Hay una anécdota sobre Picasso, probablemente apócrifa, en la que se cuenta que estaba en un compartimento de tren en un viaje por el sur de Francia; un hombre lo reconoció y entabló conversación con él. El viajero le dijo que su pintura no le acababa de convencer porque “no era realista”. A lo que Picasso respondió “¿Qué quiere decir con que ‘no es realista’? “. El hombre, confrontado respondió: “Pues que no es realista, que no es real, está claro, que le falta vida, usa unas pocas líneas y figuras geométricas”.

Picasso siguió inquiriendo: “Pues no sé a qué se refiere con eso de que mi pintura no es realista, ¿puede ponerme un ejemplo de algo que sea realista? No lo acabo de entender. ”. El hombre ya un poco molesto sacó una fotografía de su mujer de la cartera y dijo triunfante: “¿Ve a mi mujer? , ¡Esto es realista!». A lo que el pintor espetó “pues qué pequeñita y plana es su mujer…”
Cualquier representación humana es una simplificación, incluso la aparentemente más completa y compleja. Si no lo fuera, nuestros cerebros serían incapaces manejar computacionalmente esas representaciones. Un mapa del mundo que fuera tan grande como el mundo que representa no sería de ninguna ayuda.

Una buena simplificación, un buen modelo mental, capta lo que hay de esencial o lo más importante para un propósito determinado y permite mantener y manipular la información correspondiente. La misma percepción sensorial, en toda su riqueza, es un pálido reflejo de la realidad subyacente, un modelo también simple de lo que hay ahí fuera. No nos queda más remedio que simplificar si queremos obtener guía para la acción.
El cerebro cuando predice o anticipa el resultado de una acción es como un ordenador que simula la realidad a través de un modelo matemático desplegándose en el tiempo: parte de unas condiciones iniciales y unas leyes o reglas de transformación y obtiene una predicción que usamos en nuestro proceso de decisión.
Por eso, cuando el hombre práctico o el hombre de mundo se burla de los hombres de ciencia y de sus teorías, y declara que le dejen de teorías, que él es un hombre de acción, no sabe de lo que está hablando. Un hombre práctico que busca seleccionar un curso de acción depende tanto de las teorías como un profesor universitario de ciencias (de los profesores de humanidades, hablamos otro día), solo que sus teorías son más simples, poco o nada argumentadas y menos sometidas a la crítica racional.
Habitualmente, como dijo Keynes, detrás del hombre de acción, del hombre de Estado, hay varios economistas muertos hace décadas cuyas teorías quedaron obsoletas mucho tiempo atrás, pero que el hombre autodenominado práctico sigue empleando porque no conoce otras mejores.

En el minimalismo existencial pretendemos hacer algo parecido a lo que hace un científico: creamos teorías del mundo y de nosotros mismos que son útiles para nuestros propósitos y que cuentan con diversos grados de abstracción. También consideramos que cuanto más verdaderas sean, mejores serán nuestras predicciones y decisiones.
Cuando se nos crítica por teóricos o porque no tenemos en cuenta la rica textura de la vida y sus complicaciones, podemos aducir lo mismo que Picasso: que todos simplificamos y que nuestras simplificaciones intentan resolver problemas; en nuestro caso, problemas existenciales.
Tan simple como podamos
Mira este dibujo de una madre amamantando a su bebé:

Ahora echa un vistazo a este otro más realista de una escena similar de una madre con su bebé:

Quitando tu gusto por la representación más naturalista o la más abstracta, ¿cuál crees que capta mejor la esencia de la maternidad y la relación entre la madre y su hijo?
Mi respuesta es que la economía de líneas del primer dibujo , que resulta ser de Picasso, capta mucho mejor en unas pocas líneas y en toda su simplicidad la maternidad. En esos trazos, pocos pero bien puestos, se recoge un aspecto de la realidad difícil de poner en palabras. Esta es la función cognitiva del arte: usar sonidos, trazos o materia para transmitir un sentido profundo, difícil de condensar y captar de otra manera.
Esta sería una analogía pictórica para lo que pretendo lograr con mi filosofía del minimalismo existencial: captar lo esencial de la realidad , reducirlo a su síntesis más profunda, practicar la economía de medios y sacar el meollo a la vida.
Pero no más simple de lo que es posible
La discusión anterior nos podría llevar a pensar, erróneamente, que menos es siempre más o mejor. Los minimalistas, según esta concepción, serían un tipo de ascetas del siglo XXI, casi quietistas, que siempre hacen lo menos o lo hacen siempre con los medios más reducidos.
No digo que no me gustaría que así fuera, pero mi creencia es que no es posible, que no es posible hacer lo mínimo si aspiras a lo más.
En realidad, creo que en muchas cuestiones existenciales, entre ellas la invención y el descubrimiento propias de la actitud existencial creadora, es justamente lo contrario: hay que privilegiar la cantidad a la calidad: miles de pasos tentativos inciertos, torpes, provisionales, para quizá alcanzar una idea que valga la pena.

