En algún lugar de este blog de cuya dirección web no quiero acordarme, digo que la edad a la que se debería permitir a un joven el acceso a un teléfono inteligente es a los 31 años (cuando ya no es joven y ha alcanzado la madurez en el desarrollo cerebral).
Soy el loco clamando en el desierto. Pero me he encontrado a otra loca que clama con un altavoz más alto que el mío. Ella sugiere retrasar el móvil individual hasta los 25 años, aunque permite un uso familiar de un dispositivo común para usos muy limitados. Tiene un hijo de 20 años que no tiene teléfono inteligente; este es identificado por sus conocidos o cuasi-conocidos como el «chaval que no tiene smartphone».
Esta loca que también clama en el desierto, Catherine L’Ecuyer, es la autora de un estupendo libro donde defiende que la mejor preparación para el futuro, incluso en un mundo digital, es el mundo real, en tres dimensiones, con seres humanos de carne y hueso.
El libro es Educar en la realidad. Deberían leerlo TODOS los padres y todos los que quieran educarse o re-educarse a sí mismos.
Es uno de los libros que más he regalado (con acogida variable, ciertamente).
Creo tanto en el mensaje de este libro que voy a regalar dos en formato digital (Kindle) y dos en formato papel. Los libros en papel solo puedo regalarlos a los que vivan en España (lo siento, pero de todas formas puedes pedirlos en versión digital). Solo tienes que escribir a homominimus@gmail.com, decir qué formato quieres, y estar entre los primeros cuatro solicitantes. Si lo pides en papel, me tienes que dar tu dirección de envío. Si no tienes kindle, dímelo. Voy a regalar solo cuatro, así que tienes que ser rápido (que me los quitan de las manos).
Usaré las últimas donaciones a este blog para regalar los libros.
Si luego te apetece, me puedes escribir un email con tus impresiones del libro, y, si eres más audaz, proponerme una conversación en el podcast de Homo Mínimus.
Te dejo con una entrevista con la autora del libro y su pensamiento. Podrás ver que resuena completamente con los contenidos de este blog.
Prefiero ver a ChatGPT como una tecnología cultural de agregación y difusión de conocimiento disperso, no como un agente –ni mucho menos como un agente con conciencia.
Vi el Aleph desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra…
Para mí, ChatGPT y sistemas afines no son tan diferentes a una biblioteca bien surtida, de la que sabes que contiene tanto conocimiento que apenas se puede rozar la superficie, o en la que solo es posible adentrarse profundamente en un ámbito muy estrecho. Eso sí, es una biblioteca de fricción muy baja, donde puedes encontrar y combinar lo que quieras muy rápidamente.
La IA simplemente nos pone más en contacto con una realidad ya existente desde hace mucho tiempo: que el conocimiento humano es prácticamente infinito y que el de cualquier individuo, no importa lo que sepa, es siempre infinitesimal.
«El Aleph” de Borges cumple una función similar a la interpretada y transmitida por la mística judía. A través de él se revela una verdad desbordante y absoluta que, sin embargo, no deja al mismo tiempo de ocultarse para provocar la renovación constante del esfuerzo humano por acercarse a su presencia.
Por supuesto que lo que se puede conocer es todavía más infinito que lo que la humanidad conoce; es un transfinito de orden superior, por usar una analogía tomada de la teoría de conjuntos.
Me parece haber sido solo un niño jugando en la orilla del mar, divirtiéndose y buscando una piedra más lisa o una concha más bonita de lo normal, mientras el gran océano de la verdad yacía ante mis ojos con todo por descubrir
–Isaac Newton
Esto no puede sino generar vértigo cognitivo, casi existencial, unido a una sensación de melancolía por el no saber y el saber que nunca sabrás la mayor parte de lo que se sabe y se puede saber.
¿Cómo transmitir a otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?
Con la melancolía de constatar nuestra posición en el mundo –el equivalente a mirar por una estrecha rendija una habitación inmensa–, nos puede acompañar una mayor humildad epistémica, la consecuencia natural de contemplar, si no el infinito mismo, sí la posibilidad del infinito.
A pesar de haber descubierto que hay una puerta artificial hecha de redes neuronales que conduce por un pasillo a un conocimiento universal esencialmente inabarcable, es reconfortante reconocer nuestra aportación: esta quedará subsumida en el océano del saber, pero podrá ser desenterrada por otro ser humano más adelante o, más probablemente, convertirse en una humilde piedra de una catedral futura.
A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en un mar de necesidad; pero el mar sería menos si le faltara nuestra gota.
–Madre Teresa de Calcuta
Nuestras vidas cognitivas no se escurrirán para siempre por las grietas del tiempo. Sabemos que lo que aportemos estará disponible para las nuevas generaciones, si es que algún día lo necesitan o sienten curiosidad por algo de lo que hicimos. Cada uno de nosotros, con sus pequeños pasos, durante un fugaz fragmento del tiempo, será como el soldado desconocido del gran ejército de la humanidad, que camina en busca de un futuro mejor. A su vez, los que vengan después darán sus propios pasos aprovechando el pasado que ayudamos a construir.
No hace falta ser eterno. No es necesario vivir y morir en el espejo de la gloria póstuma. Basta con poder ser útil alguna vez para alguien, aunque solo sea por un instante.
Hace poco, mi hija de siete años me preguntó: «¿cuándo podré tener móvil?» Y le respondí: «Cuando tengas 31 años, y será como el mío (un nokia del siglo pasado, un dumbphone)». Ella me respondió: «Vale».
Si tiene las reglas claras desde pequeña todo es más fácil. Yo mismo tengo que luchar contra la presión imperante, pero puedo ahorrarle la lucha a mi hija para que dedique el tiempo a afanes más productivos que vencer tentaciones: le proporciono mejores alternativas: música, teatro, muchos libros, matemáticas y muchas conversaciones familiares.
Yo creo que la solución SÍ es prohibir pantallas, pero dentro del ámbito de actuación personal y familiar. Así preservamos la libertad personal y de las familias para hacer lo que quieran, y al mismo tiempo creamos un espacio libre de pantallas al menos en casa. Bastaría con que algunos padres, yendo contra la corriente y arriesgándose a ser tildados de maltratadores, prohibieran las pantallas a sus hijos, así se empezarían a ver las diferencias entre los niños y jóvenes criados con pantallas y los criados con libros, en la naturaleza y con ricas comunicaciones con seres humanos.
Los padres digitales querrán hijos como los que tenemos los no digitales y voluntariamente harán lo mismo o parecido.
En materia de educación y «virtudes» (ojo: no hablo de «valores», esos comodines morales del progresismo), la responsabilidad es de los padres, que además son los más interesados por el bienestar y desarrollo de sus hijos. Los políticos, directivos de tecnológicas, administradores de escuelas, funcionarios, pedagogos, profesores, etc. también pueden estar interesados por el bienestar de los niños y jóvenes en general, de forma abstracta, pero principalmente lo están por los votos, su futuro profesional, sus empresas, su comodidad laboral, su sueldo seguro a principio de mes y los trienios.
Opino que a una herramienta educativa no hay que evaluarla solo por sus pros. Las herramientas digitales pueden tener muchos. Pero también hay que considerar los contras. En materia de pantallas en la educación, al menos hasta los 18 años, quizá hasta los 24, los contras superan a los pros; uno de los principales contras es que son tecnologías adictivas por diseño, no por accidente.
Por supuesto que hay ventajas en el uso de herramientas digitales, pero yo puedo vivir sin ellas y además evito los peligros y el efecto expulsión: más tiempo de pantalla menos de comunicación humana, aburrimiento (necesario), libros y espacios naturales. Con el advenimiento de ChatGPT y sistemas afines, hay que añadir como un contra la expulsión producida por la externalización de nuestras funciones cognitivas: memoria, razonamiento, juicio, capacidad creativa.
Y no, las redes sociales y otras tecnologías digitales no son meras herramientas: tienen agencia, intenciones, las de sus programadores y dueños, que no coinciden ni de lejos con mis metas y prioridades.
Si Zuckerberg no fuera billonario y tú padecieras de un tierno corazón sangrante, quizá sentirías un poco de pena por el mal trago que ha pasado ante el senado americano. Echa un vistazo a esta comparecencia antes de continuar leyendo si es que no la has visto ya.
Los senadores convirtieron la comparecencia de Zuckerberg y otros responsables de las principales redes sociales en un escarnio público, una reprimenda publicitaria de carácter populista, un auto de fe; no fue un interrogatorio donde quisieran averiguar algo sobre el funcionamiento de Meta y su modelo de negocio.
El auto de fe era un acto público organizado por la Inquisición en el que los condenados por el tribunal abjuraban de sus pecados y mostraban su arrepentimiento —lo que hacía posible su reconciliación con la Iglesia católica—, para que sirviera de lección a todos los fieles que se habían congregado en la plaza pública o en la iglesia donde se celebraba (y a quienes se invitaba también a que proclamaran solemnemente su adhesión a la fe católica).
Pedir perdón porque te fuerzan es, además de una humillación, un gesto carente de valor. Hay una gran diferencia entre el arrepentimiento y el miedo a la represalia o el castigo, y entre el sentimiento de culpa (locus interno) y la simple vergüenza (locus externo). El carácter moral de la petición de perdón tiene que ver con el convencimiento interior, no con la coacción que ejerza un senador o las familias de niños y jóvenes acosados a través de las redes sociales, prostituidos o que se han suicidado.
Todos sabemos a lo que se dedican estas empresas digitales dueñas de redes sociales: a captar la atención de la gente para luego venderla a los publicistas o cualquier empresa que puede emplear esa información para ganar dinero. Obtienen información detallada y granular sobre el comportamiento de los individuos y colectivos y luego la venden al mejor postor. Su modelo de negocio está basado en la obtención y comercialización de la atención humana.
Los mecanismos de captación y mantenimiento de la atención facilitados por la tecnología digital conducen a los usuarios a algún punto del espectro adictivo. Que no lo llamemos adicción cuando hablamos de nosotros o nuestros hijos se explica porque estos comportamientos son habituales, y, como dice el dicho inglés, «Misery loves company»: cuanto estamos todos en una mala situación, esta situación se percibe menos mala e incluso no se percibe siquiera como mala.
Zuckerberg, como la mayoría de los millonarios y billonarios de las industrias digitales, no es idiota (aunque esté en algún lugar funcional del espectro autista) y sabe mantener a sus hijos fuera del alcance o abuso de las redes sociales, adicciones digitales y otros peligros. Sobre todo, sabe el efecto que tienen porque es el efecto que buscan: mantener pegados a los usuarios a las pantallas, sean estos niños, jóvenes o adultos.
Chamath Palihapitiya, un exejecutivo de Facebook, reconoció que sentía una «culpa tremenda» al haber ayudado a construir la red social. Además, admitió que a sus hijos “no se les permite usar esa mierda”.
Mark repite que ellos se dedican a construir herramientas, las mejores que pueden, y por tanto da a entender que la responsabilidad sobre el mal uso de las redes sociales no es suya, de la misma manera que los accidentes de tráfico no son generalmente atribuibles a los fabricantes de coches.
En la comparecencia en el senado, Zuckerberg fue un cabeza de turco que los senadores cortaron despiadadamente y mostraron gozosamente a los padres de jóvenes suicidados o captados a través de su plataforma y luego abusados.
La cabeza de Zuckerberg es como la cabeza guillotinada del noble francés en la revolución francesa, que rueda por el suelo y es celebrada con alborozo por el populacho.
Pero como he comentado muchas veces en mi serie de artículos sobre neoludismo, las aplicaciones digitales no son simples «herramientas», al menos no tan herramientas uniuso como un secador o un detornillador, o si lo son, son «herramientas con agenda propia«: buscan que las emplees lo más posible para maximizar el beneficio. Es difícil exonerar completamente de culpa a alguien que tan deliberadamente trabaja para mantenernos pegados a una pantalla.
En el mundo digital, se dice que el principal competidor de facebook no es Instagram o YouTube o cualquier otro producto de entretenimiento offline, sino las horas de sueño del usuario. Por tanto, es más correcto decir que los usuarios se convierten en las herramientas de las aplicaciones digitales y el teléfono inteligente, de la misma manera que los drogadictos son una herramienta para la riqueza de los narcotraficantes.
¿Es esto exagerado?
Sí, probablemente. Los seres humanos buscan influenciar a otros seres humanos para conseguir sus fines. La publicidad tradicional perseguía lo mismo que la actual, influir en los consumidores. La propaganda política igualmente. La simpatía de un vendedor y su sonrisa es el camino más corto hacia tarjeta de crédito del incauto.
Lo que cambia es el poder de influencia y la mayor o menor legitimidad de usar medios que conducen potencialmente a la adicción. Los medios digitales tienen un poder de influencia muy similar al de las drogas.
Sin embargo, no consideramos que sea lo mismo la influencia de un traficante de droga que la de un profesor en la escuela o que la de un ingeniero de la atención de Silicon Valley.
Consideramos que hay medios de persuasión más o menos legítimos en función del fin perseguido y los efectos sobre el persuadido: incitar a las drogas puede destruir la vida de las personas; adoctrinar/educar a los niños en la escuela va contra el interés legítimo de los padres en transmitir sus propios valores, quizá alejados de los del Estado o el burócrata de turno, pero no consideramos a los profesores de la enseñanza estatal al mismo nivel de los narcos (aunque deberíamos, dado el nivel de basura cultural con la que alimentan a nuestros hijos: no solo de venenos físicos muere el hombre…).
Las empresas digitales –a cambio de tu atención fragmentada, cada día más fugaz, y tus gustos extraídos de tu comportamiento digital (los likes y tu historial de navegación)– entregan un flujo de entretenimiento prácticamente ilimitado.
Aquí está el debate: ¿están las empresas digitales tipo Meta, TikTok, Instagram o Google más cerca de los narcotraficantes y los proxenetas, o más cerca de los fabricantes de pantallas digitales para escuelas o las compañías telefónicas o el creador o distribuidor de eventos artísticos?
¿Zuckerberg es nuestro chivo expiatorio?
El Levítico describe entre los diversos rituales y ceremonias del pueblo hebreo la figura del «chivo expiatorio», que en el Día de la Expiación o Yom Kippur, el día más sagrado del año judío, debe ser expulsado ritualmente de los rebaños de las tribus israelitas como parte de un ritual de limpieza.
En el Día de la Expiación, se envolvían los cuernos de una cabra con una tela roja, que representaba los pecados de la comunidad, y se la expulsaba al desierto.
Zuckerberg es un chivo expiatorio, un ritual o mecanismo social para expiar nuestras culpas. En este caso, el chivo asume parte de la culpa y desvía la atención hacia otros posibles culpables. De una manera un tanto mágica o supersticiosa, no es solo que el chivo purgue nuestros pecados como sociedad sino que además nos exonera de cualquier responsabilidad personal que podamos tener en el estado actual de cosas; en particular, lava la posible mala conciencia de los padres de los jóvenes suicidados o que fueron captados y abusados a través de facebook u otras redes sociales.
Es posible que estemos convirtiendo a la víctima propiciatoria en victimario, a Mark en la causa única de nuestros males sobre la que ha de recaer el castigo o la responsabilidad final del pecado. Después de todo, ¿podemos culpar a la compañía de teléfonos de que sus artefactos se usen para realizar amenazas de muerte o para llamar al camello y procurarse droga o para arreglar acuerdos ilícitos entre personas?
En el sector privado, toda empresa, todo ser humano, ofrece algo que alguien necesita y le persuade para lograr el intercambio; el vendedor ambulante, el músico callejero, el payaso del circo y el seductor necesitan captar tu atención, obtener algo de tu tiempo y darte algo que quieras comprar. En este sentido, las empresas digitales no hacen nada que no hagamos los demás, solo lo hacen en mayor escala, coste más bajo y con mejores resultados.
Para las familias, los daños colaterales del uso de las redes sociales son entre otros: la fragmentación de la atención, la reducción de los índices de lectura en cuanto el niño dispone del móvil, el aislamiento, el ciberacoso, las adiciones a los videojuegos, la explotación o intercambios ilícitos mediados a través de las redes sociales, los crecientes índices de depresión y ansiedad entre los niños y jóvenes y, en casos extremos, los suicidios precipitados por un uso abusivo o escapista de las redes sociales e internet.
Si no es Zuckerberg, ¿quién es el culpable?
El culpable eres tú.
El culpable eres tú, que compraste a tu hijo un teléfono inteligente cuando llegó a los 10 años, o, si fuiste conservador, a los 12 y, si fuiste un héroe, a los 14 o los 15.
