Leer no es forma de aprender

Este es otro artículo invitado de Roger Schank. Apareció originalmente en el 2015 en su blog.

Con este artículo no quiero tanto añadir argumentos  (una vez más) contra la lectura sino en favor de la conversación directa cara a cara con personas de carne y hueso en tiempo real, sincrónicamente, sin posibilidad de editar lo que uno dice, con la posibilidad de ser retado por el interlocutor y sin posibilidad fácil de escapar o de distraer la atención.

Lo que quiero decir, más específicamente, es que leer artículos de este blog, porque te interesan los temas que  toco, es la segunda  o la tercera  mejor alternativa a hablar directamente conmigo o con una persona similar a mí. Pero una alternativa bastante deficiente en comparación.

Aunque argumentar sobre las deficiencias o inconvenientes de los libros no es algo común, es conveniente hacerlo. Un amigo de este blog, Jaír Amores, de EfectiVida,tiene un artículo reciente sumamente interesante en el que también argumenta contra la lectura de libros y fantasea con no leer más libros.

Las negritas en el artículo de Schank  son mías.  Aquí está:

Leer no es  forma de aprender

Esta es una columna que ataca la lectura. Nadie ataca la lectura. Supongamos  que estoy loco y sigamos adelante.

Leer es una idea bastante reciente en la historia de la humanidad. No ha salido bien. Nos ha dado algunas cosas bastante buenas, como la literatura, por ejemplo, o la posibilidad de comunicarme con mi audiencia ahora mismo. Pero estas cosas van a desaparecer bastante pronto y será una buena cosa.

Durante años fue el consejero al presidente de la junta de directores de la Enciclopedia británica. Mi trabajo era cenar con él cada varios meses. En cada cena me preguntaba si habría todavía libros en cinco años. Le decía que los habría pero no su libro. «Las enciclopedias desaparecerán» afirmé.

Estaba pensando sobre esto en una llamada de negocios el otro día. El hombre con el que estaba hablando estaba preocupado por cómo se estaba formando a la gente en su empresa de ingeniería. Estaba preocupado con razón sobre  «la muerte por Power Point». Usó el ejemplo de que quería entrenar gente que aprendiera a cambiar una rueda cambiando una rueda y continuó describiendo con bastante precisión cómo aprendemos en tales situaciones (practicando, cosa que no puedes hacer en Power Point). Pero empezó su explicación diciendo que el primer paso para cambiar las ruedas sería sacar el manual de instrucciones sobre cómo cambiar una rueda y leerlo.

Le dije  que yo nunca  he leído un manual de instrucciones y que  estos no habían estado mucho tiempo con nosotros en la historia de la humanidad. Cuando un joven quería aprender a cazar leones no leía un manual de instrucciones ni iba a una clase. A través de la historia hemos aprendido mirando a alguien más viejo que nosotros mismos, intentando emular a esa persona, intentando ser parte de un equipo y entonces intentando cosas por nosotros mismos y pidiendo ayuda cuando fallamos. No es tan complicado. Esto es lo que el aprendizaje ha parecido siempre. Y entonces alguien inventó el manual de instrucciones y todos olvidamos lo que sabíamos sobre el aprendizaje. Sustituimos mentores humanos por lecciones con Power Point y preguntar por leer.

Estupendo. Y ahora nos preguntamos por qué tenemos problemas enseñando a la gente habilidades complejas. No hay nada difícil en ello. Cuando necesitas lograr algo que quieres lograr, necesitas tener a alguien que sepa cómo hacer esas cosas que te supervise y necesitas tener a alguien cuyo trabajo puedas observar y copiar. Necesitas poder intentar cosas y fallar y necesitas poder practicar. La lectura no es necesaria.

Cuando digo cosas como estas, la gente se vuelve loca. El otro día tuve una conversación con una mujer en la que aseguré que ningún aprendizaje tiene lugar sin conversación. Me objetó diciendo que ella podría buscarlo en la Wikipedia en cualquier momento que quisiera y aprender algo así.

No, dije. No puedes. Ella se quedó estupefacta.

Primero, preguntémonos por qué existe Wikipedia. En parte existe porque la Enciclopedia Británica no pudo mantenerse a la altura. Pero también existe porque vivimos en un mundo donde no sabemos a quién preguntar. A mí se me pregunta casi todos los días  lo que significan ciertas palabras o sobre qué son ciertas ideas. Me preguntan porque la gente con la que interacciono sabe que lo podría saber y sabe que siempre estoy contento de enseñar. Pero sobre todo me preguntan porque la gente sabe que doy rápidas y cortas respuestas  a sus preguntas. Cuando tienes alguien a quien preguntar, preguntas. La lectura es una alternativa cuando no hay nadie a quien preguntar.

