Conversación con Marc Martí sobre la atención de láser en la era de la distracción 

Puedes escuchar esta conversación en el Podcast de Homo Mínimus

Es una charla con el autor minimalista Marc Martí del blog Repensando el ahora, sobre el libro ‘Deep work‘, de Cal Newport, y sobre productividad personal en la era de la distracción.

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Llevo más de una  semana sentado cuatro horas al día  sin hacer nada delante de una pantalla en blanco. Ayer terminé escribiendo  quince veces «Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido»: es la frase que teclea una y otra vez Jack Nicholson en su máquina de escribir en la película El resplandor antes de perder definitivamente la cordura y derribar a hachazos la puerta del baño del hotel en las montañas en el que están aislados por la nieve él y su familia.

En un retiro de meditación en las montañas  podría encontrar la iluminación. En un establecimiento de una gran cadena de cafeterías para bohemios con dinero, solo voy a encontrar café a doble de precio y el tedio de ver las mismas caras día tras día.

Un filósofo y matemático francés  dijo  —lo leí en algún lugar—  que todas las miserias  del hombre derivan  de no ser capaz de sentarse solo en una habitación tranquila. Nada te pone frente al espejo como no hacer nada. Pero qué pocas ocasiones tenemos de no hacer nada. Las mismas vacaciones son espacios que llenamos de acción para no sentirnos vacíos, no hay nada vacante en las vacaciones, nos sentimos impelidos a divertirnos y embutir la máxima cantidad de felicidad en los días que nos conceden.

Llego a casa tras un día de trabajo y pongo la televisión o enciendo la radio o escucho música. Estoy en la parada de autobús y consulto el correo o juego a algún juego que liquide el tiempo de espera. Ya no hay tiempos muertos para la atención. Antes podía aburrirme en las rendijas del día, todavía había ranuras por los que se escurría el tedio. Ahora, la publicidad y  el entretenimiento,  mediados por entornos digitales ubicuos, se encargan de evitar que nos quede una pulgada de tiempo libre de interrupciones y flujos de entrada de información.

Recuerdo que hace unos pocos años lo vi venir: estaba en un restaurante  y mataba el tiempo observando a mi alrededor. Captó mi atención una familia de cuatro miembros: padre, madre, niño y niña. En la más de una hora que estuvieron allí no les vi cruzar palabra. El padre aporreaba el portátil, la madre y la hija no levantaban la mirada de sus respectivos teléfonos inteligentes, el hijo jugaba a un videojuego en su consola. Solo intercambiaron algunas palabras al recibir los platos del camarero y cuando la madre preguntó a su hijo cómo usar una determinada función de su teléfono; entonces, el niño, visiblemente fastidiado, le mostró cómo hacerlo y volvió rápidamente a su pantalla.

Levanto la cabeza de la pantalla de mi portátil. Veo a una joven madre sentada en un sofá de un extremo de la sala amamantando a su bebé, podría ser una tierna escena si no fuera porque lo hace sin mirarle: está consultando la línea de mensajes de  su teléfono inteligente mientras el bebé succiona; es un uso más eficiente de su tiempo o una forma de hacer más llevadera la maternidad. Antes, comíamos con los ojos los platos que nos presentaban; ahora, nos apresuramos a subir la imagen de la comida exótica a un lugar virtual en el que la gente comparte fotografías. ¿Llegará el día en que los bebés  suban a una red social para infantes el pecho del que están a punto de beber?

En el pasado, la gente solía rescatar argumentos o datos de su memoria para dirimir dudas, ahora todos nos apresuramos a sacar el móvil para buscar el dato. El encorbatado de gesto dinámico de mi derecha  mata su escaso tiempo de la comida jugando a Angry Birds  mientras traga un sándwich. Bill Murray, el protagonista de El día de la marmota, escribió una vez: «Mi teléfono tiene dos millones de veces la memoria de la nave espacial Apolo 11 en 1969. Ellos fueron a la luna. Yo lanzo pájaros con tirachinas  a casas de cerdos».

