Inspirado por el autor de El narrador, José Ramón Martínez Salio, he generado una serie de vocablos relacionados con su vocablo ideolectal «Normalista»; esto es, he creado un Bestiarum Normativum.
(Catálogo incompleto de los seres que habitan el ecosistema de la normalidad)
Normópata( vocablo existente) Paciente crónico de la enfermedad de encajar, aunque sea un cabeza cuadrada intentando ajustarse a un círculo. Acostumbrado a pedir permiso para ir a orinar desde la más tierna edad. No mea nunca fuera del tiesto.
Normívoro(neologismo) Se alimenta de boletines oficiales y manuales de instrucciones. Su postre favorito: la letra pequeña. No mueve un dedo si antes no ha desayunado un checklist y ha sido validado por su jefe (oficina) o su jefa (casa).
Normonauta(neol.) Navegante del hiperespacio rutinario. Su vida es una colección de reglas inabarcables que amenazan con desbordar su limitada memoria de trabajo. Siempre termina perdiendo la t de la rutina. Sinónimo: Homo Mínimus.
Normofílico(neol.) Amante empedernido de todo lo estándar. Se excita al oler archivadores A4 con separadores de colores y chuparse los dedos untados con el óxido de las señales de tráfico.
Normívago(neol.) Animal de costumbres nocturnas, sale de fiesta todos los juernes, viernes y sarbados, y recorre la ruta del polvo con triste y meticulosa ebriedad. El domingo descansa y acude a misa de ocho.
Normativador compulsivo(neol.) Ente administrativo con pelo y gafas que genera normas más rápido de lo que respira. Si entra en tu casa, te escribe un reglamento para abrir la nevera, verifica la tensión eléctrica y valida la lista de tu compra.
Normaduvalista(neol.) Fanático de lo normal… pero con lentejuelas y mucho maquillaje. Su mantra es “¡Viva el domingo!” de Norma Duval.
Normimaníaco(neol.) Obsesionado con la normalidad hasta el frenesí. Antes de dar un paso, busca manuales de procedimientos, protocolos de urbanidad y limpia obsesiva-compulsivamente sus habitaciones de versos sueltos.
Norminazi(neol., satírico) Policía feroz de la rutina. Abomina de la anormalidad a gritos, insulta a los judíos y el estado de Israel, irrumpe en las noches de los progresismos rotos, viaja en cruceros de lujo por las islas griegas para santificar su narcisismo y señalar virtud. Controla tus proferencias lingüísticas hasta la extenuación para que no le ofendas. Es diverso, igualitario e inclusivo. Amigo de feminazis resilientes y devoradores de brócoli ecosostenible.
Haz un experimento. Ve por la mañana a la entrada de una escuela de primaria o infantil en cualquier lugar de España. ¿Cuál crees que es la despedida más frecuente cuando los padres dejan a sus niños en el colegio?
«Diviértete» o quizá «Pásalo bien» o incluso «Sé feliz».
Todavía estoy esperando el día en que algún padre diga algo como: «Aprende algo», «Sé bueno», «Haz alguna buena pregunta», «Respeta a tu maestro y tus compañeros». O, Dios no quiera: «trabaja y esfuérzate mucho».
El sé feliz como imperativo categórico. Lo importante es que se lo pasen bien, el yo inmaduro, impresionable, desnortado, del niño como brújula vital. Un manojo de pulsiones centradas en el ombligo.
Los profesores casi te piden disculpas si se atreven a poner algún tipo de tarea o deberes para casa a tus hijos. La voluntad es fascista, los deberes alienantes, la responsabilidad un engaño para someter a los más humildes.
Como dice el filósofo Gregorio Luri: la escuela no es un parque de atracciones.
Como dijo John Stuart Mill de Sócrates, los cerdos, los hombres y los locos:
Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho.
Adelante diez o quince años, y tienes seres frágiles, grandes como castillos, endebles en conocimiento y espíritu, incapaces de tolerar la frustración y que encuentran en ideologías progres la solución a sus problemas. La sociedad es la culpable, no es esto lo que me contaron, yo merezco ser feliz.
Tú no mereces nada, alma de cántaro, personita de pitiminí, el mundo no te debe nada, el mundo estaba antes que tú.
En el colegio de Hansel y Gretel habita una terrible bruja. Con el señuelo de la diversión, las piruletas y la felicidad, convertirá a tus hijos en esclavos de sí mismos, carne de cañón de los políticos, eternos frustrados hasta el final de sus días.
Hace años un amigo me contó la anécdota de ir a un restaurante en Buenos Aires y preguntar sobre la calidad del asado. El camarero con ironía y desparpajo porteño le respondió que «fatal», que «no se podía comer». Es decir, que el camarero venía a decir: “qué te voy a decir yo, que trabajo aquí”. Era consciente de que su opinión estaba sesgada por su interés del negocio y su respuesta no tenía en principio demasiado valor.
Lo mismo ocurre con muchas de las opiniones que las élites intelectuales y socioeconómicas mantienen estos días: sus opiniones no son fiables y posiblemente están sesgadas por su propio interés de élite. Las élites han sido los “influencers” en todos los tiempos, son el faro que el resto de la sociedad sigue y sería ingenuo pensar que las opiniones o creencias que difunden no son beneficiosas para ellos o se mueven por un puro interés por la búsqueda de la verdad y el “bien común”.
En el caso de las élites tecnológicas, es claro: todos hemos oído historias de magnates digitales, tipo Steve Jobs, Bill Gates o Zuckerberg, que monitorizan el tiempo de pantallas de sus hijos y establecen rígidas restricciones. Por ejemplo, en Silicon Valley muchos de los tecnólogos llevan a sus hijos a escuelas tipo Waldorf o Montessori donde están prohibidas las pantallas y las herramientas principales son la pizarra y tiza tradicional, las manualidades, las actividades sensoriales en la naturaleza y el teatro.
Plantas, muebles de madera, lápices y un encerado presidiendo la clase, en el colegio Waldorf Peninsula de Silicon Valley. P. L. Fuente: El País.
Los gurús tecnológicos promocionan las bondades de sus tecnologías digitales a la vez que protegen a sus hijos y les imponen importantes restricciones [1]. Hablan de los beneficios pero obvian los inconvenientes y los costes, lo mismo que esperaríamos del propietario de un restaurante. La hipocresía, consciente o no, es evidente: se benefician y forjan su riqueza a través productos digitales mientras que protegen a los suyos de sus inconvenientes y peligros. Su creencia declarada, posiblemente errónea, sobre lo inevitable y beneficioso de la digitalización del mundo, no les afecta negativamente. Dado su comportamiento, es posible que solo crean en ella hasta un cierto punto: hasta el punto en que empieza a perjudicar a ellos y sus hijos, pero eso no les impide seguir pregonando las ventajas e inevitabilidad de la inmersión digital para los hijos de los demás.
La obsesión en Silicon Valley por alejar a los niños de la tecnología trasciende las paredes de las aulas. Cuando los chavales salen del colegio, se intenta que sigan sin tocar ni ver pantallas. En las familias de los altos ejecutivos de las empresas tecnológicas del valle se está generalizando la práctica de exigir a las niñeras que firmen “contratos sin móvil”.