Supongamos que siempre tienes alguien a tu disposición un grupo de expertos a quienes les puedes hacer cualquier pregunta que necesites hacer. ¿Leerías alguna vez? (Este grupo de expertos va a llegar pronto). Esta mañana tenía una pregunta médica. No había nadie a quien preguntar. Así que empecé a leer. Pero esta es raramente la primera alternativa.

El segundo problema con el modelo «Siempre puedo leerlo en algún lugar» es simplemente esto: no recordarás lo que leíste. Bien es cierto que tenemos un montón de práctica intentando recordar lo que hemos leído. Esa práctica se llama colegio. Leemos. Estudiamos. Hacemos exámenes. Y de alguna manera todos nos convencemos de que hemos recordado lo que leímos.

Todos los años   pregunto el primer día de clase a mis estudiantes en Yale y Northwestern si podrían aprobar los exámenes que pasaron el año anterior en ese momento. Nunca nadie ha pensado que podría. Estudiaron. Escucharon. Memorizaron. Y entonces lo olvidaron. No aprendemos leyendo ni aprendemos escuchando.

Aprendemos de verdad hablando. Suponiendo que estamos hablando con alguien que es más o menos igual y tiene ideas que no son idénticas a las nuestras, aprendemos desafiándolos a ellos y a nosotros a pensar esforzadamente. Reflexionamos sobre las ideas. Probamos ideas. Incluso después de una buena conversación es difícil recordar sobre lo que estábamos hablando. Si las recordamos, significa que hemos sido cambiados por la conversación de alguna manera. Tenemos ahora una perspectiva diferente sobre algo que creíamos. Y hemos permitido la práctica. Practicar hablando es como practicar una habilidad física. No aprenderás a encestar una canasta al menos que practiques lanzamientos durante años. Lo mismo es cierto de las ideas o los hechos. Un estudiante puede memorizar temporalmente hechos pero si no los usa de nuevo los olvidará. Necesitamos practicar lo que sabemos hasta que apenas nos demos cuenta de que lo sabemos, hasta que lo sabemos sea segunda naturaleza. Por ejemplo, no sabemos el mecanismo por el que hablamos, pero podemos hablar, porque aprendimos a hablar y lo practicamos todos los días.

Nuestro mundo se ha obsesionado con leer. Los exámenes de admisión son al menos la mitad sobre lecturas. Las personas se imponen unas sobre  las otras citando los libros que han leído. Si no has leído uno que creen que es importante te pueden mirar con desdén(pero es realmente improbable que recuerden mucho del libro). Podrían recordar lo que estaban pensando o hablando después de leer el libro.). Estos son los tiempos modernos. Las cosas han sido así desde la invención de los textos. Dar clases siguió a la invención de los textos (así el texto se te podría leer). Pero todo esto se va a acabar pronto. Sócrates advirtió esto cuando discutía la invención de la lectura y la escritura:

[…] Porque esta invención producirá olvido en las mentes de esos que aprendan a usarla, porque no practicarán su memoria. Su confianza en la escritura, producida por caracteres extraños que no son parte de ellos desanimarán el uso de su propia memoria dentro de ellos. Habéis inventado un elixir, no de memoria, sino para que os recuerden; y ofrecéis a vuestros alumnos la apariencia de sabiduría, no verdadera sabiduría, porque ellos leerán muchas cosas sin estar instruidos y por tanto parecerá que saben muchas cosas, cuando en la mayor parte son ignorantes y difíciles de tratar, porque no son sabios, solo parecen sabios.  (Fedro 272c-275c).

La lectura va a acabarse. Los libros  van a desaparecer. Ya hay mejores formas de diseminar el conocimiento. Pero las escuelas son difíciles de cambiar. El entrenamiento es difícil de cambiar. La gente que ahora usa internet no puede imaginar una vida sin las herramientas que hay ahora. Pero nuevas herramientas van a venir.

La principal ventaja de leer es que podemos hojear y pasar a lo que nos interesa. Hojeamos más que leemos. Es difícil hojear cuando alguien está hablando. Y un día puede que no lo sea.

 

Proyecto El perdido Arte de la Conversación:


argument2

Todos los artículos de la serie El perdido arte de la Conversación

 

 

Por qué deberías dejar las redes sociales

Sigo mi cruzada contra las redes sociales y los teléfonos que son más inteligentes que vosotros. No pararé hasta que trece de los lectores de este blog me digan en los comentarios que han dejado las redes sociales gracias a Homo Mínimus.

Hoy traigo a un conferenciante invitado: Cal Newport, el autor de Deep Work. Esta es la  transcripción y mi traducción al español   de su conferencia TEDx  sobre las redes sociales.