Mi mente es el campo de batalla de cualquier persona u organización que puede beneficiarse de mi atención. Hay una lucha constante por cuota de mercado que se traduce en cuota de mente en cada una de las cabezas de los potenciales consumidores. Obtienen mi atención y  aumenta la probabilidad de que obtengan mi dinero, mi voto o más tiempo de atención. Siempre ha sido así, los primates pugnan por la atención de los primates, es la moneda de la comunicación humana y la sustancia de nuestro éxito y autoestima. La novedad es que ahora la competencia se ha intensificado y cada vez hay menos espacios físicos y mentales que no estén colonizados por reclamos atencionales. Cada vez son mejores absorbiendo nuestra energía psíquica, primero nos dan lo que nos atrae —novedad, atención de otros primates,la promesa de quebrar el tedio— y después venden esa atención  para que otros nos vendan algo.

Los ingenuos partidarios del libre mercado dicen que la gente es muy libre de no consumir o usar lo que no le produce satisfacción, que a pesar de las tentaciones somos seres libres con voluntad capaces de decir sí o decir no, y que cada individuo es el mejor juez de sus necesidades y deseos. Pero este argumento falla escandalosamente si imagino y constato que por cada instante de conciencia y por cada intento de dosificar mi exposición a las redes, hay decenas de miles de personas —algunas de las más inteligentes, ambiciosas y motivadas del planeta— en Silicon Valley y otros lugares trabajando catorce horas al día para subvertir mis fugaces intentos de autorregularme y perseguir mis mejores intereses.

Hay gente que viaja a Vietnam o las faldas del Himalaya para encontrarse. Yo estoy internándome en junglas de  recuerdos y observaciones cotidianas parándome cuatro  horas al día y permitiéndome no hacer nada. Es quizá por eso que él me sugirió que pasara unos cuantos días, todos los que necesitara, sin hacer nada. Quizá haya que parar para avanzar, quizá no es cierto que haya que seguir corriendo para no quedarse atrás.

Si repaso mi biografía me doy cuenta de que nunca he estado sin hacer nada. Siempre me he lanzado en estampida detrás de aquello que brillara y llenara mis días . Siempre he creído que si quieres algo hay que ir a buscarlo.  Nunca se me había ocurrido  que las cosas llegaran sin ir a buscarlas. Somos criaturas obsesivas-compulsivas que transitan espasmódicamente por el tiempo. «Quien espera, desespera», era mi hiperproductivo grito de guerra, pero quizá solo puede crear algo  el que se detiene, calla y adormece, quizá solo en esa mente sin estímulos se produzcan ideas como relámpagos capaces de encender algún nuevo fuego.

Es lo mismo que me ocurría en el colegio y la universidad, si no entendía algo hacía lo posible por entenderlo enseguida: fruncía el ceño y me volcaba en comprenderlo con el afán de pasar rápidamente al siguiente desafío. Si no lo conseguía casi inmediatamente, decidía que no era importante y no perdía el tiempo. Siempre he sabido que hay que ser paciente, aunque no fuera la mayor de mis virtudes, pero nunca se me había ocurrido que para conseguir algo me bastaría sentarme y esperar.

La felicidad, el éxito, la revelación, son  como una manta demasiado pequeña que siempre deja alguna parte sin cubrir. Pasa como con el sueño en una noche de insomnio: cuanto más lo perseguimos, más nos elude.

Tecleo en la pantalla unas cuantas preguntas: ¿qué quiero? ¿A dónde voy? Si solo pudiera hacer una cosa en lo que me queda de vida, ¿qué sería? ¿qué no puede esperar?

Miro las respuestas y ninguna de ellas me parece digna de mí. Ni suficientemente grande, o bella, por no hablar de justa. Nada me parece verdadero. Quiero muchas cosas que quiere la gente a mi alrededor: un coche más grande, unas vacaciones en Praga, una mujer a mi lado y diez pidiendo turno, descansar y dejar de trabajar en un trabajo que odio, parar y bajarme de la noria, retozar en la hierba fresca una mañana de mayo, ser el tipo más ocurrente de la fiesta, el profesor Keating subido a una mesa  arengando a mis alumnos del club de los poetas muertos, ser admirado por la gente, tener un millón o diez en la cuenta corriente, ser invisible y fisgar en los probadores de señora, un ladrón de guante blanco, tener el control absoluto de mis horas.

Espero que haya algo que haga clic. Por el momento, mis querencias son un enjambre de abejas.

Escribo de cuando en cuando alguna observación al azar en la pantalla.

Tengo ganas de levantarme y largarme.

De repente, todo me parece fútil.

Me canso.

Me vengo abajo.

Me calmo.

