casa a tus hijos. La voluntad es fascista, los deberes alienantes, la responsabilidad un engaño para someter a los más humildes.
Como dice el filósofo Gregorio Luri: la escuela no es un parque de atracciones.
Como dijo John Stuart Mill de Sócrates, los cerdos, los hombres y los locos:
Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho.
Adelante diez o quince años, y tienes seres frágiles, grandes como castillos, endebles en conocimiento y espíritu, incapaces de tolerar la frustración y que encuentran en ideologías progres la solución a sus problemas. La sociedad es la culpable, no es esto lo que me contaron, yo merezco ser feliz.
Tú no mereces nada, alma de cántaro, personita de pitiminí, el mundo no te debe nada, el mundo estaba antes que tú.
En el colegio de Hansel y Gretel habita una terrible bruja. Con el señuelo de la diversión, las piruletas y la felicidad, convertirá a tus hijos en esclavos de sí mismos, carne de cañón de los políticos, eternos frustrados hasta el final de sus días.
Hace años un amigo me contó la anécdota de ir a un restaurante en Buenos Aires y preguntar sobre la calidad del asado. El camarero con ironía y desparpajo porteño le respondió que «fatal», que «no se podía comer». Es decir, que el camarero venía a decir: “qué te voy a decir yo, que trabajo aquí”. Era consciente de que su opinión estaba sesgada por su interés del negocio y su respuesta no tenía en principio demasiado valor.
Lo mismo ocurre con muchas de las opiniones que las élites intelectuales y socioeconómicas mantienen estos días: sus opiniones no son fiables y posiblemente están sesgadas por su propio interés de élite. Las élites han sido los “influencers” en todos los tiempos, son el faro que el resto de la sociedad sigue y sería ingenuo pensar que las opiniones o creencias que difunden no son beneficiosas para ellos o se mueven por un puro interés por la búsqueda de la verdad y el “bien común”.
En el caso de las élites tecnológicas, es claro: todos hemos oído historias de magnates digitales, tipo Steve Jobs, Bill Gates o Zuckerberg, que monitorizan el tiempo de pantallas de sus hijos y establecen rígidas restricciones. Por ejemplo, en Silicon Valley muchos de los tecnólogos llevan a sus hijos a escuelas tipo Waldorf o Montessori donde están prohibidas las pantallas y las herramientas principales son la pizarra y tiza tradicional, las manualidades, las actividades sensoriales en la naturaleza y el teatro.
Plantas, muebles de madera, lápices y un encerado presidiendo la clase, en el colegio Waldorf Peninsula de Silicon Valley. P. L. Fuente: El País.
Los gurús tecnológicos promocionan las bondades de sus tecnologías digitales a la vez que protegen a sus hijos y les imponen importantes restricciones [1]. Hablan de los beneficios pero obvian los inconvenientes y los costes, lo mismo que esperaríamos del propietario de un restaurante. La hipocresía, consciente o no, es evidente: se benefician y forjan su riqueza a través productos digitales mientras que protegen a los suyos de sus inconvenientes y peligros. Su creencia declarada, posiblemente errónea, sobre lo inevitable y beneficioso de la digitalización del mundo, no les afecta negativamente. Dado su comportamiento, es posible que solo crean en ella hasta un cierto punto: hasta el punto en que empieza a perjudicar a ellos y sus hijos, pero eso no les impide seguir pregonando las ventajas e inevitabilidad de la inmersión digital para los hijos de los demás.
La obsesión en Silicon Valley por alejar a los niños de la tecnología trasciende las paredes de las aulas. Cuando los chavales salen del colegio, se intenta que sigan sin tocar ni ver pantallas. En las familias de los altos ejecutivos de las empresas tecnológicas del valle se está generalizando la práctica de exigir a las niñeras que firmen “contratos sin móvil”.
“Yo he trabajado en casas en las que tenía que dejar el móvil en la garita de seguridad cada vez que entraba”, explica Janie Martinez, que lleva 15 años como niñera en la zona. “No podía mirar el teléfono en toda mi jornada de trabajo, y los niños no podían ver pantallas durante el tiempo que estaban conmigo. Es una locura”.
Martinez ha trabajado en familias de “perfil muy alto” del mundo de la tecnología, incluida la de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, asegura. Trabajos que, en los casos más extremos, pueden estar remunerados con hasta 100.000 dólares anuales. “Cuanto más alto ha sido el perfil de las familias, más preocupadas estaban por este tema”, cuenta. “No querían que sus hijos mirasen una pantalla y, por contrato, me impedían usar el teléfono. Eso me parece frustrante. Como cuidadoras, necesitamos el móvil para una emergencia. No solo para que nos localicen los padres de los niños, también para nuestras propias familias”.
En caso de incoherencia entre comportamiento y declaraciones verbales, el comportamiento es siempre más fiable.
Creencias de lujo
Hay un fenómeno relacionado con el anterior que pone de manifiesto esta instrumentalización de ciertas creencias por las élites para mantener y asegurar su posición: las creencias de lujo [2].
Las creencias de lujo, de acuerdo a Rob Andersson, son creencias que sirven a quien las profiere para aumentar su estatus e indicar su pertenencia a una élite intelectual o socioeconómica.
