El mito de empezar de cero

Como en los viajes a lugares exóticos o lejanas tierras –en los que a veces intentamos escapar de una realidad imperfecta–, siempre nos llevamos a nosotros mismos a lo largo de nuestra vida, de un momento a otro en el tiempo. No podemos hacer borrón y cuenta nueva, ni podemos tachar de un plumazo nuestro carácter y biografía. Somos como somos y con estas cartas tenemos que jugar. No podemos volver al puerto y cambiar de barco o reconstruir el barco o desnavegar todas las millas náuticas recorridas. Solo podemos hacer pequeños ajustes en el aquí y el ahora.

#contrastar con la @imagen_del Barón de Münchhausen sacándose del pantano_ de José Antonio Marina:

Ciertamente, somos capaces de iniciar proyectos e, incluso, acometer reformas del carácter, de la personalidad, del yo, a partir de «irrealidades», ilusiones (en el sentido aspiracional). Podemos alzarnos –impulsados por nuestro propio brazo, tirándonos de los pelos–, elevarnos con caballo y todo, y sacarnos del pantano. José Antonio Marina emplea esta metáfora o imagen como una ilustración poética del funcionamiento de la inteligencia creativa dirigida por irrealidades o futuros imaginados.

Bestiarum Normativum

Inspirado por el autor de El narrador, José Ramón Martínez Salio, he generado una serie de vocablos relacionados con su vocablo ideolectal «Normalista»; esto es, he creado un Bestiarum Normativum.

(Catálogo incompleto de los seres que habitan el ecosistema de la normalidad)

Normópata ( vocablo existente)
Paciente crónico de la enfermedad de encajar, aunque sea un cabeza cuadrada intentando ajustarse a un círculo. Acostumbrado a pedir permiso para ir a orinar desde la más tierna edad. No mea nunca fuera del tiesto.

Normívoro (neologismo)
Se alimenta de boletines oficiales y manuales de instrucciones. Su postre favorito: la letra pequeña. No mueve un dedo si antes no ha desayunado un checklist y ha sido validado por su jefe (oficina) o su jefa (casa).

Normonauta (neol.)
Navegante del hiperespacio rutinario. Su vida es una colección de reglas inabarcables que amenazan con desbordar su limitada memoria de trabajo. Siempre termina perdiendo la t de la rutina. Sinónimo: Homo Mínimus.

Normofílico (neol.)
Amante empedernido de todo lo estándar. Se excita al oler archivadores A4 con separadores de colores y chuparse los dedos untados con el óxido de las señales de tráfico.

Normívago (neol.)
Animal de costumbres nocturnas, sale de fiesta todos los juernes, viernes y sarbados, y recorre la ruta del polvo con triste y meticulosa ebriedad. El domingo descansa y acude a misa de ocho.

Normativador compulsivo (neol.)
Ente administrativo con pelo y gafas que genera normas más rápido de lo que respira. Si entra en tu casa, te escribe un reglamento para abrir la nevera, verifica la tensión eléctrica y valida la lista de tu compra.

Normaduvalista (neol.)
Fanático de lo normal… pero con lentejuelas y mucho maquillaje. Su mantra es “¡Viva el domingo!” de Norma Duval.

Normimaníaco (neol.)
Obsesionado con la normalidad hasta el frenesí. Antes de dar un paso, busca manuales de procedimientos, protocolos de urbanidad y limpia obsesiva-compulsivamente sus habitaciones de versos sueltos.

Norminazi (neol., satírico)
Policía feroz de la rutina. Abomina de la anormalidad a gritos, insulta a los judíos y el estado de Israel, irrumpe en las noches de los progresismos rotos, viaja en cruceros de lujo por las islas griegas para santificar su narcisismo y señalar virtud. Controla tus proferencias lingüísticas hasta la extenuación para que no le ofendas. Es diverso, igualitario e inclusivo. Amigo de feminazis resilientes y devoradores de brócoli ecosostenible.

Lo malo de la rutina es que acaba perdiendo la t.

–Juan Bonilla. Escritor español.