P.D. Por favor, no olvidéis compartir este artículo en Twitter, Facebook, Linkedin o WhatsApp.

 

download
Estamos exagerando los beneficios de las redes sociales y minusvalorando  las desventajas y sus costes

Probablemente no te estés dando cuenta de esto ahora, estás de hecho viendo algo raro. Porque soy un científico computacional, autor de libros y milenial, de pie en un escenario de TEDx, y, sin embargo, nunca he tenido una cuenta en las redes sociales.

El cómo ocurrió esto es hasta cierto punto producto del azar. Conocí las redes sociales cuando estaba en la universidad, en mi segundo año, en el tiempo en que Facebook llegó por primera vez a nuestro campus. En este tiempo, que fue justamente después de la explosión de la burbuja de internet, yo había tenido un negocio casero que había tenido que cerrar en la crisis, y entonces, de repente, este chico de Harvard llamado Mark saca un producto llamado Facebook y la gente se emociona con él. Así que yo, un poco por celos profesionales algo infantiles, me digo: «No voy a usar esta cosa. No voy a ayudar al negocio de ese chico sea lo que sea». Yo sigo con mi vida, no miro más, y veo como todos mis conocidos están enganchados a esa cosa. Y desde la claridad que tienes cuando tienes algo de objetividad, alguna perspectiva sobre ello, me doy cuenta de que parece un poco peligroso. Así que nunca abrí una cuenta. Desde entonces nunca he tenido una cuenta.

Así que estoy aquí por dos razones; quiero transmitir dos mensajes. El primer mensaje que quiero transmitir es que aunque nunca haya tenido una cuenta en redes sociales, estoy bien, no os tenéis que preocupar. Resulta que todavía tengo amigos, todavía sé que pasa en el mundo; como científico computacional sigo colaborando con gente de todo el mundo, todavía sigo expuesto accidentalmente a ideas interesantes y pocas veces me describiría como alguien al que le faltan opciones de entretenimiento. Así que estoy bien, pero iría más lejos y diría que no solo estoy bien sin redes sociales sino que de hecho estoy mejor sin ellas. Creo que soy más feliz, creo que encuentro más sostenibilidad en mi vida y creo que he sido más exitoso profesionalmente porque no usos las redes sociales.

Así que mi segundo objetivo aquí en el escenario es intentar convenceros de lo mismo. Veamos si puedo convenceros de que también estaríais mejor si dejarais las redes sociales. Así que siendo el tema de este TEDx el «Tiempo futuro», creo que esta sería mi visión del futuro, una en la que menos gente usa las redes sociales. Esta es una gran propuesta, creo que tengo que justificarla.

Así que creo que lo que voy a hacer es tomar las tres objeciones más importantes que oigo cuando sugiero a la gente que deje las redes sociales, y por cada una de estas objeciones intentaré quitar la exageración y ver si puedo poner más dosis de realidad.

Esta es la primera objeción más común que oigo. Esta no proviene de  un ermitaño, es realmente un desarrollador de páginas web modernillo de la calle octava; no estoy seguro, ¿modernillo o ermitaño? A veces es difícil de decir. La primera objeción es esta: «Cal, las redes sociales son una de las tecnologías fundamentales del siglo XXI. Rechazar las redes sociales sería un acto ludita extremo. Sería como cabalgar en el caballo hacia el trabajo o usar un teléfono con un disco con agujeros. No puedo tomar esa decisión en mi vida».

Mi reacción a esta objeción es que creo que es una tontería. Las redes sociales no  son una tecnología fundamental. Se aprovecha de algunas tecnologías fundamentales, pero es mejor comprenderlas como una fuente de entretenimiento, un producto de entretenimiento. El tecnólogo Jaron Lainer dice que estas compañías te ofrecen caprichos luminosos a cambio de minutos de tu atención y trozos de tus datos personales, que pueden ser empaquetados y vendidos. Así que no usar las redes sociales no debería ser una toma de posición social, solo es rechazar una forma de entretenimiento a favor de otras. No debería ser más controvertido que decir «No me gustan los periódicos, prefiero leer las noticias en las revistas» o « Prefiero ver series en la televisión por cable en lugar de ver series en las cadenas de televisión tradicionales». No es una toma de posición política o social decir que no usas este producto. Mi uso de la imagen de la  máquina tragaperras no es accidental porque si miras un poco más de cerca a estas tecnologías, no es para decir que son simplemente una forma de entretenimiento, sino que son hasta en cierta manera una fuente muy poco sabia de entretenimiento.