“Yo he trabajado en casas en las que tenía que dejar el móvil en la garita de seguridad cada vez que entraba”, explica Janie Martinez, que lleva 15 años como niñera en la zona. “No podía mirar el teléfono en toda mi jornada de trabajo, y los niños no podían ver pantallas durante el tiempo que estaban conmigo. Es una locura”.
Martinez ha trabajado en familias de “perfil muy alto” del mundo de la tecnología, incluida la de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, asegura. Trabajos que, en los casos más extremos, pueden estar remunerados con hasta 100.000 dólares anuales. “Cuanto más alto ha sido el perfil de las familias, más preocupadas estaban por este tema”, cuenta. “No querían que sus hijos mirasen una pantalla y, por contrato, me impedían usar el teléfono. Eso me parece frustrante. Como cuidadoras, necesitamos el móvil para una emergencia. No solo para que nos localicen los padres de los niños, también para nuestras propias familias”.
En caso de incoherencia entre comportamiento y declaraciones verbales, el comportamiento es siempre más fiable.
Creencias de lujo
Hay un fenómeno relacionado con el anterior que pone de manifiesto esta instrumentalización de ciertas creencias por las élites para mantener y asegurar su posición: las creencias de lujo [2].
Las creencias de lujo, de acuerdo a Rob Andersson, son creencias que sirven a quien las profiere para aumentar su estatus e indicar su pertenencia a una élite intelectual o socioeconómica.
Asimismo, lo absurdo o erróneo o peligroso de muchas de ellas no se traduce en perjuicio para los que las expresan, bien por ser capaz de protegerse de sus efectos negativos o porque las ventajas de mantener esas creencias les compensan más que perjudican. Las creencias de lujo son plumaje verbal ideológico que permite señalar valor personal y pertenencia a un grupo exclusivo. Estas creencias tienen una función similar al plumaje del pavo real cuando lo despliega y exhibe ante las hembras de su especie. El plumaje del pavo es una señal de valor reproductivo que le permite atraer a sus congéneres.
Pavos reales y señalización del valor
Para que esta función de señalización sea eficaz, es necesario que sea difícilmente imitable o de otra manera perdería su capacidad de generar distinción. Los pavos reales de más vistosos plumajes incurren en un coste importante en movilidad y otras dificultades en la búsqueda de alimento; pero al incurrir en esos costes están transmitiendo el mensaje de que son tan sanos, fuertes y tienen tan buen potencial genético que pueden hacer frente a las desventajas del plumaje. Un pavo real de calidad genética más baja solo podrá tolerar un plumaje menos vistoso.
En las sociedades humanas, las exhibiciones de plumaje se realizan a través del estilo de vida, específicamente del consumo conspicuo o consumo de bienes posicionales[3] . Cuando consumimos bienes de lujo no solo tenemos la satisfacción hedónica del consumo, sino que además logramos señalar nuestra propiedad, capacidad económica y pertenencia a una élite moral o económica. Posiblemente la diferencia hedónica entre unas vacaciones en el Caribe (al alcance de la clase media) y un safari en Kenya o unas vacaciones en Las Maldivas, no sea muy grande, pero sí el valor posicional o de estatus que confiere a quien las disfruta, y por eso los consumidores de bienes posicionales están dispuestos a pagar mucho más.
El sobreprecio que se paga sobre los bienes de consumo ordinario cuando compramos bienes de lujo es el plumaje del “Humano Real” que quiere resaltar y distinguirse del resto.
Los bienes de lujo, pues, tienen un coste que solo unos cuantos pueden pagar o están dispuestos a pagar, y ese coste es lo que convierte en eficaz y difícilmente imitable la señal que el consumidor de bienes de lujo pretende transmitir. Después de todo, una señal que todo el mundo pudiera imitar, con independencia de su posición en la sociedad y capacidad económica, dejaría de tener valor señalizador de la persona que lo consume.
Del plumaje del consumo de bienes de lujo al plumaje ideológico
Las élites culturales, económicas y políticas, generalmente de clase media alta o superior, ha dado con un medio más barato y a la vez más eficaz que el consumo de bienes lujo: la proferencia de creencias de lujo, aquellas creencias que señalan virtud, expresan una actitud vital y les señalan como vanguardia ideológica de la sociedad.
Varios ejemplos:
“La familia tradicional de padre, madre y varios hijos está superada o debe superarse por opresiva o “patriarcal”.
“La libertad individual y el deseo está por encima de cualquier otra consideración.”
“No existe tal cosa como hombre o mujer, son constructos sociales, debemos hablar de “género asignado al nacer”. Cada uno es lo que siente o dice ser, sin necesidad de referencias objetivas “esencialistas”.
“La inmigración favorece a los países. Cualquier tipo de inmigración. Ningún ser humano es ilegal, etc.”.
«Cualquier tipo de familia, monoparental, biparental, con progenitores del mismo sexo, de distinto sexo, con hijos biológicos, con hijos adoptados, es válida e igualmente de eficaz a la hora de asegurar el bienestar de los hijos».
“Pertenecer a una minoría “oprimida” te convierte en buena persona.”
“Debemos renunciar a los viajes en automóvil o en avión para proteger al planeta”.
“El estado-nación debe desaparecer o irse diluyendo en favor del cosmopolitismo y la disolución de las lealtades nacionales”, todo esto en favor de una vaporosa globalidad que acoja a todos los seres humanos.
Estas creencias, y muchas otras que sin mucho esfuerzo puedes recordar, tienen cierta historia, pero no han empezado a formar parte del plumaje verbal de las clases educadas occidentales muy recientemente, quizá cinco, diez o quince años.
Muchas de estas creencias de lujo son discutibles, extrañas o directamente absurdas. Pero es precisamente su extrañeza o aparente ridiculez lo que las hace aptas para convertirse en creencias de lujo y señalar distinción: hay creencias tan ridículas que solo una persona muy “educada” (posiblemente con másteres y doctorados en humanidades o ciencias sociales) o muy vanguardista y “concienciada socialmente” puede mantener, lo que hace que en principio ninguna persona de la calle puede aceptarlas o acogerlas intuitivamente e imitarlas sin sentir un fuerte rechazo interior.
Con el tiempo, como ocurre con las modas, creencias y ciertos comportamientos exóticos, el resto de la sociedad termina imitando las creencias y comportamientos de las clases dirigentes con lo que la ventaja como señalizadora de virtud o posición social disminuye; es en este momento cuando las élites buscan otras creencias de lujo, todavía mas extrañas y absurdas que las anteriores, que les permitan seguir distinguiéndose. Se da, por tanto, un efecto cascada o amplificación de la estupidez muy inquietante cuyos efectos llevamos años sufriendo los ciudadanos occidentales.
El extraño caso de de Ana Patricia Botín, la banquera víctima del sistema
Todavía recuerdo un tuit de hace dos años de Ana Patricia Botín, Presidenta de uno de los mayores bancos españoles, en el día de la mujer, cuando decía que ella había sufrido el prejuicio de su entorno cuando la llamaban “la niña”[4].
