5787 – ten cuidado, querido lector, yo me maté en esa curva

Transcurrido el mes de Elul, rescato este viejo artículo, antes titulado’Vive como si ya estuvieras muerto’, porque creo que es el mejor mensaje para esta segunda oportunidad que se te concede en el nuevo año si es que hoy mismo tu nombre es inscrito y sellado en el Libro de la Vida.

Los malvados son borrados del Libro de los vivos para siempre e inscritos en el Libro de la Muerte, pero no es tu caso.

Si no eres inscrito hoy mismo en Libro de la Vida, se te conceden diez días (los Días Temibles) hasta Yom Kippur para que reflexiones, te arrepientas y recuperes tu relación con D-os y con los hombres.

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¡Shabbat Shalom!

estás conduciendo por una carretera comarcal en el crepúsculo el paraje es montañoso y las sombras de los árboles oscurecen el camino Aciertas a ver un reflejo hay alguien en un lado de la carretera junto a un poste tenuemente iluminado que indica la presencia de un merendero te hace señales te paras es una mujer te dice que si la puedes llevar al siguiente pueblo se le ha hecho tarde y ya no pasarán más autobuses dices que sí, claro; te hará compañía y con suerte tendrás un poco de conversación Como tienes ocupado el asiento delantero con una mochila una petaca y envoltorios de golosinas te dice que no te molestes en retirarlos se sienta en la parte trasera intentará conciliar el sueño y dormir un poco intercambiáis unas pocas palabras Sigues conduciendo la carretera se vuelve más sinuosa y dejáis de hablar

las nubes cabalgan sobre la luna las sombras lo inundan todo tan solo la carretera delante vuelves al estado de sopor Pasado un rato la acompañante que creías dormida dice lánguidamente «Ten cuidado, esa curva es peligrosa» aguzas la vista ves que la carretera gira bruscamente aprietas el freno giras presto el volante  contienes la respiración justo a tiempo de evitar un accidente por exceso de velocidad en un tramo mal señalizado seguro que más de uno se ha llevado alguna vez un susto

Respiras con alivio, te recuperas y relajas las manos sobre el volante. Miras por el retrovisor. Sonríes nervioso y das las gracias a la joven; su aviso os ha salvado.

Pero nada; silencio; estás solo.



Esta historia contada con voz grave y más comas y puntos aparte por una boca sobre la que se reflejan las llamas de una hoguera en un claro del bosque en un campamento de verano quiere ser espeluznante y provocar escalofríos. En su día, a mí me los produjo.

Pero no, esta noche de otoño, después de un día rutinariamente agitado, tras una copiosa cena y premiarme con suficientes mililitros de licor de hierbas, mientras reposaba en mi sillón-mecedora y dejaba escurrir a mis pensamientos, entre algodones de cansancio y pesadez en el estómago, quizá animado por la bebida espirituosa, me ha acometido una revelación punzante, incisiva como el proverbial puñal de hielo atravesando el corazón de tu indiferencia:

Ya sé que en algunas historias la mujer se convierte en un esqueleto o avisa al conductor demasiado tarde y al día siguiente solo encuentran un cadáver entre los restos del accidente; también sé que algunos piensan que esa joven de vestido vaporoso es un espíritu justiciero que castiga a hombres promiscuos que recogen a místicas doncellas en lugares solitarios; incluso, en algunas versiones, la voz del espectro sentencia: «Yo me maté en esa curva y tú pagarás por ello».

Pero no, esta noche de otoño, cuando ya han sonado las doce campanadas en la vecina y centenaria iglesia, no lo siento así, no: lo que puede parecer una historia desasosegante a corazones no curtidos en mil batallas y decepciones, a mí me sugiere la acción de un espíritu benévolo, de alguien muerto después de una vida ordinaria —que pasó sin pena ni gloria— y se encuentra bendecido con una segunda oportunidad —sin carne pero con espíritu— y la obligación de inventar e iniciar una misión de la que no será beneficiario —puro desprendimiento de rutina y ego— durante su segunda y breve estancia en la tierra:

 «Ten cuidado, viajero solitario, yo me maté en esta curva.».

Conciencia de la finitud y cambio de rumbo vital

Escribía Montaigne, recogiendo el tema clásico del Memento Mori («Recuerda que vas a morir»), que debíamos vivir con una ventana mirando al cementerio.