Sabemos que la mayoría de las empresas de redes sociales contratan a individuos llamados ingenieros de la atención que emplean los principios de, entre otros lugares,  los casinos de las Vegas para intentar hacer estos productos tan adictivos como sea posible. Este es el uso deseado de estos productos: que los uses de forma adictiva porque eso maximiza el beneficio que pueden sacar de tus datos y atención. Así que no es una tecnología fundamental, es solo una forma de entretenimiento, una entre otras muchas, y si miras un poco más de cerca es una forma poco sabia.

Aquí está la segunda objeción común que oigo cuando sugiero a la gente que deje las redes sociales. La objeción es esta: «Cal, no puedo dejar las redes sociales porque es vital para mi éxito en la economía del siglo XXI. Si no tengo una buena presencia en redes sociales y una marca la gente no sabrá quién soy, la gente no podrá encontrarme, no vendrán oportunidades y desapareceré de la economía».

Una vez más, mi reacción es pensar que también esta objeción es una tontería. Recientemente he publicado un libro que recoge distintas líneas de evidencia que explican que en una economía competitiva del siglo XXI, lo que el mercado valora es la habilidad de producir cosas que son raras y valiosas. Si produces algo que es raro y valioso, el mercado lo valorará. Lo que el mercado descarta en gran parte son las actividades que son fáciles de replicar y producen poco valor.

Bien, pues las redes sociales son el paradigma de una actividad fácil de replicar que no produce mucho valor; es algo que un niño de seis años con un teléfono inteligente puede hacer. Por definición, el mercado no va a dar mucho valor a esos comportamientos.

En cambio, va a recompensar el trabajo profundo y concentrado que se requiere para desarrollar habilidades reales y aplicar esas habilidades para producir cosas —como un artesano—  que son raras y valiosas. Por decirlo de otra forma: si puedes escribir un algoritmo elegante, si puedes escribir un informe legal que cambie un caso, si puedes escribir mil palabras de prosa que sean capaces de llevar al lector hasta el final; si puedes mirar a un mar de datos ambiguos y usar la inferencia estadística y extraer un conocimiento revelador que transforme la estrategia de un negocio, si puedes hacer este tipo de cosas que requieren un trabajo profundo, que produce resultados que son raros y valiosos, la gente te encontrará. Podrás escribir la cifra en el cheque y construir los fundamentos de una vida profesional exitosa y llena de sentido, sin importar el número seguidores que tengas en Instagram.

Esta es la tercera objeción que oigo cuando sugiero que dejen las redes sociales; de alguna manera, creo que podría ser una de las más importantes. Esta objeción dice «Cal, puedo estar de acuerdo, quizá tengas razón; no es una tecnología fundamental. Quizá usar las redes sociales no está en el núcleo de mi éxito profesional. Pero, ¿sabes?, son inofensivas, me lo paso bien , twitter es divertido, ni siquiera paso tanto tiempo en ello, soy un adoptante temprano, es una cosa interesante y podría perderme algo si no lo uso. ¿Qué hay de malo en ello?». De nuevo, miro hacia atrás y me digo: esta objeción es una tontería.

En este caso, lo que falla es lo que creo que es una realidad muy importante sobre la que necesitamos hablar más honestamente: que las redes sociales traen múltiples, bien documentados y significativos daños. Tenemos que afrontar de verdad estos daños a la hora de intentar tomar decisiones sobre si abrazar esta tecnología y dejar que entre en nuestras vidas.

Uno de los daños que sabemos que esta tecnología trae tiene que ver con el éxito profesional.

Acabo de argumentar que la habilidad para enfocarse intensamente para producir cosas que son raras y valiosas, perfeccionar las habilidades que el mercado valora, es lo que importa en nuestra economía. Pero justo antes de eso argumenté que las herramientas de las redes sociales están diseñadas para ser adictivas. El uso deseado para el que fueron diseñadas es para fragmentar tu atención tanto como sea posible en tus horas despierto; así están diseñadas estas herramientas.

Tenemos una cantidad creciente de estudios que nos dicen que si pasas grandes partes del día en un estado de atención fragmentada —grandes partes del día, rompiendo tu atención, para echar un vistazo, para revisar tus mensajes «Déjame que vea que hay en Instagram»—, que esto puede reducir permanentemente tu capacidad para concentrarte. En otras palabras, podrías reducir permanentemente tu capacidad para hacer exactamente el tipo de esfuerzo profundo que es más y más necesario en una economía cada vez más competitiva. Así que las redes sociales no son inofensivas, pueden de hecho tener un impacto negativo significativo en tu habilidad para prosperar en la economía.