Asimismo, lo absurdo o erróneo o peligroso de muchas de ellas no se traduce en perjuicio para los que las expresan, bien por ser capaz de protegerse de sus efectos negativos o porque las ventajas de mantener esas creencias les compensan más que perjudican. Las creencias de lujo son plumaje verbal ideológico que permite señalar valor personal y pertenencia a un grupo exclusivo. Estas creencias tienen una función similar al plumaje del pavo real cuando lo despliega y exhibe ante las hembras de su especie. El plumaje del pavo es una señal de valor reproductivo que le permite atraer a sus congéneres.
Pavos reales y señalización del valor
Para que esta función de señalización sea eficaz, es necesario que sea difícilmente imitable o de otra manera perdería su capacidad de generar distinción. Los pavos reales de más vistosos plumajes incurren en un coste importante en movilidad y otras dificultades en la búsqueda de alimento; pero al incurrir en esos costes están transmitiendo el mensaje de que son tan sanos, fuertes y tienen tan buen potencial genético que pueden hacer frente a las desventajas del plumaje. Un pavo real de calidad genética más baja solo podrá tolerar un plumaje menos vistoso.
En las sociedades humanas, las exhibiciones de plumaje se realizan a través del estilo de vida, específicamente del consumo conspicuo o consumo de bienes posicionales[3] . Cuando consumimos bienes de lujo no solo tenemos la satisfacción hedónica del consumo, sino que además logramos señalar nuestra propiedad, capacidad económica y pertenencia a una élite moral o económica. Posiblemente la diferencia hedónica entre unas vacaciones en el Caribe (al alcance de la clase media) y un safari en Kenya o unas vacaciones en Las Maldivas, no sea muy grande, pero sí el valor posicional o de estatus que confiere a quien las disfruta, y por eso los consumidores de bienes posicionales están dispuestos a pagar mucho más.
El sobreprecio que se paga sobre los bienes de consumo ordinario cuando compramos bienes de lujo es el plumaje del “Humano Real” que quiere resaltar y distinguirse del resto.
Los bienes de lujo, pues, tienen un coste que solo unos cuantos pueden pagar o están dispuestos a pagar, y ese coste es lo que convierte en eficaz y difícilmente imitable la señal que el consumidor de bienes de lujo pretende transmitir. Después de todo, una señal que todo el mundo pudiera imitar, con independencia de su posición en la sociedad y capacidad económica, dejaría de tener valor señalizador de la persona que lo consume.
Del plumaje del consumo de bienes de lujo al plumaje ideológico
Las élites culturales, económicas y políticas, generalmente de clase media alta o superior, ha dado con un medio más barato y a la vez más eficaz que el consumo de bienes lujo: la proferencia de creencias de lujo, aquellas creencias que señalan virtud, expresan una actitud vital y les señalan como vanguardia ideológica de la sociedad.
Varios ejemplos:
“La familia tradicional de padre, madre y varios hijos está superada o debe superarse por opresiva o “patriarcal”.
“La libertad individual y el deseo está por encima de cualquier otra consideración.”
“No existe tal cosa como hombre o mujer, son constructos sociales, debemos hablar de “género asignado al nacer”. Cada uno es lo que siente o dice ser, sin necesidad de referencias objetivas “esencialistas”.
“La inmigración favorece a los países. Cualquier tipo de inmigración. Ningún ser humano es ilegal, etc.”.
«Cualquier tipo de familia, monoparental, biparental, con progenitores del mismo sexo, de distinto sexo, con hijos biológicos, con hijos adoptados, es válida e igualmente de eficaz a la hora de asegurar el bienestar de los hijos».
“Pertenecer a una minoría “oprimida” te convierte en buena persona.”
“Debemos renunciar a los viajes en automóvil o en avión para proteger al planeta”.
“El estado-nación debe desaparecer o irse diluyendo en favor del cosmopolitismo y la disolución de las lealtades nacionales”, todo esto en favor de una vaporosa globalidad que acoja a todos los seres humanos.
Estas creencias, y muchas otras que sin mucho esfuerzo puedes recordar, tienen cierta historia, pero no han empezado a formar parte del plumaje verbal de las clases educadas occidentales muy recientemente, quizá cinco, diez o quince años.
Muchas de estas creencias de lujo son discutibles, extrañas o directamente absurdas. Pero es precisamente su extrañeza o aparente ridiculez lo que las hace aptas para convertirse en creencias de lujo y señalar distinción: hay creencias tan ridículas que solo una persona muy “educada” (posiblemente con másteres y doctorados en humanidades o ciencias sociales) o muy vanguardista y “concienciada socialmente” puede mantener, lo que hace que en principio ninguna persona de la calle puede aceptarlas o acogerlas intuitivamente e imitarlas sin sentir un fuerte rechazo interior.
Con el tiempo, como ocurre con las modas, creencias y ciertos comportamientos exóticos, el resto de la sociedad termina imitando las creencias y comportamientos de las clases dirigentes con lo que la ventaja como señalizadora de virtud o posición social disminuye; es en este momento cuando las élites buscan otras creencias de lujo, todavía mas extrañas y absurdas que las anteriores, que les permitan seguir distinguiéndose. Se da, por tanto, un efecto cascada o amplificación de la estupidez muy inquietante cuyos efectos llevamos años sufriendo los ciudadanos occidentales.
El extraño caso de de Ana Patricia Botín, la banquera víctima del sistema
Todavía recuerdo un tuit de hace dos años de Ana Patricia Botín, Presidenta de uno de los mayores bancos españoles, en el día de la mujer, cuando decía que ella había sufrido el prejuicio de su entorno cuando la llamaban “la niña”[4].
