Por qué deberías dejar las redes sociales

Sigo mi cruzada contra las redes sociales y los teléfonos que son más inteligentes que vosotros. No pararé hasta que trece de los lectores de este blog me digan en los comentarios que han dejado las redes sociales gracias a Homo Mínimus.

Hoy traigo a un conferenciante invitado: Cal Newport, el autor de Deep Work. Esta es la  transcripción y mi traducción al español   de su conferencia TEDx  sobre las redes sociales.

P.D. Por favor, no olvidéis compartir este artículo en Twitter, Facebook, Linkedin o WhatsApp.

 

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Estamos exagerando los beneficios de las redes sociales y minusvalorando  las desventajas y sus costes

Probablemente no te estés dando cuenta de esto ahora, estás de hecho viendo algo raro. Porque soy un científico computacional, autor de libros y milenial, de pie en un escenario de TEDx, y, sin embargo, nunca he tenido una cuenta en las redes sociales.

El cómo ocurrió esto es hasta cierto punto producto del azar. Conocí las redes sociales cuando estaba en la universidad, en mi segundo año, en el tiempo en que Facebook llegó por primera vez a nuestro campus. En este tiempo, que fue justamente después de la explosión de la burbuja de internet, yo había tenido un negocio casero que había tenido que cerrar en la crisis, y entonces, de repente, este chico de Harvard llamado Mark saca un producto llamado Facebook y la gente se emociona con él. Así que yo, un poco por celos profesionales algo infantiles, me digo: «No voy a usar esta cosa. No voy a ayudar al negocio de ese chico sea lo que sea». Yo sigo con mi vida, no miro más, y veo como todos mis conocidos están enganchados a esa cosa. Y desde la claridad que tienes cuando tienes algo de objetividad, alguna perspectiva sobre ello, me doy cuenta de que parece un poco peligroso. Así que nunca abrí una cuenta. Desde entonces nunca he tenido una cuenta.

Así que estoy aquí por dos razones; quiero transmitir dos mensajes. El primer mensaje que quiero transmitir es que aunque nunca haya tenido una cuenta en redes sociales, estoy bien, no os tenéis que preocupar. Resulta que todavía tengo amigos, todavía sé que pasa en el mundo; como científico computacional sigo colaborando con gente de todo el mundo, todavía sigo expuesto accidentalmente a ideas interesantes y pocas veces me describiría como alguien al que le faltan opciones de entretenimiento. Así que estoy bien, pero iría más lejos y diría que no solo estoy bien sin redes sociales sino que de hecho estoy mejor sin ellas. Creo que soy más feliz, creo que encuentro más sostenibilidad en mi vida y creo que he sido más exitoso profesionalmente porque no usos las redes sociales.

Así que mi segundo objetivo aquí en el escenario es intentar convenceros de lo mismo. Veamos si puedo convenceros de que también estaríais mejor si dejarais las redes sociales. Así que siendo el tema de este TEDx el «Tiempo futuro», creo que esta sería mi visión del futuro, una en la que menos gente usa las redes sociales. Esta es una gran propuesta, creo que tengo que justificarla.

Así que creo que lo que voy a hacer es tomar las tres objeciones más importantes que oigo cuando sugiero a la gente que deje las redes sociales, y por cada una de estas objeciones intentaré quitar la exageración y ver si puedo poner más dosis de realidad.

Esta es la primera objeción más común que oigo. Esta no proviene de  un ermitaño, es realmente un desarrollador de páginas web modernillo de la calle octava; no estoy seguro, ¿modernillo o ermitaño? A veces es difícil de decir. La primera objeción es esta: «Cal, las redes sociales son una de las tecnologías fundamentales del siglo XXI. Rechazar las redes sociales sería un acto ludita extremo. Sería como cabalgar en el caballo hacia el trabajo o usar un teléfono con un disco con agujeros. No puedo tomar esa decisión en mi vida».