Ya me ha pasado varias veces los últimos días: siento ganas de dejar la exploración y volver a mis tareas de siempre. Esto es la anti-productividad. ¿Qué estoy sacando en claro de pasar las horas muertas en un recinto público sin hacer nada? Debí haber pedido más detalles. Tenía que haber cuestionado la imposición  de no hacer nada durante tanto tiempo. No supuse que fuera tan difícil. El segundo día tuve que instalar un programa de bloqueo de internet y redes sociales; ahora, si quiero consultar el correo  tengo que reiniciar el computador. Lo hice un par de veces: consultaba el correo o miraba mensajes personales, pero volvía a desconectar el sistema a los pocos minutos. Entonces, volvían a arremeter las ganas de entretenerme, pero el fastidio de tener que reiniciar  me empezó a disuadir. Tras unos pocos días soy capaz de sumergirme en mis pensamientos durante horas sin ceder al ansia de estimulación. Esto es lo que he conseguido en los últimos días; esto y emborronar algunos folios en papel con palabras tomadas al azar y con flechas que las conectan. He hecho alguna caricatura para matar el tiempo. He estrellado mis pensamientos contra la nada.

Con todo, he dado un paso, estoy logrando vencer el deseo de salir en estampida hacia algo más inmersivo: una conversación  con un ser de carne y hueso, un espectáculo, un libro, una pantalla. En la proverbial habitación propia, me estoy acostumbrando al desfile de ideas y emociones que surgen cuando estoy solo. Los fantasmas aparecen, sí, pero cuando los miro de frente no soy el primero en pestañear.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

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Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

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Estoy sentado en una cafetería en el centro de una ciudad europea delante de mi portátil. Si ahora estuviera escribiendo una postal a un amigo, el mensaje sería el siguiente: «No pienso en ti». El tic tac del cursor marca los segundos, pero no siento urgencia.

Las reglas son simples: durante los n próximos días me voy a sentar durante cuatro horas en silencio, libre de interrupciones externas, libre del flujo de entrada de información, a solas conmigo.  Voy a hacerlo según la técnica de las 0 alternativas.

Tengo una pantalla con una hoja en blanco delante, pero no tengo que escribir si no quiero: no hay metas. No hay fecha límite. No hay nada que hacer. Esto acabará cuando tenga que acabar.

Él  me dijo que saber lo que uno quiere es sencillo. Basta con aislarse durante cuatro horas, desconectar internet, y escucharse. Y eso día tras día. Dijo que en el metafórico bosque no hay wifi, pero que siempre encontraré una mejor conexión. Y  es lo que estoy haciendo ahora. Escucharme a mí mismo. No hay nada que hacer, simplemente me siento y siento.

He entrado en E1  y espero no salir de aquí en cuatro horas. No hay conexión inalámbrica, he cerrado todos los programas excepto mi bloc de notas.

Le pregunté  si se podría acelerar el proceso y aislarme durante ocho o doce horas al día. Me dijo que sí, que podría acelerarlo, pero que entonces me llevaría el doble o el triple de tiempo y un múltiplo de sufrimiento.

He de pensar como un economista, no como un ciudadano normal. Los rendimientos decrecientes empiezan a operar muy rápido. Parece que hemos de caminar cada vez más rápido para cubrir la misma distancia, todos queremos ahorrar tiempo e ingresarlo en el banco para acumularlo y luego exprimirlo en mil y una actividades.

El portátil cumple dos funciones: me proporciona una coartada para pasar varias horas sin hacer nada en un recinto público —simulo que estoy trabajando— y me permite articular los pensamientos y fijarlos en mi memoria extendida; más que eso, me permite pensar más lentamente. El sistema de producción del Yo Ocurrente siempre está bullendo y necesita pausar el paso.

Dicho esto, no me siento obligado a escribir una sola palabra; voy a pensar como un economista, no como un contable o un capataz en una cadena de producción; voy a pensar en términos de valor generado y de costes de oportunidad, no de unidades producidas, de páginas escritas o de fases del proyecto completadas.

No hay hitos. No hay objetivos. No hay entregables. Solo hay una regla:  cuatro horas diarias sentado sin hacer nada durante n días.

Él  se sonrió  cuando le planteé acudir a un retiro de meditación . Me dijo que por muy lejos que me fuera, siempre me llevaría conmigo, que no podía escapar a mí sombra por mucho que corriera o por muy lejos que fuera o por exótico que fuera el paraje.  El verdadero viaje de descubrimiento no requiere que cambie de lugar; lo puede facilitar, pero no es imprescindible. Me dijo que la embriaguez que produce la novedad de nuevos paisajes, gentes y culturas la puedes alcanzar «cambiando de ojos». Supongo que quiso decir cambiando de mirada: como buen gurú, salpica su discurso de  parábolas y juegos de palabras.