Me preocupa especialmente cuando miro a las generaciones más jóvenes, que son las más saturadas con esta tecnología. Si pierdes tu habilidad para mantener la concentración, vas a ser cada vez menos relevante para esta economía. También hay daños psicológicos que están bien documentados que traen las redes sociales y que necesitamos considerar. Sabemos de la literatura científica que cuanto más usas las redes sociales más solo o aislado te vas a sentir. Sabemos que la exposición constante a las presentaciones  cuidadosamente embellecidas de tus amigos y sus vidas te puede hacer sentir mal contigo y aumentar la tasa de depresión.

Y una cosa que creo que vamos a escuchar más en el futuro próximo es que hay un desajuste fundamental entre la manera en que nuestros cerebros están construidos y este comportamiento de exponerte a estímulos con recompensas intermitentes a lo largo de todas tus horas despierto. Una cosa es gastar un par de horas en una máquina tragaperras en Las Vegas, y otra llevarte  la máquina contigo y pasarte todo el día tirando de la palanca  desde que te despiertas hasta que te vas a la cama: no estamos hechos para esto. Esto produce un cortocircuito en el cerebro y estamos empezando a ver que tiene consecuencias cognitivas reales, una de las cuales es ese telón de fondo continuo de ansiedad.

El canario en la mina de carbón respecto a estos asuntos está en los campus universitarios. Si hablas con expertos en salud mental en los campus universitarios, te dicen que en paralelo con el uso ubicuo de los teléfonos inteligentes y las redes sociales entre los estudiantes ha venido una explosión de trastornos relacionados con la ansiedad en esos campus. Ese es el canario en la mina de carbón. Este tipo de comportamiento supone un desajuste para el cableado de nuestro cerebro y te puede hacer sentir miserable.

Así que hay un coste real en el uso de las redes sociales; lo que significa que cuando estás intentando decidir «¿Debo usar esto o no?», decir que es algo inocuo  no es suficiente. De hecho, tienes que identificar un beneficio positivo claro y significativo que pueda compensar esos daños potenciales no completamente triviales.

La gente a menudo pregunta «De acuerdo, pero ¿qué es la vida sin las redes sociales?». Puede dar un poco de miedo pensar sobre eso. Según dice la gente que fue a través de este proceso de desconexión, puede haber semanas difíciles. Es realmente como un proceso de desintoxicación. Las dos primeras semanas pueden ser incómodas: te sientes un poco ansioso, te sientes como si hubieras perdido una extremidad. Pero después de eso, las cosas se estabilizan y de hecho la vida después de las redes sociales puede ser bastante positiva.

Hay dos cosas de las que os puedo informar desde el mundo del no uso de redes sociales. La primera: puede ser bastante productivo. Soy un profesor en un instituto de investigación, he escrito cinco libros, raramente trabajo más allá de las cinco de la tarde en días de diario. Parte de las razones por las que puedo lograr esto es porque resulta que si tratas tu atención con respeto (no la fragmentas, la dejas intacta, preservas tu concentración) cuando se trata de cosas de trabajo puedes hacer una cosa detrás de la otra y hacerla con intensidad, y la intensidad se puede cambiar por tiempo. Es sorprendente lo mucho que se puede hacer en un día de ocho horas si eres capaz de dar a cada cosa concentración intensa.

Otra cosa de la que puedo informarlos de la vida sin redes sociales es que fuera del trabajo las cosas pueden ser bastante apacibles. A menudo bromeo sobre que estaría muy cómodo siendo un granjero de los años treinta, porque en mi tiempo de ocio yo leo el periódico al atardecer; escucho béisbol en la radio; me siento en una silla de cuero y leo libros por la noche después que mis niños se hayan ido a la cama. Suena pasado de moda pero algo sabía la gente de tiempos pasados. Es realmente reparador, un modo apacible de pasar la vida fuera del trabajo. No tienes el estímulo constante  del zumbido de fondo ni la ansiedad que conlleva ello.

Así que la vida sin redes sociales no está tan mal. Si atas todos estos cabos, ves mi argumento completo, que no todos, pero ciertamente mucha gente ahora mismo, mucha gente no debería estar usando las redes sociales.

Para resumir, podemos primero descartar las preocupaciones de que las redes sociales son una tecnología fundamental que tienes que usar. Tonterías: es una máquina tragaperras en tu teléfono. Podemos descartar la idea de que no puedes tener un trabajo sin ellas. Tonterías: cualquier cosa que un niño de seis años puede hacer no es lo que el mercado va a recompensar. Y luego he enfatizado que hay daños reales con todo ello. Así que no es inocuo. Tienes que tener un beneficio real de peso antes de que puedas decir que este cambio merece la pena. Finalmente, he mostrado la vida sin redes sociales: hay verdaderas ventajas asociadas con ella. Así que espero que cuando muchos de vosotros hagáis el mismo cálculo al menos consideréis la perspectiva desde la que hablo: mucha gente estaría mucho mejor si no usara  esta tecnología. Algunos de vosotros no estaréis de acuerdo. Doy la bienvenida a los comentarios en contra. Solo os pido que hagáis vuestros comentarios en twitter.