Los deportes y el sexo (no de los ángeles)

Re-leyendo a Nassim Nicholas Taleb, me encuentro con este certero –y además verdadero– aforismo:

Los deportes feminizan al hombre y masculinizan a la mujer.

–Nassim Nicholas Taleb. El lecho de procusto.

He sentido el impulso (rapidamente contenido, cierto) de crear una imagen artificial sobre el aforismo, pero prefiero que resuene un poco más en las bóvedas de mi cráneo y expanda su onda neuronal; tampoco quiero canalizar tu interpretación, mejor dejémosla correr salvaje y que cree su propio surco.

Conciencia de la finitud y cambio de rumbo vital

Escribía Montaigne, recogiendo el tema clásico del Memento Mori («Recuerda que vas a morir»), que debíamos vivir con una ventana mirando al cementerio.

La muerte, con su promesa segura de finitud, convierte el tiempo vivido en un bien escaso y eso, subjetivamente, convierte a la vida en algo más valioso. La cercanía a la muerte o la amenaza a la vida, un susto existencial, aumentan la perspectiva y también la intensidad derivada de la conciencia de nuestra vulnerabilidad.

El Dr. Johnson escribió: «Cuando un hombre sabe que va a ser ahorcado en quince días, concentra su mente maravillosamente.»


Es un lugar común decir que nuestras sociedades contemporáneas esconden la muerte y cualquier tema relacionado con la muerte, porque el enfrentamiento del hombre con su radical destino no es algo que venda o que pueda explotarse fácilmente desde el punto de vista comercial. Los cementerios alejados del centro de las ciudades, los tanatorios, los blancos y asépticos hospitales, las promesas transhumanistas de vida ilimitada, son todos exponentes de este intento de exorcizar la visión de la muerte.


En situaciones dramáticas a las que acabas sobreviviendo, se abre una ventana de oportunidad en la que puedes considerar tus decisiones vitales y el curso de tu vida para así re-priorizar tus acciones y sus metas.
Pero hay un gran peligro, que, pasado el susto, retomes los viejos modos de existir: cuando la espada de Damocles deja de pender sobre el cuello, o al menos pende a una mayor distancia, es muy fácil volver a la condición anterior, al modo habitual de hacer las cosas.
Por eso hemos de recordarnos continuamente nuestra finitud, pero no para enviar a todos nuestros jugadores, incluso al portero, a rematar al campo contrario, intentando remontar el partido en tiempo de descuento; es mejor aprovechar la oportunidad para recordar que el propósito en la vida, nuestra misión en la vida, tiene menos que ver con nuestra pequeña felicidad o pequeños deseos que con la manera en que nos relacionamos con el mundo y lo absoluto, con algo que va más allá de nosotros mismos: nuestra pequeña aportación a un fin más grande.
En términos de teoría de juegos filosófica, deberíamos pensar más en juegos infinitos: los que continuarán sin nosotros cuando no estemos.

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Minutos de la basura – Artículo en Homo Minimus

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Cuando te sientas inclinado a criticar a alguien…

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas. Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien –me dijo– ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas. No añadió más, pero ambos no hemos sido nunca muy comunicativos dentro de nuestra habitual reserva, por lo cual comprendí que, con sus palabras, quería decir mucho más.

Francis Scott Fitzgerald. El gran Gatsby

Yo me siento inclinado a criticar a todo el mundo que no me baila el agua.

Pero merecería la pena seguir criticando a todo bicho que se mueva aunque solo fuera por poder escribir la expresión «bailar el agua».

¡Qué belleza de expresión!

El escribidor y su personaje

“No me sigas, que yo también ando perdido”

Si sigues a  Homo Mínimus desde hace tiempo te  puedes haber preguntado a quién estás siguiendo: al artista que se hace llamar Homo Mínimus o a Homo Mínimus, un personaje tan real como el artista, con su estilo, personalidad y agenda propia.

Yo ahora me estoy preguntando, cuando escribo estas palabras, quién es el que está escribiendo el texto. ¿A quién se refiere el  yo empleado en este párrafo?