Por primera vez en España la proporción de niños de 10 a 15 años que disponen de teléfono móvil ha superado los siete de cada 10, con subidas en los últimos 10 años en la mayor parte de las comunidades, especialmente desde la llegada de la pandemia de covid. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), ya con 12 años un 72,1% de niños y niñas cuentan con teléfono móvil. A los 13, tienen teléfono el 88,2% y a los 14 y 15 son ya el 94,1% y 94,8% respectivamente.
El culpable eres tú que pasas más tiempo con tu móvil que hablando con tus hijos.
El culpable eres tú, que cediste a la presión social de otras familias, otros padres y otros niños.
El culpable eres tú, que no tienes criterio más allá del del rebaño y del viento que más fuerte sopla.
El culpable eres tú que no lees o no haces caso a los agoreros que llevan años alertando sobre el peligro de las pantallas sobre el desarrollo cognitivo y emocional de los niños, por ejemplo alguno de estos:
El culpable eres tú que esperas que el Gobierno prohiba los móviles en la escuela cuando tú eres incapaz o te sientes impotente para hacerlo en tu propia casa.
El culpable eres tú, que has decidido delegar la educación de tus hijos en las escuelas.
El culpable eres tú, que dices que los libros son caros, pero en tu casa no faltan las suscripciones anuales a Netflix, Disney o plataformas similares.
El culpable eres tú, que delegas la formación del carácter de tus hijos en la cultura popular, el grupo de amigos y la publicidad e ideología transmitida por los medios de comunicación digitales y de masas.
El culpable eres tú, que presionas a tu colegio para que digitalice la educación e introduzca tabletas y pizarras digitales para que tus hijos no pierdan «el tren de la modernidad».
El culpable eres tú, que no dedicas dos noches de las 365 del año que dedicas a ver Netflix a informarte sobre el daño que hacen a tus hijos los teléfonos inteligentes.
El culpable eres tú, que eres menos inteligente que el teléfono que llevas contigo a todas partes.
El culpable eres tú, que patéticamente te engañas a ti mismo y compras teléfonos inteligentes a tus hijos para que «estén localizados y puedan llamarte en caso de emergencia».
El culpable eres tú, que hace meses que no juegas al parchis, al risk o al go (según tu nivel intelectual) con tu hijo.
El culpable eres tú, que te has tragado toda la infotontería que te venden las empresas tecnológicas.
El culpable eres tú que no sabes lo que es un algoritmo ni quieres saberlo.
El culpable eres tú, que dilapidas tu tiempo y tu vida mirando una pantalla.
El culpable eres tú, que idolatras la opinión de informáticos con gafas y camisetas de superhéroes.
El culpable eres tú, que dices «Esto es lo que hay» o «No se pueden poner puertas al campo» o «No quiero que mi hijo sea un analfabeto digital».
El culpable eres tú, que crees que las aplicaciones educativas o de búsqueda de información son la verdadera razón por la que tu hijo te exige un teléfono inteligente o un ordenador.
El culpable eres tú, que ya has aceptado que tus hijos estén presentes físicamente pero ausentes en espíritu.
El culpable eres tú, que no te das cuenta de que el ciberacoso, la pornografía, los problemas mentales, no son los mayores riesgos a los que se enfrentan tus hijos. Estos son riesgos probables, pero existen riesgos casi ciertos sobre las mentes de tus hijos que no podrás evitar.
El culpable eres tú, que te crees a Pau Donés, y dices que todo depende, que, según como se mire, todo depende.
El culpable eres tú, que crees en el uso responsable y en el acompañamiento de tus hijos en el mundo digital. ¿Crees también en el uso responsable de las drogas y el acompañamiento del camello en el viaje del drogadicto?
El culpable eres tú, que has dejado al diablo entrar en tu casa.
El culpable eres tú, que crees que arder en el infierno es menos doloroso si estás acompañado por otros.
Conclusión
En definitiva, puede que Zuckerberg sea un cabeza de turco que paga por los pecados personales y sociales de todos nosotros.
Un chivo expiatorio también se conoce como cabeza de turco. El origen de esta expresión se halla en las Cruzadas. La animadversión existente de las fuerzas cristianas hacia los turcos hacía que fuese muy valorado el lograr matar a uno de ellos. Si se conseguía matar a uno, se le cortaba la cabeza para ser puesta en cualquier palo, fierro o cosa alargada, a modo de trofeo. Así, se les achacaban todos los males acaecidos a los cristianos, no solo en el campo de batalla, sino también aquellos ajenos a su voluntad.
No deja de sorprenderme cómo Pantomima Full es capaz de de captar la esencia de un personaje o un carácter en unas pocas pinceladas. Simplicidad en la expresión sin exceso de simplismo. Exuberancia en la recopilación de lugares comunes y clichés del mundo del minimalismo existencial y la decoración de interiores.
Me siento reflejado en la camiseta gris de manga corta, el gorro negro de lana y el tono pseudoespiritual de recién iluminado que dice banalidades en tono transcendente.
Me han puesto ante el espejo de mi ridiculez y, en vez de sentirme insultado o avergonzado, me han hecho reír de mí mismo. No se puede pedir más por tanto menos.
Cuando miro a mi alrededor en el autobús o el vagón de metro, veo a ratas de Skinner, con el resplandor de las pantallas reflejándose en sus caras, moviendo el dedo arriba y abajo anhelantes de su próxima dosis de novedad.
Me gustaría equivocarme, respirar aliviado y comprobar mirando por encima de sus hombros que devoran, aunque sea en una pantalla, la Crítica de la Razón Pura o las dos mil cuatrocientas páginas de los tres tomos de Archipiélago Gulag o, en su defecto, aprovechan los treinta minutos de trayecto para avanzar en un curso de álgebra lineal de Khan Academy.
Pero no, no es eso lo que hacen. La mayoría son infozombis (creen que su cerebro piensa, pero en realidad está muerto) que no han tenido un pensamiento genuino en los último cinco años. Reaccionan automáticamente ante sus diarias tóxicas dosis de entretenimiento, noticias y nadería social.
Infozombi: un individuo que retiene y propaga o asiste en propagar información falsa o inútil. Alguien que fracasa en distinguir entre verdad y falsedad, debido a su propia falta de capacidad o recursos. Hoy, más y más individuos están convirtiéndose en infozombis que se repiten entre sí y a otros la misma cantidad de información basura en expansión que se les suministra a través de un limitado número de fuentes.
Todavía hace unos años, podías diferenciar claramente entre gente de más de sesenta años y de menos de esa edad en su relación a los aparatos electrónicos. Los viejos parecían inmunes a los teléfonos inteligentes y tabletas; si viajaban solos miraban por la ventana del autobús, charlaban con sus compañeros de viaje o simplemente pensaban en sus cosas.
Hoy en día, esto ya no es cierto, los teléfonos móviles han penetrado en todos los grupos de edades y todas las clases sociales. Hasta la más venerable abuela escribe mensajes y recibe y comparte fotos de sus nietos; hasta el mendigo de la esquina, tiene un teléfono con más capacidad de procesamiento que la que llevó a los primeros astronautas a la Luna.
En el mundo de ayer, podía decir orgullosamente, con una dosis no carente de esnobismo, que no poseía ni tenía en mis planes poseer un smartphone. Hoy tengo que esconder este dato, especialmente en el mundo profesional, como si fuera el síntoma de alguna peligrosa enfermedad mental o la prueba de mi rigidez cognitiva, senectud prematura e incapacidad para adaptarme al zeitgeist o espíritu de los tiempos.
Cuando tanto se habla sobre la transformación digital de los negocios, la virtualización de la existencia, o se derraman panegíricos sobre el trabajo remoto (¡a la fuerza ahorcan!), es mejor callar prudentemente que afirmar que una conversación tomando un café tiene más valor que todas las reuniones virtuales del mundo o sostener que la constante conectividad te vuelve más disperso, más infozombi y en consecuencia menos productivo.
En el mundo no profesional, tampoco gano mucho reconociendo que no estoy siempre disponible o alardeando de que no respondo al correo electrónico fuera del despacho o a los mensajes instantáneos a cualquier hora del día y en cualquier lugar. La gente podría inferir algún fallo del carácter o quizá alguna soterrada lacra moral. Además, pocos me entenderían cuando desafiara su sacrosanta creenciade que «Un teléfono móvil es una herramienta».
La excentricidad hace difícil predecir la conducta humana y la vida social exige previsibilidad. Por eso, solo en este escondido rincón del «ciberespacio» (término que cayó hace mucho tiempo en desuso y que corresponde a los tiempos de los pioneros de internet), puedo revelar mi peligrosa y nada atractiva disposición neoludita.
Hace menos de un siglo y durante casi toda la historia de la humanidad, un signo o indicio de riqueza era la gordura: más gordo, más riqueza. La grasa y el exceso de calorías solo se lo podían permitir las personas de clase acomodada.
Las tres gracias. Rubbens.
Pero ahora, sal a la calle y mira a la gente a tu alrededor.
¿Dónde encuentras a la gente más gorda? ¿Entre las gente de clase acomodada o entre la gente trabajadora o de clase más baja?
Cochecitos para obesos en Walmart
Más de la mitad de los americanos tienen sobrepeso o sufren de obesidad con cifras similares en el resto de Europa.
Existe una correlación negativa entre nivel socioeconómico y nivel educativo y obesidad: menor nivel socioeconómico, mayores tasas de obesidad, especialmente entre las mujeres. En Estados Unidos también afecta más a ciertos grupos raciales, especialmente negros e hispanos.
De la misma manera que en Inglaterra puedes saber si una persona tiene estudios universitarios escuchando durante diez segundos su forma de hablar (sí, existe el acento universitario), en Estados Unidos, pero también en otros países occidentales, puedes estimar el nivel socioeconómico de una persona por su aspecto más o menos esbelto.
La gente de menor nivel económico tiende a hacer menos ejercicio y esta sometida a más estrés que las personas de mayor nivel socioeconómico, también es probable que estar en forma física no sea la primera de sus preocupaciones y que su presupuesto para alimentación sea pequeño.
Sin embargo, el porcentaje de renta que gastamos en comida se reduce con el crecimiento económico y la disminución de precios relativos de la comida es una constante en los últimos 50 años alcanzado el gasto en alimentación en países occidentales menos del 15% de la renta anual.
Es posible comer bastante saludablemente con una renta baja, pero cuando uno visita un supermercado de un barrio popular en España y observa los carritos de comida se puede llevar las manos a la cabeza con su contenido: familias que cargan botellas y botellas de refrescos azucarados, patatas, productos hiperprocesados ricos en grasa y azúcar, helados, repostería industrial; para encontrar algo verde y fresco usualmente hay que aguzar la vista y rebuscarlo bajo la montaña de comida basura; muchas veces no hallarás comida saludable.
Paradójicamente, la comida basura no suele ser barata, pero sí es las que más excita las papilas gustativas y la más fácil de preparar, más bien la más fácil de no-preparar.
Los hábitos y estilo de vida tampoco ayudan: una nevera repleta de productos que sacian rápido con mínima preparación; la televisión como el centro del hogar (es como el altar ante el que rendimos pleitesía); las familias que ya no se reúnen para compartir comidas, es cada vez más habitual que cada miembro familiar coma solo y delante del televisor; la disparidad y extensión de horarios laborales; y la falta de tiempo para cocinar y para que la familia coma junta, aunque esta pretendida falta de tiempo parece desmentida por el tiempo que pasamos ante las pantallas (entre seis y diez horas diarias).
Como en muchos otros aspectos de la vida, la clase social y el nivel educativo influyen en los hábitos de comida y el cuidado de la salud física, con un resultado negativo para la gente de menor nivel educativo y socioeconómico (ambos factores están correlacionados).
Menor nivel socioeconómico, más infobesidad
Algo similar ha ocurrido con nuestro consumo de información y dispositivos electrónicos: hace poco más de 20 años tener un teléfono móvil, televisión de pago, un ordenador o conexión a internet era símbolo de estatus socioeconómico y/o de nivel educativo.
Recuerdo todavía los tiempos en que alguien que entraba en una sala o en un ascensor hablando con su teléfono móvil era considerado un ridículo esnob.
En España, durante unos pocos años se apodó jocosamente «m’ncuentro» al aparato transportable que te permite hablar en cualquier lugar. No duró mucho la chanza porque en poco tiempo todos nos encontrábamos con el celular en mano relatando voz en cuello nuestros más nimios detalles a gente con la que seguramente no habíamos conversado cara a cara en semanas o meses y flagelando por el camino a los de nuestro alrededor.
Ahora los dispositivos electrónicos de comunicación y procesamiento de datos han alcanzado a todas las capas de la población. Sin embargo, al igual que en el caso de la obesidad física, el uso más o menos adecuado y saludable tanto en cantidad como en calidad también depende de la clase social y nivel educativo.
Mi tesis es que los gordos informacionales o infobesos son y serán cada vez más la gente de nivel educativo y socioeconómico bajo. El uso del teléfono móvil, que empezó siendo un símbolo de estatus, será cada vez más un signo de bajo nivel educativo y social, en especial el uso abusivo e indiscriminado.
El control, autorregulación y selección de medios y contenidos, tanto en cantidad como en calidad, va a estar en capas de la población con mayor nivel educativo y social
Algunos argumentos y observaciones anecdóticas
Mi evidencia es por el momento anecdótica, no tengo datos estadísticos al respecto, pero unas cuentas observaciones y razonamientos servirán para argumentar mi tesis:
Entre la gente de clase baja y media baja existe la búsqueda del estatus, al igual que en cualquier otra clase social. La diferencia es que la gente más humilde no puede competir con automóviles de alta gama o residencias lujosas, por ello la ropa y los teléfonos móviles son mejores opciones para el pavoneo del estatus, en especial para los adolescentes. Si tienes duda sobre este último extremo, no tienes más que visitar un instituto de enseñanza secundaria.
La tasa de hogares monoparentales y/o desestructurados es mayor entre la clase baja y media baja. Esto acarrea dificultades de disciplina e imposición de normas respecto al uso de medios digitales. Las familias estructuradas, con disciplina y con figuras de autoridad presentes, pueden preocuparse más por la educación de sus hijos y aplicar normas claras. Con padre o madre ausentes o inexistentes, o con progenitores divorciados, la disciplina suele reducirse y se sustituye por intentos de agasajar y contentar a los hijos. No es infrecuente ver a padres separados o divorciados compitiendo mediante regalos y caprichos por el favor de los hijos. En los primeros puestos de la lista sobornos están siempre los aparatos electrónicos.
Las familias más educadas y de rentas más altas tienen muchas más opciones de entretenimiento y desarrollo personal a su alcance, algunas más saludables que las digitales y audiovisuales. En cada hora de consumo digital hay un coste de oportunidad de otras opciones más variadas y satisfactorias. Los padres cultos saben que los libros compiten desfavorablemente con los medios digitales, y por eso son conscientes de que la única manera de aumentar la lectura de libros y opciones edificantes es limitar o impedir el uso de medios digitales.
He observado que en las clases menos educadas en muchas familias existe la creencia de que son mejores padres si compran regalos caros a sus hijos, quizá como recuerdo de infancias en que no se podían permitir ciertos bienes de consumo. Al subir el nivel económico absoluto y reducirse los precios de las tecnologías digitales, muchos padres eligen videoconsolas, teléfonos móviles de gama alta, televisores de pantalla plana gigantes y tabletas como forma de resarcirse y contentar a sus familias. Los padres acaudalados también hacen regalos, pero para que sean apreciados tienen que ver más con viajes de estudios, equipamientos deportivos o aficiones caras.
Paradójicamente, muchas veces en clases más pudientes encuentras un nivel mayor de austeridad y menos propensión a satisfacer los caprichos de sus vástagos, es quizá por eso que son más ricos: la austeridad, la disciplina y el ahorro favorecen la riqueza.
Los padres de familias más educadas desarrollan trabajos intelectuales más complejos y conocen por experiencia educativa y profesional lo imprescindible que resulta la disciplina, el control de la atención y la perseverancia para desarrollar un proyecto educativo a largo plazo. Estos trabajos están obviamente mejor renumerados. Los padres con trabajos más rutinarios o manuales no están tan sensibilizados sobre la necesidad del control y regulación de la atención: están acostumbrados a obedecer órdenes, tienen menos espíritu crítico, y la disciplina en sus vidas proviene de fuentes externas (jefes, amenazas y premios económicos) más que de fuentes internas y autogestionadas como la motivación intrínseca y el deseso de aprender y la curiosidad intelectual.