 


amish

 

Todos los artículos de la Serie Neoludismo

Al menos cien cosas que detesto de Homo Mínimus

Este es un artículo invitado de Homo Máximus. Le agradezco que haya accedido a la invitación. Homo Mínimus no se hace responsable  de las opiniones emitidas por Homo Máximus ni necesariamente está de acuerdo con ellas o las suscribe.

Nota adicional: me admiró  tanto la sinceridad  de Homo Máximus —aunque también me dolió— que le ayudé a mejorar el artículo con fotos relevantes, enlaces , estadísticas del blog y poniendo en negrita algunas frases memorables que corrían el riesgo de pasar desapercibidas entre tanta crítica (probablemente merecida, al menos en parte).

 

I. No me gusta que publique artículos ombliguistas, narcisistas, como este, porque sabe que soy un tipo que solo hablaré de él.

II. Que nos tome por idiotas: seguro que en este artículo digo algunas cosas malas de él que en el fondo son buenas.

III. Que sus artículos sean como la cuchara-avión con la que se alimenta al bebé. Me lo da todo mascado.

IV. Que use material de otros, por ejemplo, viñetas humorísticas en los que los  comentarios de Mínimus  no añaden nada a lo ya visto.

V. No me gusta que use palabras raras, es un pedante. ¿Dónde queda el lenguaje claro y sin pretensiones?

VI. Que use un lenguaje florido para disfrazar su falta de contenido.

VII. No me gusta dé vueltas una y otra vez a las mismas ideas. ¿Tiene algo nuevo que no sepa?

VIII. Que no cuide más los podcasts; no tiene entradilla musical y el sonido es manifiestamente mejorable.

IX. Que interrumpa a sus invitados en el podcast.

X. Que monopolice las conversaciones en los podcasts.

XI. Que diga «ehhhh» y «¿no?» al final de sus frases.

XII. Que camufle su falta de ideas traduciendo al español libros de Leo Babauta y los utilice como cebo para que la gente se suscriba al blog. Patético.

XIII. No me gusta el video presentación del Minimalismo existencial. Lo único que vale son los dibujos de John Flames, la historia, la voz y la grabación son de aficionado.

XIV. Que me hable desde el púlpito.

Tablas de la ley

 

XV. No me gusta tanta cita de Einstein y Nelson Mandela. Argumentos de autoridad.

XVI. Que azote con el látigo de su indiferencia a aquellos que no le dicen que sí a todo.

XVII. Que se meta con la gente.

XVIII. Que escriba en otros blogs para reírse de la gente. Como en el blog de la adorable Caro Chan y su artículo Qué quieren los hombres 2.0.

XIX. Que insulte a los comentaristas que no le bailan el agua. Sí, a veces hace eso.

XX. Que sea tan relamido. Cuando se pone poético es empalagoso. Por ejemplo, en el artículo Un ramo de rosas para la más loca.

XXI. Que confunda un artículo de blog con una lista inconexa de ideas.

XXII. Que use y abuse de las listas.

XXIII. Y de los retruécanos.

XXIV. No me gusta leer el título del artículo y ya saber lo que va a decir.

XXV. Que muestre ramalazos heteropatriarcales propios de otras épocas. Su artículo Cómo convertir a tu mujer en minimalista es cuando menos despreciativo  para la condición femenina.  Las mujeres no necesitan ser tuteladas. Punto.

XXVI. Que escriba Cien maneras de iniciar una conversación con una mujer. No es más que una colección de micromachismos , muchos de ellos rayan la calificación penal.

 

cien maneras iniciar conversación con una mujer

 

XXVII. Que el artículo sobre las Cien  maneras de iniciar una conversación con una mujer sea el más leído de la historia del blog (casi 30.000 visitas). Lo peor: desde el 2014 sus lectores no han dejado de crecer.

 

Estadísticas artículos

 

Por otro lado, me hace gracia los dos artículos más leídos de su blog no tengan nada que ver con el minimalismo y sean listas de cien. En el pecado lleva la penitencia. Es el problema de los blogs todo a cien.

XXVIII. No me gustan sus listas de cien. La única que tiene pase, yo diría que es simpática, es la de Cien  ideas para una conferencia TED. Este es el segundo artículo más leído del blog.  Pero no se engañen, esta lista no justifica el deficiente nivel del resto del blog ni exime a Homo Mínimus de responsabilidades penales y civiles .