La muerte, con su promesa segura de finitud, convierte el tiempo vivido en un bien escaso y eso, subjetivamente, convierte a la vida en algo más valioso. La cercanía a la muerte o la amenaza a la vida, un susto existencial, aumentan la perspectiva y también la intensidad derivada de la conciencia de nuestra vulnerabilidad.

El Dr. Johnson escribió: «Cuando un hombre sabe que va a ser ahorcado en quince días, concentra su mente maravillosamente.»


Es un lugar común decir que nuestras sociedades contemporáneas esconden la muerte y cualquier tema relacionado con la muerte, porque el enfrentamiento del hombre con su radical destino no es algo que venda o que pueda explotarse fácilmente desde el punto de vista comercial. Los cementerios alejados del centro de las ciudades, los tanatorios, los blancos y asépticos hospitales, las promesas transhumanistas de vida ilimitada, son todos exponentes de este intento de exorcizar la visión de la muerte.


En situaciones dramáticas a las que acabas sobreviviendo, se abre una ventana de oportunidad en la que puedes considerar tus decisiones vitales y el curso de tu vida para así re-priorizar tus acciones y sus metas.
Pero hay un gran peligro, que, pasado el susto, retomes los viejos modos de existir: cuando la espada de Damocles deja de pender sobre el cuello, o al menos pende a una mayor distancia, es muy fácil volver a la condición anterior, al modo habitual de hacer las cosas.
Por eso hemos de recordarnos continuamente nuestra finitud, pero no para enviar a todos nuestros jugadores, incluso al portero, a rematar al campo contrario, intentando remontar el partido en tiempo de descuento; es mejor aprovechar la oportunidad para recordar que el propósito en la vida, nuestra misión en la vida, tiene menos que ver con nuestra pequeña felicidad o pequeños deseos que con la manera en que nos relacionamos con el mundo y lo absoluto, con algo que va más allá de nosotros mismos: nuestra pequeña aportación a un fin más grande.
En términos de teoría de juegos filosófica, deberíamos pensar más en juegos infinitos: los que continuarán sin nosotros cuando no estemos.

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Sé feliz

Haz un experimento. Ve por la mañana a la entrada de una escuela de primaria o infantil en cualquier lugar de España. ¿Cuál crees que es la despedida más frecuente cuando los padres dejan a sus niños en el colegio?

«Diviértete» o quizá «Pásalo bien» o incluso «Sé feliz».

Todavía estoy esperando el día en que algún padre diga algo como: «Aprende algo», «Sé bueno», «Haz alguna buena pregunta», «Respeta a tu maestro y tus compañeros». O, Dios no quiera: «trabaja y esfuérzate mucho».

El sé feliz como imperativo categórico. Lo importante es que se lo pasen bien, el yo inmaduro, impresionable, desnortado, del niño como brújula vital. Un manojo de pulsiones centradas en el ombligo.

Los profesores casi te piden disculpas si se atreven a poner algún tipo de tarea o deberes para casa a tus hijos. La voluntad es fascista, los deberes alienantes, la responsabilidad un engaño para someter a los más humildes.

Como dice el filósofo Gregorio Luri: la escuela no es un parque de atracciones.

Como dijo John Stuart Mill de Sócrates, los cerdos, los hombres y los locos:

Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho.

Adelante diez o quince años, y tienes seres frágiles, grandes como castillos, endebles en conocimiento y espíritu, incapaces de tolerar la frustración y que encuentran en ideologías progres la solución a sus problemas. La sociedad es la culpable, no es esto lo que me contaron, yo merezco ser feliz.

Tú no mereces nada, alma de cántaro, personita de pitiminí, el mundo no te debe nada, el mundo estaba antes que tú.


En el colegio de Hansel y Gretel habita una terrible bruja. Con el señuelo de la diversión, las piruletas y la felicidad, convertirá a tus hijos en esclavos de sí mismos, carne de cañón de los políticos, eternos frustrados hasta el final de sus días.

Descansa en paz… y felicidad.

Feliz navidad, Shane…

La canción captura la realidad agridulce de la temporada navideña, con temas de amor, sueños y la dureza de la vida.

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Fairytale of New York de The Pogues captura la esencia cruda y descarnada de la ciudad de Nueva York de una manera que pocas otras canciones lo hacen.

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La letra de Fairytale of New York de The Pogues desató la polémica y el debate debido al uso de un lenguaje vulgar.