Mi reacción a esta objeción es que creo que es una tontería. Las redes sociales no  son una tecnología fundamental. Se aprovecha de algunas tecnologías fundamentales, pero es mejor comprenderlas como una fuente de entretenimiento, un producto de entretenimiento. El tecnólogo Jaron Lainer dice que estas compañías te ofrecen caprichos luminosos a cambio de minutos de tu atención y trozos de tus datos personales, que pueden ser empaquetados y vendidos. Así que no usar las redes sociales no debería ser una toma de posición social, solo es rechazar una forma de entretenimiento a favor de otras. No debería ser más controvertido que decir «No me gustan los periódicos, prefiero leer las noticias en las revistas» o « Prefiero ver series en la televisión por cable en lugar de ver series en las cadenas de televisión tradicionales». No es una toma de posición política o social decir que no usas este producto. Mi uso de la imagen de la  máquina tragaperras no es accidental porque si miras un poco más de cerca a estas tecnologías, no es para decir que son simplemente una forma de entretenimiento, sino que son hasta en cierta manera una fuente muy poco sabia de entretenimiento.

Sabemos que la mayoría de las empresas de redes sociales contratan a individuos llamados ingenieros de la atención que emplean los principios de, entre otros lugares,  los casinos de las Vegas para intentar hacer estos productos tan adictivos como sea posible. Este es el uso deseado de estos productos: que los uses de forma adictiva porque eso maximiza el beneficio que pueden sacar de tus datos y atención. Así que no es una tecnología fundamental, es solo una forma de entretenimiento, una entre otras muchas, y si miras un poco más de cerca es una forma poco sabia.

Aquí está la segunda objeción común que oigo cuando sugiero a la gente que deje las redes sociales. La objeción es esta: «Cal, no puedo dejar las redes sociales porque es vital para mi éxito en la economía del siglo XXI. Si no tengo una buena presencia en redes sociales y una marca la gente no sabrá quién soy, la gente no podrá encontrarme, no vendrán oportunidades y desapareceré de la economía».

Una vez más, mi reacción es pensar que también esta objeción es una tontería. Recientemente he publicado un libro que recoge distintas líneas de evidencia que explican que en una economía competitiva del siglo XXI, lo que el mercado valora es la habilidad de producir cosas que son raras y valiosas. Si produces algo que es raro y valioso, el mercado lo valorará. Lo que el mercado descarta en gran parte son las actividades que son fáciles de replicar y producen poco valor.

Bien, pues las redes sociales son el paradigma de una actividad fácil de replicar que no produce mucho valor; es algo que un niño de seis años con un teléfono inteligente puede hacer. Por definición, el mercado no va a dar mucho valor a esos comportamientos.

En cambio, va a recompensar el trabajo profundo y concentrado que se requiere para desarrollar habilidades reales y aplicar esas habilidades para producir cosas —como un artesano—  que son raras y valiosas. Por decirlo de otra forma: si puedes escribir un algoritmo elegante, si puedes escribir un informe legal que cambie un caso, si puedes escribir mil palabras de prosa que sean capaces de llevar al lector hasta el final; si puedes mirar a un mar de datos ambiguos y usar la inferencia estadística y extraer un conocimiento revelador que transforme la estrategia de un negocio, si puedes hacer este tipo de cosas que requieren un trabajo profundo, que produce resultados que son raros y valiosos, la gente te encontrará. Podrás escribir la cifra en el cheque y construir los fundamentos de una vida profesional exitosa y llena de sentido, sin importar el número seguidores que tengas en Instagram.

Esta es la tercera objeción que oigo cuando sugiero que dejen las redes sociales; de alguna manera, creo que podría ser una de las más importantes. Esta objeción dice «Cal, puedo estar de acuerdo, quizá tengas razón; no es una tecnología fundamental. Quizá usar las redes sociales no está en el núcleo de mi éxito profesional. Pero, ¿sabes?, son inofensivas, me lo paso bien , twitter es divertido, ni siquiera paso tanto tiempo en ello, soy un adoptante temprano, es una cosa interesante y podría perderme algo si no lo uso. ¿Qué hay de malo en ello?». De nuevo, miro hacia atrás y me digo: esta objeción es una tontería.

En este caso, lo que falla es lo que creo que es una realidad muy importante sobre la que necesitamos hablar más honestamente: que las redes sociales traen múltiples, bien documentados y significativos daños. Tenemos que afrontar de verdad estos daños a la hora de intentar tomar decisiones sobre si abrazar esta tecnología y dejar que entre en nuestras vidas.

Uno de los daños que sabemos que esta tecnología trae tiene que ver con el éxito profesional.

