El D-os de las pequeñas cosas

Si bien el diablo está en los detalles, que dicen los anglófonos, también la santidad minimalista se encuentra en ellos. Diógenes de Sinope, el Santo Patrón del minimalismo solo tenía cuatro objetos personales: un bastón, una capa, un zurrón y una escudilla para beber, pero hasta de esta última llego a prescindir:


Un día vio como un niño bebía agua con las manos en una fuente: “Este muchacho, dijo, me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”, y tiró su escudilla.

Santa Teresa de Ávila, la mística española fundadora de las carmelitas descalzas, aseguraba que «Hasta en los pucheros anda el Señor». Las mujeres saben mejor que nosotros que los detalles son importantes, aunque a primera vista parezca insignificantes. Más de una familia se ha venido abajo por un aniversario olvidado o una prenda fuera de lugar.




En el gran Teatro del Mundo, las breves actuaciones de personajes secundarios, incluso de los figurantes, pueden dar la vuelta a la trama. Seguramente, porque en el fondo y en esencia, no haya figurante o extra que sea insignificante y el efecto mariposa se cierna sobre cada uno de nuestros batidos cotidianos de alas.

Deberíamos andar y conducirnos en todos nuestras acciones cotidianas con pies de plomo, como si el desastre (o la revelación) estuviera siempre a punto de ocurrir.

El tiempo que dedicamos a elegir una prenda de ropa por la mañana forma parte de estas aparentes insignificancias contra las que no solemos estar en guardia:

Esta mañana, cuando fui a buscar una camiseta (visto siempre con camiseta y pantalones vaqueros [tengo dos: uno para el Shabbat y otro para el resto de los días] ), me sorprendí tomando una camiseta que NO estaba en la parte superior de la pila (tengo tres pilas de camisetas: una para ocasiones especiales, otra para estar en casa y otra para salir a la calle en días de diario).

No sé por qué, pensé que una camiseta azul iría mejor que una blanca, la que me correspondía hoy (me pongo una distinta todos los días). Estuve a punto de tomar la tercera de la pila, una azul, pero cuando ya estaba retirándola, una sirena de alerta me avisó de la aberración que estaba a punto de cometer:

Siempre tomo la primera camiseta o prenda de la pila, sin elegir el color, pero esta vez estuve a punto de subvertir mi propia regla minimalista [1] : qué sentido tiene elegir los colores de la camiseta y dedicar unos segundos diarios a una actividad tan irrelevante; ¿por qué elegir el color de la camiseta si mi pantalón siempre es azul?, ¿por qué elegir camiseta si todas mis camisetas están suficientemente limpias y son suficientemente elegantes (al menos según mis poco exigentes criterios)?, ¿por qué permitirme esta leve fricción cotidiana?, ¿por qué dedicar mi escasa memoria de trabajo y mi escaso tiempo sobre la faz de la tierra eligiendo un color?, ¿acaso no había ya llegado a un acuerdo conmigo mismo?

El caso es que me di cuenta de que bastaba con tomar la primera camiseta de la pila y que ponerme a elegir una distinta era innecesario e irrelevante. El caso es que volví sobre mis pasos, devolví la camiseta azul a su lugar y tomé la que correspondía, la primera de la pila. Aliviado y satisfecho por mi repentina toma de conciencia seguí con mis asuntos cotidianos.

Empecé el día con un pequeño éxito cuyas repercusiones en mi organización personal, reducción de fricción y gozo de vivir son incalculables.


Referencias y artículos relacionados:

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Todo llega a su fin

Llegó el día que tanto temías: estás despedido.

No volverás a recibir mis artículos.

Creo que no tiene sentido para casi nadie recibir artículos diarios o semanales de un blog; por muy bueno que sea, no tienes la capacidad de procesamiento ni mucho menos la capacidad de ejecución para aplicar en tu vida lo leído. Además, te conviertes en una rata reactiva que sigue la agenda (y también los caprichos) del que envía los artículos, no la tuya propia. En la mayoría de los casos, estarías mejor leyendo un libro que encaje con tus intereses actuales, conversando con un amigo o simplemente cultivando el perdido arte de la contemplación.