Like many other women, I have faced bias in my life and career. There was a time when I was condescendingly called "la niña" which in English translates to "the little girl", even though I had been working in banking for almost two decades#InternationalWomensDaypic.twitter.com/oVXyVVTnKK
Hasta una persona nacida y criada entre algodones –con acceso a más oportunidades y recursos de las que cualquier ser humano normal puede siquiera soñar– es capaz de subirse al carro de la reivindicación, convertirse en víctima y abanderar la lucha por los derechos de colectivos “oprimidos”, en este caso, las mujeres.
Y este no es el único carro ideológico al que esta señora y su banco se suben: el cuidado del medio ambiente, la igualdad, la inclusividad y la diversidad están ya en sus declaraciones corporativas y publicidad.
Esto es muy típico de la clase universitaria educada, de los políticos y las élites empresariales: mantienen creencias que señalan o pretenden señalar virtud, que les colocan en la vanguardia del cambio social y que además son buenas para su cuenta de resultados personal, política o corporativa.
¿A quiénes benefician y perjudican las creencias de lujo?
Los bienes de lujo benefician a quienes los consumen, generando satisfacción hedónica y mejorando la posición social o estatus; perjudican indirectamente a los que no pueden acceder a ellos generando envidia y reduciendo su posición social.
Las creencias de lujo perjudican a los demás de una manera también indirecta pero distinta. Muchas de estas creencias de lujo son perjudiciales especialmente para los estratos socioeconómicos más bajos y peor educados de la sociedad, y casi inocuas para las élites, que, o bien están aisladas de sus consecuencias, o bien cuentan con los recursos suficientes para atenuar su influjo negativo, al menos en el corto plazo.
Un caso paradigmático: la defensa de las fronteras abiertas
La defensa de la inmigración y las fronteras abiertas es especialmente popular entre la gente acomodada, que se beneficia de mano de obra más barata (servicio doméstico a precio de saldo), salarios más bajos en ciertos trabajos (cualquier salario que pagues a un inmigrante del tercer mundo le parecerá bien); y entre los «iluminados», generalmente de izquierda y extrema izquierda, que se benefician de su buena conciencia (cosmopolitismo, multiculturalidad, humanismo) y señalan su superioridad moral. .
Ciertamente, hay desventajas en la entrada no controlada de inmigrantes a un país, pero a los que suelen estar a favor de las fronteras abiertas les afectan menos: suelen vivir en barrios o urbanizaciones donde los inmigrantes no se pueden permitir vivir; en los colegios privados a los que envían a sus hijos, no hay inmigrantes; tienen seguros médicos privados y no sufren la saturación de la sanidad pública; los únicos inmigrantes con los que suelen interaccionar en su día a día son el jardinero o el servicio doméstico, y en sus urbanizaciones de lujo hay servicios de seguridad que les mantienen protegidos.
Por otra parte, no tienen que competir en el mercado laboral con extranjeros de bajo nivel educativo llegados en patera y que nunca llegarán a ser profesores universitarios, funcionarios de grupo A, políticos o ejecutivos en multinacionales. Como mucho, llegarán a convivir con una cuota para gente “racializada” o de colectivos minoritarios parte de una campaña de marketing empresarial o político que señale —una vez más— su compromiso y responsabilidad social corporativa o institucional.
Compárese esto con el caso de la población nacional en barrios más humildes: sus hijos tienen que acudir a escuelas públicas donde su educación se resiente por problemas de comportamiento de jóvenes poco integrados, por su bajo nivel cultural o incluso por el desconocimiento del español; cuando acuden a la sanidad pública la encuentran atestada y con recursos insuficientes para la demanda existente; tienen que competir en el mercado laboral por los puestos menos remunerados, y en su acceso a las ayudas públicas (vivienda, educación, etc.) quedan relegados por los extranjeros, generalmente con igual o menor nivel económico que ellos y familias más grandes; también son los nacionales de menor nivel socioeconómico los que resultan perjudicados por la inseguridad en los barrios, el aumento de la criminalidad y el encarecimiento de los alquileres resultado del influjo de masas de población que no se puede asimilar ni culturalmente ni con la construcción de vivienda.
En resumen, las creencias de lujo expresadas y fomentadas por ejecutivos, profesores universitarios, funcionarios, políticos de alto nivel y otra gente de mal vivir, son creencias cuyos frutos disfrutan especialmente ellos —al expresarlas y promoverlas— pero cuya factura es pagada por otros, generalmente sus compatriotas de menor nivel económico y educativo.
No deja de sorprenderme cómo Pantomima Full es capaz de de captar la esencia de un personaje o un carácter en unas pocas pinceladas. Simplicidad en la expresión sin exceso de simplismo. Exuberancia en la recopilación de lugares comunes y clichés del mundo del minimalismo existencial y la decoración de interiores.
Me siento reflejado en la camiseta gris de manga corta, el gorro negro de lana y el tono pseudoespiritual de recién iluminado que dice banalidades en tono transcendente.