Acabo de argumentar que la habilidad para enfocarse intensamente para producir cosas que son raras y valiosas, perfeccionar las habilidades que el mercado valora, es lo que importa en nuestra economía. Pero justo antes de eso argumenté que las herramientas de las redes sociales están diseñadas para ser adictivas. El uso deseado para el que fueron diseñadas es para fragmentar tu atención tanto como sea posible en tus horas despierto; así están diseñadas estas herramientas.

Tenemos una cantidad creciente de estudios que nos dicen que si pasas grandes partes del día en un estado de atención fragmentada —grandes partes del día, rompiendo tu atención, para echar un vistazo, para revisar tus mensajes «Déjame que vea que hay en Instagram»—, que esto puede reducir permanentemente tu capacidad para concentrarte. En otras palabras, podrías reducir permanentemente tu capacidad para hacer exactamente el tipo de esfuerzo profundo que es más y más necesario en una economía cada vez más competitiva. Así que las redes sociales no son inofensivas, pueden de hecho tener un impacto negativo significativo en tu habilidad para prosperar en la economía.

Me preocupa especialmente cuando miro a las generaciones más jóvenes, que son las más saturadas con esta tecnología. Si pierdes tu habilidad para mantener la concentración, vas a ser cada vez menos relevante para esta economía. También hay daños psicológicos que están bien documentados que traen las redes sociales y que necesitamos considerar. Sabemos de la literatura científica que cuanto más usas las redes sociales más solo o aislado te vas a sentir. Sabemos que la exposición constante a las presentaciones  cuidadosamente embellecidas de tus amigos y sus vidas te puede hacer sentir mal contigo y aumentar la tasa de depresión.

Y una cosa que creo que vamos a escuchar más en el futuro próximo es que hay un desajuste fundamental entre la manera en que nuestros cerebros están construidos y este comportamiento de exponerte a estímulos con recompensas intermitentes a lo largo de todas tus horas despierto. Una cosa es gastar un par de horas en una máquina tragaperras en Las Vegas, y otra llevarte  la máquina contigo y pasarte todo el día tirando de la palanca  desde que te despiertas hasta que te vas a la cama: no estamos hechos para esto. Esto produce un cortocircuito en el cerebro y estamos empezando a ver que tiene consecuencias cognitivas reales, una de las cuales es ese telón de fondo continuo de ansiedad.

El canario en la mina de carbón respecto a estos asuntos está en los campus universitarios. Si hablas con expertos en salud mental en los campus universitarios, te dicen que en paralelo con el uso ubicuo de los teléfonos inteligentes y las redes sociales entre los estudiantes ha venido una explosión de trastornos relacionados con la ansiedad en esos campus. Ese es el canario en la mina de carbón. Este tipo de comportamiento supone un desajuste para el cableado de nuestro cerebro y te puede hacer sentir miserable.

Así que hay un coste real en el uso de las redes sociales; lo que significa que cuando estás intentando decidir «¿Debo usar esto o no?», decir que es algo inocuo  no es suficiente. De hecho, tienes que identificar un beneficio positivo claro y significativo que pueda compensar esos daños potenciales no completamente triviales.

La gente a menudo pregunta «De acuerdo, pero ¿qué es la vida sin las redes sociales?». Puede dar un poco de miedo pensar sobre eso. Según dice la gente que fue a través de este proceso de desconexión, puede haber semanas difíciles. Es realmente como un proceso de desintoxicación. Las dos primeras semanas pueden ser incómodas: te sientes un poco ansioso, te sientes como si hubieras perdido una extremidad. Pero después de eso, las cosas se estabilizan y de hecho la vida después de las redes sociales puede ser bastante positiva.

Hay dos cosas de las que os puedo informar desde el mundo del no uso de redes sociales. La primera: puede ser bastante productivo. Soy un profesor en un instituto de investigación, he escrito cinco libros, raramente trabajo más allá de las cinco de la tarde en días de diario. Parte de las razones por las que puedo lograr esto es porque resulta que si tratas tu atención con respeto (no la fragmentas, la dejas intacta, preservas tu concentración) cuando se trata de cosas de trabajo puedes hacer una cosa detrás de la otra y hacerla con intensidad, y la intensidad se puede cambiar por tiempo. Es sorprendente lo mucho que se puede hacer en un día de ocho horas si eres capaz de dar a cada cosa concentración intensa.