Like many other women, I have faced bias in my life and career. There was a time when I was condescendingly called "la niña" which in English translates to "the little girl", even though I had been working in banking for almost two decades#InternationalWomensDaypic.twitter.com/oVXyVVTnKK
Hasta una persona nacida y criada entre algodones –con acceso a más oportunidades y recursos de las que cualquier ser humano normal puede siquiera soñar– es capaz de subirse al carro de la reivindicación, convertirse en víctima y abanderar la lucha por los derechos de colectivos “oprimidos”, en este caso, las mujeres.
Y este no es el único carro ideológico al que esta señora y su banco se suben: el cuidado del medio ambiente, la igualdad, la inclusividad y la diversidad están ya en sus declaraciones corporativas y publicidad.
Esto es muy típico de la clase universitaria educada, de los políticos y las élites empresariales: mantienen creencias que señalan o pretenden señalar virtud, que les colocan en la vanguardia del cambio social y que además son buenas para su cuenta de resultados personal, política o corporativa.
¿A quiénes benefician y perjudican las creencias de lujo?
Los bienes de lujo benefician a quienes los consumen, generando satisfacción hedónica y mejorando la posición social o estatus; perjudican indirectamente a los que no pueden acceder a ellos generando envidia y reduciendo su posición social.
Las creencias de lujo perjudican a los demás de una manera también indirecta pero distinta. Muchas de estas creencias de lujo son perjudiciales especialmente para los estratos socioeconómicos más bajos y peor educados de la sociedad, y casi inocuas para las élites, que, o bien están aisladas de sus consecuencias, o bien cuentan con los recursos suficientes para atenuar su influjo negativo, al menos en el corto plazo.
Un caso paradigmático: la defensa de las fronteras abiertas
La defensa de la inmigración y las fronteras abiertas es especialmente popular entre la gente acomodada, que se beneficia de mano de obra más barata (servicio doméstico a precio de saldo), salarios más bajos en ciertos trabajos (cualquier salario que pagues a un inmigrante del tercer mundo le parecerá bien); y entre los «iluminados», generalmente de izquierda y extrema izquierda, que se benefician de su buena conciencia (cosmopolitismo, multiculturalidad, humanismo) y señalan su superioridad moral. .
Ciertamente, hay desventajas en la entrada no controlada de inmigrantes a un país, pero a los que suelen estar a favor de las fronteras abiertas les afectan menos: suelen vivir en barrios o urbanizaciones donde los inmigrantes no se pueden permitir vivir; en los colegios privados a los que envían a sus hijos, no hay inmigrantes; tienen seguros médicos privados y no sufren la saturación de la sanidad pública; los únicos inmigrantes con los que suelen interaccionar en su día a día son el jardinero o el servicio doméstico, y en sus urbanizaciones de lujo hay servicios de seguridad que les mantienen protegidos.
Por otra parte, no tienen que competir en el mercado laboral con extranjeros de bajo nivel educativo llegados en patera y que nunca llegarán a ser profesores universitarios, funcionarios de grupo A, políticos o ejecutivos en multinacionales. Como mucho, llegarán a convivir con una cuota para gente “racializada” o de colectivos minoritarios parte de una campaña de marketing empresarial o político que señale —una vez más— su compromiso y responsabilidad social corporativa o institucional.
Compárese esto con el caso de la población nacional en barrios más humildes: sus hijos tienen que acudir a escuelas públicas donde su educación se resiente por problemas de comportamiento de jóvenes poco integrados, por su bajo nivel cultural o incluso por el desconocimiento del español; cuando acuden a la sanidad pública la encuentran atestada y con recursos insuficientes para la demanda existente; tienen que competir en el mercado laboral por los puestos menos remunerados, y en su acceso a las ayudas públicas (vivienda, educación, etc.) quedan relegados por los extranjeros, generalmente con igual o menor nivel económico que ellos y familias más grandes; también son los nacionales de menor nivel socioeconómico los que resultan perjudicados por la inseguridad en los barrios, el aumento de la criminalidad y el encarecimiento de los alquileres resultado del influjo de masas de población que no se puede asimilar ni culturalmente ni con la construcción de vivienda.
En resumen, las creencias de lujo expresadas y fomentadas por ejecutivos, profesores universitarios, funcionarios, políticos de alto nivel y otra gente de mal vivir, son creencias cuyos frutos disfrutan especialmente ellos —al expresarlas y promoverlas— pero cuya factura es pagada por otros, generalmente sus compatriotas de menor nivel económico y educativo.
Si Zuckerberg no fuera billonario y tú padecieras de un tierno corazón sangrante, quizá sentirías un poco de pena por el mal trago que ha pasado ante el senado americano. Echa un vistazo a esta comparecencia antes de continuar leyendo si es que no la has visto ya.
Los senadores convirtieron la comparecencia de Zuckerberg y otros responsables de las principales redes sociales en un escarnio público, una reprimenda publicitaria de carácter populista, un auto de fe; no fue un interrogatorio donde quisieran averiguar algo sobre el funcionamiento de Meta y su modelo de negocio.
El auto de fe era un acto público organizado por la Inquisición en el que los condenados por el tribunal abjuraban de sus pecados y mostraban su arrepentimiento —lo que hacía posible su reconciliación con la Iglesia católica—, para que sirviera de lección a todos los fieles que se habían congregado en la plaza pública o en la iglesia donde se celebraba (y a quienes se invitaba también a que proclamaran solemnemente su adhesión a la fe católica).
Pedir perdón porque te fuerzan es, además de una humillación, un gesto carente de valor. Hay una gran diferencia entre el arrepentimiento y el miedo a la represalia o el castigo, y entre el sentimiento de culpa (locus interno) y la simple vergüenza (locus externo). El carácter moral de la petición de perdón tiene que ver con el convencimiento interior, no con la coacción que ejerza un senador o las familias de niños y jóvenes acosados a través de las redes sociales, prostituidos o que se han suicidado.
Todos sabemos a lo que se dedican estas empresas digitales dueñas de redes sociales: a captar la atención de la gente para luego venderla a los publicistas o cualquier empresa que puede emplear esa información para ganar dinero. Obtienen información detallada y granular sobre el comportamiento de los individuos y colectivos y luego la venden al mejor postor. Su modelo de negocio está basado en la obtención y comercialización de la atención humana.
Los mecanismos de captación y mantenimiento de la atención facilitados por la tecnología digital conducen a los usuarios a algún punto del espectro adictivo. Que no lo llamemos adicción cuando hablamos de nosotros o nuestros hijos se explica porque estos comportamientos son habituales, y, como dice el dicho inglés, «Misery loves company»: cuanto estamos todos en una mala situación, esta situación se percibe menos mala e incluso no se percibe siquiera como mala.
Zuckerberg, como la mayoría de los millonarios y billonarios de las industrias digitales, no es idiota (aunque esté en algún lugar funcional del espectro autista) y sabe mantener a sus hijos fuera del alcance o abuso de las redes sociales, adicciones digitales y otros peligros. Sobre todo, sabe el efecto que tienen porque es el efecto que buscan: mantener pegados a los usuarios a las pantallas, sean estos niños, jóvenes o adultos.
Chamath Palihapitiya, un exejecutivo de Facebook, reconoció que sentía una «culpa tremenda» al haber ayudado a construir la red social. Además, admitió que a sus hijos “no se les permite usar esa mierda”.