Difícil decirlo. Quizá, ahora que lo pienso, sepa quién es, me digo a mí mismo “soy yo”. Pero claro, eso no significa que te lo vaya a decir ti o que pueda decírtelo  y desvelar el misterio.

Para mí no está claro, mucho menos para ti.

Dejemos esta pregunta sin responder por ahora.


Hay otra pregunta que me hago y también requiere respuesta. Esta pregunta es una auto-pregunta, aunque puedo hacerte también partícipe a ti, quien quiera que tú seas: 

“¿Es mejor escribir para uno mismo o es mejor escribir para una audiencia (exista esta o no exista)?”

 ¿Me puedo creer a quien dice que escribe para sí mismo y luego publica en un blog? ¿Me puedo creer a la mujer que dice que se viste y se maquilla para ella misma?

Quizá, si escribiese y luego no publicase nada, estaría “escribiendo para mí mismo” (para  el artista conocido como Homo Mínimus o para el mismo Homo Mínimus). Quizá me creyese a la mujer  que se viste y maquilla para sí misma, si viviera recluida en su casa y no en la discoteca.

Pero resulta que publico de cuando en cuando en este blog, luego no estoy escribiendo meramente para mí y entrando en el terreno de los diarios (o delirios) personales. Pero incluso si escribiese un diario personal sin pretensiones de publicación o de adquirir difusión, pudiese ser que luego terminara publicándose. Cualquier escritor que se precie escribe para un público; aunque crea que está escribiendo para sí mismo está escribiendo con vistas a la mirada futura de otros. Puede que esté escribiendo con vistas a la mirada  de su Yo futuro.

El infierno sois vosotros

Parece que estamos condenados por la mirada ajena. Dependemos de ella incluso en nuestros momentos más herméticos, en nuestros soliloquios. Soy como el actor vestido de negro contemplando la calavera en su soledad brumosa  declamando el ser o no ser mientras es muy consciente de que hay mil ojos ahí en la oscuridad de la sala mirando.

Por otra parte, ¿qué sentido tendría entonces la vida si no existieran otros? Dejaríamos de estar condenados por el otro, pero entraríamos en un solipsismo de facto: solo existiríamos nosotros, o como diría el castizo: yo mismo y mi mecanismo: podríamos acabar siendo como la máquina de salchichas de Bertrand Russell, [Pulsa aquí si quieres escuchar la fábula]

Ser independiente o indiferente a la mirada ajena y a los lectores potenciales me daría alas, al menos me liberaría de muchas cadenas, pero entonces, ¿por qué querría escribir? ¿hacia dónde querría volar?

Como dijo David Bolton1, mi profesor americano de inglés, “sería liberador que no existieran (o no necesitáramos) las mujeres, porque entonces podría consagrar mi vida al estudio, el crecimiento personal, aprendería cuatro o cinco idiomas, obtendría varias licenciaturas más, exploraría mis inquietudes y pasiones siempre aplazadas… pero entonces… si no hubiera mujeres mirando…, ¿para qué estaría haciendo todos esos esfuerzos?”

(I just Wanna Be) Your Steve McQueen2

En el Tao de Steve3, el tema de la película es una combinación  de las máquinas de salchichas de Russell y la no necesidad del sexo opuesto (porque fueran ellas las que te necesiten): cómo sería la vida de un hombre que tiene satisfechas sus necesidades básicas, esto es:  éxito con las mujeres y que puede permitirse una vida muelle.

Este hombre es inteligente, ingenioso, cínico, filosófico, despreocupado, pero está estancado, pasado de peso, sin norte vital. No siente interés por nadie ni por nada que no tenga que ver consigo mismo, con sus mecanismos y sus hermosas cuchillas, no le interesan los cerdos.

Ha muerto de éxito, tiene sus objetivos conseguidos y trabaja de profesor de párvulos seduciendo mujeres a base de carisma y técnica depurada, que despliega con la indiferencia profesional con que un dentista a tres años de jubilarse practica endodoncias.

Ha convertido su vida en fachada al servicio de sus objetivos hedónicos, y hasta sus inclinaciones filosóficas forman parte de una pose con la que busca impresionar a sus presas y sus amigos. Lo que se relaciona con la segunda regla del Tao de Steve: sé excelente en algo.