Me han puesto ante el espejo de mi ridiculez y, en vez de sentirme insultado o avergonzado, me han hecho reír de mí mismo. No se puede pedir más por tanto menos.
estás conduciendo por una carretera comarcal en el crepúsculo el paraje es montañoso y las sombras de los árboles oscurecen el camino Aciertas a ver un reflejo hay alguien en un lado de la carretera junto a un poste tenuemente iluminado que indica la presencia de un merendero te hace señales te paras es una mujer te dice que si la puedes llevar al siguiente pueblo se le ha hecho tarde y ya no pasarán más autobuses dices que sí, claro; te hará compañía y con suerte tendrás un poco de conversación Como tienes ocupado el asiento delantero con una mochila una petaca y envoltorios de golosinas te dice que no te molestes en retirarlos se sienta en la parte trasera intentará conciliar el suelo y dormir un poco intercambiáis unas pocas palabras Sigues conduciendo la carretera se vuelve más sinuosa y dejáis de hablar
Las nubes cabalgan sobre la luna las sombras lo inundan todo tan solo la carretera delante vuelves al estado de sopor Pasado un rato la acompañante que creías dormida dice lánguidamente «Ten cuidado, esa curva es peligrosa» aguzas la vista ves que la carretera gira bruscamente aprietas el freno giras presto el volante contienes la respiración justo a tiempo de evitar un accidente por exceso de velocidad en un tramo mal señalizado seguro que más de uno se ha llevado alguna vez un susto Respiras con alivio miras por el retrovisor sonríes nervioso y das las gracias a la joven su aviso os ha salvado Pero nada silencio estás solo.
Esta historia contada con voz grave y más comas y puntos aparte por una boca sobre la que se reflejan las llamas de una hoguera en un claro del bosque en un campamento de verano quiere ser espeluznante y provocar escalofríos. En su día, a mí me los produjo.
Pero no, esta noche de otoño, después de un día rutinariamente agitado, tras una copiosa cena y premiarme con suficientes mililitros de licor de hierbas, mientras reposaba en mi sillón-mecedora y dejaba escurrir a mis pensamientos, entre algodones de cansancio y pesadez en el estómago, quizá animado por la bebida espirituosa, me ha acometido una revelación punzante, incisiva como el proverbial puñal de hielo atravesando el corazón de tu indiferencia:
Ya sé que en algunas historias la mujer se convierte en un esqueleto o avisa al conductor demasiado tarde y al día siguiente solo encuentran un cadáver entre los restos del accidente; también sé que algunos piensan que esa joven de vestido vaporoso es un espíritu justiciero que castiga a hombres promiscuos que recogen a místicas doncellas en lugares solitarios; incluso, en algunas versiones, la voz del espectro sentencia: «Yo me maté en esa curva y tú pagarás por ello».
Pero no, esta noche de otoño, cuando ya han sonado las doce campanadas en la vecina y centenaria iglesia, no lo siento así, no: lo que puede parecer una historia desasosegante a corazones no curtidos en mil batallas y decepciones, a mí me sugiere la acción de un espíritu benévolo, de alguien muerto después una vida ordinaria —que pasó sin pena ni gloria— y se encuentra bendecido con una segunda oportunidad —sin carne pero con espíritu— y la obligación de inventar e iniciar una misión de la que no será beneficiario —puro desprendimiento de rutina y ego— durante su segunda y breve estancia en la tierra:
«Ten cuidado, viajero solitario, yo me maté en esta curva.».
Una de las preguntas más interesantes que alguien puede hacerse es: ¿Me caería bien a mí mismo si me viese desde fuera? Y si la respuesta es «no», entonces debería cambiar algo. En mi caso, la respuesta es «no». Pero ¿quién soy yo para juzgarme?
Rafael Sarmentero
Solo muy recientemente se ha difundido e impuesto la idea sobre la bondad de quererse a uno mismo o ser uno mismo. En la historia de la civilización occidental, que es esencialmente la de la cultura judeo-cristiana , nunca se consideró que un ser humano debiera ser él mismo ni mucho menos que debiera quererse a sí mismo. Todos veníamos al mundo con la mancha del pecado original.
Pocas cosas más absurdas se podrían haber dicho a una persona que decirle que estaba incondicionalmente bien o que era incondicionalmente bueno. Hubiera sido como decir a un niño que siga siempre siendo niño, que no tiene nada que aprender, que no tiene nada que desarrollar y cambiar, que su naturaleza cortoplacista, egoísta, miope y predatoria está bien como está.
Uno ha de querer en sí mismo lo que no es todavía y puede ser. El yo actual no es más que uno de los pasos previos a un mejor yo, a un yo transformado. Y no, no estoy hablando de simple mejora personal onanista del tipo «reinvéntate» o «sé la mejor versión de ti mismo». Pero no tengo espacio en los márgenes de este papel para explicártelo, quizá en un próximo artículo homínico.
Considero que el mejor indicador de progreso personal está en que cuando uno mire hacia atrás le cueste reconocerse en el inepto que fue, en sus estúpidos actos y hábitos y en sus miserables decisiones. Solo así sabrá que es alguien que ha aprendido algo en el camino. Huye del que dice que no se arrepiente de nada como de la peste. Huye del Homo Mínimus de hace un año como del cólera. Huye del Homo Mínimus de hace cinco años como de los siete diablos.
Hasta un budista —ese religioso sin Dios que tan bien cae en el mundo occidental— se sentiría insultado si tras no verlo durante un par de años le dijeras «Qué bien se te ve, no has cambiado». El budista querría cambiar minuto a minuto, en pos de su nirvana, su satori o su paraíso en el ombligo, así que se sentiría ofendido y, si no ha alcanzado la iluminación, te espetaría con un: «Tú sí que no has cambiado, sigues siendo el mismo mendrugo de siempre».
Rousseau, los psicólogos humanistas y la sabiduría popular han impuesto la ilusión, la ficción moral y existencial, de que uno está bien como es. Es un meme conveniente para los retóricos políticos y comerciales: tú estás bien como estás, luego no tienes que hacer ningún cambio en tu carácter o en la forma de conducirte; si no tienes lo que deseas es por circunstancias externas: la estructura social que todavía no hemos implantado los salvadores del pueblo o el producto o servicio que todavía no has adquirido.