Incluso en padres humildes pero preocupados de verdad por la educación de sus hijos, encuentras la creencia (errónea) de que hay que subirse al carro de la modernidad digital y por eso los encuentras en los colegios e institutos exigiendo tabletas, pizarras electrónicas, portátiles, móviles y otras herramientas digitales. Muchos no se dan cuenta de que gran parte de estos aparatos se usan como entretenimiento y ocio más que como herramienta educativa. Wikipedia y la Khan Academy no son los objetivos que tienen en mente los niños y adolescentes cuando exigen un teléfono móvil.
Padres distraídos, con poca disciplina y sin convicciones morales, más frecuentes en las clases bajas, trasladan su carácter a sus hijos y los convierten en carne de cañón para las empresas digitales favoreciendo el consumo digital indiscriminado y nocivo (redes sociales, pornografía, juegos en línea, etc.)
El perfil cognitivo desarrollado por la exposición temprana e indiscriminada a medios digitales no puede dejar de pasar factura en el aprendizaje y el intelecto de niños y jóvenes. Menos habilidades sociales, reducción en los niveles de empatía, dispersión atencional, incapacidad de centrarse durante cinco minutos en una sola tarea y falta de capacidad para elegir y filtrar el torrente de datos e información no pueden ser nunca ventajas competitivas en ningún mercado de trabajo, no importa lo digital que sea.
Los niños criados en la dispersión digital y falta de control atencional pagarán la factura a la hora de aspirar a los mejores trabajos con lo que las desventajas en su capacidad de aprendizaje y nivel educativo retroalimentarán el nivel de ingresos y la posición en la escala social.
El teléfono móvil es el nuevo azúcar y nos convertirá en más gordos y más pobres física e intelectualmente.
De las quince personas que nos registramos en el experimento, por el momento solo tengo constancia de que ocho hayan llegado a esta cuarta semana.
Puede que alguno haya seguido por su cuenta, sin hacer comentarios en el blog, pero no tengo manera de saberlo; así que si alguno de los no mencionados sigue en el experimento, que me lo haga saber y le añado a la lista de resistentes a día de hoy:
Cristina
Melisa.
Verónica.
Marc (¿caído en combate? No nos han llegado noticias del campo de batalla en la última semana)
Artakyus
Elena (¿sigues?)
MaríaBlava
Homo Mínimus
Tres hurras por todos ellos:
Hip, hip… ¡Hurra!
(repitan dos veces más)
Y una oración por los caídos en la lucha. Nadie dijo que el camino del minimalismo fuera un lecho de rosas.
Terminaremos el experimento el próximo domingo 30 de junio de 2019 con los comentarios de los participantes (en la sección de comentarios de este artículo) y con un artículo-resumen final.
Paso a registrar mis resultados y luego los de Verónica, Melisa y Cristina (el burro delante para que no se espante).
Homo Mínimus
Esta semana ha sido parecida a la anterior. He respetado las horas de trabajo (8am – 8pm):
El resultado parece algo peor porque el martes entré en YouTube, pero fue por motivos de aprendizaje, no de ocio, así que las estadísticas son todavía mejor de lo que parecen.
Tengo catalogado YouTube como entretenimiento y en la versión gratuita de Rescue Time no me permite distinguir entre videos de youtube de entretenimiento y videos de aprendizaje o de trabajo.
En cuanto al shabbat digital, he vuelto a cumplirlo, no encendí el ordenador durante 25 horas (desde las 9 pm del viernes a las 10 pm del sábado) :
Melisa
Esta semana medí mi tiempo diario de uso del teléfono y no he superado la hora y media, ni siquiera durante los dos días feriados. Sigo intentando limitar la entrada a sitios web sobre noticias y similares. Esta semana estuve bastante autocontrolada, con excepción de una tarde en que usé mi tiempo de descanso para perderme en la web.
Me siento con fuerzas para afrontar la última semanita del desafío.
Creo que todos firmaríamos una hora y media de teléfono a la semana (bueno, yo no, porque no tengo smartphone y soy un ser de luz, pero me gusta empatizar con los mortales minimalistas que todavía no han alcanzado el satori).
¡Enhorabuena!
Nota: leí mal, entendí que era una hora y media semanal. Supongo que es muy difícil para la mayoría de la gente usar tan poco el teléfono.
Nota2: me pregunto cuánto será el uso diario del ciudadano medio.
Verónica
Esta semana he estado fuera de mi ambiente así que no puedo valorarla de igual manera que las anteriores. Estoy en casa de mis padres y no hay wifi, lo cual ayuda cuando estoy con el ordenador. El móvil no lo he usado demasiado para mi propio entretenimiento, ha sido más bien para consultar lo que mis padres querían que les buscase. Así que en tema desconexión estoy contenta.
El ambiente distinto distorsiona los resultados, no es lo mismo estar en el entorno controlado y predecible de tu domicilio que de viaje, en otra casa o de vacaciones.
Verónica hace un comentario y una pregunta muy interesantes al final de su resumen de la semana:
Eso sí, me he dado cuenta de que al final, la “necesidad” de estar entretenida me puede acabar llevando por otros derroteros.
Entiendo que Internet y los smartphones tienen una potencia increíble para succionar nuestra atención, pero siempre han existido lo que se consideran entretenimientos que no aportan mucho, que tienen capacidad de enganchar y que no nos llevan a dedicarles más tiempo del que quizás planeamos. Estos días he estado leyendo un poco compulsivamente porque me he enganchado a una serie de libros y el hecho de querer saber lo que va a ocurrir en la historia me ha hecho pasar mucho tiempo del día inmersa en su lectura. (Eso y quizás también el estar en otro ambiente en el que la rutina cambia.) ¿Consideráis que pueda ser, al final, una actitud parecida a pasar el tiempo viendo vídeos en Youtube o saltando de Instagram a Facebook en bucle?
Respondo a tu pregunta (y los lectores podéis responder también a Verónica en los comentarios de este artículo):
Sí, creo que es parecido, pero la diferencia es que los libros generan menos adicción (quitando a Don Quijote y otros). Yo he eliminado gran parte de las adicciones digitales, pero me sorprendo de cuando en cuando acumulando libros, leyéndolos compulsivamente, pasando de unos a otros.
Estoy contigo que la “necesidad de estar entretenidos” y la poca tolerancia con el aburrimiento o con el “que no pase nada” o con “el aguijón de los propios pensamientos” nos lleva a buscar una salida escapista.
Dicho esto, todavía hay grados: engancharse a Harry Potter o a ‘En busca del tiempo perdido’ no es lo mismo que engancharse a la bebida, las máquinas tragaperras o los programas del corazón en televisión.
Reconozcamos que somos humanos y propensos a las adicciones. La conciencia, como bien sabemos, es el principio (pero no la garantía) de la liberación.
Cristina
Cristina tiene controlado ya Twitter, supongo que ayuda que anunciara en Twitter que no se conectaba en un mes; pero todavía tiene dificultades con YouTube:
Sigo sin entrar en Twitter ni sentir necesidad de ello. Con YouTube, en cambio, es otra cosa. Es mi evasión favorita. Esta semana no aguanté hasta el viernes.El jueves por la noche, notablemente cansada, entré para distraerme durante 42 minutos.
Los fines de semana alterno el tiempo productivo ante el ordenador para estudiar y el uso plataformas altamente distractoras (durante menos tiempo) para descansos. Ahora la aplicación Rescue Time me ayuda a tener datos objetivos para tener un rastro fidedigno del tiempo que paso online.
Considero que RescueTime para ordenador de sobremesa o portátil y la aplicación para smartphone que nos recomendó Melisa, QualityTime, o Siempo, son herramientas fundamentales para desarrollar la conciencia y enfrentarnos a nuestros hábitos.
Hay una gran diferencia entre pensar que quizá estás demasiado en tu teléfono que saber con certeza que hoy consultaste 128 veces el móvil y que pasaste 15 horas y media en toda la semana pegado a él.
La parte final del resumen de Cristina es también muy reveladora sobre las razones por las que caemos en comportamientos compulsivos o impulsivos:
Pese a notar más cansancio por falta de ocio y descanso, dado que estudio y trabajo a la vez, no he tenido que llegar a aplicar ninguna medida radical como bloquear determinadas páginas webs ni nada similar. Creo que una vez pasados los exámenes descansaré más de la tecnología y podré hacer una desconexión digital más provechosa los fines de semana.
En periodos de estrés, solemos ser más vulnerables a las tentaciones. Unos se dan a la bebida y otros nos damos a YouTube, la procrastinación, Facebook o Twitter.
A Marc, según relataba en un artículo la semana pasada, le ocurrió exactamente lo mismo que a Cristina: la tensión de los exámenes le hizo caer en un pozo de postergación y consumo digital.
Esta semana, como era de esperar, ha sido mucho más fácil.
Mis resultados han sido mejores que la semana anterior. Respecto al tiempo de trabajo durante de la semana he cumplido casi por completo mi objetivo: nada de navegación gratuita ni búsquedas innecesarias durante el horario de trabajo (8:00 am – 20:00 pm):
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Mi mejor resultado ha estado en la observancia del Shabbat digital en el he que prescindido casi por completo del ordenador y otros medios digitales:
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Solo abrí el ordenador para consultar en goople maps la dirección de un evento al que acudía esa misma mañana. Un evento organizado por una conocida youtuber con más de dos millones de seguidores, pero por ser un encuentro en tres dimensiones no cuenta como consumo digital (espero).
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Cristina ha seguido en su línea y ha cumplido su compromiso. Transcribo parte de sus comentarios en relación al Miedo de Perderse Algo:
[…] No he extrañado Twitter y YouTube entre semana tampoco me está llamando. Solo tuve un breve momento de debilidad el martes por la tarde, cuando una amiga me envió por WhatsApp el enlace de un vídeo sobre Wim Hof. Como me asombra este holandés denominado Ice Man, estuve tentada de pulsar el enlace para ver el vídeo, pero finalmente me contuve sin tener que hacer demasiado esfuerzo. Lo aplacé hasta el fin de semana. Esta mañana fui al vídeo y lo quité a los pocos segundos porque ya lo había visto.
Esto me ha hecho darme cuenta de la sensación de urgencia que generan en nosotros las alertas y notificaciones de redes sociales y todo tipo de plataformas digitales en general. ¿De verdad es todo tan importante como parece? Casi nunca lo es. Pero ahora cobro conciencia de que he sido una presa fácil para el FOMO (fear of missing out, miedo a perdérselo). Mi calidad de vida ha mejorado desde que desactivé todas las notificaciones. Más atención, más paz.
Verónica ha mantenido su compromiso también esta semana y sorprendentemente no ha echado demasiado de menos los contenidos de Facebook o Instagram:
[…] ¡Hola a todos! Esta segunda semana se ha presentado más o menos como la anterior. No he echado realmente de menos los contenidos que me ofrecían Facebook o Instagram, y bueno, al no tener las cuentas, pues no he tenido tentaciones. Sí que he tenido algún momento de ansiedad y de bajón esta semana en el que he acabado echando mano del móvil o del ordenador, para calmarme en cierto modo, como si fueran mi chupete. Estaba pendiente además de que me llegara un correo y he estado entrando al correo con bastante frecuencia. Pero bueno, eran circunstancias especiales.
…
Así que me encuentro con el problema que se comentaba la semana pasada, de no tener claras otras opciones para no tirar por inercia hacia la pantalla brillante.
Me resulta interesante y sintomática la función de escape, de tranquilizador, de «chupete» que tienen los medios digitales; su ubicuidad e inmediatez son las que hacen tan tentadores y adictivos estos medios.
Son medios diseñados para succionar nuestra atención que apelan a nuestros temores, ansiedades y deseos de calor humano. A corto plazo, recibimos la ilusión de estar conectados y distraemos nuestras mentes de nuestros problemas más acuciantes, pero su función es meramente lenitiva: calman nuestra soledad sin curarla y terminamos retornando a la realidad cotidiana con los mismos problemas, pero más atontados.
Como contrapunto a los en general buenos resultados de los tres anteriores, pongo esta semana a Marc, que parece haber descarrilado en sus buenas intenciones:
La estoy liando parda con el experimento este de desconexión social. No lo estoy llevando a cabo e incluso me olvido de él. Es como si ya no creyera que puedo hacer algo.
Sentirse sin control sobre una situación no es agradable, y como más tiempo pasas con esta sensación, peor, porque te sientes como el elefante encadenado, y muchos momentos durante el día son un recordatorio de lo inútil que eres porque no puedes llevar a cabo aquello que te habías propuesto.
Esta semana (si todos los resultados de los exámenes son positivos) es mi ultimo examen del año escolar (yuhu!) pero me esta costando la vida estudiar. Es palo y simple procrastinación, pero estando distraído, tener el teléfono por ahí pues no ayuda.
El sentimiento de “tendría que estar estudiando” pero “hoy he mirado 59 vídeos en Youtube” es horrible. ¿Debería ser más responsable?
Voy a usar el teléfono móvil (un flipphone) y usar sólo el smartphone media hora durante el día. Que uno tiene que ponerse serio y empezar a hacer cosas.
Odio (pero no tanto) recalcar que yo ya había recomendado esta opción de eliminar el smarthpone como la mejor, pero está claro que nadie escarmienta en cabeza ajena. En todo caso, me gustará saber la próxima semana si Marc fue capaz de cumplir su decisión de consultar el smartphone solo media hora al día (mejor sería media hora a la semana o eliminar el smartphone completamente) .
Estoy contento en general por la evolución del experimento en estas dos primeras semanas, pero he de decir que me he sorprendido reaccionando con inusitado desprecio y extraña tristeza ante la forma en que la gente usa los medios digitales.
Ver, por ejemplo, mesas con cinco personas, presuntamente reunidas para conversar, donde tres de ellas consultan sus teléfonos y una sola escucha, me genera ahora un visible desprecio que tengo dificultades para ocultar.
La tristeza, y no el desprecio, me la generan otro tipo de escenas cotidianas donde los niños son los protagonistas.
[…] Otra curiosidad, esta mañana, en la radio, han dicho que el primer contacto que tienen los niños con la pornografía es a la edad de 8 años, y que con 14 ya la consumen con regularidad en sus teléfonos móviles. Me pregunto cuántos serán los niños así que ahora ya son adultos y consideran que tienen un problema. Las implicaciones son muchas.
Lo que tengo seguro es que los niños no van a salir indemnes de su contacto temprano con los teléfonos inteligentes y redes sociales. Teniendo en cuenta que en el mundo occidental más del 50% de los niños de 10 años ya tienen un teléfono, las perspectivas no son halagüeñas.
El registro de cualquier nuevo participante se puede hacer en la página de registro y compromiso público en este blog. Ahí tienes la forma de hacer de hacer el compromiso público y puedes inspirarte en los compromisos ya formulados. Como puedes ver, son todos muy diferentes y completamente personalizados (los define cada uno).
Por el momento, somos quince participantes. Los resultados en la primera semana son variables, a unos les ha ido mejor y a otros peor (mi caso, por ejemplo). De todos modos, el mero hecho de haberse atrevido a hacer un cambio importante en la vida ya es un éxito.
Es probable que muchos de los lectores de este blog no tengan problema alguno con las redes sociales y con el teléfono inteligente. La mayoría son gente concienciada y en comparación con el ciudadano medio estarán muy por encima en el uso saludable de dispositivos digitales.
Propuesta de experimento de concienciación digital
Sin embargo, siempre hay espacio para la mejora. Y en este blog estamos continuamente empujando nuestros límites. Por eso, para los que no deseen participar en el experimento, tengo una propuesta de toma de conciencia: ¿tienes idea del tiempo que pasas actualmente en las distintas redes y aplicaciones de tu teléfono inteligente? Haz una estimación en horas y en número de interrupciones diarias para consultar tu teléfono. ¿Mucho? ¿Poco?
Lo mejor es siempre buscar una medida objetiva. Para ello propongo estas dos opciones:
1.Para el teléfono inteligente, Melisa, una de nuestras participantes en el experimento y una de las personas más veteranas del blog, nos recomienda Quality Time:
[…] Por último, recomiendo descargar la app Quality time. Mide el tiempo diario que usamos cada aplicación y la cantidad de veces que desbloqueamos el teléfono. También permite bloquear el acceso de cierta aplicaciones durante el tiempo que decidamos. Funciona!
Esta aplicación mide el número de veces que accedes a cada red social y aplicación y te da estadísticas por hora, día y semana. Creo que podría ayudarte a tomar conciencia de tu uso y quizá desatar alguna alarma.
En el mejor de los casos, confirmarás tu uso moderado y saludable de redes y aplicaciones. En el peor de los casos (también bueno), te preguntarás si tiene sentido interrumpir tus actividades cien o doscientas veces al día para consultar el teléfono.