XXIX. Me repatean los proyectos que empieza y no acaba. Por ejemplo, el Reto-práctica 100×100 ideas, más de cuatro años desde que lo empezó y sigue sin terminarlo. Un tipo que no acaba lo que empieza dándonos lecciones de tenacidad en su Curso de autorregulación y perseverancia. Consejos vende que para él no tiene.

XXX. Que anuncie un libro sobre el minimalismo existencial y defraude a sus lectores varios meses después diciendo que no lo escribirá .

XXXI. Que empiece proyectos como el Proyecto 52 paseos con (al menos) 52 frikis que anuncia a bombo y platillo pero del que nunca más se volvió  a saber.

XXXII. Que use el cliffhanger   y otros trucos baratos para generar anticipación. Generalmente, lo que viene después no tiene interés.

XXXIII. Que sea tan irregular. Se pasa meses sin escribir nada y de repente en un par de semanas escupe  ocho artículos.

XXXIV. Que me inunde el buzón de correo con su farfolla

XXXV. Que robe ideas y luego no cite a sus autores. Especialmente roba a Rober Sánchez, Esto no es comida, Luis Andés ,  Tribuna de Avalón y Entusiasmado, por citar autores en español.

XXXVI. Que divague sobre ideas suficientemente comprendidas. Filosofía de parvulario llamo yo a sus principios minimalistas.

XXXVII. Que en las distancias cortas no tenga ni una mala palabra ni una buena acción.

XXXVIII. Que no diga que no ni que sí a las propuestas de los lectores que le escriben. Es como la chica popular que gusta de tener pendientes de un hilo a sus muchos pretendientes; los deja en la reserva, como si fueran tampones emocionales para apuntalar su frágil ego en tiempos de hemorragia sentimental y baja autoestima.

XXXIX. Cuando Homo Mínimus se dirige a las mujeres lectoras del blog, lo hace con un tono condescendiente y sutilmente despreciativo. Es un caso de libro de machoexplicación.

 

Machoexplicación

 

XL. Que use su  blog para airear sus filias y fobias personales.

XLI. Que diga que «Sí, por supuesto» o que «más adelante» a los lectores que le escriben pero luego nunca más se sepa.

XLII. Que no haga una reseña del blog Historias Minimalistas de Pablo Matilla . Probablemente porque le fastidia que escriba mucho mejor que él.

XLIII. No me gusta de Homo Mínimus su ridículo nombre.

XLIV. Que haga trampas en las listas de cien.

XLV. Que prometa hacer una reseña de este libro y no lo haga:  «La mudanza. ¿Con qué me quedo?» De Javier Saura. https://amzn.to/2Oc65vh

XLVI. No me gusta su en ocasiones tono buenista new age.

XLVII. No me gusta el tono retador y sobrado del que después de todo no pasa de ser el típico subcampeón del mundo.

XLVIII. No me gusta que crea que por darle la vuelta a una idea generalmente aceptada tiene una idea válida. Eso es lo más fácil del mundo. Es un síntoma de pereza mental.

XLIX. No me gusta de Homo Mínimus su simplona forma de escribir. Seguro  que a muchos lectores les gusta por esa misma razón. Está claro que uno busca y atrae lo que es.

 

Me gusta porque es simple

 

L. No me gusta que no haga referencia a otros blogueros de su nicho, ignora a su competencia.

 

 

 

 

 

 

 

LI. Que no haga pausas a mitad de sus listas de cien.

LII. Que todo lo que hace sea esperado. Que no me sorprenda. Se le acabaron las ideas.

LIII. Me indigna que Homo Mínimus emplee fotos de trabajadoras de la limpieza en su blog.

 

366512269_071e81bcbd_b

 

LIV. Que no tenga organizados los artículos del blog.

LV. Que sea difícil encontrar el botón de suscripción.

LVI. Que no responda a la gente que amablemente comenta.

 

LVII. Que responda a los comentarios de unos lectores y no a los de otros, de manera aparentemente arbitraria.

LVIII.  Que sea tan difícil encontrar un medio de contacto.

LIX. Que se vaya por las ramas.

LX. Que no nos dé más ideas prácticas.

LXI. Que nos venda tanto humo.

LXII. Que intente colarnos sus ideas políticas de corte liberal. Si quieres «disfrutar» de su tufillo   de anarquista de mercado puedes leer (en diagonal y tapándote la nariz) Nadie merece nada: contra la meritocracia y otras teorías del merecimiento.