La sabiduría del consumidor y del votante, no solo su soberanía, están por encima de todo, y basta con un voto político en forma de tarjeta en una urna y un voto monetario en forma de billete para lograr lo que uno desea. El mercachifle siempre te halagará y te dirá que tú estás bien como estás.
Cualquier insinuación de que la infelicidad o la situación en la que uno vive tiene que ver con uno mismo se considera como una crítica despiadada y cruel a un inocente desvalido fruto de sus circunstancias; esa insinuación bienintencionada se percibiría como un arma arrojadiza desalmada propia de privilegiados y fascistas. Y sí, me han llamado ambas cosas en los últimos tiempos.
Pero no es solo que dando a entender que uno está bien como está se exima al aludido de su responsabilidad sobre sus circunstancias, es también que implícitamente se da a entender que ninguna dirección vital o propósito es superior y por lo tanto no hay criterio por la que juzgar nuestros actos más allá del no hacer daño a los demás o cumplir con las costumbres del lugar. En tanto y cuanto no perjudiques directamente a nadie, puedes hacer con tu vida lo que quieras de acuerdo a tu naturaleza, esencia o propensiones. Y como no tienes naturaleza ni estructura previa, puedes ser un héroe sartriano que define su propia esencia
El existencialismo filosófico cuando ha salido de su torre de marfil académica y llegado a las plazuelas se ha convertido en una triste justificación moral para las vidas más insignificantes o más abyectas. De la vida buena y la acción virtuosa se ha pasado a la vida auténtica y a tratar de ser uno mismo en cada uno de nuestros actos.
Puesto que ya no hay reglas ni valores superiores al «vive y deja vivir » y el «sé tú mismo», las vidas resultantes de esta ideología (término que con el que nombro a aquellos sistemas de creencias que no son los míos) pierden la orientación y la energía que un propósito transcendente y una orientación clara hubiera proporcionado al sujeto.
Contrasta mi invectiva con el mensaje que sueles recibir en los blogs de desarrollo personal, psicología popular, bienestar o política. ¿Cuántas veces te han dicho que tú eres el problema, que estás esencialmente corrupto y de que hay criterios de conducta mejores que la búsqueda de la satisfacción, los sueños o el bienestar personal?
Pocas veces, supongo. Quizá hace décadas, si acudías a la iglesia, podías encontrar algún mensaje remotamente parecido, pero no hoy en día .
Te traigo, pues, una mala noticia: no estás bien como eres, no seas tú mismo, sé cualquier otro. Eres profundamente imperfecto y siempre lo serás, solo puedes mejorar un poco; la corrupción, la entropía, el desorden, la degeneración y la desconexión son el destino natural de la carne fresca y de los espíritus. La mejora, el progreso, solo es una posibilidad, esforzada, poco probable y difícil de lograr.
Esta mañana, cuando me dirigía a una entrevista profesional y salía de la boca del metro, una chica de alrededor de uno cincuenta y cinco de altura, unos veinte años de edad, tres meses y ocho días, y con una carpeta azul en la mano se acercó a mí, «¿Tienes un minuto?», «No, no tengo un minuto, voy con prisa» [Esto es «Tengo 1.440 minutos hoy, pero no quiero malgastar ni uno contigo»].
Ahí podría haber acabado la cosa, pero la chica no se resignó a que no conversara con con ella y por tanto no tuviera la mínima probabilidad de convertirme en socio de su ONG y ganar su comisión; cuando me marchaba me espeta un irónico y voz en cuello «Se ve que tienes cara de solidario». Entonces me paré, volví sobre mis pasos y…
Solidario responsabilizándote del hambre en el mundo
¿Qué hice?
Digo: «¿Por qué dices eso?, ¿no te parece que prejuzgar el carácter de los demás cuando te dicen que no es algo infantil?». Se queda callada. Prosigo: «Cuando tú sales por las noches de fiesta, más de uno y de dos moscones se acercarán a ti, te dirán algo, y tú, con cara de más o menos fastidio, con más o menos educación, intentarás quitártelos de encima. Bien, pues eso te acaba de ocurrir: tú eres ahora la moscona, la tía poco agraciada que nadie quiere y que viene a importunar. Acéptalo y vive con ello. Si no lo aceptas, cambia de profesión.»
Otra de sus compañeras de fatigas, con la misma carpeta, pero con pelo muy corto al estilo LGTBIQ y con cinco centímetros menos que la otra hobbit, había oído nuestro intercambio anterior, se une al grupo y se queda a unos pocos pasos, como intentando defender a su colega. La miro de reojo, mientras vuelvo a reconvenir a su compañera : «Yo soy solidario con mis amigos y mi familia, pero, a diferencia de ti (en este momento, la señalo con el dedo índice), no soy solidario a comisión». La chica replica casi de inmediato –pero lánguidamente y con dos o tres tonos por debajo de sus palabras anteriores–: «Los médicos ayudan a la gente y también cobran…». Digo: «Cobran y no son más solidarios que el fontanero o el conductor de autobús, que también hacen su trabajo y cobran por él».
Ella: «No tienes corazón».