Alguien dirá que le gusta recibir los artículos cómodamente en su bandeja de entrada y elegir libremente qué leer o no leer. Pero creo que es mejor que cuando sientas las ganas o te acuerdes, entres en el blog y busques los últimos artículos, en vez de recibirlos automáticamente. Además, me preocupa que los momentos de aburrimiento o de no saber qué hacer los llenes leyendo material que puede no encajar con tus intereses actuales.

Te he animado muchas veces a darte de baja de este blog. Lo he conseguido con unos cientos de personas pero no contigo. Hoy tomo las riendas de tu vida y dispongo que este sea el último artículo que recibas vía correo electrónico.

Pero no todo está perdido

Sustituyo el envío de artículos por el envío de un boletín informativo de minimalismo existencial. La frecuencia será de un mínimo de una entrega por mes y un máximo de dos por mes.

En contadas y justificadas ocasiones, podré vulnerar la regla y no enviarte nada durante el mes o hacerte más entregas, pero serán excepciones que confirman la regla (aunque más bien la desmientan).

Después de recibir este último artículo, recibirás pocos segundos después en tu bandeja de entrada mi bienvenida al boletín informativo del Homo Mínimus. Seguramente, ese mensaje sea el siguiente en la linea de correos.

Ahí tendrás otra oportunidad de darte de baja del boletín. Creo que la mejor opción es esa: que te des de baja inmediatamente y que solo vuelvas al blog o te suscribas al boletín si lo echas de menos.

A partir de mañana

Seguiré escribiendo artículos en el blog, pero me sentiré más libre de escribir lo que quiera y al ritmo que quiera sin necesidad de inundar tu bandeja de entrada. En el boletín informativo, haré referencia a los mejores artículos que escriba y a otros asuntos. Quizá haga un resumen minimalista (aunque no mínimo) de lo ocurrido en el último mes en el blog y te indique las herramientas minimalistas que más eficaces me parezcan.

No habrá «contenido exclusivo» para suscriptores al boletín informativo, pues no pienso guardarme nada para incitarte a que sigas suscrito al boletín; como mucho, tendrás una versión más condensada y organizada de mi teoría del minimalismo existencial. Siempre he deseado seguir el principio de diseño de complejidad por capas y creo que el boletín te puede ayudar a encontrar mejor tu camino.

Y esto es todo.

Gracias a todos lo que durante estos años recibieron en su bandeja de correo los artículos de este blog. Me motivasteis a escribir y desenredar nudos vitales, y, con vuestros comentarios, a corregir y mejorar mis ideas.

Ahora empieza una nueva etapa.

Y ya sabemos que todos los inicios son hermosos.



Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Juegos serios

Hay una idea que me ronda en los últimos tiempos (sí, ya te he fastidiado con estas divagaciones varias veces este año): no estoy siendo lo suficientemente arriesgado. No, peor, peor todavía: estoy teniendo miedo.

Tengo la meta de deleitarte como lector, pero cuanto más me aferro a esta meta, más paralizado me siento. Este miedo es tan grande que he terminado recurriendo a emplear refritos de artículos ya publicados en otros lugares (mea culpa), como si todo mi pasado de escritor fuera mejor y  no fuera capaz de escribir(te) algo digno de leerse.

En Cartas a un joven bloguero aconsejaba al joven minimalista que escribiera como si nadie le fuera a leer —lo que en su caso era muy cierto, pues estaba empezando un blog-, así podría experimentar con mayor libertad y menos sensación de precipicio y liberar los jugos creativos.

Cartas a un joven bloguero


Consejos vendo que para mí no tengo: es obvio que no me aplico mis recetas, y que ya hace mucho tiempo perdí la chispa —si es que alguna vez la tuve— y  me lo pienso mucho antes de empezar a escribir —mucho más me lo pienso antes de enviarte un nuevo artículo—.