2. Para controlar lo mismo que en la aplicación anterior pero en el computador, la aplicación gratuita de referencia es RescueTime.
Recomendación artículo de Marc Martí
Tengo que recomendar un excelente artículode Marc con sus reflexiones sobre el experimento de desconexión y su intención de extenderlo a seis meses (!!!). Marc es tremendamente ambicioso además de ser minimalista y quiere reconfigurar completamente su relación con la tecnología digital.
Él, a diferencia de generaciones más viejas, ha vivido toda su vida inmerso en las redes y los teléfonos inteligentes y no sabe lo que era la vida antes de facebook, twitter y la conexión ubicua y constante. Los más viejos conocemos la diferencia, sabemos lo que es el aburrimiento y sus frutos en creatividad y desarrollo de la personalidad.
Él no ha tenido esa experiencia, pero se la puede proporcionar. Aquí uno de sus jugosos comentarios:
[…] Sé que esto puede requerir algunos cambios importantes (no solo logísticos) en mi día a día, pero considero que es importante. Como Cal comenta, yo estoy en el grupo de los iGen, la primera generación que ha crecido con esto, con la distracción constante, con los móviles pegados en las manos y realmente no hemos calculado bien el beneficio-coste. Quizás porque no podíamos. Hasta ahora.
Cada uno de nosotros, debe evaluar su relación con todo.Si alguien ya esta bien y no le quiere dar más vueltas me parece estupendo. Pero yo le he dado vueltas, pero quiero darle algunas más ahora. Quizás otra oportunidad, pero esta vez con más razón.
Marc ha escrito un gran artículo que demuestra que ha adquirido un grado de conciencia y determinación no solo infrecuente (extraño, diría yo) para su edad sino para cualquier edad en la sociedad digital actual.
Otra perla:
Creo que está en lo correcto. Y sé que es lo mismo que (me) está pasando con las redes sociales. No hemos evaluado ni podemos ser conscientes del cambio brusco que esto ha supuesto y ni nadie casi, hasta ahora, nos había dado herramientas para que, desde el autoconocimiento cada persona hiciera sus propias decisiones, creyendo que todo se podía resumir en un “simplemente, esfuérzate para usar tu teléfono un poco menos”.
Y esta es la razón por la que voy a dedicar seis meses a este experimento. No al experimento en sí, pero si al encontrar mi propia respuesta o método general, hasta al punto que otra discusión sobre lo bueno o lo malo de las redes sociales me parezca irrelevante, porque ya sé mi propia respuesta.
Marc es conocido de este blog, pero os voy a enlazar a un podcast que hicimos ya hace algún tiempo sobre la búsqueda de la atención de láser en la era de la distracción.
Palabras finales
Por último, deseo a todos los participantes que perseveren en el empeño esta segunda semana del experimento y que aprovechen los comentarios de este artículo para comunicar sus impresiones y solicitar consejo y ofrecerlo durante la semana.
He tenido noticia recientemente de varias iniciativas de desconexión digital del trabajo en España y otros países europeos. Curiosamente, no en países asiáticos o en Estados Unidos, pero esa es otra historia.
La propuesta es que uno no debería estar sujeto a comunicaciones de trabajo fuera del tiempo oficial de trabajo, principalmente en fines de semana y noches, pero la iniciativa se extiende a cualquier momento en el que uno no esté presencialmente en la oficina. Quieren imponer por ley bajo sanciones y penas que un asalariado no pueda ser alcanzado digitalmente fuera del trabajo.
Me resulta curioso y sintomático de una sociedad de llorones, de perros de Paulov con indefensión aprendida y deseosos de amo, que se tenga que recabar el auxilio de la ley y el Estado para hacer una cosa que cualquiera puede hacer por sí mismo: apagar el móvil o el computador.
Si no quieres recibir mensajes, apaga tus trastos digitales. O al menos no los respondas. O comunica a tus compañeros y jefes que ellos pueden escribirte pero que no responderás en horas fuera de trabajo.
Se me dirá que el pobrecito trabajador no tiene opción y tendrá que hacer lo que le diga su jefe. Yo digo que sí tiene opción: irse del trabajo si su jefe o empresa no aceptan que no esté localizable o no responda hasta el día siguiente de trabajo. Al menos, puede negociarlo. Si no lo hace es porque para él no tiene tanto valor el ocio sin interrupciones y no disponible para las demandas laborales. Quiere ahorrarse la negociación y que sean otros los que impongan la ley a sus empleadores.
Lo mismo ocurre con la gente que dice no poder prescindir de su teléfono inteligente y su conexión wifi 24/7. Pueden hacerlo, es fácil desconectarse, terriblemente fácil: basta con no llevarse el teléfono cuando sales de casa o desactivar correo, redes sociales y demás. Los que no lo hacen es porque no valoran lo suficiente su tiempo sin estímulos digitales.
Vivimos en una sociedad de victimitas que no son capaces de tomar las riendas de sus vidas, que siempre esperan y exigen que sea el Estado y su coacción organizada los que le saquen sus castañas mentales del fuego digital.
De todos modos, aunque la iniciativa legal prosperara y consiguieran prohibir que un compañero o jefe se comunique con un trabajador, no creas que ese tiempo libre se va a dedicar a algo productivo vital o existencialmente, lo más probable es que lo dediquen a subir más fotos de comidas y a ver más videos de gatos, mientras sus hijos inatendidos e inatentos yacen delante de una pantalla viendo dibujos de Pepa Pig.
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo el guión que ahí propongo.
El compromiso de Cristina
1. Cristina.
2. 4 semanas, del 3 de junio al 30 de junio.
3. Los elementos de mi vida digital que van a estar en tela de juicio estas 4 semanas son 2, Twitter y YouTube.
4. a) Twitter: con esta red quiero hacer un ayuno digital completo. No accederé a mi cuenta de Twitter hasta el 30 de junio.
b) YouTube: idealmente, no accederé a YouTube en los 30 días. Pero esto me parece más complicado que Twitter, ya que muchas veces uso YouTube para oír música (esto tiene fácil solución con muchas otras opciones) o charlas y entrevistas, especialmente por las mañanas a primera hora mientras me preparo para salir de casa. Así que este es el tiempo máximo que me permitiré, si no puedo evitarlo. Suele ser una media hora y el hecho de tener que salir de casa me sirve de límite seguro, un cortafuegos. Estará absolutamente prohibido por la noche que es cuando tengo riesgo de perder la noción del tiempo.
El tiempo que libere de estas plataformas lo dedicaré a estudiar e intentar estar más presente.
5. El motivo de las renuncias son:
a) Twitter: muchísimo ruido mediático.Creo que se aplaude más alto al que da el mejor “zasca”. Está muy lejos de ser una plataforma para intercambiar opiniones de manera respetuosa. Cada vez veo menos utilidad en ella y me planteo dejarla tras el experimento. Además, me doy cuenta de que muchas veces entro ahí sin un motivo definido, sino a vagar más tiempo del que inicialmente planeaba por el timeline para ver qué dice la gente.
b)YouTube: la descontrolada pérdida de tiempo que me supone. Esta plataforma de vídeos es la que tiene un mayor poder adictivo para mí. Suelo usarla para tomarme algún descanso del trabajo/estudios con algún vídeo breve. Pero el problema es que un vídeo acaba llevando a otro vídeo… Admito avergonzada que soy una presa fácil de los algoritmos y vídeos recomendados. Seguramente me dolería saber cuántas horas de mi vida he pasado en YouTube.
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo el guión que ahí propongo.
El compromiso de Gavroche
1-2 Hola, me llamo Gavroche y me propongo asumir el reto durante el mes de junio (aunque en el fondo espero que el cambio de hábitos sea definitivo).
3-4-5. No tengo Facebook, Twitter ni Instagram (phew!), pero soy adicta a los periódicos digitales. Paso mucho más tiempo del que desearía navegando de noticia en noticia, y ni siquiera estoy bien informada, pues las leo por encima, sin profundizar en los contenidos. El tiempo que malgasto “poniéndome al día” con la actualidad se lo robo a la lectura de ensayosque realmente me apetece leer.
Así que ese es mi objetivo: dejar de deambular sin rumbo por los sitios de noticias y terminar al menos tres de los libros que tengo en cola antes de que termine el mes. También me gustaría dejar de llevarme el móvil al cuarto de baño y a la cama, aunque esto último va a ser más complicado porque escuchar audios monótonos y aburridos me ayuda bastante a conciliar el sueño. En fin, poco a poco. ¡Buena suerte a todos mis compañeros!
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo el guión que ahí propongo.
El compromiso de Homo Mínimus
1. Hola, soy Homo Mínimus.
2. Mi experimento durará del lunes 3 de junio al domingo 30 de junio, cuatro semanas.
3. Practicaré el Shabbat digital (política estricta de cero pantallas en el Shabbat).
El resto de los días (todos menos en el shabbat) mi política de navegación web es restringir la entrada en páginas web hasta las 8 pm. Esta es mi línea roja. Esta prohibición incluye: correo electrónico web, blog Homo Mínimus, otros blogs, YouTube, bajada de libros electrónicos, amazon.es, amazon.com, periódicos digitales, podcasts.
4. Como excepción al Shabbat digital, permito usar el libro electrónico en Shabbat, pero estrictamente para leer libros de literatura o de temática religiosa, espiritual o existencial, nada relacionado con el trabajo o los estudios. No me permito tampoco entrar en la Wikipedia ni en la tienda Kindle para consultar más libros.
Me permito ver el viernes por la noche alguna película previamente elegida en compañía. También me permito entrar en la página sefaria.com para leer un fragmento del Talmud o en cursos online sobre temas permitidos en el Shabbat y que no sean profesionales ni de trabajo ni pertenezcan a ningún proyecto intelectual que desarrolle durante la semana.
En cuanto a la política de navegación web, solo me permitiré entrar fuera del horario señalado para seguir con los cursos online que tengo en marcha. Como es seguro que necesitaré entrar para buscar libros, artículos, referencias, etc., pero al mismo tiempo no quiero perder una cantidad absurda de tiempo en búsquedas y disperso (estrategia que uso para evitar el trabajo duro, el más eficaz también), tomo nota en un papel de cada búsqueda necesaria según vaya surgiendo y solo al final del día, a partir de las 8 pm, me permito hacerlas. Tendré el incentivo de la cena y volver a casa para que estas búsquedas y lecturas online se acaben lo antes posible.
Para reforzar esta política, dejo la consulta del correo electrónico vía web también para las 8 pm y así evitar tentaciones de saltar del correo a algún vínculo o referencia interesante o lanzarme a responder un correo electrónico que puede esperar o que aunque no sea respondido interfiera con mi foco generando interrupciones internas.
Como algunos días acabo antes de las 8 pm, dedicaré el tiempo sobrante a la contemplación, los paseos o las conversaciones tranquilas. Una vez más, solo a las 8 pm me estará permitido entrar en la web.
Las pausas tácticas y los descansos estratégicos durante el día no podrán en ningún caso dedicarse a entrar en páginas webs.
Para monitorizar mi grado de cumplimiento usaré el programa RescueTime en su versión gratuita; es más que suficiente para saber cómo empleo mi tiempo en web y aplicaciones en el portátil.
Para bloquear webs usaré el complemento de google Chrome Block Site. Es fácilmente desactivable pero es una barrera más que pongo a las distracciones.
Usaré un folio de papel para anotar las búsquedas y entradas a web pendientes. Los artículos que quiera leer van a una carpeta especial de pendientes de leer. Si quiero leer artículos necesarios para el trabajo, asignaré un bloque de tiempo exclusivo el día anterior.
Semana a semana iré informando de la evolución del experimento y las lecciones aprendidas. También intentaré ayudar a las personas que se han inscrito en este experimento público y compartir experiencias con ellos en la página habilitada Experimento público desconexión digital.
5. Elijo este experimento por varios motivos:
A) Quiero reforzar mi ritual más importante, elShabbat. Existe el peligro de contaminarlo con la navegación web, aunque sea por motivos legítimos.
B) Habiendo ya eliminado redes sociales, teléfono inteligente y navegación al azar en páginas web, mi próximo desafío está en aprovechar mejor mi jornada de trabajo desarrollando una concentración de láser en una pocas actividades de alto valor. La búsqueda en internet y las lecturas de artículos al azar son por término medio actividades de bajo valor, requieren poca energía y amenazan mi concentración, por lo tanto las relego al final del día para desactivar sus efectos negativos y el peligro real de que actividades profesionales e intelectuales de bajo valor desplacen o expulsen a actividades de mayor valor (ley de Gresham de la productividad) .
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo el guión que ahí propongo.
El compromiso de Verónica
1-2. Hola, soy Verónica y me propongo desconectar desde mañana, 3 de junio, hasta final del mes.
3. He decido desactivar mis cuentas de Facebook y de Instagram. También limitar el tiempo de uso del ordenador y del móvil.
4. Cada día usaré el móvil un máximo de 40 minutos. Tengo un programa que hace un seguimiento del tiempo de uso que hago. Intentaré que sea menos tiempo pero no quiero limitarme tantísimo porque el móvil lo puedo usar para otras cosas aparte de navegar… Trabajo en casa, con el ordenador, pero usaré un bloqueador de aquellos sitios webs que son mis agujeros negros para no caer en ellos mientras trabajo. No podré usar el móvil ni en el baño ni en el dormitorio. E intentaré que no sea necesario usar ni ordenador ni móvil a partir de las 19:30.
El tiempo que gane espero ser capaz de aprovecharlo en hobbies que tengo abandonados además de en leer y cocinar. Esos ratos de espera en los que recurro al móvil, intentaré sobrellevarlos sin tener que hacer nada o leyendo.
5. He intentado varias veces reducir mi consumo diario de contenido digital pero acabo cayendo siempre en la misma dinámica, así que tengo que reconocer que si quiero hacerlo y no puedo es porque tengo una adicción. Quiero ese tiempo de vuelta y quiero evitar las emociones y estado de desconcentración que me provoca este exceso de exposición pero a la vez me da miedo no estar al día, no enterarme de nada, etc… Siendo realistas, tampoco es que lo que me vaya a perder sea vital así que voy a probar algo más drástico que de costumbre y espero que tener la posibilidad de rendir cuentas me pueda ayudar…
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo el guión que ahí propongo.
El compromiso de Tania
1. Soy Tania y soy adicta a internet.
2-5. Primero los blog, luego Facebook, luego YouTube, ahora Instagram… Esto me ha llevado a tener muchos problemas en el trabajo, pq en vez de trabajar me pongo a ver cosas por internet, muchas veces cosas que tienen que ver con la productividad en el trabajo, absurdo, he ignorado a mis hijos y a mi pareja para ir a YouTube canales de otras familias y sus hijos; absurdo y así podría continuar pero me da hasta vergüenza. Estoy haciendo terapia pq por supuesto detrás de algo así hay un problema detrás. Me ha parecido un buen momento para hacer este experimento.
Yo voy a intentar nada de YouTube, nada de redes sociales e incluso limitar cualquier búsqueda en Internet a no ser que no haya forma de encontrar respuestas por formas tradicionales o sea algo importante (que lo dudo)
Mantendré WhatsApp ya que los grupos y la gente que tengo interactúa de una forma muy aceptable.
Al día me meteré por aquí y pondré mis impresiones.
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo el guión que ahí propongo.
El compromiso de Melisa
Tu nombre o apodo: Hola, soy Melisa.
Cuándo inicias el experimento: el lunes 3/6.
Qué elementos de tu vida digital o mediática has decidido eliminar: la consulta de periódicos digitales, sitios de comercio online y similares.
Cuáles son las condiciones específicas de tu experimento:
durante mi jornada laboral me comprometo a no chequear el celular cada vez que tenga un momento ocioso. En cambio, voy a intentar estar más presente y consciente.
por la tarde no usaré el celular para chequear sitios web y ocuparé ese tiempo para meditar y para dormir una siesta breve antes de continuar con mis actividades.
por la noche, continuaré dándome el permiso de chequear Facebook siempre que haya cumplido antes con todos los hábitos diarios autopropuestos. Vengo haciendo esto desde hace bastante tiempo con muy buenos resultados.
5. Por qué eliges esta renuncia: porque aunque logré eliminar gran parte de este tipo de distracciones de mi vida sigo notando el gran impacto que tienen sobre mi mente los chequeos periódicos (y de forma inconsciente) a sitios web.
Un poco sobre mi situación actual:
Personalmente, decidí vivir sin televisor desde hace dos años y mi calidad de vida mejoró muchísimo. No lo extraño ni lo necesito.