Me revuelvo en la silla y me late el corazón más rápido. Qué diablos hago sentado en una silla sin hacer nada. No soy capaz de permanecer sentado mientras el barro se endurece, sigo buscando la satisfacción inmediata, o al menos reducir la desazón. Quiero consultar el correo electrónico, quiero mirar alguna de las redes sociales donde estoy inscrito y llenar el espacio vacío.

Me resulta difícil hacer caso a las reglas que me marco a mí mismo. Las reglas están para romperse, me suelo decir; después de todo, soy un espíritu libre. Más difícil todavía es hacer caso a las reglas que provienen de otros, por mucho expertismo que acumulen, por muy gurús que sean, por muchas que sean las recomendaciones con las que vienen bendecidas.

Nadie me ha puesto una pistola en la sien y podría faltar a mi palabra ahora mismo, pero algo me dice que tengo que seguir. Cuatro horas al día sentado sin hacer nada esperando la revelación que rompa el nudo gordiano de mi indecisión y aplicando la técnica de las 0 alternativas de Raymond Chandler.

Tuve que buscarla en internet, jamás antes había oído hablar de ella. Raymond Chandler fue un famoso escritor de historias de detectives y creador del famoso personaje Philip Marlowe, entre otros. Como todo novelista, tuvo que desarrollar métodos de autocontrol para obligarse a escribir aunque no le apeteciera. Vivió la gran depresión y sobrevivió a base de escribir relatos de pulp fiction , relatos cortos en revistas de baja calidad. Puesto que a la fuerza ahorcan, dio con un método que le permitió disciplinarse todos los días a pesar de su tendencia a la postergación. La técnica consiste en reservar cuatro horas al día  para escribir y seguir dos  reglas:

  1. No puedes hacer otra cosa que no sea escribir
  2.  No tienes que escribir.

Adivino que con esta técnica se evita la natural tendencia de dejar para mañana las tareas incómodas, pero al mismo tiempo, se proporciona una salida al bloqueo del escritor: si no se te ocurre nada, si no te apetece, si la mente no está clara para escribir, puedes no escribir y evitar el sentimiento de culpabilidad de no estar produciendo. Chandler decía que ocurría como a los niños en el colegio, que al estar obligados a permanecer en el aula, aprendían algo, aunque fuera para evitar el aburrimiento.

Para un escritor, especialmente para un novelista, un maratoniano de las letras, que a diferencia de un periodista o articulista no tiene jefe, fechas límite, ni artículos que entregar, es capital que sepa encadenarse a la silla. Víctor Hugo entregaba toda su ropa a su criado y escribía desnudo para no poder salir de la estancia y no  hacer otra cosa que no fuera escribir. Chandler no llegaba a tanto, simplemente reservaba esas cuatro horas diarias y escribía o no hacía nada, de ahí el nombre de la técnica.

Me apetece hacer cualquier cosa menos hacer introspección. ¿Qué es lo que quiero? ¿Cuál es mi propósito? Dónde voy. Quiero un millón de cosas, a menudo contradictorias. Quiero mantener mis opciones abiertas.

Siento palpitaciones en las sienes, la mandíbula está tensa y aprieto los dientes, creo que tengo principios de bruxismo, veo a la gente entrar y salir al establecimiento

Voy a escucharme. No hay ningún cálculo que hacer ni tarea que completar. Algo va a emerger. Eso me dijo:

Algo emergerá, quieres lo que quieres, pero quieres muchas cosas, pero no todas pesan lo mismo, y seguramente escuchas a las que más gritan, a las voces que tiran de las mangas de tu chaqueta como niños caprichosos. Las voces que más gritan y que parecen más urgentes no son las más genuinas. Lo sutil no hace ruido, lo sutil es una corriente subterránea que corre silenciosa.

Cuando lo dijo, me sonó a fragmento del Tao Te Ching, a frase ya vista, dicha, sabida; sin embargo, seguí escuchándole. Qué puede hacer un náufrago más que agarrarse a un tronco ardiendo. «Algo emergerá». Pero qué, no puedo convocarlo, ni siquiera definirlo.