Un actor busca ser excelente en su papel, hacer lo mejor que puede con los medios de los que dispone en un escenario o situación social. El artista conocido como Homo Mínimus, a su manera, y quién sabe con qué oscuros fines, también quiere ser excelente en algo y por eso se afana (¿me afano?) por epatar, no  a la burguesía, pero sí a cualquier incauto que se topa con el blog. Lo conseguirá o no lo conseguirá, pero puedo asegurarte que lo intenta (¿quién está asegurando algo sobre alguien?)

No te lo vas a creer… me acabo de encontrar con una voz del pasado que ha reaparecido de la forma más inesperada posible…

Interludio

…Lo extraordinario es que, mientras escribía la primera parte del artículo, estaba leyendo comentarios a uno de mis haikus del 2013 (a la dispersión narcisista dentro de la escritura  le llamo investigación o documentación).

Hoy caminando

Toqué el alma del suelo

¡Cuán sólida es!

Sensei Mínimus

…y según leía el comentario al haiku4 de un tal Flames del 2013 y su aportación en forma de anécdota, aparece la campanilla de comentario en el blog, ¡y es el mismo John Flames!, quien acababa de comentar5 mi último artículo sobre productividad lenta. ¿Debería decir el “artista conocido como John Flames”?

Ahora no usaré la palabra en la que sé que estás pensando, no, no la usaré. Mejor muerto que trillado.

En todo caso, Flames, gracias por pasarte por aquí, se echan de menos tus comentarios., algunos como este que robo y uso para mis fines diez años después :

Por cierto –y por si te sirve de algo– recuerdo una anécdota de Zweig que decía que el quería que sus escritos tuvieran un ritmo, una continuidad en la que nada sobrara. Como lector no soportaba los bajones ni los párrafos vacíos o de relleno. Una vez se levantó de la cama emocionado porque había dado con una solución para un párrafo. Su mujer le preguntó si es que se le había ocurrido algo, y el contestó que no, que había logrado quitar una frase y que mejorara el párrafo. 

John Flames en un comentario 6del 17.12.13 a las 7:17

John Flames, amigo del artista conocido como Homo Mínimus, me recuerda otra conexión importante con el tema de hoy: no actuamos solos, incluso Homo Mínimus necesita de otros para su actuación, para salir a escena y para ejecutar su pieza necesita a otros: no como audiencia, sino como compañeros de tablas. En este caso, John Flames, o el artista conocido como John Flames, quién sabe.

A propósito, John Flames es quien creó el primer y único video de YouTube sobre minimalismo existencial de Homo Mínimus.

Teatro clásico o improvisación teatral

Esto de escribir en un blog se parece más a una escena de teatro de improvisación que a una plan quinquenal soviético para una novela. Acaba de entrar Flames y ha dicho algo, ha irrumpido en mi corriente de conciencia. Estaba entrando en disquisiciones cuasi-filosóficas sobre el escribidor y su personaje y ya empezaba a oler a viciado, a habitación de enfermo (la de mi aislada y solipsista conciencia), cuando se cuela de rondón un visitante, sube al tablado (¿va a bailar flamenco?) , se sube al escenario, digo, y me hace girar, cambiar de tercio (¡torero!), y  pasar al de banderillas, ¡o al de muerte!

Actores suecos actuando en theatresports, una forma competitiva de la improvisación teatral. Fuente: Wikipedia

El sociólogo Erving Goffman en su obra seminal La presentación del yo en la vida cotidiana7 plantea una teoría dramatúrgica en la que se conciben las interacciones sociales como representaciones teatrales. Divide el mundo social en dos partes: el escenario y entre  bambalinas, lo que hay tras el escenario, donde los actores se preparan, ensayan y esperan su aparición. Dice Shakespeare, “Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son meros actores. Todos tienen sus entradas y salidas, y cada hombre en su vida representa muchos papeles”.

Como una extraña nave arrojada por el mar, con su bandera roja de pirata en el palo mayor, [el teatro The Globe] se levanta allí, anclado en el fondo cenagoso. En la platea el pueblo llano se agolpa ruidoso como en el puerto; desde las galerías el mundo elegante sonríe y charla con los actores de abajo.