Me acerco un poco más, lentamente, buscando las palabras adecuadas, le digo: «Mira, aquí acaba nuestra plática; como tengo un gran corazón y hoy me siento compasivo –que no solidario– no te voy a decir de qué tienes tú cara». La chica arruga el hocico, me mira con gesto de enfado, y hace como que va a decir algo, pero no lo dice. Me doy la vuelta y la dejo ahí plantada.
¿Qué debería haber hecho?
Obviamente, no lo que hice.
Debí:
Recordarme el verso de Rabindranath Tagore y repetirlo de tal manera que resonara en las bóvedas de mi cráneo: «Sé como el sándalo, que perfuma el hacha que le hiere».
Parar, respirar tres veces, y decir para mis adentros, de manera muy tranquila y musical: «El cielo está enladrillado, quién lo desenladrillará, el desenladrillador que lo desenladrille buen desenladrillador será».
Sonreír fugazmente y con gesto compasivo.
Alabar a la chica de la carpeta azul: «Tu comprometido y solidario trabajo es una gota en un océano de dolor y miseria, pero una gota que faltaría a ese océano si tú no estuvieras».
Sin esperar respuesta, mientras la ninfa solidaria se recupera, finalizar con un «Ten un buen día, ángel de luz».
Retomar el camino y seguir andando con la serenidad y calma con la que un anciano chamán rema en su canoa sobre un río de asfalto.
Moraleja
Todos los días están llenos de este tipo de pequeñas e innecesarias fricciones que es conveniente eludir, circunvalar, allanar.
Un minimalista de nivel avanzado hubiera reaccionado con mucha más calma y mesura de lo que yo lo hice esta mañana. Su personalidad aerodinámica hubiera empleado el pequeño rozamiento del comentario fuera de lugar de la vendedora para entrenar sus habilidades de comunicación y su compasión.
Y las cosas de los hombres, el amor y la vida se las dejo a mis criadas.
—Madame de Champollion, filósofa de alcoba y noble francesa del siglo XVII.
Hola, soy el doctor Amor. Estoy aquí para ayudarte.
Seguramente, como casi todaslas mujeres, te has pasado la vida buscando el amor de tu vida.
Desde la adolescencia, y puede que antes, cuando jugabas a las casitas y las cocinitas, estás obsesionada con encontrar a tu príncipe azul otu latin lover moreno o a tu danés de pelo amarillootu gurú de ojos azules, para terminar, como siempre, topándote con el enésimo sapo verde.
Tus amigas han sido las aliadas más implacables en el fuego del amor, el juego de la conquista, de la caza…; perdón, de la pesca, olvidaba que los hombres somos los que cazamos y las mujeres las que echáis la caña y esperáis a que piquen los peces gordos.
Te han dicho que siempre hay un roto para tu descosido. Y has perseverado. Has buscado sin encontrarlo. Sin encontrarlo del todo. Creyéndolo encontrar pero decepcionándote a las dos o tres estaciones de haber subido al tren del romance.
Tus amigas, si es que se puede hablar de amistad entre mujeres, (y entonces también tendríamos que hablar de inteligencia militar, del níveo carbón o del tiburón samaritano), tus amigas digo, han sido tus confidentes y tus guías en esta búsqueda del santo grial.
Desde que tienes diez, once, doce años a lo sumo, has consagrado tu vida a captar la atención, el interés, la decisión y la acción de tu caballero de la brillante armadura.
Ya, ya sé que tú eres una chica de tu tiempo, una mujer de hoy, que eres muy libre, que eres muy mujer, que estás por encima de los mitos románticos, que conoces mucho mundo y has viajado a Tailandia o Turquía o Albacete y vivido al máximo… Ya. Lo sé, eres astuta, tienes inquietudes, eres más lista que los ratones colorados, no te has caído de un guindo, no naciste ayer.
No dudo que el sexo débil es también el sexo listo. O el sexo listillo, más bien, por lo que expondré a continuación.
Ya, ya sé que los hombres no se enteran de nada, que no entienden nada, que son cerdos cuando no son príncipes, que todos van a lo mismo: a lo suyo en vez de a lo tuyo, ¡cuán egoístas!, tú en cambio siempre vas a lo mío, ¿a que sí, princesa?
Serán pánfilos, no se enteran de nada, serán zorros disfrazados de corderos, serán la repanocha o el objeto de tus desvelos. Los hombres son un mal, pero un mal necesario, te guste o te disguste, los adores o los maldigas. Están aquí para quedarse, son un mal imprescindible (¿no es así? Dime, ¿de qué hablas con tus amigas cuando no hay hombres delante?) y seguirán ocupando las pantallas mentales de tu cráneo hasta el primer embarazo o la menopausia. Hasta la menopausia y más allá que dijoLucy Lightyear. ¿O era Buzz? Es verdad, Lucy era la mona. Aunque te vistas de seda, mona te quedas.
Lucy
Estoy aquí para comunicarte una verdad desagradable: todo lo te han enseñado sobre los hombres en tus conversaciones con tus pares, lo que has leído en las revistas femeninas y aprendido en algunas películas románticas, es erróneo.
Verdades incómodas
En el principio…
Empezaré por el principio, amiga, (¿puedo llamarte «amiga», ahora que te sientes más cómoda en mi presencia y te estás ciscando en mis muertos?). Empezaré por el principio:
En el principio, creé los cielos y la tierra…
La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y mi espíritu se movía sobre la faz de las aguas…
Y dije«¡Sea la luz!», y fue la luz.
¿Pretencioso? ¿Me estoy pasando? ¿Acaso no soy un Dios solo por ser un hombre?
¿He captado tu atención?