Momentáneamente estoy sin conexión wifi en casa. Me mudé hace un mes y todavía no siento la necesidad de dar de alta el servicio.
Pienso que gracias a este experimento tal vez pueda continuar así hasta fin de junio. Aunque confieso que se me está haciendo dura la vida sin spotify.
Por último, recomiendo descargar la app Quality time. Mide el tiempo diario que usamos cada aplicación y la cantidad de veces que desbloqueamos el teléfono. También permite bloquear el acceso de cierta aplicaciones durante el tiempo que decidamos. Funciona!
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo este guión:
Tu nombre o apodo.
Cuándo inicias el experimento (idealmente, el lunes 3 de junio) de cuatro semanas (hasta el 30 de junio). Pero podrás incorporarte en cualquier momento durante las cuatro semanas.
Qué elementos de tu vida digital o mediática has decidido eliminar. Por ejemplo: el uso de WhatsApp, la opción nuclear (para los que gusten de emociones fuertes: eliminación del smartphone), el consumo de películas o periódicos digitales o en papel, o todas las redes sociales o alguna en concreto que te genera menos valor e interfiere más con tu vida. Tú decides.
Cuáles son las condiciones específicas de tu experimento: en qué franjas horarias o para qué actividades haces excepciones, si es que las haces; cómo vas a llenar el tiempo libre casi oceánico del que vas a disponer en estas cuatro semanas, por ejemplo: qué harás cuando estés en el autobús aburrido sin nada qué hacer o qué harás por las noches si no ves la televisión o las series, etc.
Voy a iniciar este experimento tal cual está propuesto, desde el 3 de junio hasta el 30.
Voy a eliminar el uso de Twitter e Instagram, Youtube, las series y el anime. En cuanto a las tres primeras, restringiré su apertura a enlaces de interés que me envíe mi entorno (véase que sigo conservando medios de comunicación como Whatsapp y Telegram), aunque borraré las aplicaciones de mi teléfono para no sentir la urgencia. Solo podré ver un capítulo al día, sea de lo que sea.
Mi tiempo libre irá principalmente dirigido a convivir con mis propios pensamientos, meditar, y volver a alcanzar un nivel en el que me encontraba a gusto conmigo mismo sin necesidad de estar entretenido todo el rato. También aprovecharé para darle un impulso a mi lista de libros pendientes, avanzar en mis estudios y dedicarle un rato (si no diario, semanal) a la escritura.
Esta renuncia es algo que llevaba planeando durante algunos días hasta que me topé con el post. Últimamente he estado saturado de contenido multimedia, a todas horas y en cualquier lugar. Por más series o animes que vea, más crece mi lista de pendientes. Twitter y Youtube se transformaron en un círculo vicioso que podía captar mi atención tanto en el autobús como en la cama a las dos de la mañana. He llegado a cerrar Twitter para volver a entrar a Twitter. En caso de recaída, me marcaré una raya y empezaré de nuevo. La meta, como he dicho antes, es abandonar la dependencia hacia contenido ajeno y volver a sentirme entero conmigo mismo.
Saludos!
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo este guión:
Tu nombre o apodo.
Cuándo inicias el experimento (idealmente, el lunes 3 de junio) de cuatro semanas (hasta el 30 de junio). Pero podrás incorporarte en cualquier momento durante las cuatro semanas.
Qué elementos de tu vida digital o mediática has decidido eliminar. Por ejemplo: el uso de WhatsApp, la opción nuclear (para los que gusten de emociones fuertes: eliminación del smartphone), el consumo de películas o periódicos digitales o en papel, o todas las redes sociales o alguna en concreto que te genera menos valor e interfiere más con tu vida. Tú decides.
Cuáles son las condiciones específicas de tu experimento: en qué franjas horarias o para qué actividades haces excepciones, si es que las haces; cómo vas a llenar el tiempo libre casi oceánico del que vas a disponer en estas cuatro semanas, por ejemplo: qué harás cuando estés en el autobús aburrido sin nada qué hacer o qué harás por las noches si no ves la televisión o las series, etc.
Por qué eliges esta renuncia
El compromiso de Elena
Hola soy Elena
He decidido incorporarme al experimento a partir del lunes 3 de Junio hasta el domingo 30 de Junio.
Los elementos que he decidido eliminar son, twitter, periódicos digitales, páginas de compra (amazon, mercado libre, kichink, etc.) y Facebook.
No entrare, sin excepción, a checar periódicos digitales, páginas de compra y twitter. Entrare a Facebook solo cuando haya alguna transmisión en vivo o noticias de mi mamá que anda de paseo.
Deje de usar el Facebook hace casi dos años, porque me quitaba mucho tiempo y al final me dejaba un sentimiento de vacío. Comencé a utilizar el twitter hace un año porque me divertían muchísimo los comentarios que hacían durante los debates para elecciones presidenciales en México del año pasado. Nunca había usado el celular para meterme en las redes sociales en casa, no quería que mis hijos me vieran pegada al celular, pero sin darme cuenta poco a poco lo he ido usando más y mis pequeños ya me han hecho los comentarios pertinentes, antes lo último que veía antes de dormir eran sus caritas y ahora es un último vistazo al twitter. He hecho muchas compras innecesarias, deseado tantas otras y metido en problemas, por mi diario navegar por las páginas de compras. Y por último la peor manera de comenzar mi día laboral ha sido los últimos años, llegar a dar un vistazo rápido a los principales periódicos digitales y después sentirme abrumada durante el día. Lo que pienso hacer con mi tiempo libre, es poner más atención en mis pequeños, estudiar lo que tengo pendiente y volver a leer libros en el transporte público. Llevaba días masticando el asunto, así que la propuesta a experimentar me cae como anillo al dedo. Gracias.
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo este guión:
Tu nombre o apodo.
Cuándo inicias el experimento (idealmente, el lunes 3 de junio) de cuatro semanas (hasta el 30 de junio). Pero podrás incorporarte en cualquier momento durante las cuatro semanas.
Qué elementos de tu vida digital o mediática has decidido eliminar. Por ejemplo: el uso de WhatsApp, la opción nuclear (para los que gusten de emociones fuertes: eliminación del smartphone), el consumo de películas o periódicos digitales o en papel, o todas las redes sociales o alguna en concreto que te genera menos valor e interfiere más con tu vida. Tú decides.
Cuáles son las condiciones específicas de tu experimento: en qué franjas horarias o para qué actividades haces excepciones, si es que las haces; cómo vas a llenar el tiempo libre casi oceánico del que vas a disponer en estas cuatro semanas, por ejemplo: qué harás cuando estés en el autobús aburrido sin nada qué hacer o qué harás por las noches si no ves la televisión o las series, etc.
Por qué eliges esta renuncia
El compromiso de Abvy
1.- Hola, soy Abvy.
2.- Inicio el Lunes 3 de Junio al 30 de Junio 2019.
3.- Quiero iniciar el experimento porque el uso Facebook y Youtube desde hace años noto de interfieren con mis actividades, he intentado reducir el tiempo de uso siempre fallando el mismo día o solo olvidando que lo haría. Cuando me pongo limite de uso no lo respeto llegando a extenderme hasta 4 hrs más de lo acordado; sin ningún beneficio he visto imagenes o videos de personas que ni siquiera veo personalmente en años o que ni conozco, dando y esperando Likes…para que ?…
Estoy iniciando cambios a habitos más saludables y este puede ser uno de ellos, me motiva saber que hay más personas que tambien lo intentarán casi al mismo tiempo.
4.- Mis condiciones son: sólo usar Facebook media hr por la noche y Youtube en cualquier momento del día, pero solo una vez, 1 hr máximo.
5.- Yo quiero esta renuncia para volver a retomar actividades que he relagado a pesar de ser más importantes o que aportan mayor beneficio a mi persona. Quiero tiempo suficiente para descansar, dormir bien, ya no llegar al trabajo desvelada por estar usando redes en madrugada, también así tendre tiempo para mantenerme en movimiento, hacer más ejercicio y tener menos sedentarismo y a su vez, menos riesgo de enfermedades.
Las condiciones del experimento público de desconexion digital las tienes en el anterior artículo.
Para participar en el experimento de desconexión digital debes registrarte en la página del experimento siguiendo este guión:
Tu nombre o apodo.
Cuándo inicias el experimento (idealmente, el lunes 3 de junio) de cuatro semanas (hasta el 30 de junio). Pero podrás incorporarte en cualquier momento durante las cuatro semanas.
Qué elementos de tu vida digital o mediática has decidido eliminar. Por ejemplo: el uso de WhatsApp, la opción nuclear (para los que gusten de emociones fuertes: eliminación del smartphone), el consumo de películas o periódicos digitales o en papel, o todas las redes sociales o alguna en concreto que te genera menos valor e interfiere más con tu vida. Tú decides.
Cuáles son las condiciones específicas de tu experimento: en qué franjas horarias o para qué actividades haces excepciones, si es que las haces; cómo vas a llenar el tiempo libre casi oceánico del que vas a disponer en estas cuatro semanas, por ejemplo: qué harás cuando estés en el autobús aburrido sin nada qué hacer o qué harás por las noches si no ves la televisión o las series, etc.
3-4. Las limitaciones en mi experimento van a ser las siguientes:
Me voy a permitir seguir usando las redes sociales y similares en mi ordenador durante 30 minutos. Voy a usar un bloqueador para el resto del tiempo. Esto es algo que he estado haciendo y sé que funciona.
Voy a programar mi teléfono móvil al estado de máximo ahorro de energía, que te fuerza a limitar a 8 las aplicaciones que puedes usar. Entre ellas no estará Internet ni ninguna red social, solo aquello que necesito. Estoy seguro que hacer esto va a reducir considerablemente las horas que paso con mi móvil.
Considero necesario mencionar que en el caso que haga un “recaiga” de algún modo, me levantaré y lo volveré a intentar. No quiero partir de una mentalidad de que tengo cosas a perder si fallo, sino que tengo mucho a ganar si así lo intento.
5. Hago esta renuncia por la simple razón que no me siento en control de las redes sociales que uso, y estoy seguro que beneficiaré de la cantidad de tiempo que tendré para dedicar a otras actividades o simplemente a dormir y descansar más. Y lo más importante, dejaré de ser como aquella nariz pegada a un hombre pegada; en este caso, aquél smartphone pegado a un hombre. Necesito volver a escuchar el silencio.
Cuándo inicias el experimento (idealmente, el lunes 3 de junio) de cuatro semanas (hasta el 30 de junio). Pero podrás incorporarte en cualquier momento durante las cuatro semanas.
Qué elementos de tu vida digital o mediática has decidido eliminar. Por ejemplo: el uso de WhatsApp, la opción nuclear (para los que gusten de emociones fuertes, la explico más abajo), el consumo de películas o periódicos digitales o en papel, o todas las redes sociales o alguna en concreto que te genera menos valor e interfiere más con tu vida. Tú decides.
Cuáles son las condiciones específicas de tu experimento: en qué franjas horarias o para qué actividades haces excepciones, si es que las haces; cómo vas a llenar el tiempo libre casi oceánico del que vas a disponer en estas cuatro semanas, por ejemplo: qué harás cuando estés en el autobús aburrido sin nada qué hacer o qué harás por las noches si no ves la televisión o las series, etc.
Por qué eliges esta renuncia
Después de la inscripción y el compromiso público en los términos apuntados arriba, escribiré un artículo-resumen con los compromisos de todos los inscritos.
Durante la duración del experimento, podrás ir escribiendo tus impresiones, dificultades y descubrimientos en la página del experimento con el fin de motivarte y motivar a los demás a perseverar en el empeño.
Al final del experimento, podrías incluir un pequeño informe. Yo recopilaré las experiencias y lecciones aprendidas y las resumiré en un artículo final.
A partir de ahí, en función de los resultados del experimento, podrás darlo por terminado o decidir incorporar algunas de las renuncias y cambios en tu consumo digital a tu vida.
Condiciones del experimento
Comienzo: lunes 3 de junio de 2019.
Duración: cuatro semanas, hasta el domingo 30 de junio 2019.
Durante cuatro semanas haremos un experimento de renuncia a toda o parte de nuestra vida digital.
Los candidatos para este ayuno digital con vocación de permanencia son varios; la opción que recomiendo, aunque casi nadie tendrá los bemoles para seguirla, es la opción nuclear: eliminación del teléfono inteligente sustituido por un teléfono idiota con solo llamadas. Podrías hacerte con un teléfono tonto o simplemente capar todas las aplicaciones y redes sociales de tu teléfono móvil.
Dirás que esto es ilusorio, inviable, utópico, etc. No, no lo es, y yo soy la prueba viviente: jamás he tenido un teléfono inteligente y funciono desde hace décadas con un teléfono extremadamente torpe que solo es capaz de enviar y recibir llamadas y mensajes de texto. Esta es la opción que recomiendo para el experimento porque es la que contribuirá de manera más dramática a cambiar tu concepción de lo posible y lo imposible.
Hay otras opciones más conservadoras que no necesitan tantos redaños pero que son francamente desafiantes para la mayoría de los bípedos implumes: por ejemplo, bloqueo y renuncia de redes sociales como WhatsApp, twitter, Instagram, Facebook.. Incluso, el mismo correo electrónico consultado compulsivamente por mucha gente a lo largo del día podría ser un candidato para este ayuno y desconexión.
El experimento de renuncia digital también podría aplicarse a servicios de distribución de contenidos de alto poder adictivo como por ejemplo YouTube o Netflix o sitios de noticias o cualquier otra plataforma similar. Mucha gente que llena sus horas de ocio con la comida basura de la televisión tradicional a la manera de gallinas que reciben su pienso (contradicción en los términos) diario de lo que sea que echen haría bien en apuntar a la televisión como objeto del experimento.
Los más modernos, que tienen plataformas digitales de pago, podrían considerar si los centenares de horas que dedican a lo largo del año viendo series en modo adictivo-compulsivo son el legado que quieren dejar para la posteridad. Muchos solo podrán escribir en su tumba: “Dediqué 73 noches de mi vida a lo largo de 7 años a seguir la serie Juego de Tronos; las noches de esos años que no vi Juego de Tronos vi Breaking bad, Perdidos, True Detective… y un largo etcétera”. Triste epitafio.
Si quieres conocer la experiencia de alguien que ya no ve cine ni series por las noches y motivarte a emularle, puedes leer el artículo de Anca Balaj sobre su renuncia a la televisión y las películas. Su experimento convertido en una forma de vida ocurrió de manera casual cuando un buen día se le estropeó la televisión y decidió no repararla ni comprar otra. Transcribo un extracto, el resto del artículo puedes leerlo en su blog.
¿Cómo es posible que, sin utilizar nunca la televisión por las mañanas o por las tardes éstas también sean diferentes? La respuesta es simple: silencio y descanso. La televisión, la radio o incluso las películas o series vistas en Internet producen nerviosismo. Aquí hay algunas explicaciones científicas, pero yo voy a hablar de mis percepciones en esta semana.
En mi casa ya no hay voces estridentes, mujeres llorando, gritos de personas asustadas, bombas o coches que explotan, sirenas de la policía, etc. En mi casa nadie mata a nadie. Nadie sufre. Y no hay conflictos que atender. Las películas (y toda historia que se precie) tienen como motor el conflicto, es decir, el deseo de alguien que entra en conflicto con el deseo de otro alguien y que queremos saber cómo acabará resolviéndose. Esto mantiene nuestra atención pero también nos provoca tensión. Así pues, cuando estamos viendo una película o una serie, estamos viviendo (creando en nosotros) esta tensión. La próxima vez que veas una película, despégate del argumento por un momento y revisa tu cuerpo, observa si estás relajado/a o tenso/a.
Dejando aparte las estridencias sonoras y las emociones dramáticas que se recrean, hay otro factor muy importante, tal como explica el artículo que he enlazado más arriba: el ritmo con el que se suceden las cosas en una película es vertiginoso, en una hora y media ocurren acontecimientos que en la vida real tardarían semanas, meses o años en producirse, con el estrés mental que esto nos supone. También la técnica usada es importante, pues hay gran interés por parte de los autores de atraer nuestra atención y mantenerla hasta el final.
Todo este nerviosismo provoca ansiedad. La rapidez de los estímulos nos crea dependencia de nuevos estímulos y así es cómo acabamos aumentando nuestra dependencia de otros aparatos que puedan proporcionarnos estos estímulos cuando ha acabado la película o incluso de maneara simultanea. Y cuanto más estimulo, más necesitamos y más se sube el ritmo en las películas de reciente creación (compara el ritmo de una película de los años 40 con el ritmo de una actual; ¿ha tenido tiempo nuestro cerebro de evolucionar de la misma manera?).
