Cómo cambiar el mundo (2 de 4)

Cuando eres joven (y además estúpido) todo lo ves a través de un prisma moral maniqueo: las víctimas, los malos, tú en el lado de los buenos o los iluminados, y la solución en que todos seamos buenos.

Si eres progresista o de simpatías socialistas dirás que todo es cuestión de educación (liberación de los  relatos opresores, dirían unos; adoctrinamiento, dirían los del otro lado), cambiar el sistema y erradicar a los malos; si eres conservador o tradicionalista dirás que todo es cuestión de respetar las buenas costumbres y la moral,  escuchar la voz de la conciencia y castigar o eliminar  a los malos (justicia  dirían algunos, venganza dirían los otros); si eres de un centro mediopensionista más o menos ciudadano querrás reprimir a los pillos y educar a partes iguales —porque en el aséptico medio está la virtud—  y así eliminar el mal del mundo.

Pero si se trata de cambiar el mundo, ¿no sería posible que  el campo de batalla más apropiado la mayor parte del tiempo no esté allí fuera y a lo lejos  sino aquí  dentro o en las inmediaciones?

Cuando siento ganas de culpar al sistema o a los mercados sin alma o a la falta de libertad individual, me gusta recordar  la frase de  Patricio Jake O’rourke: “Todos quieren salvar  el mundo, pero nadie quiere ayudar a su madre a fregar los platos”.

Cómo cambiar el mundo (1 de 4)

Cuando eres joven quieres cambiar el mundo. Cuando no eres tan joven te das cuenta de que la gente no quiere ser cambiada (y menos por ti), entonces recuerdas el proverbio ruso: “Si intentas enseñar a tocar el violín a un cerdo perderás el tiempo y molestarás al cerdo” y sonríes con una mezcla de superioridad (2/5)  y melancolía (3/5).

Yo he molestado a mucha gente (y a algunos cerdos) intentando enseñarles a tocar el violín cuando realmente querían tocar la armónica o el contrabajo o rebozarse gozosamente en el barro.

¿Quién soy yo para imponer mi instrumento al mundo?

Tú no necesitas este blog

Ni ningún otro blog.

El título de este artículo no es un ejercicio de pensamiento inverso, ni un reclamo publicitario, ni una forma barata de llamar la atención, ni quiero inducirte a que  pienses que SÍ necesitas este blog (de la misma manera que si te digo que “No pienses en una elefanta rosa con un paraguas andando sobre la cuerda floja”  no podrías evitar formarte la imagen de la elefanta rosa).

Es un título honesto  que transmite una idea sencilla: no necesitas este blog.

Por supuesto, puede haber excepciones (un 1% de los lectores durante el 1% de su trayectoria vital), pero hablo para la mayoría de los que leen este blog con cierta frecuencia (una vez al mes): vosotros (la mayoría) no necesitáis malgastar  vuestro valioso (y escaso) tiempo leyendo (de cuando en cuando) este blog.

Ni ningún otro.

¿Por qué?

Porque puedes morir de inspiración. Hay gente que de tanto inspirarse termina expirando.  La inspiración es barata, cualquiera puede inspirar a otro ser humano con palabras, imágenes o sonidos; y si el aspirante a inspirador  no tiene la habilidad artística, literaria o retórica, seguro que sabe enlazar un video de un tipo que recorre el mundo ejecutando bailes ridículos, referenciar  una película de contenido existencial (por ejemplo,  El día de la marmota, Up in the air o Lost in translation) , o comentar lo mucho que le cambió la vida  el discurso de graduación  de Homo Mínimus en la universidad de Wisconsin.

No, no necesitas inspiración, necesitas acción consecuente.  La inspiración es como la comida basura del espíritu (excita pero no satisface). Si estás vivo ya estás inspirando e inspirado, ya tienes el fuel emocional para iniciar la acción; no busques más inspiración, busca convertir tus mejores deseos en proyectos y acción consecuente aquí, ahora, ya.

Porque puedes morir de infoxicación. Hay gente (yo) que se pasa la vida recopilando ideas, técnicas, métodos, sistemas infalibles que les (me) haga(n) sentir seguro(s) antes de dar el primer paso.  Este blog es un monumento a ese afán recopilatorio.

Los llamados blogs de productividad, un género en sí mismo, responden a esta necesidad de dar con la fórmula, la bala de plata, las pepitas de oro informacionales, el bálsamo de Fierabrás, el Dorado, la panacea, la solución universal al problema de la eficacia y la eficiencia en la organización personal.

Pero el contenido valioso de un blog se resume en menos de tres páginas, el resto es relleno y repetición: a la gente le gusta volver una y otra vez sobre las mismas ideas para solazarse, reconfortarse, sentir que tienen la clave, el collar que nunca acaban de poner al gato.

Porque puedes morir de  sturgeonitis.  Porque todo lo que lees aquí es tiempo que quitas a las actividades de verdadero valor, al 20% de la ley del 80/20. Es mucho más fácil leer este blog (o cualquier otro blog) que hacer una pequeña acción consecuente en la dirección correcta o replantearte si has pensado alguna vez sobre la dirección correcta.

¿Qué es mejor que este artículo?  Que pases cinco minutos contigo mismo reflexionando sobre el día. Que pases un fin de semana mirando hacia atrás y buscando significado en tu pasado. Que pases un mes inmerso en un proyecto personal desconectado del celular o de tu conexión wifi. Que des un paseo. Que medites durante un minuto. Que llames a un amigo y tomes una cerveza.

Elefante rosa sobre cuerda floja

En resumen, no pienses en una elefanta rosa.