LXIII. Que no hable de asuntos de actualidad.

LXIV. Que se quede siempre en el terreno de lo abstracto.

LXV. No me gusta que se meta tanto con la gente que usa teléfonos inteligentes.

LXVI. Me saca de quicio su tecnofobia y su neofobia. Chochea. «En mi época la gente leía libros y prestaba atención…» dice Homo Mínimus carraspeando. A ver si evoluciona de una vez y se da cuenta de que vivimos en el siglo XXI.

 

unabomber_auction-(10)
Unabomber. Un minimalista existencial

 

LXVII. No me gusta su soberbia disfrazada de ironía y bonhomía.

LXVIII. No me gusta que no reseñe los libros de los que bebe. Me gustaría ir a las fuentes, no acceder a su agua dialéctica a través de sus tendenciosos sesgos y filtros.

LXIX. Que no me diga quienes son sus fuentes.

LXX. Que me aconseje una cosa y la contraria.

 

 

LXXI. Que se canse de un tema o proyecto o experimento y lo deje a medias.

LXXII. Que me haga trabajar para él como articulista invitado.

LXXIII. Que diga que suele responder en menos de tres semanas, «generalmente con amabilidad». ¿Qué hace cuando no es amable?

LXXIV. Que haya agotado el tema del blog, el minimalismo existencial, y siga perorando.

LXXV. Que se crea que le leo, habitualmente paso rápida y perezosamente la mirada por los artículos que me envía y los elimino.

LXXVI. No me gusta su pose de loco hablando desde lo alto de la colina.

LXXVII. No me gusta el aire enrarecido, a habitación de enfermo, que tiene este blog. Todo negatividad y cinismo.

LXXVIII. No me gustan los comentaristas habituales del blog: siempre aplaudiendo y  estando de acuerdo con lo que dice Homo Mínimus. Parecen miembros de una secta.

 

Three horses laughing

 

LXXIX. Me parece peligroso que denigre el sistema educativo con tanta ligereza. Me asquea su falta de sensibilidad social.

LXXX. No me gusta que me sermonee porque veo series en Netflix y consulto mi teléfono en los tiempos muertos.

LXXXI. Que me utilice para hacer una lista más de cien para su Reto-Práctica 100×100 ideas.

LXXXII. Que vaya de desapegado, libre y radical, como si no le importara su audiencia o el número de lectores. Se la he visto consultar compulsivamente las estadísticas del blog y salivar con los «likes».

LXXXIII. No me gusta que confunda la exuberancia mental con la verborrea.

LXXXIV. Que robe fotos.

LXXXV. Que no cumpla la normativa de cookies ni advierta que los datos personales pueden ser recogidos.

LXXXVI No me gustan sus artículos «Shabbat shalom» del viernes por la tarde. ¿Se cree que solo le siguen judíos sefardíes? Totalmente fuera de lugar.

LXXXVII. Peor, ¿no se estará mofando sibilinamente de los judíos practicantes?

LXXXVIII Que escriba un artículo sobre las bondades del pensamiento hitleriano en Mein Kampf. Repugnante.  https://homominimus.com/2015/02/26/la-verdad-es-la-verdad-la-diga-agamenon-o-adolfo-hitler/

 

old chaplin

 

LXXXIX. No me gusta que me haga mirar en una dirección para luego decirme que mire en la otra.

 

XC. No me gusta el diseño del blog. Realmente, no creo que tenga ningún diseño.

XCI. Que no vaya de frente, siempre con subterfugios.

XCII. Que vaya de listillo y graciosete.

XCIII.Que bajo el pretexto de la filosofía minimalista no se trabaje el diseño del blog y su navegabilidad. Este blog no es amistoso con la gente.

XCIV. De Homo Mínimus, no me gusta su hipocresía patológica. Cualquiera que lo conozca sabe que su aparente bonhomía y don de gentes no es tal, es un personaje inventado, una máscara ridícula, un producto de marketing.

XCV. Que me haya puesto la condición de escribir una lista de al menos cien elementos si quiero publicar en su blog. Me quedan todavía cinco.

XCVI. Que se haga llamar con el título de Doctor.

XCVII. Que vaya dando consejos terapéuticos a gente muy enferma mentalmente y moralmente sin estar cualificado ni certificado como psicólogo clínico, psicoanalista lacaniano o terapeuta ocupacional. Espero que un día le demanden por intrusismo profesional y/o negligencia médica. No tienes más que mirar a sus artículos en el Consultorio del Doctor Mínimus.

XCVIII. Que intente emular (patéticamente) a Rainer Maria Rilke en su sección «Cartas a un joven bloguero».

XCIX.

C. Que me haya obligado a escribir esta lista con numerales romanos en vez de con arábigos. Fascista romano. Islamófobo cabrón.