Otra cosa de la que puedo informarlos de la vida sin redes sociales es que fuera del trabajo las cosas pueden ser bastante apacibles. A menudo bromeo sobre que estaría muy cómodo siendo un granjero de los años treinta, porque en mi tiempo de ocio yo leo el periódico al atardecer; escucho béisbol en la radio; me siento en una silla de cuero y leo libros por la noche después que mis niños se hayan ido a la cama. Suena pasado de moda pero algo sabía la gente de tiempos pasados. Es realmente reparador, un modo apacible de pasar la vida fuera del trabajo. No tienes el estímulo constante  del zumbido de fondo ni la ansiedad que conlleva ello.

Así que la vida sin redes sociales no está tan mal. Si atas todos estos cabos, ves mi argumento completo, que no todos, pero ciertamente mucha gente ahora mismo, mucha gente no debería estar usando las redes sociales.

Para resumir, podemos primero descartar las preocupaciones de que las redes sociales son una tecnología fundamental que tienes que usar. Tonterías: es una máquina tragaperras en tu teléfono. Podemos descartar la idea de que no puedes tener un trabajo sin ellas. Tonterías: cualquier cosa que un niño de seis años puede hacer no es lo que el mercado va a recompensar. Y luego he enfatizado que hay daños reales con todo ello. Así que no es inocuo. Tienes que tener un beneficio real de peso antes de que puedas decir que este cambio merece la pena. Finalmente, he mostrado la vida sin redes sociales: hay verdaderas ventajas asociadas con ella. Así que espero que cuando muchos de vosotros hagáis el mismo cálculo al menos consideréis la perspectiva desde la que hablo: mucha gente estaría mucho mejor si no usara  esta tecnología. Algunos de vosotros no estaréis de acuerdo. Doy la bienvenida a los comentarios en contra. Solo os pido que hagáis vuestros comentarios en twitter.

 


amish

 

Todos los artículos de la Serie Neoludismo

Louis C.K odia los teléfonos móviles

—Algunos padres realmente tienen que luchar contra el «Todos los otros niños tiene esa cosa terrible, así que mi niña lo tiene que tener». Pero venga, hombre, deja que tu hijo sea un mejor ejemplo para los otros jod**** niños. Solo porque los otros estúpidos niños tengan teléfonos no significa que «De acuerdo, bien, mi niña tiene que ser estúpida, porque si no se va a sentir excluida».
—Cierto.

 

Louis C.K

 