Mark repite que ellos se dedican a construir herramientas, las mejores que pueden, y por tanto da a entender que la responsabilidad sobre el mal uso de las redes sociales no es suya, de la misma manera que los accidentes de tráfico no son generalmente atribuibles a los fabricantes de coches.
En la comparecencia en el senado, Zuckerberg fue un cabeza de turco que los senadores cortaron despiadadamente y mostraron gozosamente a los padres de jóvenes suicidados o captados a través de su plataforma y luego abusados.
La cabeza de Zuckerberg es como la cabeza guillotinada del noble francés en la revolución francesa, que rueda por el suelo y es celebrada con alborozo por el populacho.
Pero como he comentado muchas veces en mi serie de artículos sobre neoludismo, las aplicaciones digitales no son simples «herramientas», al menos no tan herramientas uniuso como un secador o un detornillador, o si lo son, son «herramientas con agenda propia«: buscan que las emplees lo más posible para maximizar el beneficio. Es difícil exonerar completamente de culpa a alguien que tan deliberadamente trabaja para mantenernos pegados a una pantalla.
En el mundo digital, se dice que el principal competidor de facebook no es Instagram o YouTube o cualquier otro producto de entretenimiento offline, sino las horas de sueño del usuario. Por tanto, es más correcto decir que los usuarios se convierten en las herramientas de las aplicaciones digitales y el teléfono inteligente, de la misma manera que los drogadictos son una herramienta para la riqueza de los narcotraficantes.
¿Es esto exagerado?
Sí, probablemente. Los seres humanos buscan influenciar a otros seres humanos para conseguir sus fines. La publicidad tradicional perseguía lo mismo que la actual, influir en los consumidores. La propaganda política igualmente. La simpatía de un vendedor y su sonrisa es el camino más corto hacia tarjeta de crédito del incauto.
Lo que cambia es el poder de influencia y la mayor o menor legitimidad de usar medios que conducen potencialmente a la adicción. Los medios digitales tienen un poder de influencia muy similar al de las drogas.
Sin embargo, no consideramos que sea lo mismo la influencia de un traficante de droga que la de un profesor en la escuela o que la de un ingeniero de la atención de Silicon Valley.
Consideramos que hay medios de persuasión más o menos legítimos en función del fin perseguido y los efectos sobre el persuadido: incitar a las drogas puede destruir la vida de las personas; adoctrinar/educar a los niños en la escuela va contra el interés legítimo de los padres en transmitir sus propios valores, quizá alejados de los del Estado o el burócrata de turno, pero no consideramos a los profesores de la enseñanza estatal al mismo nivel de los narcos (aunque deberíamos, dado el nivel de basura cultural con la que alimentan a nuestros hijos: no solo de venenos físicos muere el hombre…).
Las empresas digitales –a cambio de tu atención fragmentada, cada día más fugaz, y tus gustos extraídos de tu comportamiento digital (los likes y tu historial de navegación)– entregan un flujo de entretenimiento prácticamente ilimitado.
Aquí está el debate: ¿están las empresas digitales tipo Meta, TikTok, Instagram o Google más cerca de los narcotraficantes y los proxenetas, o más cerca de los fabricantes de pantallas digitales para escuelas o las compañías telefónicas o el creador o distribuidor de eventos artísticos?
¿Zuckerberg es nuestro chivo expiatorio?
El Levítico describe entre los diversos rituales y ceremonias del pueblo hebreo la figura del «chivo expiatorio», que en el Día de la Expiación o Yom Kippur, el día más sagrado del año judío, debe ser expulsado ritualmente de los rebaños de las tribus israelitas como parte de un ritual de limpieza.
En el Día de la Expiación, se envolvían los cuernos de una cabra con una tela roja, que representaba los pecados de la comunidad, y se la expulsaba al desierto.
Zuckerberg es un chivo expiatorio, un ritual o mecanismo social para expiar nuestras culpas. En este caso, el chivo asume parte de la culpa y desvía la atención hacia otros posibles culpables. De una manera un tanto mágica o supersticiosa, no es solo que el chivo purgue nuestros pecados como sociedad sino que además nos exonera de cualquier responsabilidad personal que podamos tener en el estado actual de cosas; en particular, lava la posible mala conciencia de los padres de los jóvenes suicidados o que fueron captados y abusados a través de facebook u otras redes sociales.
Es posible que estemos convirtiendo a la víctima propiciatoria en victimario, a Mark en la causa única de nuestros males sobre la que ha de recaer el castigo o la responsabilidad final del pecado. Después de todo, ¿podemos culpar a la compañía de teléfonos de que sus artefactos se usen para realizar amenazas de muerte o para llamar al camello y procurarse droga o para arreglar acuerdos ilícitos entre personas?
En el sector privado, toda empresa, todo ser humano, ofrece algo que alguien necesita y le persuade para lograr el intercambio; el vendedor ambulante, el músico callejero, el payaso del circo y el seductor necesitan captar tu atención, obtener algo de tu tiempo y darte algo que quieras comprar. En este sentido, las empresas digitales no hacen nada que no hagamos los demás, solo lo hacen en mayor escala, coste más bajo y con mejores resultados.
Para las familias, los daños colaterales del uso de las redes sociales son entre otros: la fragmentación de la atención, la reducción de los índices de lectura en cuanto el niño dispone del móvil, el aislamiento, el ciberacoso, las adiciones a los videojuegos, la explotación o intercambios ilícitos mediados a través de las redes sociales, los crecientes índices de depresión y ansiedad entre los niños y jóvenes y, en casos extremos, los suicidios precipitados por un uso abusivo o escapista de las redes sociales e internet.
Si no es Zuckerberg, ¿quién es el culpable?
El culpable eres tú.
El culpable eres tú, que compraste a tu hijo un teléfono inteligente cuando llegó a los 10 años, o, si fuiste conservador, a los 12 y, si fuiste un héroe, a los 14 o los 15.
Por primera vez en España la proporción de niños de 10 a 15 años que disponen de teléfono móvil ha superado los siete de cada 10, con subidas en los últimos 10 años en la mayor parte de las comunidades, especialmente desde la llegada de la pandemia de covid. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), ya con 12 años un 72,1% de niños y niñas cuentan con teléfono móvil. A los 13, tienen teléfono el 88,2% y a los 14 y 15 son ya el 94,1% y 94,8% respectivamente.
El culpable eres tú que pasas más tiempo con tu móvil que hablando con tus hijos.
El culpable eres tú, que cediste a la presión social de otras familias, otros padres y otros niños.
El culpable eres tú, que no tienes criterio más allá del del rebaño y del viento que más fuerte sopla.
El culpable eres tú que no lees o no haces caso a los agoreros que llevan años alertando sobre el peligro de las pantallas sobre el desarrollo cognitivo y emocional de los niños, por ejemplo alguno de estos:
El culpable eres tú que esperas que el Gobierno prohiba los móviles en la escuela cuando tú eres incapaz o te sientes impotente para hacerlo en tu propia casa.
El culpable eres tú, que has decidido delegar la educación de tus hijos en las escuelas.
El culpable eres tú, que dices que los libros son caros, pero en tu casa no faltan las suscripciones anuales a Netflix, Disney o plataformas similares.
El culpable eres tú, que delegas la formación del carácter de tus hijos en la cultura popular, el grupo de amigos y la publicidad e ideología transmitida por los medios de comunicación digitales y de masas.