Impacientes, los espectadores piden que empiecen. Patalean y alborotan, con el pomo de la espada golpean estrepitosamente contra las tablas, hasta que al fin, por primera vez, el escenario se ilumina con cuatro bujías vacilantes que alguien ha traído, y aparecen unos personajes más o menos disfrazados para interpretar una comedia al parecer improvisada.

Y entonces… estalla de repente la tempestad de las palabras, aquel mar infinito de la pasión que, desde los límites de las tablas, lanza a todas las épocas y a todas las zonas del corazón humano sus olas sangrientas, incansables, alegres y trágicas, con todas sus variantes y hechas a la imagen del hombre por excelencia: el teatro de Inglaterra, el drama shakespeariano.

Stephan Zweig, Confusión de sentimientos. Citado en Balló, Jordi; Pérez, Xavier. El mundo, un escenario: Shakespeare, el guionista invisible

En la escritura también opera esa presentación del yo, la conciencia acerada e ingeniería literaria de la imagen del artista, que pretende lograr un determinado efecto en su público o pretendida audiencia.

Lo que estás leyendo ahora parece el ensayo entre bambalinas, un relato de lo que ocurre antes de que alguien presente su ego o su alter ego  al mundo y salga a escena, pero esto no deja de ser un artificio literario: lo que estás leyendo es la actuación, la representación, el producto final en forma de artículo de blog que se ha gestado, forjado, ensayado previamente en un borrador. Puede que este texto te esté pareciendo una  descripción del proceso de gestación de una representación, pero no lo es, es el final, el fruto de muchas modificaciones, ocurrencias y refinamientos que han culminado en el texto que ahora lees. Lo descriptivo está al servicio de la retórica, del efecto que el escritor quiere producir en quien lo lee.

En Cómo convertirte en el Stanley Kubrick de tu propia mente8, Homo Mínimus planteaba la teoría dramatúrgica en un nivel inferior:  hablaba de la psique humana, y de cómo la conciencia individual –al igual que las interacciones sociales– se puede conceptualizar como un escenario donde entran y salen personajes que esperan entre bambalinas;  o incluso un espectáculo donde los espectadores, otros entes psíquicos dotados de agenda, procesos y funciones, pueden irrumpir en la conciencia, subiendo al escenario y formando parte del número, la obra, la escena que en cada momento se esté representando. Podríamos hablar de una «sociedad de la mente».

Según el científico cognitivo Douglas  Hofstadter9, la conciencia podría considerarse como los pliegues que surgen cuando diversos procesos psíquicos distribuidos de un sistema altamente complejo interaccionan y crean «arrugas» que llamamos elementos de la conciencia. Estos pliegues aparecen y desaparecen generando la corriente o flujo de la conciencia.

A Douglas le debemos la ley de Hofstadter, que podría haber incluido en el artículo sobre Productividad lenta10:

Hacer algo te va a llevar más tiempo de lo que piensas, incluso si tienes en cuenta la ley de Hofstadter.

Ley de Hofstadter
¿Somos extraños bucles? Referencia y autoreferencia

Pero volvamos al teatro de la sociedad y subamos un nivel en estas matrioskas conceptuales, pasemos otra vez a la sociedad como interacción de seres humanos y sucesos comunicativos conceptualizados como interpretaciones teatrales.

En el blog Homo Mínimus, hay elementos de ingeniería literaria propias del teatro clásico con detallados libretos creados en el escritorio y ensayados entre bambalinas; a la vez, hay mucho lugar para la improvisación, como cuando “ahí arriba” , o “antes” (¡el espacio-tiempo del texto!) irrumpió en la escena-texto Flames e hizo su contribución, interpretó su papel.

Los comentarios, conversaciones, suscripciones y des-suscripciones de los lectores forman parte de la actuación y contribuyen a su éxito o fracaso. Los amigos del blog tienen sus propias agendas que combinan con la de Homo Mínimus para producir la representación teatral que es este blog, una muy fragmentada y extendida en el tiempo, pero representación al fin y al cabo.