—Creo que estas cosas son tóxicas, especialmente son malas para los niños.
—Cierto.
—Y no miran a la gente cuando les hablan y no desarrollan empatía. Sabes, los niños son crueles, y eso es porque prueban cosas. Miran a otro niño y dicen «Eres gordo» y luego ven la cara del niño entristecida y se dicen «Oh, no me siento bien cuando le digo esto a una persona». Pero tienen que empezar haciendo esas cosas crueles. Pero cuando escriben en el teléfono «Estas gorda» entonces se dicen «mmmm, qué divertido, me gusta».
—Sí, eso les gustaaa.
—Sí, exactamente. Necesitas, la cosa es que, necesitas desarrollar la capacidad de ser tú mismo y no estar siempre haciendo algo. Eso es lo que los teléfonos nos están quitando…
—Sí.
—Es la habilidad de simplemente sentarse así… Eso es ser una persona, ¿no?
—Sí.
—No el que tengan una notificación y tengan que mirar de quién es, porque, sabes, debajo de todo en tu vida está esa cosa, esa cosa siempre vacía. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
—¿Eso? Sí.
—Sí.
—Sí, sé de lo que hablas.
—Es simplemente ese conocimiento de que todo es para nada y que estás solo. Sabes que está ahí dentro. Y a veces cuando las cosas se vuelven claras no las estás observando, estás en tu coche y empiezas con el «Oh, noooo, viene la sensación de que estoy solo», como si empezara a visitarte.  Sabes, la tristeza.
—Sí.
—La vida es tremendamente triste solo por estar en ella, así que estás conduciendo y te dices, ah, ah, ahhh, es por eso que conducimos y mandamos mensajes de texto. Miro a mi alrededor y casi el 100% de la gente a tu alrededor está conduciendo y enviando mensajes.
—Sí.
—Y se están matando, todos están asesinándose unos a los otros con sus coches.
—Sí.
— Pero la gente está dispuesta a arriesgarse y llevarse una vida y arruinar la propia porque no quieren estar solos por un segundo, porque es tan difícil. Estaba en mi coche una vez y empieza una canción de Bruce Springstteen y eso me hizo… Dice algo como las palabras jungle….
—Jungleland.
— Jungleland. Es la canción donde… arggghhhhhhhhhh… y suena muy lejos, sabes… es como arggghhhhhhhh.
—Eso es la mitad de todo.
—Sí un montón de todoooooooooo.
—No, el dice ah, ha, hoooooooooooooooooooooooooooo!.
—Sí, exacto, y suena realmente lejos.
—Síii.
—¿Lo puedes hacer con la resonancia?  Lo puedes hacer, ehhhh! Ehhhhhhhhhh! No, no lo estás haciendo.
—Lo intento, lo intento, algo como heeeeeeeeeheeeeehoooooooooooo, ¿así?
—Sí, síiiii, solo que era Springsteen, si fueras tú el que lo estuviera haciendo hubiera sido como «¡Qué diablos es eso que suena en mi radio!»
—Lo hice exactamente igual que Bruce.
—Sí. Y escuché eso y me dio como una sensación de depresión como de volver al colegio, puede ser muy triste.
—Sí.
—Y me digo, de acuerdo, me estoy poniendo triste, tengo que coger el teléfono y escribir «Hola» como a 50 personas porque sabes que alguien realmente guay te responderá y entonces alguien no tan guay te responde… beepppp, yo estoy con algo mejor. Pero…
—Eh, tú, ¿Cómo es que no me respondiste el mensaje…
—Sí, bien, el escribió primero, es por eso. Bueno, de todas maneras, empiezo a tener ese triste sentimiento cuando iba a buscar el teléfono, luego me digo, sabes qué, no estés simplemente triste. Deja que la tristeza se presente y te golpee como un camión. Y dejo que venga y que  Bruce arrrgghhh, y ya estaba empezando a sentir «Oh, Dios mío», y me desmorono y lloro como una perra. Lloré tantooo… Y fue hermoso. Fue como muy hermoso porque la tristeza es poética. Tienes suerte de vivir momentos tristes. Y entonces me sentí feliz. Porque cuando te permites sentirte triste…
—Sí.
—Tu cuerpo tiene como anticuerpos y por eso viene la felicidad.
—Apresuradamente.
—Apresuradamente para encontrarse con la tristeza. Así que me sentí agradecido de estar triste, y entonces me encontré con la verdadera y profunda felicidad. Fue como un viaje. La cosa es que no queremos ese primer trozo de tristeza.
—Síi.
—La empujamos con un pequeño teléfono. Y logras un poco más o menos. Nunca te sientes completamente triste o completamente feliz.
—Cierto.
—Te sientes más o menos satisfecho con tus productos.
—Sí.
—Y luego te mueres. Así que es por eso que no quiero comprar un teléfono a mis hijos. A eso me refiero.

 

Traducción al español de la conversación de C.K Louis con Conan O’Brien  por Homo Mínimus  Copyright © Todos los derechos regalados.

Por qué deberías dejar las redes sociales y renunciar a tu teléfono inteligente

Hola, me llamo Homo Mínimus y nunca he tenido un teléfono inteligente.

Tampoco estoy en  Facebook, Twitter o Instagram; sé que el primero es una feria de las vanidades; el segundo, un sitio para reafirmarse y confirmarse en el rebaño ideológico  y que a través de eslóganes genera pensamiento de nicho; Instagram, me dicen, es un lugar para compartir fotos y halagos.

Pero tomad mis descripciones con reservas porque hablo de oídas.

Jamás me he hecho una autofoto y si tuviera una cámara en mi teléfono y un palo para hacerla, lo usaría para atizar narcisistas digitales y el fuego de mi desprecio. Cuando en la calle algún turista me pide que le saque una foto, le digo que no puedo, porque nunca he tenido un teléfono con pantalla táctil y cámara, y no sé en qué lugar pulsar; como compensación, me ofrezco a firmarles un autógrafo.