¿Cómo elegir el tipo de desconexión digital?
Tú sabes o al menos intuyes qué parte de tu vida digital es contraproducente para tu salud mental o para tu eficacia profesional o para la calidad de tus relaciones personales. ¿Hay alguna red, algún artilugio digital, alguna plataforma tecnológica de distribución de contenidos de alto poder adictivo cuya renuncia podría contribuir a mejor tu bienestar vital y liberar tiempo y atención para destapar y desarrollar potencialidades?
Tú conoces tu fuerza de voluntad, tu afán de exploración y las facturas que los medios digitales están pasando a tu vida, por eso este experimento es flexible, no es el mismo para todos, la filosofía y motivación es la misma pero las condiciones de aplicación son elegidas por ti.
Recomiendo la opción nuclear (=teléfono estúpido con solo llamadas y mensajes tradicionales de texto, no vale WhatsApp) , y si no puedes o no quieres aplicar la opción nuclear, decide qué elementos eliminas, por ejemplo: Facebook o WhatsApp o YouTube o una combinación de ellos.
Recomiendo que tu eliminación abarque las cuatro semanas las 24 horas del día; pero una vez más, puedes decidir abrir una ventana al día para consulta de medios digitales, una hora o media hora o simplemente decir que no usarás esos medios más que por las noches o usarlas para un determinado fin en exclusiva, por ejemplo , por motivos de trabajo.
Lo más fácil de gestionar es eliminar todo y durante todo el tiempo, pero tú solo conoces tus circunstancias y limitaciones.
Eres libre de elegir tus cadenas o de cambiarlas por otras
Soy consciente de que tienes la sensación de que el uso o no uso de medios digitales, WhatsApp, Facebook, correo electrónico o las series no es una opción; después de todo “esto es lo que hay, no puedo luchar contra la corriente” o bien “en mi trabajo es imposible decir que no a las redes sociales y usamos WhatsApp para comunicarnos” o bien “sin Facebook no puedo hablar con mis familiares de Perú o Argentina” o bien “sin un móvil no puedo calmar a mi niño de dos años mientras come o cuando salimos de casa” o bien “me siento vacío si no me relajo por la noche con un episodio de sexo y violencia de Juego de Tronos”, etc.
Pero la buena nueva que vengo a traerte y que te incito a seguir es que hay opción , que eres libre para decidir tu uso, abuso y desuso de los medios digitales. Este experimento te ayudará a descubrir qué es posible, y sobre todo a saber qué se siente cuando uno deja de ser una miserable rata de Skinner sometida a los refuerzos intermitentes de los likes y las últimas frases graciosas y gilipolleces de la línea de Twitter o el muro de Facebook.
He dedicado toda una serie de artículos en este blog a los peligros de las tecnologías digitales. La he llamado serie Neoludismo. Los luditas fueron obreros de telares en Inglaterra que en los comienzos de la revolución industrial quemaban telares y aterrorizaban a sus propietarios como amenaza y represalia ante la pérdida de sus trabajos sustituidos por máquinas.
El filósofo cínico Diógenes de Sinope fue nombrado el Santo patrón del minimalismo existencial hace ya varios años por sus simpatías neoluditas. Este personaje se burlaba de los atenienses con sus actuaciones públicas; por ejemplo, caminaba en la dirección contraria de la multitud a la salida del teatro como ilustración de su iconoclastia e inconformismo. Todas sus posesiones eran un manto, una escudilla para beber agua y un bastón, pero un día observó a un niño beber agua de una corriente con el cuenco de sus manos y renunció desde entonces a la escudilla. Cuando Platón definió al hombre como un “bípedo implume”, Diógenes desplumó a un pollo y gritó “ahí va un hombre”. Desde entonces, la definición tuvo que ser cambiada a “bípedo implume de uñas planas”.
Yo soy una suerte de Neoludita filosófico militante, me parezco más a Diógenes que a los quemadores de telares anticapitalistas o a los ecologistas tipo Unabomber, mi reacción es menos violenta pero también potencialmente más efectiva: tolero que los filisteos sigan usando y abusando de sus teléfonos inteligentes y redes sociales; cuando observo al ciberzombi arrastrar su dedo por la línea de Twitter o WhatsApp mi represalia física no va más allá de un furtivo gesto de desprecio y una sensación de superioridad moral ; mi venganza son mis invectivas y peroratas en un oscuro blog en un callejón perdido de internet.
Sin embargo, mi secreto desprecio y mis sonoras exhortaciones escritas hacia una vida liberada de la tiranía autoinfligida de los medios digitales no es suficiente.
Hemos de dar un paso más. Hemos de predicar con el ejemplo en nuestras vidas. Todos podemos ser todavía más minimalistas y andar el camino del que hablamos. Si nuestro ejemplo cunde, habremos transmitido nuestro mensaje y vivido nuestras creencias.
Homo Mínimus responderá a las preguntas, dudas y consultas sobre este experimento en los comentarios de este artículo.
En los próximos días anunciaré un experimento minimalista en el que podrán participar los lectores de este blog.
La motivación de este experimento está en la irrazonable pero generalmente aceptada presunción de que no podemos oponernos a la corriente tecnológica digital y tenemos que asumir irremisiblemente los cambios en nuestros hábitos de comunicación y formas de relacionarnos.
Sirva este video como aperitivo para el experimento y para establecer un marco mental propicio que te permita animarte a participar.
Los lectores del blog que pertenezcan a la generación postmilénica quizá no conozcan otra cosa y este experimento les resulte no un viaje al pasado sino un viaje a otro mundo.
Llevo casi dos horas trabajando en una cafetería. Hay un grupo de cinco personas delante de mí: cuatro adultos y una niña de unos cuatro años. Los adultos hablan, la niña está neutralizada con un teléfono inteligente (creo que más inteligente o al menos menos insensato que los padres y familiares de la niña). La niña se cansó del teléfono hace una hora o así. Intentó captar varias veces la atención de su abuelo, pero infructuosamente: «Abuelo, abuelo…» ; también la de su madre: ni caso; finalmente dio una vuelta por el patio de la cafetería. Pocos minutos después volvió al teléfono y ahora, casi una hora más tarde, habiendo anochecido, sigue enfrascada y el resplandor del aparato se refleja en su rostro.
Llamadme exagerado, alarmista o peligroso neoludita, pero tengo que deciros que creo que estamos en el final de una era y en el principio de otra.
Llamadme insultón y ofensivo, pero el abuelo es un gilipollas integral.
En nuestros escritos, discursos y conversaciones, queremos frases memorables que con economía de medios nos proporcionen el máximo sentido.
En los aforismos, podemos encontrar este tipo de frases breves, sentenciosas y llenas de significado.
Hay gran variedad: invocaciones, imprecaciones, reconvenciones, órdenes, máximas de contenido moral o edificante, comentarios humorísticos y muchas otras variaciones.
Me gusta leer libros de aforismos de escritores y personajes públicos: Baltasar Gracián y su Arte de la Prudencia, Nietzsche, Oscar Wilde, Pascal, Ciorán, Montaigne o La Rochefoucauld están entre mis favoritos.
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Defendí hace años en un artículo que Twitter es el gimnasio del escritorporque en 140 caracteres estás obligado a flexionar tus músculos verbales y transmitir lo máximo con lo mínimo. La limitación de espacio te lleva naturalmente a escribir aforismos.
Durante mi incursión en Twitter, la única red social digital a la que he pertenecido, escribí algo más de 10.000 tuits en algo más de dos años. A una media de 10 palabras por tuit (cifra conservadora) escribí 100.000 palabras, el equivalente a una novela de 350 páginas (en extensión, no en valor o contenido).
Podemos decir que la mayoría de esos tuits son exabruptos, pensamientos reactivos y banalidades varias salpicadas con alguna perla retórica digna de conservarse (quizá un 1% del total, dejaré una muestra al final de este artículo).
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En Twitter conocí en primera persona el poder adictivo de las redes sociales y también algunos de sus beneficios.
Por ejemplo, gracias a Twitter conocí a Rafael Sarmentero, El Genio, al que he dedicado varios artículos en este blog y que ha colaborado con varias intervenciones. Raúl Hernández González, otro habitual de mis podcasts, también está entre las mejores aportaciones de Twitter a mi red social.
También afilé mi habilidad para responder de manera rápida, en casi tiempo real, a los ataques verbales, y di rienda suelta a mi egocentrismo narcisista y afán propagandístico en temas políticos y culturales. El sentimiento de pertenencia a un grupo (el mío es por supuesto uno de élite) se exacerba en Twitter y también los impulsos de confrontar a los extraños equivocados con el insulto, el ingenio y el dato.
Pero, como bien sabemos los minimalistas digitales, una tecnología no se justifica solo por sus beneficios —después de todo, cualquier tecnología aporta algo— sino que hay que ponderar los costes al igual que los beneficios.
Es por esos costes que a pesar de las satisfacciones que me producía Twitter, su capacidad para enganchar mi atención de forma relativamente productiva (“Twitter como gimnasio del escritor”) y la posibilidad para interaccionar con personas interesantes, terminé dejando la red de los trinos.
De esta experiencia, quedaron los tuits, que antes de abandonar la red fueron convenientemente archivados.
Muchos de esos tuits rescatables del olvido son aforismos, frases ingeniosas, dardos envenenados, refranes, proverbios, respuestas con retranca, pensavientos, trinos varios. Esa práctica tuvo como beneficio más evidente el que haya aprendido a intercalar más frases potentes en mis textos y conversaciones.
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Te dejo con una muestra de algunos de estos aforismos a pie de impulso para que consideres si dos años perdiendo el tiempo en Twitter, distrayéndome de asuntos más importantes y envuelto en guerras incendiarias, son justificados por estos residuos verbales.
Mi conclusión es que no, que fue una miserable pérdida de capital vital e intelectual, pero espero que al menos te sirva como advertencia.
Mal de muchos, buen rayo me parta.
La puntualidad es la más inútil de las virtudes: casi nadie llega a tiempo para apreciarla.
Yo no soy un friki. Soy un verso suelto.
El Hombre es una teoría de la felicidad con patas.
No hay que confundir el orden con la simetría.
El precio de la vida es la muerte.
La mejor manera de convocar a las musas es darles el día libre.
La metáfora es un observatorio.
El fanfarrón expide cheques que su talento no puede pagar.
El problema con los postmodernos es que están de vuelta de todo sin haber salido nunca de casa.
Era un tipo educado, buena persona y amigo de sus amigos; se llamaba don Bostezo.
En los bordes se puede apreciar mejor el fondo.
Un sabio en pos de la verdad en los libros es como un romántico buscando el amor en un prostíbulo.
Ninguna mujer tiene sueños lúbricos con un hombre muy simpático.
Preguntar qué tal estás debería estar prohibido por la convención de Ginebra.
El símil es el hijo tonto de la metáfora.
Ni todos los placeres nos convienen, ni todos los dolores nos perjudican.
Si solo habláramos cuando tuviéramos algo que decir, pasaríamos más tiempo haciendo cosas dignas de contar.
La mujer: ese leviatán con medias de seda.
Nada hay más importante que refutarse un poco todos los días.
A veces solo estamos despiertos cuando estamos dormidos.
El increíble hombre normal: por mis obras me ignoraréis.
Es un hombre hecho a sí mismo: empezó desde cero y ha acabado en la más absoluta de las miserias.
La sonrisa es la brisa del alma.
Aquí una reflexión interesante en forma de audio y artículo de Jaír Amores sobre aforismos y frases famosas:
En ocasiones, he pensado dar de baja a todos los suscriptores y empezar de 0 en el blog, sin lastres ni expectativas, quizá conservando los artículos antiguos y el dominio del blog, pero empezando fresco, sin la necesidad de contentar a nadie. Me seduce lanzar por la borda a los miles de suscriptores acopiados a lo largo de estos años, me atrae que los cientos —digamos— de lectores que realmente se benefician (esos que obtienen de cuando en cuando alguna pepita de oro) no vuelvan a leer nada mío, y siento curiosidad por saber si alguno de las pocas decenas de amigos del blog me pregunta o no qué paso, qué fue del blog, por qué no recibe más artículos en su correo.
Estas últimas navidades, con motivo de la revisión anual y mi costumbre de despejar las cubiertas, me decidí —por fin— a eliminarte implacablemente, sin explicaciones ni disculpas, y empezar, tal como he dicho, de cero. Pero…
Con buen criterio, WordPress no permite eliminar fácilmente a los suscriptores con un solo clic o con unos pocos clics. Para eliminarlos tengo que hacerlo de uno en uno, seleccionar uno a uno a los suscriptores y pulsar la fatídica tecla. Calculé que me llevaría casi tres horas. Tres horas y se acabaría el tener que escribir para alguien que espera algo de uno. Tres horas y podría empezar de cero o simplemente dar la puntilla final a este proyecto Zombi que parece ser Homo Mínimus. Pero…
No conseguí vencer mi desgana de pasar tres horas aburridas como requisito para la liberación y no eliminé a la audiencia. Por eso has recibido este correo, porque no pude superar la barrera de las tres horas de esfuerzo requeridas para multiplicar por cero a los suscriptores del blog.
WordPress y cualquier red social —para el caso, cualquier empresa que quiere retener a sus clientes— pone barreras de salida. WordPress sabe que si elimino a mi audiencia en un momento de debilidad o desgana perderé gran parte de la motivación para seguir escribiendo, y ellos perderán mi pago anual y el tráfico de mis lectores y su tiempo de atención y la publicidad que vende o los posibles nuevos suscriptores a sus servicios. Por eso lo ponen difícil.
Los ingenieros de la atención, esos hombrecillos con gafas y pretensiones de hacer el mundo un lugar mejor, actúan día y noche para que no nos alejemos de las pantallas, ya sea escribiendo y creando contenido, ya sea leyendo y consumiendo lo que otros crean.
Sigo mi cruzada contra las redes sociales y los teléfonos que son más inteligentes que vosotros. No pararé hasta que trece de los lectores de este blog me digan en los comentarios que han dejado las redes sociales gracias a Homo Mínimus.
Hoy traigo a un conferenciante invitado: Cal Newport, el autor de Deep Work. Esta es la transcripción y mi traducción al español de su conferencia TEDx sobre las redes sociales.
P.D. Por favor, no olvidéis compartir este artículo en Twitter, Facebook, Linkedin o WhatsApp.
Estamos exagerando los beneficios de las redes sociales y minusvalorando las desventajas y sus costes
Probablemente no te estés dando cuenta de esto ahora, estás de hecho viendo algo raro. Porque soy un científico computacional, autor de libros y milenial, de pie en un escenario de TEDx, y, sin embargo, nunca he tenido una cuenta en las redes sociales.
El cómo ocurrió esto es hasta cierto punto producto del azar. Conocí las redes sociales cuando estaba en la universidad, en mi segundo año, en el tiempo en que Facebook llegó por primera vez a nuestro campus. En este tiempo, que fue justamente después de la explosión de la burbuja de internet, yo había tenido un negocio casero que había tenido que cerrar en la crisis, y entonces, de repente, este chico de Harvard llamado Mark saca un producto llamado Facebook y la gente se emociona con él. Así que yo, un poco por celos profesionales algo infantiles, me digo: «No voy a usar esta cosa. No voy a ayudar al negocio de ese chico sea lo que sea». Yo sigo con mi vida, no miro más, y veo como todos mis conocidos están enganchados a esa cosa. Y desde la claridad que tienes cuando tienes algo de objetividad, alguna perspectiva sobre ello, me doy cuenta de que parece un poco peligroso. Así que nunca abrí una cuenta. Desde entonces nunca he tenido una cuenta.
Así que estoy aquí por dos razones; quiero transmitir dos mensajes. El primer mensaje que quiero transmitir es que aunque nunca haya tenido una cuenta en redes sociales, estoy bien, no os tenéis que preocupar. Resulta que todavía tengo amigos, todavía sé que pasa en el mundo; como científico computacional sigo colaborando con gente de todo el mundo, todavía sigo expuesto accidentalmente a ideas interesantes y pocas veces me describiría como alguien al que le faltan opciones de entretenimiento. Así que estoy bien, pero iría más lejos y diría que no solo estoy bien sin redes sociales sino que de hecho estoy mejor sin ellas. Creo que soy más feliz, creo que encuentro más sostenibilidad en mi vida y creo que he sido más exitoso profesionalmente porque no usos las redes sociales.
Así que mi segundo objetivo aquí en el escenario es intentar convenceros de lo mismo. Veamos si puedo convenceros de que también estaríais mejor si dejarais las redes sociales. Así que siendo el tema de este TEDx el «Tiempo futuro», creo que esta sería mi visión del futuro, una en la que menos gente usa las redes sociales. Esta es una gran propuesta, creo que tengo que justificarla.