En la vida todo es actuación y es difícil distinguir el yo verdadero del personaje, el actor de su máscara; es revelador que  el origen etimológico de la palabra “persona” sea “máscara”:

La palabra persona viene del latín persona, o sea máscara usada por un personaje teatral. El latín lo tomó del etrusco, phersu y este del griego πρὀσωπον (prósopon = máscara). «Máscara» en griego está formada de προς (pros = delante) y ωπος (opos = cara), o sea «delante de la cara».

Etimología de persona.11

El poeta es un fingidor

Vista la persona como personaje o como máscara, el “yo real” queda  desdibujado, ese núcleo capital de uno mismo adquiere toques fantasmales, es como una sábana que arrastra sus cadenas y que cuando vas a tocarla se desvanece entre los dedos.

No me resisto a transcribir el poema de Benedetti Suburbia:

En el centro de mi vida                   
en el núcleo capital de mi vida           
hay una fuente luminosa                   
un surtidor que alza convicciones de colores
y es lindo contemplarlas y seguirlas       
en el centro de mi vida                   
en el núcleo capital de mi vida           
hay un dolor que palmo a palmo             
va ganando su tiempo                       
y es útil aprender su huella firme         
en el centro de mi vida                   
en el núcleo capital de mi vida           
la muerte queda lejos                     
la calma tiene olor a lluvia               
la lluvia tiene olor a tierra             
esto me lo contaron porque yo             
nunca estoy en el centro de mi vida.

Suburbia. Mario Benedetti.

Esto se lo contaron, porque Mario Benedetti, el poeta que adivinamos tras los versos, está demasiado ocupado escribiendo poemas y generando efectos sobre el lector como para distinguirse de la imagen que proyecta.

El yo es entonces un proceso más que una entidad, más que un resultado, más que un ser u origen del devenir. Puede que el alma de Homo Mínimus, el artista conocido como Homo Mínimus, no sea tan sólida como el alma del suelo y se confunda con su máscara o se convierta en su máscara. 

Algunas personas que me conocen bien, que conocen bien al artista, dicen que mi blog es una pose, que yo (el artista) no soy el que plasmo en el blog, que Homo Mínimus es como un ideal del yo o como una versión idealizada de mí o, peor,  un impostor. Quizá tengan razón, quizá la tengan a medias, quizá estén muy descaminados  y se equivoquen.

Es difícil distinguir entre la táctica y la estrategia.

Pero qué diablos , tú estabas leyendo este artículo para llevarte algo a la boca existencial. Te dejo aquí lo que sé que estás buscando: el secreto de la felicidad12.

Referencias

  1. Mentalidad experimental y sentido del ridículo. Artículo-anécdota en Homo Mínimus donde aparece el personaje de David Bolton. ↩︎
  2. (I just wanna be) Your Steve McQueen. Canción de Eytan Mirsky. Video en YouTube. ↩︎
  3. El Tao de Steve. Película. (2000) ↩︎
  4. Comentario de John Flames al Haiku del suelo (2013) ↩︎
  5. Flames comenta en el artículo Productividad lenta mientras estoy escribiendo este articulo ↩︎
  6. Comentario de John Flames al «Haiku del suelo». Blog Homo Mínimus. ↩︎
  7. La presentación del yo en la vida cotidiana. Erving Goffman (1959) ↩︎
  8. Cómo convertirte en el Stanley Kubrick de tu propia mente. Artículo en Homo Mínimus. ↩︎
  9. Douglas Hofstadter, científico cognitivo y filósofo. Wikipedia. ↩︎
  10. Productividad lenta. Artículo en Homo Mínimus. ↩︎
  11. Etimología de persona. Página web. ↩︎
  12. El secreto de la felicidad. Minicuento en podcast Homo Mínimus. ↩︎

De mínimos y esencias

El minimalismo existencial podría ser  llamado esencialismo, tanto porque trata del espíritu o  realidad última de la experiencia vital, como porque es una fragancia inefable que acompaña al ser que lo acoge, como  porque despoja al mundo de lo contingente y lo accidental en busca de un meollo las más de las veces inalcanzable.  Es un afán sin fin que busca reducir la insoportable complejidad del mundo interno y externo a su mínima expresión. Pocas veces esta reducción es lograda y cuando uno cree haberla alcanzado, siquiera tocado,   te explota  en las manos en mil pedazos, como si la realidad maniatada por la síntesis se rebelara ante el intento y te mostrara dolorosamente lo estúpido e inútil de la mortaja.