El culpable eres tú, que presionas a tu colegio para que digitalice la educación e introduzca tabletas y pizarras digitales para que tus hijos no pierdan «el tren de la modernidad».
El culpable eres tú, que no dedicas dos noches de las 365 del año que dedicas a ver Netflix a informarte sobre el daño que hacen a tus hijos los teléfonos inteligentes.
El culpable eres tú, que eres menos inteligente que el teléfono que llevas contigo a todas partes.
El culpable eres tú, que patéticamente te engañas a ti mismo y compras teléfonos inteligentes a tus hijos para que «estén localizados y puedan llamarte en caso de emergencia».
El culpable eres tú, que hace meses que no juegas al parchis, al risk o al go (según tu nivel intelectual) con tu hijo.
El culpable eres tú, que te has tragado toda la infotontería que te venden las empresas tecnológicas.
El culpable eres tú que no sabes lo que es un algoritmo ni quieres saberlo.
El culpable eres tú, que dilapidas tu tiempo y tu vida mirando una pantalla.
El culpable eres tú, que idolatras la opinión de informáticos con gafas y camisetas de superhéroes.
El culpable eres tú, que dices «Esto es lo que hay» o «No se pueden poner puertas al campo» o «No quiero que mi hijo sea un analfabeto digital».
El culpable eres tú, que crees que las aplicaciones educativas o de búsqueda de información son la verdadera razón por la que tu hijo te exige un teléfono inteligente o un ordenador.
El culpable eres tú, que ya has aceptado que tus hijos estén presentes físicamente pero ausentes en espíritu.
El culpable eres tú, que no te das cuenta de que el ciberacoso, la pornografía, los problemas mentales, no son los mayores riesgos a los que se enfrentan tus hijos. Estos son riesgos probables, pero existen riesgos casi ciertos sobre las mentes de tus hijos que no podrás evitar.
El culpable eres tú, que te crees a Pau Donés, y dices que todo depende, que, según como se mire, todo depende.
El culpable eres tú, que crees en el uso responsable y en el acompañamiento de tus hijos en el mundo digital. ¿Crees también en el uso responsable de las drogas y el acompañamiento del camello en el viaje del drogadicto?
El culpable eres tú, que has dejado al diablo entrar en tu casa.
El culpable eres tú, que crees que arder en el infierno es menos doloroso si estás acompañado por otros.
Conclusión
En definitiva, puede que Zuckerberg sea un cabeza de turco que paga por los pecados personales y sociales de todos nosotros.
Un chivo expiatorio también se conoce como cabeza de turco. El origen de esta expresión se halla en las Cruzadas. La animadversión existente de las fuerzas cristianas hacia los turcos hacía que fuese muy valorado el lograr matar a uno de ellos. Si se conseguía matar a uno, se le cortaba la cabeza para ser puesta en cualquier palo, fierro o cosa alargada, a modo de trofeo. Así, se les achacaban todos los males acaecidos a los cristianos, no solo en el campo de batalla, sino también aquellos ajenos a su voluntad.
Esta mañana, cuando me dirigía a una entrevista profesional y salía de la boca del metro, una chica de alrededor de uno cincuenta y cinco de altura, unos veinte años de edad, tres meses y ocho días, y con una carpeta azul en la mano se acercó a mí, «¿Tienes un minuto?», «No, no tengo un minuto, voy con prisa» [Esto es «Tengo 1.440 minutos hoy, pero no quiero malgastar ni uno contigo»].
Ahí podría haber acabado la cosa, pero la chica no se resignó a que no conversara con con ella y por tanto no tuviera la mínima probabilidad de convertirme en socio de su ONG y ganar su comisión; cuando me marchaba me espeta un irónico y voz en cuello «Se ve que tienes cara de solidario». Entonces me paré, volví sobre mis pasos y…
Solidario responsabilizándote del hambre en el mundo
¿Qué hice?
Digo: «¿Por qué dices eso?, ¿no te parece que prejuzgar el carácter de los demás cuando te dicen que no es algo infantil?». Se queda callada. Prosigo: «Cuando tú sales por las noches de fiesta, más de uno y de dos moscones se acercarán a ti, te dirán algo, y tú, con cara de más o menos fastidio, con más o menos educación, intentarás quitártelos de encima. Bien, pues eso te acaba de ocurrir: tú eres ahora la moscona, la tía poco agraciada que nadie quiere y que viene a importunar. Acéptalo y vive con ello. Si no lo aceptas, cambia de profesión.»
Otra de sus compañeras de fatigas, con la misma carpeta, pero con pelo muy corto al estilo LGTBIQ y con cinco centímetros menos que la otra hobbit, había oído nuestro intercambio anterior, se une al grupo y se queda a unos pocos pasos, como intentando defender a su colega. La miro de reojo, mientras vuelvo a reconvenir a su compañera : «Yo soy solidario con mis amigos y mi familia, pero, a diferencia de ti (en este momento, la señalo con el dedo índice), no soy solidario a comisión». La chica replica casi de inmediato –pero lánguidamente y con dos o tres tonos por debajo de sus palabras anteriores–: «Los médicos ayudan a la gente y también cobran…». Digo: «Cobran y no son más solidarios que el fontanero o el conductor de autobús, que también hacen su trabajo y cobran por él».
Ella: «No tienes corazón».
Me acerco un poco más, lentamente, buscando las palabras adecuadas, le digo: «Mira, aquí acaba nuestra plática; como tengo un gran corazón y hoy me siento compasivo –que no solidario– no te voy a decir de qué tienes tú cara». La chica arruga el hocico, me mira con gesto de enfado, y hace como que va a decir algo, pero no lo dice. Me doy la vuelta y la dejo ahí plantada.
¿Qué debería haber hecho?
Obviamente, no lo que hice.
Debí:
Recordarme el verso de Rabindranath Tagore y repetirlo de tal manera que resonara en las bóvedas de mi cráneo: «Sé como el sándalo, que perfuma el hacha que le hiere».
Parar, respirar tres veces, y decir para mis adentros, de manera muy tranquila y musical: «El cielo está enladrillado, quién lo desenladrillará, el desenladrillador que lo desenladrille buen desenladrillador será».
Sonreír fugazmente y con gesto compasivo.
Alabar a la chica de la carpeta azul: «Tu comprometido y solidario trabajo es una gota en un océano de dolor y miseria, pero una gota que faltaría a ese océano si tú no estuvieras».
Sin esperar respuesta, mientras la ninfa solidaria se recupera, finalizar con un «Ten un buen día, ángel de luz».
Retomar el camino y seguir andando con la serenidad y calma con la que un anciano chamán rema en su canoa sobre un río de asfalto.
Moraleja
Todos los días están llenos de este tipo de pequeñas e innecesarias fricciones que es conveniente eludir, circunvalar, allanar.
Un minimalista de nivel avanzado hubiera reaccionado con mucha más calma y mesura de lo que yo lo hice esta mañana. Su personalidad aerodinámica hubiera empleado el pequeño rozamiento del comentario fuera de lugar de la vendedora para entrenar sus habilidades de comunicación y su compasión.
He tenido noticia recientemente de varias iniciativas de desconexión digital del trabajo en España y otros países europeos. Curiosamente, no en países asiáticos o en Estados Unidos, pero esa es otra historia.