Así que creo que lo que voy a hacer es tomar las tres objeciones más importantes que oigo cuando sugiero a la gente que deje las redes sociales, y por cada una de estas objeciones intentaré quitar la exageración y ver si puedo poner más dosis de realidad.
Esta es la primera objeción más común que oigo. Esta no proviene de un ermitaño, es realmente un desarrollador de páginas web modernillo de la calle octava; no estoy seguro, ¿modernillo o ermitaño? A veces es difícil de decir. La primera objeción es esta: «Cal, las redes sociales son una de las tecnologías fundamentales del siglo XXI. Rechazar las redes sociales sería un acto ludita extremo. Sería como cabalgar en el caballo hacia el trabajo o usar un teléfono con un disco con agujeros. No puedo tomar esa decisión en mi vida».
Mi reacción a esta objeción es que creo que es una tontería. Las redes sociales no son una tecnología fundamental. Se aprovecha de algunas tecnologías fundamentales, pero es mejor comprenderlas como una fuente de entretenimiento, un producto de entretenimiento. El tecnólogo Jaron Lainer dice que estas compañías te ofrecen caprichos luminosos a cambio de minutos de tu atención y trozos de tus datos personales, que pueden ser empaquetados y vendidos. Así que no usar las redes sociales no debería ser una toma de posición social, solo es rechazar una forma de entretenimiento a favor de otras. No debería ser más controvertido que decir «No me gustan los periódicos, prefiero leer las noticias en las revistas» o « Prefiero ver series en la televisión por cable en lugar de ver series en las cadenas de televisión tradicionales». No es una toma de posición política o social decir que no usas este producto. Mi uso de la imagen de la máquina tragaperras no es accidental porque si miras un poco más de cerca a estas tecnologías, no es para decir que son simplemente una forma de entretenimiento, sino que son hasta en cierta manera una fuente muy poco sabia de entretenimiento.
Sabemos que la mayoría de las empresas de redes sociales contratan a individuos llamados ingenieros de la atención que emplean los principios de, entre otros lugares, los casinos de las Vegas para intentar hacer estos productos tan adictivos como sea posible. Este es el uso deseado de estos productos: que los uses de forma adictiva porque eso maximiza el beneficio que pueden sacar de tus datos y atención. Así que no es una tecnología fundamental, es solo una forma de entretenimiento, una entre otras muchas, y si miras un poco más de cerca es una forma poco sabia.
Aquí está la segunda objeción común que oigo cuando sugiero a la gente que deje las redes sociales. La objeción es esta: «Cal, no puedo dejar las redes sociales porque es vital para mi éxito en la economía del siglo XXI. Si no tengo una buena presencia en redes sociales y una marca la gente no sabrá quién soy, la gente no podrá encontrarme, no vendrán oportunidades y desapareceré de la economía».
Una vez más, mi reacción es pensar que también esta objeción es una tontería. Recientemente he publicado un libro que recoge distintas líneas de evidencia que explican que en una economía competitiva del siglo XXI, lo que el mercado valora es la habilidad de producir cosas que son raras y valiosas. Si produces algo que es raro y valioso, el mercado lo valorará. Lo que el mercado descarta en gran parte son las actividades que son fáciles de replicar y producen poco valor.
Bien, pues las redes sociales son el paradigma de una actividad fácil de replicar que no produce mucho valor; es algo que un niño de seis años con un teléfono inteligente puede hacer. Por definición, el mercado no va a dar mucho valor a esos comportamientos.
En cambio, va a recompensar el trabajo profundo y concentrado que se requiere para desarrollar habilidades reales y aplicar esas habilidades para producir cosas —como un artesano— que son raras y valiosas. Por decirlo de otra forma: si puedes escribir un algoritmo elegante, si puedes escribir un informe legal que cambie un caso, si puedes escribir mil palabras de prosa que sean capaces de llevar al lector hasta el final; si puedes mirar a un mar de datos ambiguos y usar la inferencia estadística y extraer un conocimiento revelador que transforme la estrategia de un negocio, si puedes hacer este tipo de cosas que requieren un trabajo profundo, que produce resultados que son raros y valiosos, la gente te encontrará. Podrás escribir la cifra en el cheque y construir los fundamentos de una vida profesional exitosa y llena de sentido, sin importar el número seguidores que tengas en Instagram.
Esta es la tercera objeción que oigo cuando sugiero que dejen las redes sociales; de alguna manera, creo que podría ser una de las más importantes. Esta objeción dice «Cal, puedo estar de acuerdo, quizá tengas razón; no es una tecnología fundamental. Quizá usar las redes sociales no está en el núcleo de mi éxito profesional. Pero, ¿sabes?, son inofensivas, me lo paso bien , twitter es divertido, ni siquiera paso tanto tiempo en ello, soy un adoptante temprano, es una cosa interesante y podría perderme algo si no lo uso. ¿Qué hay de malo en ello?». De nuevo, miro hacia atrás y me digo: esta objeción es una tontería.
En este caso, lo que falla es lo que creo que es una realidad muy importante sobre la que necesitamos hablar más honestamente: que las redes sociales traen múltiples, bien documentados y significativos daños. Tenemos que afrontar de verdad estos daños a la hora de intentar tomar decisiones sobre si abrazar esta tecnología y dejar que entre en nuestras vidas.
Uno de los daños que sabemos que esta tecnología trae tiene que ver con el éxito profesional.
Acabo de argumentar que la habilidad para enfocarse intensamente para producir cosas que son raras y valiosas, perfeccionar las habilidades que el mercado valora, es lo que importa en nuestra economía. Pero justo antes de eso argumenté que las herramientas de las redes sociales están diseñadas para ser adictivas. El uso deseado para el que fueron diseñadas es para fragmentar tu atención tanto como sea posible en tus horas despierto; así están diseñadas estas herramientas.
Tenemos una cantidad creciente de estudios que nos dicen que si pasas grandes partes del día en un estado de atención fragmentada —grandes partes del día, rompiendo tu atención, para echar un vistazo, para revisar tus mensajes «Déjame que vea que hay en Instagram»—, que esto puede reducir permanentemente tu capacidad para concentrarte. En otras palabras, podrías reducir permanentemente tu capacidad para hacer exactamente el tipo de esfuerzo profundo que es más y más necesario en una economía cada vez más competitiva. Así que las redes sociales no son inofensivas, pueden de hecho tener un impacto negativo significativo en tu habilidad para prosperar en la economía.
Me preocupa especialmente cuando miro a las generaciones más jóvenes, que son las más saturadas con esta tecnología. Si pierdes tu habilidad para mantener la concentración, vas a ser cada vez menos relevante para esta economía. También hay daños psicológicos que están bien documentados que traen las redes sociales y que necesitamos considerar. Sabemos de la literatura científica que cuanto más usas las redes sociales más solo o aislado te vas a sentir. Sabemos que la exposición constante a las presentaciones cuidadosamente embellecidas de tus amigos y sus vidas te puede hacer sentir mal contigo y aumentar la tasa de depresión.
Y una cosa que creo que vamos a escuchar más en el futuro próximo es que hay un desajuste fundamental entre la manera en que nuestros cerebros están construidos y este comportamiento de exponerte a estímulos con recompensas intermitentes a lo largo de todas tus horas despierto. Una cosa es gastar un par de horas en una máquina tragaperras en Las Vegas, y otra llevarte la máquina contigo y pasarte todo el día tirando de la palanca desde que te despiertas hasta que te vas a la cama: no estamos hechos para esto. Esto produce un cortocircuito en el cerebro y estamos empezando a ver que tiene consecuencias cognitivas reales, una de las cuales es ese telón de fondo continuo de ansiedad.
El canario en la mina de carbón respecto a estos asuntos está en los campus universitarios. Si hablas con expertos en salud mental en los campus universitarios, te dicen que en paralelo con el uso ubicuo de los teléfonos inteligentes y las redes sociales entre los estudiantes ha venido una explosión de trastornos relacionados con la ansiedad en esos campus. Ese es el canario en la mina de carbón. Este tipo de comportamiento supone un desajuste para el cableado de nuestro cerebro y te puede hacer sentir miserable.
Así que hay un coste real en el uso de las redes sociales; lo que significa que cuando estás intentando decidir «¿Debo usar esto o no?», decir que es algo inocuo no es suficiente. De hecho, tienes que identificar un beneficio positivo claro y significativo que pueda compensar esos daños potenciales no completamente triviales.
La gente a menudo pregunta «De acuerdo, pero ¿qué es la vida sin las redes sociales?». Puede dar un poco de miedo pensar sobre eso. Según dice la gente que fue a través de este proceso de desconexión, puede haber semanas difíciles. Es realmente como un proceso de desintoxicación. Las dos primeras semanas pueden ser incómodas: te sientes un poco ansioso, te sientes como si hubieras perdido una extremidad. Pero después de eso, las cosas se estabilizan y de hecho la vida después de las redes sociales puede ser bastante positiva.
Hay dos cosas de las que os puedo informar desde el mundo del no uso de redes sociales. La primera: puede ser bastante productivo. Soy un profesor en un instituto de investigación, he escrito cinco libros, raramente trabajo más allá de las cinco de la tarde en días de diario. Parte de las razones por las que puedo lograr esto es porque resulta que si tratas tu atención con respeto (no la fragmentas, la dejas intacta, preservas tu concentración) cuando se trata de cosas de trabajo puedes hacer una cosa detrás de la otra y hacerla con intensidad, y la intensidad se puede cambiar por tiempo. Es sorprendente lo mucho que se puede hacer en un día de ocho horas si eres capaz de dar a cada cosa concentración intensa.
Otra cosa de la que puedo informarlos de la vida sin redes sociales es que fuera del trabajo las cosas pueden ser bastante apacibles. A menudo bromeo sobre que estaría muy cómodo siendo un granjero de los años treinta, porque en mi tiempo de ocio yo leo el periódico al atardecer; escucho béisbol en la radio; me siento en una silla de cuero y leo libros por la noche después que mis niños se hayan ido a la cama. Suena pasado de moda pero algo sabía la gente de tiempos pasados. Es realmente reparador, un modo apacible de pasar la vida fuera del trabajo. No tienes el estímulo constante del zumbido de fondo ni la ansiedad que conlleva ello.
Así que la vida sin redes sociales no está tan mal. Si atas todos estos cabos, ves mi argumento completo, que no todos, pero ciertamente mucha gente ahora mismo, mucha gente no debería estar usando las redes sociales.
Para resumir, podemos primero descartar las preocupaciones de que las redes sociales son una tecnología fundamental que tienes que usar. Tonterías: es una máquina tragaperras en tu teléfono. Podemos descartar la idea de que no puedes tener un trabajo sin ellas. Tonterías: cualquier cosa que un niño de seis años puede hacer no es lo que el mercado va a recompensar. Y luego he enfatizado que hay daños reales con todo ello. Así que no es inocuo. Tienes que tener un beneficio real de peso antes de que puedas decir que este cambio merece la pena. Finalmente, he mostrado la vida sin redes sociales: hay verdaderas ventajas asociadas con ella. Así que espero que cuando muchos de vosotros hagáis el mismo cálculo al menos consideréis la perspectiva desde la que hablo: mucha gente estaría mucho mejor si no usara esta tecnología. Algunos de vosotros no estaréis de acuerdo. Doy la bienvenida a los comentarios en contra. Solo os pido que hagáis vuestros comentarios en twitter.
—Algunos padres realmente tienen que luchar contra el «Todos los otros niños tiene esa cosa terrible, así que mi niña lo tiene que tener». Pero venga, hombre, deja que tu hijo sea un mejor ejemplo para los otros jod**** niños. Solo porque los otros estúpidos niños tengan teléfonos no significa que «De acuerdo, bien, mi niña tiene que ser estúpida, porque si no se va a sentir excluida».
—Cierto.
—Creo que estas cosas son tóxicas, especialmente son malas para los niños.
—Cierto.
—Y no miran a la gente cuando les hablan y no desarrollan empatía. Sabes, los niños son crueles, y eso es porque prueban cosas. Miran a otro niño y dicen «Eres gordo» y luego ven la cara del niño entristecida y se dicen «Oh, no me siento bien cuando le digo esto a una persona». Pero tienen que empezar haciendo esas cosas crueles. Pero cuando escriben en el teléfono «Estas gorda» entonces se dicen «mmmm, qué divertido, me gusta».
—Sí, eso les gustaaa.
—Sí, exactamente. Necesitas, la cosa es que, necesitas desarrollar la capacidad de ser tú mismo y no estar siempre haciendo algo. Eso es lo que los teléfonos nos están quitando…
—Sí.
—Es la habilidad de simplemente sentarse así… Eso es ser una persona, ¿no?
—Sí.
—No el que tengan una notificación y tengan que mirar de quién es, porque, sabes, debajo de todo en tu vida está esa cosa, esa cosa siempre vacía. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
—¿Eso? Sí.
—Sí.
—Sí, sé de lo que hablas.
—Es simplemente ese conocimiento de que todo es para nada y que estás solo. Sabes que está ahí dentro. Y a veces cuando las cosas se vuelven claras no las estás observando, estás en tu coche y empiezas con el «Oh, noooo, viene la sensación de que estoy solo», como si empezara a visitarte. Sabes, la tristeza.
—Sí.
—La vida es tremendamente triste solo por estar en ella, así que estás conduciendo y te dices, ah, ah, ahhh, es por eso que conducimos y mandamos mensajes de texto. Miro a mi alrededor y casi el 100% de la gente a tu alrededor está conduciendo y enviando mensajes.
—Sí.
—Y se están matando, todos están asesinándose unos a los otros con sus coches.
—Sí.
— Pero la gente está dispuesta a arriesgarse y llevarse una vida y arruinar la propia porque no quieren estar solos por un segundo, porque es tan difícil. Estaba en mi coche una vez y empieza una canción de Bruce Springstteen y eso me hizo… Dice algo como las palabras jungle….
—Jungleland.
— Jungleland. Es la canción donde… arggghhhhhhhhhh… y suena muy lejos, sabes… es como arggghhhhhhhh.
—Eso es la mitad de todo.
—Sí un montón de todoooooooooo.
—No, el dice ah, ha, hoooooooooooooooooooooooooooo!.
—Sí, exacto, y suena realmente lejos.
—Síii.
—¿Lo puedes hacer con la resonancia? Lo puedes hacer, ehhhh! Ehhhhhhhhhh! No, no lo estás haciendo.
—Lo intento, lo intento, algo como heeeeeeeeeheeeeehoooooooooooo, ¿así?
—Sí, síiiii, solo que era Springsteen, si fueras tú el que lo estuviera haciendo hubiera sido como «¡Qué diablos es eso que suena en mi radio!»
—Lo hice exactamente igual que Bruce.
—Sí. Y escuché eso y me dio como una sensación de depresión como de volver al colegio, puede ser muy triste.
—Sí.
—Y me digo, de acuerdo, me estoy poniendo triste, tengo que coger el teléfono y escribir «Hola» como a 50 personas porque sabes que alguien realmente guay te responderá y entonces alguien no tan guay te responde… beepppp, yo estoy con algo mejor. Pero…
—Eh, tú, ¿Cómo es que no me respondiste el mensaje…
—Sí, bien, el escribió primero, es por eso. Bueno, de todas maneras, empiezo a tener ese triste sentimiento cuando iba a buscar el teléfono, luego me digo, sabes qué, no estés simplemente triste. Deja que la tristeza se presente y te golpee como un camión. Y dejo que venga y que Bruce arrrgghhh, y ya estaba empezando a sentir «Oh, Dios mío», y me desmorono y lloro como una perra. Lloré tantooo… Y fue hermoso. Fue como muy hermoso porque la tristeza es poética. Tienes suerte de vivir momentos tristes. Y entonces me sentí feliz. Porque cuando te permites sentirte triste…
—Sí.
—Tu cuerpo tiene como anticuerpos y por eso viene la felicidad.
—Apresuradamente.
—Apresuradamente para encontrarse con la tristeza. Así que me sentí agradecido de estar triste, y entonces me encontré con la verdadera y profunda felicidad. Fue como un viaje. La cosa es que no queremos ese primer trozo de tristeza.
—Síi.
—La empujamos con un pequeño teléfono. Y logras un poco más o menos. Nunca te sientes completamente triste o completamente feliz.
—Cierto.
—Te sientes más o menos satisfecho con tus productos.
—Sí.
—Y luego te mueres. Así que es por eso que no quiero comprar un teléfono a mis hijos. A eso me refiero.