Pues deja ese puto té verde con pastas y lee con atención lo que tengo que decir.
El té es para las mujeres de verdad, no para las niñas sin cerebro. Y hasta que no entiendas lo que he venido a decirte no tienes derecho a despegar tus ojos de esta página. ¿Capisci?
Así me gusta, que seas obediente. Necesitas una voz con autoridad en tu vida. ¿Acaso no te gustaban los hombres un poco canallas?
Sigamos.
Cómo NO captar la atención de los hombres
Crees que haces lo necesario para captar la atención, el favor y los recursos atencionales, materiales y afectivos del hombre que te gusta. Consultas las revistas, los blogs de chicas listas que te hacen sentir una mujer liberada de hoy en día, y todo lo que dicen resuena como cierto en tu corazón. Y sobre todo, confías en el juicio de las mujeres de tu grupo de referencia: crees que has de vestir así o asá, dejarte el pelo así o asá, hacerte la dura o la blanda así o asá, y crees que tu aspecto es el elemento fundamental para captar a un hombre, o, si eres más «espiritual», que todo depende de tener mucha autoestima y quererse mucho.
Por eso dedicas desde que tienes uso de razón a buscar la prenda que más te favorece a desfallecer por tu peso yel 80% de tu tiempo libre consciente a fantasear y diseñar tácticas y estrategias para seducir a tus víctimas ymantener tu control una vez que lo has conseguido.
Pero no te lo reconoces, no te lo reconoces porque todo lo que haces es por amor; y en el amor y en la guarra todo está permitido, te sale solo, porque sí. Te molesta ser objeto del engaño y la manipulación pero tú te pasas la vida manipulando tu aspecto para conseguir el favor de los hombres.
No estoy aquí para moralizar, soy un simple notario de la realidad. Soy del gobierno, estoy aquí para ayudarte. Lo que importa es lo siguiente: ¿Lo estás haciendo bien para alcanzar tus fines?
Pues sí, en parte lo estás haciendo bien. Tienes razón en una cosa: el atractivo físico es el elemento número uno en la lista de prioridades del hombre. La biología y la psicología evolucionaria te dan la razón. Si quieres dejar de leer pornografía emocional para mujeres (50 sombras de Paco, por ejemplo) y culturizarte, te recomiendo que leas un libro, un solo libro, que cambiará tu visión ingenua, diría que infantil, sobre las relaciones entre hombres y mujeres; ¿es pedir mucho que leas un libro?
Ese libro sustituiría con éxito la comida basura pseudopsicológica que llevas oyendo y leyendo toda tu vida.
Pero este artículo no es un tratado,este artículo es una llamada a las armas. A las armas de mujer. Y no son las que crees. No son SOLO las que crees.
Te señalo un grave error: te vistes o cuidas o adaptas tu personalidad para gustar a tu competencia, a tus «amigas», a tus conocidas.
Por supuesto, crees que te vistes para gustar a los hombres, pero si lo piensas bien sigues el dictado de la moda, de los modelos femeninos que te rodean y desperdicias gran parte de tu hacienda y tu tiempo en ello, en adaptarte al ideal de tus amigas y de las revistas femeninas.
Quizá me digas que no, que te vistes para «gustarte a ti misma», para sentirte bien. Entonces, si dices esto, tienes un gran problema, Houston, tienes un gran problema: no te conoces, no sabes nada depsicología femenina, te falta capacidad introspectiva, te falta la empatía con la persona que más lo necesita: tú misma.
Deberías buscar gustar al hombre que elijas, NO intentar estar a la altura de las mujeres con las que compites, ni aunque lo disfraces de «gustarte a ti misma». Este es tu primer error.
¿No me estoy contradiciendo? Por un lado te digo que el atractivo físico es lo fundamental, y por otro lado te digo que seguir los dictados de la moda y de tus competidoras es un error. ¿Por qué?
Cómo captar la atención de los hombres
Porque a los hombres les trae al pairo que estés a la última, que uses tal o cual marca de pantalón o de maquillaje o que seas un poco más elegante que tu vecina o tu amiga o tengas unos pechos algo más voluminosos. El atractivo físico para un hombre es una simple cuestión de mínimos, es un umbral o límiteque tienes que superar. Los amigotes suelen decir que no hay mujer fea sino falta de copas, todos sabemos que según pasan las horas de la noche bajamos los estándares…
Pero si estás buscando una pareja estable, el amor de tu vida, o simplemente «un» amor (y esto significa también estable), no vas a ir bares de copas yesperar a las cinco de la madrugada hasta que tu objetivo baje los estándares. Quieres que cuando te despiertes por la mañana, el dinosaurio siga estando allí y no haya huido quemando rueda porque tiene una cita urgente en San Petersburgo.
La industria de la moda y el marketing conspiran contra ti y te intentan convencer de que necesitas el cuerpo perfecto, los zapatos maravillosos, el bolso cool, los pantalones superajustados. Tus amigas y otras competidoras refuerzan ese concepto y te convencen de que para gustar tienes que gustarles: a ellas y al diseñador homosexual que no conoce mujer (en sentido bíblico). Si no, te critican, te vilipendian y dañan tu reputación.
Y no me digas que esto que digo es para mujeres vacías distintas a ti, porque ocurre lo mismo en cualquier grupo social: me da lo mismo que seas geek, que seas emo, que seas gótica o una chica progre creativa y liberada.