Sensei Mínimus

Enmarcado de propuestas

Hace un par de semanas, me vi en la necesidad de conseguir naranjas cuando las tiendas ya estaban cerradas. Recordé que había una cafetería cercana donde vendían zumos de naranja; por tanto, tendrían naranjas.

Free sliced oranges

Cuando llegué a la cafetería, pregunté a la dependienta, casi a bocajarro, si me venderían un par de naranjas. Puso cara de extrañeza, preguntó al encargado, que, también extrañado, acabó diciéndome que no. Insistí. No.

Como quería de verdad las naranjas, intenté otro enfoque: Yo: ¿Cuánto cuesta un zumo de naranja? La dependienta: 2,95 euros. Yo: ¿Cuántas naranjas entran en cada zumo? La dependienta: Tres naranjas. Yo: Te doy cinco euros si me vendes las naranjas.

La dependienta mira al encargado, este le dice con resignación que me las venda. La dependienta me las da, le entrego un billete de 5 euros y me devuelve 2,05 euros. Le digo que se puede quedar la vuelta, me dice que no es necesario, le respondo que ya sé que no es necesario y me voy.

¿Por qué funcionó el segundo enfoque y no el primero? Creo que fue un problema de enmarcado de propuesta: Una cafetería no vende las materias primas que usa en su proceso productivo; no es una frutería, por ejemplo. Si voy con una propuesta de intercambio que se sale de sus transacciones habituales, lo más probable es que me diga que no, aunque sea por la extrañeza que le produce que alguien pida algo no habitual y que no están acostumbrados a vender (naranjas sueltas).

Sin pensar, decidí modificar el marco de la propuesta: formulé preguntas que podían responder (precio zumo, cantidad de naranjas por zumo), después hice una oferta muy generosa: cinco euros por las tres naranjas sin exprimir del potencial zumo.

No podían rechazar mi propuesta, después de todo solo quería un zumo pero sin quitar la piel y la pulpa de las naranjas.

No seas tú mismo

Una de las preguntas más interesantes que alguien puede hacerse es: ¿Me caería bien a mí mismo si me viese desde fuera? Y si la respuesta es «no», entonces debería cambiar algo. En mi caso, la respuesta es «no». Pero ¿quién soy yo para juzgarme?

Rafael Sarmentero

Solo muy recientemente se ha difundido e impuesto la idea sobre la bondad de quererse a uno mismo o ser uno mismo. En la historia de la civilización occidental, que es esencialmente la de la cultura judeo-cristiana , nunca se consideró que un ser humano debiera ser él mismo ni mucho menos que debiera quererse a sí mismo. Todos veníamos al mundo con la mancha del pecado original.

Pocas cosas más absurdas se podrían haber dicho a una persona que decirle  que estaba incondicionalmente bien o que era incondicionalmente bueno.  Hubiera sido como decir a un niño que siga siempre siendo niño, que no tiene nada que aprender, que no tiene nada que desarrollar y cambiar, que su naturaleza cortoplacista, egoísta, miope y predatoria está bien como está.

Uno ha de querer en sí mismo lo que no es todavía y puede ser. El yo actual no es más que uno de los pasos previos a un mejor yo, a un yo transformado.  Y no, no estoy hablando de simple mejora personal onanista del tipo «reinvéntate» o «sé la mejor versión de ti mismo». Pero no tengo espacio en los márgenes de este papel para explicártelo, quizá en un próximo artículo homínico.

Considero que el mejor indicador de progreso personal está en que cuando uno mire hacia atrás le cueste reconocerse en el inepto que fue, en sus estúpidos actos y hábitos y en sus miserables decisiones. Solo así sabrá que es alguien que ha aprendido algo en el camino.  Huye del que dice que no se arrepiente de nada como de la peste. Huye del Homo Mínimus de hace un año como del cólera. Huye del Homo Mínimus de hace cinco años como de los siete diablos.