Cualquier niño de tres años me hace parecer una persona con retos cognitivos a la hora de usar una tableta. Tampoco he tenido ni tendré una, puedo decir que de ese agua tóxica nunca beberé, espero ser fuerte y no tener nunca que comerme mis palabras. Solo conozco la existencia de WhatsApp por lo que dicen mis amigos y conocidos, tengo entendido que es una especie de charla que puedes mantener a través del teléfono. Las apps son para mí palabras de cuatro letras. No tengo tampoco PlayStation, Nintendo, o Xbox, creo que son marcas de consolas de videojuegos con gráficos espectaculares, también las considero redes sociales porque puedes interaccionar con otros jugadores y aumentar su poder adictivo.

A pesar de llevar años trabajando para empresas consultoras, algunas multinacionales, y tener una vida profesional relativamente convencional, jamás he tenido ninguna de esas armas de distracción masiva. Sé que voy contra corriente y que la gente me mira raro cuando advierte mi teléfono Nokia de veinte euros de principio de siglo con solo mensajes de texto y llamadas. No paso desapercibido. Me sorprende que gente con el salario mínimo tenga teléfonos de 700 euros o advertir que cualquier mendigo o subsahariano en la calle porta un teléfono móvil más caro que el mío.

Bien, ya sé lo que estás pensando, que he salido de una cueva, que soy un eremita, un monje trapense, un tipo peligroso. Pero no, no es así, a pesar de no tener iPhone tengo electricidad, agua corriente y correo electrónico. Y un blog, un blog desde el que peroro contra las redes sociales. Me llamo Homo Mínimus, soy el último salto evolutivo, el que supera y deja obsoleto al Homo Sapiens en su versión digitalis.

No soy un Homo Digitalis, soy un neoludita ilustrado, un digno sucesor de los luditas ingleses de principios del siglo XIX, que quemaban telares en el inicio de la revolución industrial ante la amenaza de la pérdida de sus trabajos sustituidos por las máquinas. No, yo no temo la pérdida de mi trabajo ni del tuyo, aunque sí lo espero; de hecho, espero que lo pierdas para que te obliguen a trabajar en algo que haga mejor uso de tus talentos naturales específicamente humanos y con ello crees y aportes más valor a otros seres humanos. Por el momento, estás trabajando gratis en las redes sociales creando contenido y diversión para otros seres humanos y ayudando a captar la atención de otros usuarios como tú,  que a su vez hacen lo mismo que tú, ayudar a que otros usuarios se enganchen a la red social, que a su vez…

Pero eso es otra historia de la que hablaré otro día, ahora  remarco que soy un neoludita, es decir, alguien que mira con recelo la introducción de nuevas herramientas, productos o servicios y se lo piensa dos veces antes de decir que sí, que abomina de las complicaciones y ruido creciente que nuestra cultura conlleva. Mi opción por defecto es «No. No todavía» en vez del habitual «Sí a  todo y  cuanto más novedoso mejor». Tengo una mente compleja y gustos sencillos, a diferencia de los tecnófilos y  los homo digitalis, que tienen mentes simples y gustos complicados.

Me he librado del sesgo de novedad que os hace tan dependientes de todo lo que cambia, sea para mejor o para peor; siempre espero varios años antes de acoger un cambio que transforme mi vida, por ejemplo, ya lo he dicho antes: Facebook, Instagram, tabletas, videojuegos, Twitter,  WhatsApp, teléfonos inteligentes, son rechazados o aplazados. Y sí, ya he dicho que tengo un blog, pero no lo tuve hasta más de diez años después de la aparición de los primeros blogs.

No soy un adoptante temprano de ninguna tecnología, sigo el principio de precaución: creo que cinco, diez o quince años son periodos mínimos para diferir la adquisición de nuevos artefactos de comunicación y entretenimiento. Prefiero que sean los que tengan más tiempo y dinero disponible los que sufraguen el coste de desarrollo de los productos y sus mejoras, y que sean ellos y sus hijos los que sufran sus inconvenientes: reuniones familiares en las que nadie presta atencion a nadie, trastorno de déficit de la atención en los más pequeños, adicción a los videojuegos y las redes sociales, fragmentación de la atención, etc.