La propuesta es que uno no debería estar sujeto a comunicaciones de trabajo fuera del tiempo oficial de trabajo, principalmente en fines de semana y noches, pero la iniciativa se extiende a cualquier momento en el que uno no esté presencialmente en la oficina. Quieren imponer por ley bajo sanciones y penas que un asalariado no pueda ser alcanzado digitalmente fuera del trabajo.
Me resulta curioso y sintomático de una sociedad de llorones, de perros de Paulov con indefensión aprendida y deseosos de amo, que se tenga que recabar el auxilio de la ley y el Estado para hacer una cosa que cualquiera puede hacer por sí mismo: apagar el móvil o el computador.
Si no quieres recibir mensajes, apaga tus trastos digitales. O al menos no los respondas. O comunica a tus compañeros y jefes que ellos pueden escribirte pero que no responderás en horas fuera de trabajo.
Se me dirá que el pobrecito trabajador no tiene opción y tendrá que hacer lo que le diga su jefe. Yo digo que sí tiene opción: irse del trabajo si su jefe o empresa no aceptan que no esté localizable o no responda hasta el día siguiente de trabajo. Al menos, puede negociarlo. Si no lo hace es porque para él no tiene tanto valor el ocio sin interrupciones y no disponible para las demandas laborales. Quiere ahorrarse la negociación y que sean otros los que impongan la ley a sus empleadores.
Lo mismo ocurre con la gente que dice no poder prescindir de su teléfono inteligente y su conexión wifi 24/7. Pueden hacerlo, es fácil desconectarse, terriblemente fácil: basta con no llevarse el teléfono cuando sales de casa o desactivar correo, redes sociales y demás. Los que no lo hacen es porque no valoran lo suficiente su tiempo sin estímulos digitales.
Vivimos en una sociedad de victimitas que no son capaces de tomar las riendas de sus vidas, que siempre esperan y exigen que sea el Estado y su coacción organizada los que le saquen sus castañas mentales del fuego digital.
De todos modos, aunque la iniciativa legal prosperara y consiguieran prohibir que un compañero o jefe se comunique con un trabajador, no creas que ese tiempo libre se va a dedicar a algo productivo vital o existencialmente, lo más probable es que lo dediquen a subir más fotos de comidas y a ver más videos de gatos, mientras sus hijos inatendidos e inatentos yacen delante de una pantalla viendo dibujos de Pepa Pig.
Hay dos temas de conversación que las buenas costumbres y la educación proscriben: la religión y la política. Por lo tanto, hoy voy a hablar sobre ellos.
La religión, según dice un amigo mío, ya no interesa a nadie, ni siquiera es un tema polémico, es simplemente indiscutido por aburrido e irrelevante, al menos en la esfera pública en la Europa occidental cuando se refiere a la religión católica o el cristianismo en general.
La política, en cambio, desata pasiones, y por eso mismo las reglas de urbanidad prescriben con más razón todavía evitar los temas políticos. El debate político racional y respetuoso es la esencia de la cultura democrática, pero las convicciones políticas son defendidas hoy en día con más fe arrojadiza que las religiosas y por eso uno debería pensárselo dos veces antes de sacar un tema de conversación que tenga que ver con la política.
La ventaja de no vender nada en este blog (por el momento) es que podría pasar por encima de las buenas costumbres y las reglas de urbanidad. Mi ventaja es que no tengo a nadie a que contentar para conseguir su favor monetario.
El capitalismo suaviza el carácter y evita los temas polémicos que pueden predisponer negativamente al potencial consumidor. Al estar este blog fuera de la esfera de intereses monetarios, me podría permitir ofender impunemente a una buena parte de la audiencia de este blog con mis opiniones religiosas y políticas, que puede que no sean muy convencionales o generalmente aceptadas.
Hablar de religión o política en este blog podría resultar chocante, fuera de contexto, podría tocar el centro de la identidad de mucha gente y lograr por fin mi objetivo declarado —y parcialmente impostado— de que te des de baja definitivamente del blog.
Después de todo, entras a este blog para mejorar tu vida, no para que te adoctrinen o te violenten con opiniones políticas o ideología extraña.
Sin embargo, a pesar de lo que puedas pensar, este blog es también sobre religión y política, sobre los medios que tiene el ser humano de lograr una mejor vida en un entorno social donde debe encontrar los medios de coordinación y cooperación con otros seres humanos.
Los blogs similares al mío, minimalistas o no. propugnan una ética de la autonomía, del individuo intentando mejorar su vida de manera esencialmente independiente y desprovisto de —o al menos no sujeto a— valores transcendentes o políticos. Es la ética liberal del vive y deja vivir, sin mayores complicaciones; es la ética del haz lo que quieras mientras no hagas mal a nadie o interfieras con los planes o valores de otras personas, que probablemente serán distintos en una sociedad pluralista como la nuestra. Esta ética es simplificadora, realista, pragmática y podemos decir que también minimalista, al menos en un sentido superficial. En todo caso, es profundamente actual y la corriente principal hoy en día, no tanto en las creencias y valores declarados por la gente como en las creencias y valores practicados por la gente.
Los asuntos sociales nos exceden, nos superan y están fuera de nuestra esfera de control y de influencia, es por eso que mi prescripción minimalista existencial ha sido casi siempre tomar como dado el entorno social, político y religioso, y adaptarse a él: no maldecir el territorio sino hacerse con un buen mapa de él y usarlo para navegar las vicisitudes vitales de la manera más aerodinámica posible. Es por esto que gran parte de mis escritos tratan de productividad, efectividad y organización personal
Pero junto a la ética individual, liberal y relativamente desvinculada, existen otras variantes éticas valiosas que también deberíamos tener en cuenta: la ética de la comunidad y la ética de la divinidad o quizá la ética «desde» la divinidad. Estas dos éticas o filosofías morales son necesarias y aportan dimensiones morales fundamentales para comprender, entender y dirigir convenientemente la acción individual y colectiva.
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Hay un libro muy recomendable que te podría ayudar a comprender mucho mejor la psicología del debate político actual y los fundamentos evolucionistas y morales de él: La mente de los justos, del psicólogo moral Jonathan Haidt. Desde un punto de vista psicológico y evolucionista explica el meollo del escenario político y el profundo impacto de las emociones para configurarlo.
Este libro es una admirable síntesis de psicología social, análisis político y razonamiento moral. Mejor que cien años de lectura de periódicos o de blogs y opiniones superficiales y apresuradas, este libro te ayudará a comprender por qué el mundo social de la política y la religión es como es y por qué no deberías apresurarte a desechar los sentimientos religiosos, ideológicos, nacionalistas o de pertenencia a una comunidad cultural.
En esencia, Haidt explica que el ideal democrático del discurso racional o racionalista como forma de dirimir conflictos y favorecer el consenso se convierte en racionalización de emociones y predisposiciones previas al discurso: defensa del grupo o identidad, de la comunidad con la que uno se identifica y convicciones religiosas o ideológicas. Los argumentos, la mayor parte de las veces, son soldados, armas arrojadizas para defender y justificar las posiciones propias, no medios de exploración o descubrimiento.