Nadie está exento de la influencia social. Nadie. Yo no lo estoy, tú no lo estás, ellas no lo están. En algunas mujeresserá la ropa, en otras será la conducta sexual desinhibida, en otras los viajes a lugares exóticos, pero todos nos guiamos por el estilo de vida que fabrican para nosotros las marcas y la cultura de nuestro nicho social.
Basta ya. Se acabó.
Tienes que gustar a un hombre de carne y hueso: un hombre que tiene unos estándares mínimos de atractivo, por supuesto, pero estos son mucho más simples de lo que crees: quiere que estés sana, que seas agradable, que estés razonablemente en forma, que estés viva en cuerpo y espíritu, no que seas una modelo de revista o tengas la técnica sexual de una oiran (temas a los que las revistas femeninas dedican el 90% de su espacio).
Y poco más necesitas desde el punto de vista del atractivo físico. Cada hombretendrá el umbral en un punto más o menos alto, pero pasado el umbral el atractivo deja de ser lo relevante en una relación con vocación de largo plazo.
Hay una gran verdad que quizá olvidas: los hombres son personas. No son simples animalitos simplones que hay que someter a tus encantos.
Los simples estamos de moda
Los hombres son personas con anhelos, con deseos, con creencias, sentimientos, con temores y vulnerabilidades y con curiosidad, no solo sexual, también intelectual. Quieren tener a su lado a una mujer con la que hablar y conversar, sorprenderse de cuando en cuando, y con la que aprender y sentirse a gusto.
Es cierto que la mayoría de los hombres parecen no buscar eso. Puede que no lo busquen porque se sentirían inferiores o porque no tengan mucha seguridad en sí mismo. Pero… este no es el tipo de hombres que deseas para ti. ¿Me equivoco? Por supuesto que no.
Lo más habitual es que los hombres no lo busquen, no porque no lo deseen, sino porque es difícil encontrarlo, porque es terriblemente extraño encontrar una mujer que no sea del montón.
Pregunta del millón: ¿qué haces para acicalar tu mente?
Y aquí está la pregunta del millón: ¿qué haces para acicalar tu mente? ¿Dedicas tanto tiempo a cultivar tu espíritu como el que dedicas a tu pelo o a tu trasero o a la ropa que vistes o las técnicas de manipulación psicológica que lees en el Cosmopolitan o el blog de turno?
Si quieres conquistar a un hombre necesitas más armas. El físico solo no te sirve. Necesitas ser interesante. Y para ser interesante tienes que interesarte por algo más que tu ombligo y tu tempestuosa (pero aburrida) vida emocional oafectiva.
Por ejemplo, ¿qué sabes de transhumanismo y la singularidado de Kierkegaard y el existencialismo o de tratamiento de residuos orgánicos o sobre el concepto de ikigai o sobre ciencias de la complejidad y urbanismo?¿Nada? ¿Algo?.
Transhumanismo
No importa que sepas de tal o cual disciplina en concreto, lo que importa es que seas una mujer inquieta que sienta curiosidad por lo que pase en el mundo y que pueda hablar e interesarse por un montón de temas más allá de los viajes, los lugares de moda, las comidas y quién se acuesta con quién.
Esa curiosidad se reflejará en tus palabras y tu estilo, yhará que el dinosaurio quiera despertarse en la cama de la dinosauria y quedarse un rato.
Conozco pocas mujeres que lean libros antes de salir de marcha, en cambio todas pasan horas arreglándose y cuidándose hasta el último detalle. ¿Por qué no lees más libros o haces más actividades creativas como calentamiento o preparación para el sábado noche?
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No lo haces porque nadie te dice que lo hagas, nadie te mira mal si no sabes quién es Karl Popper o si no sabes tocar el piano o si no dibujas un cuadro o si no escribes un blog o si no tienes ideas propias. La mayor parte de las veces crees que te sirve con ser simpática, sonreír y mostrar tus encantos físicos. Pero me temo que estos solo te servirán durante un tiempo, uno muy corto.
Hay una razón importante por la que nadie te exige que tengas una conversación interesante y seas interesante: no te lo dicen tus amigas y competidorasporque son en general mujeres normales, no te lo dicen tus amantes porque no esperan que seas su mejor amigo, no te lo dicen las revistas femeninas porque se quedarían sin lectoras, no te lo dicen las firmas de moda porque no sabrían quévenderte una vez que fueras una persona inquieta y curiosa que necesita muy poco o nada de dinero y de objetos físicos o viajes a Vietnam para sentirse viva.
Explorar el mundo es muy barato. Los libros están en las bibliotecas disponibles, la cultura es casi gratis, las causas sociales y políticas están ahí fuera, las conversaciones con gente interesantelas tienes a tu disposición, si empiezas a mirar más allá de lo epidérmico. Etc. Ya me sigues.
La respuesta: sé singular
Dicen que las mejores cosas de la vida son baratas. Sí, lo son, pero no son fáciles. Requieren esfuerzo.
Y este es mi reto para ti: conviértete en alguien singular con el que otro ser humano le guste conversar, sé algo más que un manojo de hábitos y una colección de lugares comunes.
Empieza a vivir para alguna causa elegida por ti, ocúpate por algo más que tu bienestar emocional o tu éxito o deséxito con los hombres, y un mundo nuevo aparecerá ante ti.
Interésategenuinamente por la realidad externa y serás interesante.
Puede que te quedes para vestir santos si sigues mi consejo. No lo descarto. Pero al menos serás alguien con quien apetezca tomar un café y mantener una larga conversación.
Y si lo piensas, ¿no es acaso el amor una larga conversación?