Hasta un budista —ese religioso sin Dios que tan bien cae en el mundo occidental—  se sentiría insultado si tras no verlo durante un par de años le dijeras «Qué bien se te ve, no has cambiado». El budista querría  cambiar minuto a minuto, en pos de su nirvana, su satori o su paraíso en el ombligo, así que se sentiría ofendido y, si no ha alcanzado la iluminación, te espetaría con un: «Tú sí que no has cambiado, sigues siendo el mismo mendrugo de siempre».

Rousseau, los psicólogos humanistas y la sabiduría popular han impuesto la ilusión, la ficción moral y existencial, de que uno está bien como es. Es un meme conveniente para los retóricos políticos y comerciales: tú estás bien como estás, luego no tienes que hacer ningún cambio en tu carácter o en la forma de conducirte; si no tienes lo que deseas es por circunstancias externas: la estructura social que todavía no hemos implantado los salvadores del pueblo o el producto o servicio que todavía no has adquirido.

La sabiduría del consumidor y del votante, no solo su soberanía,  están por encima de todo,  y basta con un voto político en forma de tarjeta en una urna   y un voto monetario en forma de billete para lograr lo que uno  desea. El mercachifle  siempre te halagará y te dirá que tú estás bien como estás.

Cualquier insinuación de que la infelicidad o la situación en la que uno vive tiene que ver con uno mismo se considera como una crítica despiadada y cruel a un inocente desvalido fruto de sus circunstancias; esa insinuación bienintencionada se percibiría como un arma arrojadiza desalmada propia de privilegiados y fascistas. Y sí, me han llamado ambas cosas en los últimos tiempos.

Pero no es solo que dando a entender que uno está bien como está se exima al aludido de su responsabilidad sobre sus circunstancias, es también que implícitamente se da a entender que  ninguna dirección vital o propósito es superior  y por lo tanto no hay criterio por la que juzgar nuestros actos más allá del no hacer daño a los demás o cumplir con las costumbres del lugar.  En tanto y cuanto no perjudiques directamente a nadie, puedes hacer con tu vida lo que quieras de acuerdo a tu naturaleza, esencia o propensiones. Y como no tienes naturaleza ni estructura previa, puedes ser un héroe sartriano que define su propia esencia

El existencialismo filosófico cuando ha salido de su torre de marfil académica y llegado  a las plazuelas se ha convertido en una triste justificación moral para las vidas más insignificantes o más abyectas. De la vida buena y la acción virtuosa se ha pasado a la vida auténtica y a tratar de  ser uno mismo en cada uno de nuestros actos.

 Puesto que ya no hay reglas ni valores superiores al «vive y deja vivir » y el «sé tú mismo», las vidas resultantes de esta ideología (término que con el que nombro a  aquellos sistemas de creencias que no son los míos) pierden la orientación y la energía que un propósito transcendente y una orientación clara hubiera proporcionado al sujeto.

Contrasta mi  invectiva  con el mensaje que sueles recibir en los blogs de desarrollo personal, psicología popular, bienestar o política. ¿Cuántas veces te han dicho que tú eres el problema, que estás esencialmente corrupto y de que hay criterios de conducta mejores que la búsqueda de la satisfacción, los sueños o  el bienestar personal?

Pocas veces, supongo. Quizá hace décadas, si acudías a la iglesia, podías encontrar algún mensaje remotamente parecido, pero no hoy en día .

Te traigo, pues, una mala noticia: no estás bien como eres, no seas tú mismo, sé cualquier otro. Eres profundamente imperfecto y siempre lo serás, solo puedes mejorar un poco; la corrupción, la entropía, el desorden, la degeneración y la desconexión son el destino natural de la carne fresca y de los espíritus. La mejora, el progreso, solo es una posibilidad, esforzada, poco probable y difícil de lograr.

Serie artículos Mínimalismo diabólico

Ángel Caído en El Retiro