Pero no me entiendas mal, cuando Haidt explica —y yo reconozco— la función de las emociones y el sentimiento de pertenencia a una comunidad, no es para desacreditarlos, para hablar desde una torre de marfil intelectual o moral, desde la posición privilegiada del iluminado, del ser racional inmune a este sarampión de la humanidad que debe ser superado y al que yo soy inmune.
Creo que la comunidad, el sentido religioso y las emociones de pertenencia y amor por el propio grupo y su cultura son parte de nuestra naturaleza, elementos que hay que describir adecuadamente y no apresurarse a desestimar o despreciar como propios de gente burda, primitiva o menos evolucionada moralmente.
Este es un curioso podcast que pone de manifiesto un rasgo ideal de las buenas conversaciones: la espontaneidad, el estar abierto a las digresiones y cambios de tema, a pesar de que en principio hubiera un tema de debate fijado o acordado por ambos conversadores.
Podría haberlo titulado de otro modo: Conversación con Entusiasmado: de la poesía al apocalipsis acabando en la esperanza.
Nuestro invitado, el señor Entusiasmado, y yo empezamos hablando sobre lenguaje galante, flirteo y seducción, pero la charla derivó hacia temas más graves y de gran actualidad social: la corrección política y la ideología de género, las políticas identitarias y su substrato: el marxismo cultural.
Lo que en principio iba a ser un tema ligero, frívolo aunque interesante, se convirtió en una animada charla sobre política, control ideológico y el futuro de la civilización occidental. No está mal para una conversación de sobremesa mientras tomas el café.
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Advierto que este no es un podcast apto para todos los públicos y sensibilidades. Quizá te choque y digas que es impropio de un blog sobre minimalismo, buenos hábitos y productividad, que no esperabas esto de mí y que te he decepcionado, que te devuelva tu confianza y tu dinero.
Si estabas buscando una excusa o razón para darte de baja definitivamente de este blog, esta conversación puede ser la gota que colme el vaso de tu tolerancia y paciencia con Homo Mínimus.
En varios artículos anteriores, te he recomendado que te des de baja del blog, espero que con este podcast lo consiga definitivamente.
Este podcast está dividido en dos partes, quizá porque nos resultó imposible ser sublimes sin interrupción.
00:00:00 Poema declamado por el artista conocido como Homo Mínimus.
00:01:20 Presentación del tema de hoy: lenguaje galante, flirteo y seducción
El lenguaje solo en pocas ocasiones es para transmitir información, normalmente sirve a otros objetivos. ¿Ha empleado Entusiasmado el arma cargada de futuro de la poesía para flirtear o seducir? ¿Es útil la poesía?
00:07:28 ¿Prefieren las mujeres a los poetas?Artículo en blog de Entusiasmado. Explicación del estudio por parte de Entusiasmado. Valoración superior de hombres que hacen comentarios metafóricos sobre los que los hacen literales. Lo mismo sobre comentarios sobre cualidades vs posesiones.
10:30 Estrategias evolutivas y preferencias femeninas. Crítica general de las investigaciones.
12:25 Lenguaje novedoso, uso más creativo del lenguaje ante expectativas de citas con mujeres atractivas. ¿Por qué? ¿Por qué el «lenguaje florido» produce el efecto de atracción sobre las mujeres? Entusiasmado dice que cuidado con el lenguaje florido, ampuloso, que no es necesariamente novedoso, la poesía es una arma cargada de futuro… pero también de ridículo. Se trata más de mostrar creatividad e inteligencia a través del lenguaje que de usar un lenguaje artístico, florido, ampuloso.
17:15 [Y aquí empieza la deriva…] Las mujeres buscan los hombres que sean capaces de proporcionar más recursos. Es una estrategia o propensión evolutiva inscrita en las psiques de las mujeres. «Nuestro cerebro fue hecho en un determinado momento… para responder a las necesidades del momento… aunque las condiciones hayan cambiado…»
19:00 Referencia a Satori time. [Referencia] [Cuña publicitaria] No confundir con la famosa escena de Lost in translation de Suntory time, el güisqui .
19:30 Qué es lo que hace que surja la poesía, el arte. Referencia a Geoffrey Miller, un psicólogo evolucionista, el autor de The Mating Mind. Escribió en el 2013 el siguiente tuit:
«Dear obese PhD applicants: if you didn’t have the willpower to stop eating carbs, you won’t have the willpower to do a dissertation #truth»» [Traducción: Querido obeso aspirante a PhD: si no tenías la fuerza de voluntad para parar de comer carbohidratos, no tendrás para la fuerza de voluntad para completar una tesis #verdad]. Consecuencias para Geoffrey Miller.
Dice Entusiasmado: «En un mundo de mentiras, decir la verdad es un acto revolucionario», «Dos tipos autores: los polémicos y los falsos».
24:12 [Cambio de rumbo, viramos en la conversación hacia la cuestión de la corrección política]. Alegato a favor de la libertad de expresión. Ofendiditos. Cualquier juicio o valoración puede dañar las personas. Se necesitan personas con la fuerza suficiente para aceptar opiniones que no les favorezcan.
26:20 ¿Por qué las mujeres no llegan a puestos de responsabilidad y hay menos premios nobel mujeres? ¿Es la discriminación el único factor explicativo? Referencia a James Damore, el empleado de google que explicó la presencia de menos mujeres en tecnología. Masculinismo de Entusiasmado.
Feministas de tercera ola vs sufragistas. Vuelta de tuerca: grupos humanos (asiáticos o judíos ashkenazi) con media de CI superior a la media. «El hombre blanco es el causante de todos los males… y de todos los bienes». Ataque a la diferencia de tratamiento legal de hombres y mujeres. El problema del entorno acolchado para mujeres y minorías.
38:40 Inteligencia no es una magnitud fija. Menos exigencias con determinados grupos desincentiva a esos mismos grupos y realmente los perjudica. Thomas Sowell y el estado protector. Familias monoparentales.
42:20 Homo Mínimus decide emplear este podcast para filtrar a sus lectores y audiencia. Cambio definitivo del tema del podcast: corrección política y censura.
47:40 «Conspiranoia» de Entusiasmado. Hembrismo. Imposición de pronombres de género. Políticas identitarias. Ataque a la racionalidad. «Hay gente que se siente gato». Postmodernismo. «El método científico es machista». Marxismo cultural: la revolución por otros medios. Representación en los medios de la lectura y la inteligencia.
Se pierde la conexión. Se retomará en la parte II.
00:00 Homo Mínimus no cree que haya una conspiración. Entusiasmado cree que hay una multitud de pequeñas guerras pero forman parte de una guerra general para minar la civilización occidental.
06:15 La novedad no está en que haya intereses ocultos sino en la negación de la razón.
12:20 Llamamiento de Entusiasmado a la racionalidad y el pensamiento crítico. Homo Mínimus añade la necesidad del pensamiento exploratorio y creativo.
13:45 La negación de la naturaleza humana. La educación como solución universal a los problemas de la sociedad(HM lo pone en duda). El debate naturaleza vs crianza.
Programaciones mentales vs programación genética.
20:00 Por qué Entusiasmado es de derechas. Cincuenta sombras de Grey. Conflict of visions, de Thomas Sowell. Visión trágica y visión utópica.