Si no hubiera bloqueado la conexión de internet y apagado el teléfono ahora estaría viendo un videoclip de dos minutos, respondiendo al correo o vagando por E3. He mandado a mis marineros que me aten con sogas al mástil para protegerme de mí mismo. Las sirenas de las ganas y las desganas aúllan ahí fuera. Suplico a los marineros que me liberen, la liberación a un clic de distancia, el mundo en las yemas de mis dedos. Las sirenas son de los bomberos, hay fuego en algún sitio, alguna vida se está quemando.

Los torturadores  de todo lugar y tiempo siempre han sabido que el aislamiento  es la mejor forma de quebrar  al prisionero. Cuando se quiere castigar al recluso se le aísla en habitaciones insonorizadas, sin luz natural y sin acceso a lectura u otro entretenimiento.  En prisiones de alta seguridad para criminales peligrosos, un interno que esté amenazado por otros reclusos y cuya vida peligra prefiere arriesgarse a perderla que vivir aislado del resto de los reclusos en alguna celda protegida.

Yo me estoy aislando socialmente durante cuatro horas al día. Soy mi torturador. No puedo charlar con nadie ni  obtener ilusión de compañía a través de redes sociales o correo electrónico o conferencias en línea. Estoy en un recinto perteneciente a E2, pero he decidido deliberadamente recluirme en E1, es decir, en mi mente y sus productos. Todo contacto con el mundo exterior, ya sea en E2 o en E3, está vedado.

Cuando no soporto la procesión de imágenes mentales y frases azarosas que me bombardean, miro fuera y   me siento como el niño mirando la pecera contemplando el trasiego: la gente entra y sale, piden un café o un pastel, intercambian palabras guionizadas y siguen con sus vidas.

No es que este aislamiento me resulte  difícil.  Cuando estaba en la universidad siempre me sentaba en la primera fila, no hablaba con nadie y mi interacción social se limitaba a no intentar colisionar con objetos en movimiento en los pasillos. A veces, les miraba a los ojos para adivinar sus intenciones, pero la mayor parte del tiempo seguía con mis asuntos y mis círculos sociales de siempre. Por supuesto, con el tiempo, y debido a las demandas reproductivas tuve que aprender a relacionarme con el otro sexo y trabajar en equipo, pero mi tendencia primaria se ha mantenido.

Para mí, lo verdaderamente difícil es el aislamiento informacional, no tanto el social. De repente, es como si las luces se apagaran y mi mente se rebelara ante la oscuridad. No hay nada ahí de lo que ocuparse, tampoco tengo que resolver ningún problema matemático o técnico. Tampoco tengo que ingeniármelas para conseguir la colaboración de otro ser humano o hacer esfuerzos por comprender algún documento complejo. No hay recados, no hay tareas en mi lista de cosas de hacer que tachar, no hay mensajes que espera, noticias que leer o escuchar. Es como si estuviera en una celda de 2×3  metros cuadrados con paredes de cemento y  sin ventanas en el corredor de la muerte esperando el indulto del gobernador del estado.

En los años 50, el doctor John Lily  inventó la cámara de aislamiento sensorial para estudiar los efectos de la eliminación de los inputs sensoriales y comprobar la hipótesis sobre el origen de la energía mental: se suponía que sin estímulos externos el cerebro no tenía razón de ser y se sumiría en el sueño. La otra hipótesis era que el cerebro era su propia fuente de energía y que estaba generando continuamente simulaciones mentales, entre ellas el sentido del yo y la identidad; así fue: en vez de un estado mental amodorrado propiciado por la ausencia de estímulos, los sujetos se mantenían conscientes y comenzaban a generar su propia realidad,  era el cerebro el que empezaba a crear los estímulos y el sujeto experimentaba alucinaciones. A esto quizá ayudaba que el doctor Lily estudiara simultáneamente los efectos de agentes psicodélicos, principalmente el LSD.

Me imagino sumergido  dentro de una bañera cerrada insonorizada con agua salada a la temperatura del cuerpo.  Gracias a una solución de sales de epsom, que aumenta la densidad del líquido, mi cuerpo  flota sin hundirse. En esta cámara no entra ruido, llevo tapones para que no entré agua en los oídos. La sensación es placentera, como si estuviera en el útero materno flotando en líquido amniótico, no hay fricción y el fragor del mundo me llega  como un sordo eco que se desvanece.

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