O sí, quizá sí aplico mis recetas, porque en una carta subsiguiente prescribía al joven bloguero lo contrario: que escribiera de tal modo que sintiera una punzada en el estómago antes de publicar un nuevo artículo, que el miedo escénico se apoderara de él antes de osar legar al mundo alguna de sus palabras, para que esas palabras legadas fueran dignas de ser dejadas en herencia.

Ya tengo otro nudo gordo (gordiano, dirían los clásicos): por un lado quiero ser espontáneo, ocurrente y juguetón, y por otro lado siento que el temor a defraudar(te) debería ser lo suficientemente fuerte como para obligarme a  mantener altos mis estándares de calidad y no convertir este blog en lo que tanto odio: un blog ombliguista donde el autor fascinado con su personalidad e idiosincrasia solo busca la autoexpresión y el desahogo, y termina elevando a categoría transcendente cualquiera de sus banales experiencias y sus fugaces excrecencias semánticas.



O peor, podría terminar transformando este blog en uno de esos blogs clónicos e insulsos, casi higiénicos, con olor a invernadero, de mear y no echar gota,  que tanto abundan y tanto aburren, llenos de listas de consejos tan bienintencionados como prescindibles:

He visto a las mejores mentes de mi generación arruinadas por los gurús de la productividad y las redes sociales al seguir los dictados de google analytics, la corrección política y la madre que los fundó. El día en que elija un titular basándome en los criterios de optimización de buscadores y  escoja las palabras clave más convenientes para no despertar suspicacias os autorizo a que me busquéis por los barrios bajos de la ciudad  y sin necesidad de optimizar vuestro revólver me descerrajéis cuatro tiros en un oscuro callejón y pongáis fin a mi miseria.

Por el momento (nueve años y sumando), he decidido no ganar dinero contigo vendiendo libritos de usar y tirar o recomendando libros o productos o haciendo marketing de afiliados o de cualquier otra manera legítima pero aburrida, porque siempre he creído que terminaría comprometiendo mi alma de bloguero minimalista y sometido al democrático veredicto del mercado. El foco en resultados monetarios terminaría erosionando mi honestidad intelectual y mi integridad de escritor y mi constante pero frágil deseo de aportar algo que no hayáis nunca visto.

Quizá esté equivocado y esta renuencia mía a ser un mesías de pago o para suscriptores solo sea una racionalización de otro de mis miedos: que verdaderamente no tenga nada que aportar. Si el precio al que vendo mi producto sigue siendo cero, la demanda no será infinita, tal como dicen los economistas, pero al menos no será cero y mi ego se mantendrá a flote.

Quizá esté equivocado y el vil metal podría proporcionarme alas que me obligaran a pensar en los deseos de quienes me leen y escribir algo de valor. Después de todo, Dostoievski, escribió Crimen y Castigo para pagar deudas de juego. Quién soy yo para criticar los motivos si estos conducen a valiosos resultados. Después de todo, quién soy yo para criticarme a mí mismo*.

Quizá esté equivocado y el vil bitcoin pudiera darme las alas financieras que, al bloguero minimalista más famoso y más calvo, Leo Babauta, le proporcionaron la motivación para escribir miles de artículos y varios libros, y en el camino alimentar a sus seis hijos (¿o ya son siete?).

Todo lo anterior es la descripción de mi nudo gordiano actual.

El hacha que corta este nudo y el gélido hielo de vuestra indiferencia está en el título de este artículo. **. Ciertamente, es perdonable tener miedo a perder, pero es intolerable tener miedo a jugar el juego.


* Frase acuñada por el genial Genio Rafael Sarmentero. ** Frase adaptada y robada a Franz Kafka. *** Hay otras frases en este articulo similarmente robadas y/o adaptadas, pero, como no son de amigos o creo que nadie se dará cuenta, no las atribuyo. **** Los buenos blogueros copian, Homo Mínimus roba [¿De quién es esta? Responde en los comentarios]

Procesando…
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