Mao Tse Tung o Trujillo (dictador República Dominicana) se parecen más a Genghis Khan que al ideal de hombre nuevo socialista. Mesianismo tradicional vs mesianismo actual. Creerse propias mentiras. Entusiasmado dice que «nadie que tenga dos o más hijos piensa que todas las personas son iguales».
30:30 Somos una sociedad cobarde. Defensa de la libertad de expresión. ¿Por qué parece que es ahora la derecha o el conservadurismo los que defienden la libertad de expresión? Imposición de una visión de la historia. Pánico a expresarse. Una persona puede perder su trabajo por sus opiniones. También puede acabar en la cárcel. Crímenes de odio (excusa para la censura).
34:20 Apocalipsis. Homo Mínimus dice que la guerra está perdida. La opción benedictina. Entusiasmado dice que «Las guerras perdidas son las únicas que merece la pena luchar». Clark Gable acudiendo a luchar con los confederados.
36:40 Cierre del podcast «apoyados contra las puertas del castillo resistiendo los embates del ariete del ejército de orcos que quieren invadir los restos que quedan de la civilización occidental» (imagen vívida del señor Entusiasmado).
38:26 Poema de cierre declamado por el presentador.
El artículo que transcribo fue escrito en 1994 por Roger Schank, investigador en Inteligencia Artificial y educador.
Obviamente, creo que el sistema educativo está cometiendo grandes errores. Aquí están mis diez favoritos, favoritos no porque me gusten sino porque si los erradicáramos ayudaríamos mucho a los niños a aprender.
Error #1: las escuelas actúan como si el aprendizaje pudiera ser disociado del hacer
Realmente no se puede aprender sin hacer. Hay apariencia de que aprenden sin hacer cuando pedimos a los niños que memoricen cosas. Pero los adultos sabemos que aprendemos mejor en el trabajo, de la experiencia, probando cosas. Los niños aprenden mejor de esa manera también. Si resulta que no hay nada que hacer en el área de la asignatura que queremos enseñar a los niños, entonces puede ser que realmente no haya nada que debamos aprender en ese área.
Error #2: las escuelas creen que el trabajo de evaluar es una parte de sus responsabilidades naturales
La evaluación no es el trabajo de las escuelas. Los productos han de ser evaluados por los compradores de esos productos, no el productor de esos productos. Dejemos que las escuelas hagan el mejor trabajo que puedan y dejemos que el comprador decida por sí mismo la calidad de los resultados. Las escuelas deben concentrarse en aprender y enseñar, no en poner exámenes y comparar.
Error #3: las escuelas piensan que tienen la obligación de crear un currículum estándar
¿Por qué deberían todos saber lo mismo? Vaya mundo tan aburrido sería este si todos supieran lo mismo. Dejemos que los niños elijan dónde quieren ir, y con guía adecuada escojan bien y creen una sociedad viva y diversa.
Error #4: los profesores creen que deben decir a los estudiantes lo que creen que es importante saber
No hay tantas cosas importantes que saber. Sin embargo, hay mucho que es importante saber cómo hacer. Los profesores deberían ayudar a los alumnos a que averiguaran cómo hacer las cosas que los alumnos quieren hacer.
Error #5: Las escuelas creen que la instrucción puede ser independiente de la motivación para usar lo aprendido.
Tenemos que superar la idea de que algunas cosas merecen la pena saberse incluso si nunca haces nada con ellas. Las memorias humanas felizmente borran las cosas que no tienen propósito, así que… ¿por qué intentar atiborrar las cabezas de los niños con tal contenido? Concéntrate en averiguar por qué alguien querría saber algo antes de que se lo enseñes, y enséñale la razón de un modo creíble al mismo tiempo.
Error #6: las escuelas creen que el estudio es una parte importante del aprendizaje
La práctica es una parte importante del aprendizaje, no estudiar. Estudiar es un completo desperdicio de tiempo. Nadie nunca recuerda las cosas que se metió en la cabeza la noche antes del examen, así que ¿por qué hacerlo? La práctica, por otra parte, lleva a la perfección. Pero tienes que practicar una habilidad que realmente quieras saber cómo ejecutar.
Error #7: las escuelas creen que clasificar de acuerdo al grupo de edad es una parte intrínseca de la organización de la escuela
Esto es solo un accidente histórico y una idea terrible. Los niveles escolares de acuerdo a la edad son una de las principales fuentes de miedo a la escuela en los niños, porque siempre están sintiendo que no son tan buenos como algún otro o mejores que algún otro, y cosas así. Tales comparaciones y otros problemas sociales causados por divisiones por edad similares provocan que muchos niños tengan terribles problemas de confianza. Por otro lado, dejar que los alumnos ayuden a los que son más pequeños es beneficioso para ambas partes.
Error #8: las escuelas creen que los niños lograrán cosas solo si hay calificaciones por las que esforzarse.
Las calificaciones sirven como motivación para algunos niños, pero no para todos. Algunos niños se frustran mucho por el uso arbitrario del poder que representan las calificaciones y terminan renunciando.
Error #9: las escuelas creen que la disciplina es una parte inherente del aprendizaje
La gente mayor, sobre todo, piensa esto, probablemente porque las escuelas eran rígidas y exigentes en sus días. La amenaza de una regla golpeando la cabeza vuelve a los niños ansiosos y callados. No les hace aprender, les hace temerosos de cometer errores, que es algo muy distinto.
Error #10: las escuelas creen que los alumnos tienen un interés primario en aprender cualquier cosa que las escuelas decidan enseñarles
¿Qué niño elegiría aprender matemáticas en vez de aprender sobre animales, camiones, deportes u otra cosa? ¿Hay alguno? Bien. Entonces enséñale matemáticas. Deja a los otros niños en paz.
Esta lista no detalla lo que funciona mal en la escuela, ni las arquitecturas de la enseñanza que proponemos para reparar todo lo que no funciona. Sin embargo nos da una idea sobre dónde empezar. Y yo creo que software de alta calidad podría ayudarnos a hacer algunos de estos cambios.
20 años después de escribir el artículo, Roger Schank ha hecho una revisión de estos 10 errores. El panorama es desolador. Las cosas han ido a peor:
«No soy el único que está clamando en el desierto. Hay mucha gente que está de acuerdo conmigo y dice cosas similares.
¿Escucha alguien?
Sin duda. Los padres están dándose cuenta de lo estúpidos que son los tests y qué estúpido es el currículum. Los chicos se están dando cuenta, hoy más que nunca. Los profesores están decepcionados.
¿Alguien los escucha? No. Hay muchísimo dinero en juego para que cambien las cosas.
Bien, este fue el informe de los últimos 20 años en las trincheras. No nos rendiremos, pero la victoria parece estar muy lejos.»
Roger Schank dice de sí mismo en su blog personal: “Renuncié a formar parte del sistema educativo para así poder cambiarlo”. Creo que hemos de hacer lo mismo. Pero no tanto para cambiar el sistema educativo como para crear millones de sistemas educativos distintos que no necesariamente impliquen la institución tradicional de la escuela ni por supuesto la planificación y control de Estado y las autoridades académicas.
¿Hay esperanza? Sí. Convertirnos en interdidactas, aprender por nuestra cuenta y en compañía (voluntaria) de otros. Allá vamos.