Hola, me llamo Homo Mínimus y nunca he tenido un teléfono inteligente.
Tampoco estoy en Facebook, Twitter o Instagram; sé que el primero es una feria de las vanidades; el segundo, un sitio para reafirmarse y confirmarse en el rebaño ideológico y que a través de eslóganes genera pensamiento de nicho; Instagram, me dicen, es un lugar para compartir fotos y halagos.
Pero tomad mis descripciones con reservas porque hablo de oídas.
Jamás me he hecho una autofoto y si tuviera una cámara en mi teléfono y un palo para hacerla, lo usaría para atizar narcisistas digitales y el fuego de mi desprecio. Cuando en la calle algún turista me pide que le saque una foto, le digo que no puedo, porque nunca he tenido un teléfono con pantalla táctil y cámara, y no sé en qué lugar pulsar; como compensación, me ofrezco a firmarles un autógrafo.
Cualquier niño de tres años me hace parecer una persona con retos cognitivos a la hora de usar una tableta. Tampoco he tenido ni tendré una, puedo decir que de ese agua tóxica nunca beberé, espero ser fuerte y no tener nunca que comerme mis palabras. Solo conozco la existencia de WhatsApp por lo que dicen mis amigos y conocidos, tengo entendido que es una especie de charla que puedes mantener a través del teléfono. Las apps son para mí palabras de cuatro letras. No tengo tampoco PlayStation, Nintendo, o Xbox, creo que son marcas de consolas de videojuegos con gráficos espectaculares, también las considero redes sociales porque puedes interaccionar con otros jugadores y aumentar su poder adictivo.
A pesar de llevar años trabajando para empresas consultoras, algunas multinacionales, y tener una vida profesional relativamente convencional, jamás he tenido ninguna de esas armas de distracción masiva. Sé que voy contra corriente y que la gente me mira raro cuando advierte mi teléfono Nokia de veinte euros de principio de siglo con solo mensajes de texto y llamadas. No paso desapercibido. Me sorprende que gente con el salario mínimo tenga teléfonos de 700 euros o advertir que cualquier mendigo o subsahariano en la calle porta un teléfono móvil más caro que el mío.
Bien, ya sé lo que estás pensando, que he salido de una cueva, que soy un eremita, un monje trapense, un tipo peligroso. Pero no, no es así, a pesar de no tener iPhone tengo electricidad, agua corriente y correo electrónico. Y un blog, un blog desde el que peroro contra las redes sociales. Me llamo Homo Mínimus, soy el último salto evolutivo, el que supera y deja obsoleto al Homo Sapiens en su versión digitalis.
No soyun Homo Digitalis, soy un neoludita ilustrado, un digno sucesor de los luditas ingleses de principios del siglo XIX, que quemaban telares en el inicio de la revolución industrial ante la amenaza de la pérdida de sus trabajos sustituidos por las máquinas. No, yo no temo la pérdida de mi trabajo ni del tuyo, aunque sí lo espero; de hecho, espero que lo pierdas para que te obliguen a trabajar en algo que haga mejor uso de tus talentos naturales específicamente humanos y con ello crees y aportes más valor a otros seres humanos. Por el momento, estás trabajando gratis en las redes sociales creando contenido y diversión para otros seres humanos y ayudando a captar la atención de otros usuarios como tú, que a su vez hacen lo mismo que tú, ayudar a que otros usuarios se enganchen a la red social, que a su vez…
Pero eso es otra historia de la que hablaré otro día, ahora remarco que soy un neoludita, es decir, alguien que mira con recelo la introducción de nuevas herramientas, productos o servicios y se lo piensa dos veces antes de decir que sí, que abomina de las complicaciones y ruido creciente que nuestra cultura conlleva. Mi opción por defecto es «No. No todavía» en vez del habitual «Sí a todo y cuanto más novedoso mejor». Tengo una mente compleja y gustos sencillos, a diferencia de los tecnófilos y los homo digitalis, que tienen mentes simples y gustos complicados.
Me he librado del sesgo de novedad que os hace tan dependientes de todo lo que cambia, sea para mejor o para peor; siempre espero varios años antes de acoger un cambio que transforme mi vida, por ejemplo, ya lo he dicho antes: Facebook, Instagram, tabletas, videojuegos, Twitter, WhatsApp, teléfonos inteligentes, son rechazados o aplazados. Y sí, ya he dicho que tengo un blog, pero no lo tuve hasta más de diez años después de la aparición de los primeros blogs.
No soy un adoptante temprano de ninguna tecnología, sigo el principio de precaución: creo que cinco, diez o quince años son periodos mínimos para diferir la adquisición de nuevos artefactos de comunicación y entretenimiento. Prefiero que sean los que tengan más tiempo y dinero disponible los que sufraguen el coste de desarrollo de los productos y sus mejoras, y que sean ellos y sus hijos los que sufran sus inconvenientes: reuniones familiares en las que nadie presta atencion a nadie, trastorno de déficit de la atención en los más pequeños, adicción a los videojuegos y las redes sociales, fragmentación de la atención, etc.
Los homo digitalis son mis conejillos de india, los paganos, los que pierden el tiempo y el dinero probando nuevos productos. Tras lustros o décadas, cuando el producto ha probado su efectividad, rebajado su precio a nivel de producto de consumo de masas, descubierto sus contras, delimitado claramente sus pros, entonces —y solo entonces— puedo decidir incorporarlo a mi vida con las características estrictamente necesarias y por una fracción de su precio de salida al mercado; en el caso del teléfono móvil, tengo uno que cuesta unas pocas decenas de euros, sin internet y con las únicas capacidades de hacer y recibir llamadas y mensajes de texto.
Para mí, vista su capacidad adictiva y su carácter de sumidero del tiempo, quedan descartados los teléfonos inteligentes y las redes sociales.
Algunos dirán que un teléfono inteligente tiene ventajas, que con las redes sociales puedes estar en contacto con tus amigos y conocidos o que sirve para lograr visibilidad profesional. También me podrías decir que qué más minimalista que un teléfono inteligente que en un solo objeto permite tantas funciones y aplicaciones, que es la navaja suiza multiusos de la tecnología digital de consumo. Pero quién necesita una navaja con más funciones de las que puede concebir. Mi regla es la siguiente: solo busco la herramienta cuando deseo la función; no al revés, adquiriendo la herramienta y después descubriendo sus funciones.
Es posible que para cierta gente tenga esas ventajas, pero este es el error fundamental de decisión cuando uno considera nuevos artefactos: fijarse SOLO en las ventajas y obviar los inconvenientes.
Cuando uno toma una decisión sobre si comprar y usar una nueva herramienta ha de hacer un análisis coste-beneficio, teniendo en cuenta los costes, no solo los beneficios percibidos (de que los recordemos ya se encargan los expertos en marketing), todos los costes, incluyendo los más importantes, tu tiempo y tu atención, que podrías emplear para mejores fines: establecer contacto cara a cara con otros seres humanos para mantener conversaciones significativas, hacer deporte y ejercicio, iniciar y mantener proyectos que necesiten largas horas de intensa concentración, estudiar una carrera universitaria, aprender a tocar el violín o, simplemente, no hacer nada, no tener ningún estímulo bombardeándote, aburrirte y dar la oportunidad de que la mente divague, genere nuevas conexiones y te ofrezca su mensaje.
Me dirás que quién tiene tiempo para hacer un análisis tan exhaustivo de sus compras. Yo te respondo: las empresas que te lo venden harán todo el análisis que sea necesario para incitarte a gastar tu dinero, pulsarán todas las teclas interiores que tengan que pulsar para que ansíes el producto o servicio, reclutarán a adoptantes tempranos para iniciar la ola, generarán el efecto llamada del rebaño y te proporcionarán calor humano incitándote a la imitación. Caerás irremisiblemente, sin ni siquiera haberlo pensado, sin conciencia de haber tomado una decisión (¿recuerdas cuándo y por qué decidiste entrar en Facebook o adquirir el último modelo de teléfono inteligente?). La i de iPhone no es de inteligente, es de irreflexivo, ingenuo e idiota.
Pero replicarás que, después de todo, un teléfono, una red social son herramientas inofensivas,que las usas en la dosis y con el propósito que tú determines. Dirás que soy yo el que no sé usarlas y por eso tengo que prohibírmelas (prohibido prohibir, dicen los herederos de mayo del 68, pero esta vez refiriéndose a la autoprohibición del consumo hedónico, a la censura interior, a las autocadenas que nos podrían hacer libres).
Te equivocas una vez más —estás tan equivocado en todo— cuando crees que un teléfono o una red social es una herramienta, un simple objeto pegado a una función.
No, un teléfono inteligente o una app para redes sociales son agentes, tienen agencia y agenda, la de sus programadores, la de los especialistas en marketing: captar tu atención, aumentar tu tiempo de uso y abuso, y mantenerte el máximo tiempo posible pegado a el teléfono e inmerso en la red para succionar tu atención y vendérsela al mejor postor.
Esta es la agenda de la tecnología digital y las redes sociales: colonizar tu mente, convertirte en un adicto y vender tu atención a los anunciantes que la compran para que adquieras productos que no necesitas e impresiones a gente que no te importa.
Un teléfono móvil no es un destornillador, no es un secador, no es una batidora.
Esos objetos no reclaman tu atención. No los añoras, no te despiertas pensando en ellos. No se crearon para distraerte y lograr que pases horas apretando tornillos, secándote el pelo o preparando batidos.
No te alejas del teléfono porque no puedes, porque eres un monigote sin voluntad en manos de los ingenieros de la atención de Whatsapp, Facebook y Twitter.
Son más listos que tú, maquinan día y noche para traspasar tus defensas y explotar tu inconsciencia.
Ignoras la amenaza y dejas escurrir el tiempo por el sumidero mientras te ofendes con el último comentario en Twitter que daña tu frágil ego.
Eres carne de cañón, eres la víctima exangüe de un negocio que comercia con tu atención porque no tienes el coraje suficiente para restañar la hemorragia.
Eres la rata de skinner que golpea la palanca de la línea de mensajes para recibir su nueva dosis de cocaína.
Veo adolescentes que no saben conversar cara a cara porque encuentran más seguro teclear en la pantalla. Veo jóvenes que temen la charla telefónica y andan por las calles con la cabeza inclinada. Veo parejas en las noches del sábado que no cruzan palabra y escriben mensajes mientras esperan la cena. Veo adultos jugando a derribar casas de cerdos lanzando pájaros.
Veo lo que hacen con sus hijos, los someten a pantallas con dibujos, colores y ruidos. Veo mujeres con lactantes más atentas a la línea de mensajes que al bebé que tienen en sus brazos. Veo infantes que toman su papilla anestesiados con dibujos animados. Veo a niños narcotizados adictos a las pantallas. Veo una sociedad de idiotas, ahogándose en un mar de irrelevancia, viviendo vidas vacuas.
Los hombres somos seres diseñados por la evolución para las distancias cortas y los contactos cara a cara con unas pocas personas generalmente conocidas.
La irrupción en las últimas décadas de las comunicaciones telemáticas ha modificado dramáticamente el entorno de nuestras interacciones personales. Ahora podemos mantener comunicaciones sincrónicas bidireccionales a larga distancia con miles de personas, muchas de las cuales desconocemos y no conoceremos nunca en persona.
Los mecanismos habituales de realimentación en una conversación, el lenguaje no verbal (gestos, posturas, expresiones faciales de las emociones) y el lenguaje paraverbal (inflexiones de voz, ritmo, volumen, tono), desaparecen en las conversaciones en redes sociales, en el correo electrónico y los chats.
Por falta de estos mecanismos, perdemos la información que nos permitiría ponernos en el lugar de los otros, considerarlos como seres humanos y quizá suavizar nuestros mensajes.
La percibida falta de consecuencias, como la potencial reacción física violenta del interlocutor y las expresiones emocionales de tristeza, disgusto o humillación ante nuestras palabras, hace que demos rienda suelta a nuestro afán de imponernos, la desconsideración y a veces la violencia verbal.
Es mucho más fácil abandonar a tu pareja por whatsapp que tomando un café y mirándola a los ojos. Es mucho más fácil sentirse benefactor de la humanidad retuiteando una frase indignada que clama por la justicia social que ayudando a fregar los platos a tu madre. Es mucho más fácil denigrar y humillar a las víctimas del holocausto o del terrorismo escribiendo un comentario humorístico que informarse sobre la historia del nazismo y el comunismo.
Reaccionamos a las palabras cuando deberíamos reaccionar a las personas. Ten en cuenta todo esto este fin de semana cuando estés tentado a entrar en guerras incendiarias en la red.
En el 2010, una pareja coreana fue detenida después de dejar morir de hambre a su bebé de tres meses.
Se habían obsesionado con un juego de rol llamado Prius Online. Este es un juego similar a Second Life, permite a los jugadores crear otra existencia en un mundo de fantasía e incluye criar una niña virtual llamada Anima, que gana poderes mágicos y crece a medida que los jugadores cuidan de ella y la alimentan.
Tras una sesión de doce horas en un cibercafé, volvieron a casa por la mañana y encontraron a la bebé muerta. Esta era una niña prematura a la que alimentaban con leche de fórmula y dejaban sola por la noche aprovechando su sueño para jugar al juego de fantasía. Los síntomas de malnutrición alertaron a la policía, que detuvo a los padres.
La hija de la pareja, la bebé, se llamaba Sa-rang, que en coreano significa amor.
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(¿Una anécdota se convierte en categoría?)
Un video-comic:
Un video apocalíptico sobre los peligros de los smartphone:
La infoxicación, la infobesidad y la desconexión con nosotros mismos son algunos de los efectos colaterales de las tecnologías de la información. Es sorprendente lo poco conectados que estamos con nosotros estando tan conectados con el mundo a través de redes sociales, medios de comunicación de masa y medios escritos.
El minimalismo existencial es un esfuerzo consciente de diseñar las condiciones de la existencia; forma parte del movimientolifestyle design o de diseño de vida. En vez de aceptar lo que hay o dejar al azar el entorno en el que vivimos, procuramos configurarlo para que se adapte a nuestras metas y proyectos vitales.
En este artículo, sugiero varias técnicas sencillas para asumir el control de la atmósfera informacional que respiramos.
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Confino la ingesta de información a periodos específicos del día. Preferiblemente al final del día y después de haber hecho el trabajo más demandante y creativo.
Ando en vez de correr como forma de mantenerme en forma. Antes corría porque así ahorraba tiempo. Corría 40 minutos y así ahorraba tiempo que dedicaba a trabajar o navegar. Ahora prefiero andar 1 hora y 20 minutos para cubrir la misma distancia y así tengo tiempo para la contemplación y la reflexión alejado de redes sociales, libros y páginas web. Fundamental: no llevo iPod o ningún otro aparato electrónico conmigo.
Reduzco al mínimo las redes sociales: Facebook la tengo eliminada desde hace mucho tiempo..
Aprovecho las oportunidades para aumentar el tiempo de reflexión. Un amigo que me llama para tomar un café es una oportunidad de estar más conectado socialmente de una forma genuina. Una charla inteligente hace que me esfuerce por expresarme de manera lógica y razonada . Mi proyecto 52 comidas, facilitado a través de este blog, ha sido una fuente de oportunidades de conexión con personas físicas, apertura a nuevas ideas y conversaciones inteligentes.
Tengo siempre muy presente la ley de Sturgeon; esto es, el 90% de todo es basura. Yo elevaría la cifra al 99%.
No tengo iPad, kindle, smartphone, guasap, ni ningún otro aparato que me permita llevar internet, redes sociales o información electrónica conmigo: así pongo en práctica la idea de desconectar de internet para conectar conmigo. La movilidad digital está sobrevalorada y puede ser contraproducente
Escribir en blogs ayuda a ordenar pensamientos y desinfoxicarnos. De hecho, mi “aplicación mental asesina” para el 2013 es la escritura diaria. Escribir es mucho más demandante intelectualmente que ver videos en YouTube o leer artículos de blog al azar. Incluso, puede ser terapéutico.
Me impongo “multas” o “peajes” como forma de auto-regularme. Por ejemplo, como peaje por ver videos de YouTube me obligo a acabar un capítulo del libro que llevo meses escribiendo. Como multa por ver películas o leer blogs al azar, me obligo a escribir una reseña en amazon.es sobre la película vista o comento los artículos de blog leídos que merecen la pena. Escribiendo ese comentario reflexiono sobre lo que el autor ha escrito y lo que yo pienso. También me siento menos predispuesto a consumir información si sé que luego tendré que hacer un esfuerzo consciente por asimilarla