Los homo digitalis son mis conejillos de india, los paganos, los que pierden el tiempo y el dinero probando nuevos productos. Tras lustros o décadas, cuando el producto ha probado su efectividad, rebajado su precio a nivel de producto de consumo de masas,  descubierto sus contras, delimitado claramente sus pros, entonces —y solo entonces— puedo decidir incorporarlo a mi vida con las características estrictamente necesarias y por una fracción de su precio de salida al mercado; en el caso del teléfono móvil, tengo uno que cuesta unas pocas decenas de euros, sin internet y con las únicas capacidades de hacer y recibir  llamadas y mensajes de texto.

Para mí, vista su capacidad adictiva y su carácter de sumidero del tiempo, quedan descartados  los teléfonos inteligentes y las redes sociales.

Algunos dirán que un teléfono inteligente tiene ventajas, que con las redes sociales puedes estar en contacto con tus amigos y conocidos o que sirve para lograr visibilidad profesional. También me podrías decir que qué más minimalista que un teléfono inteligente que en un solo objeto permite tantas funciones y aplicaciones, que es la navaja suiza multiusos de la tecnología digital de consumo. Pero quién necesita una navaja con más funciones de las que puede concebir. Mi regla es la siguiente: solo busco la herramienta cuando deseo la función; no al revés, adquiriendo la herramienta y después descubriendo sus funciones.

Es posible que para cierta gente tenga esas ventajas, pero este es el error fundamental de decisión cuando uno considera nuevos artefactos: fijarse SOLO en las ventajas y obviar los inconvenientes.

Cuando uno toma una decisión sobre si comprar y usar una nueva herramienta ha de hacer un análisis coste-beneficio, teniendo en cuenta los costes, no solo los beneficios percibidos (de que los recordemos ya se encargan los expertos en marketing), todos los costes, incluyendo los más importantes, tu tiempo y tu atención, que podrías emplear para mejores fines: establecer contacto cara a cara con otros seres humanos para mantener conversaciones significativas, hacer deporte y ejercicio, iniciar y mantener proyectos que necesiten largas horas de intensa concentración, estudiar una carrera universitaria, aprender a tocar el violín o, simplemente, no hacer nada, no tener ningún estímulo bombardeándote, aburrirte y dar la oportunidad de que la mente divague, genere nuevas conexiones y te ofrezca su mensaje.

Me dirás que quién tiene tiempo para hacer un análisis tan exhaustivo de sus compras. Yo te respondo: las empresas que te lo venden harán todo el análisis que sea necesario para incitarte a gastar tu dinero, pulsarán todas las teclas interiores que tengan que pulsar para que ansíes el producto o servicio, reclutarán a adoptantes tempranos para iniciar la ola, generarán el efecto llamada del rebaño y te proporcionarán calor humano incitándote a la imitación. Caerás irremisiblemente, sin ni siquiera haberlo pensado, sin conciencia de haber tomado una decisión (¿recuerdas cuándo y por qué decidiste entrar en Facebook o adquirir el último modelo de teléfono inteligente?).  La i de iPhone no es de inteligente, es de irreflexivo, ingenuo e idiota.

Pero replicarás que, después de todo, un teléfono, una red social son herramientas inofensivas, que las usas en la dosis y con el propósito que tú determines. Dirás que soy yo el que no sé usarlas y por eso tengo que prohibírmelas (prohibido prohibir, dicen los herederos de mayo del 68, pero esta vez refiriéndose a la autoprohibición del consumo hedónico, a la censura interior, a las autocadenas que nos podrían hacer libres).

Te equivocas una vez más —estás tan equivocado en todo— cuando crees que un teléfono o una red social es una herramienta, un simple objeto pegado a una función.

No, un teléfono inteligente o una app para redes sociales son agentes, tienen agencia y agenda, la de sus programadores, la de los especialistas en marketing: captar tu atención, aumentar tu tiempo de uso y abuso, y mantenerte el máximo tiempo posible pegado a el teléfono e inmerso en la red  para succionar tu atención y vendérsela al mejor postor.

Esta es la agenda de la tecnología digital y las redes sociales: colonizar tu mente, convertirte en un adicto y vender tu atención a los anunciantes que la compran  para que adquieras productos que no necesitas e impresiones a gente que no te importa.