Los procesos evolutivos suelen ser derrochadores, precisamente porque sin derroche no se pueden testar nuevas direcciones y combinar miles de elementos con la esperanza de dar con uno un poco mejor.
Puede que el producto minimalista sea en ocasiones terso, sencillo, elegante como una ecuación matemática o como un dibujo de Picasso, pero no creo que el proceso minimalista deba o pueda ser así. Sería irracional pensar que podemos alcanzar lo más con lo menos, por muy bien que administremos los recursos. Cuantos más recursos de tiempo y atención tengamos, más margen para obtener mejores resultados tenemos.
En el artículo El minimalismo existencial en cien frases una lectora me decía que estaba bien, pero que esa lista no era minimalista, que eran demasiadas frases. Le repliqué fastidiado: “¿Demasiadas frases en la lista comparado con qué?”, a lo que replicó: “comparada con un lista más corta”.
Finalmente contraataqué con una declaración de principios:
Las cosas han de hacerse todo lo simples y cortas que se pueda, pero no más, so pena de no decir nada o de eliminar algún esencial.
Podía haber escrito “Menos es mejor” o “Menos es más” y olvidarme del resto de las frases, pero tengo la sensación de que no sería lo mismo.
No hay que confundir el minimalismo con hacer siempre lo mínimo.
Si quiero transmitir la esencia del minimalismo necesito al menos cien frases; las síntesis del tipo «Menos es mejor», al igual que las definiciones, solo suelen ser útiles al final del proceso, como recordatorio, cuando ya has hecho todos los experimentos y trabajado para comprender en profundidad.
Hago tantos dibujitos…
El otro día me llamó la atención en twitter esta viñeta tan sencilla y llena de significado, es como un aforismo de esos que dan que pensar y explotan en un montón de significados:

Pero me gustó más todavía la respuesta de Amarillo Indio a la alabanza de uno de sus seguidores:
@amarilloindio Amigo, está es maravillosa.
@Kartoffelmensch Gracias, hago tantos dibujitos que algo ha de funcionar 🙂
Hago tantos dibujos que algo ha de funcionar.
¡Esta sí que es una frase de artista!
Exuberancia metódica
Esta última anécdota me permite conciliar mi obsesión con la concisión y la simplicidad con algunas otras ideas que repito una y otra vez en este blog:
- Cuando hablo de la mentalidad experimental, hablo de considerar las acciones cotidianas como experimentos en el laboratorio de lo real de los que aprendo siempre algo; en el peor de los casos, lo que no funciona.
- Cuando uso las listas de cien, lo hago para recordarme que para tener buenas ideas he de tener muchas ideas, la mayoría descartables, ridículas e inútiles.
- Aunque inicialmente diseñé el blog para artículos de no más de 400 palabras, con el tiempo he escrito artículos de 2.864, 3.201, 4.536 y 6.344 palabras. En el futuro amenazo con llegar a las 10.000 palabras o más, para que lo leáis salvajemente en diagonal o le dediquéis un par de horas en una noche de insomnio.
- Cuando organizo comidas con 52 personas desconocidas, lo hago porque si interacciono con mucha gente diversa es posible (no seguro, y quizá tampoco probable) que algo bueno (no sé que) resulte de ello.
- Cuando me propongo el Reto práctica 100×100 ideas es porque quiero engrasar el motor algo oxidado y perezoso de mi mente
- Cuando creo un proyecto para fracasar más a menudo, lo hago con la esperanza de que alguno de ellos sea espectacular.
- Cuando te pido que te des de baja de mi blog, seas mi Pepito grillo o me convierto en un bloguero a la carta y te ofrezco cien platos en el menú, lo hago porque de lo no habitual surgen posibilidades imprevisibles o incalculables con un proceso planeado o sistemático.
- De este último experimento, Bloguero a la carta, surgió un plato que los lectores eligieron por votación, Los tres hábitos que cambiarán tu vida, que a su vez dio lugar a un libro: Los tres hábitos que cambiarán tu vida, que a su vez dio lugar a tres cursos en el 2014: Curso de atención plena, perseverancia y salud minimalista, que a su vez han dado lugar a centenares de ideas que tengo en mi mochila preparadas para incendiar el 2015.
- Y este artículo es como un guante-desafío que me acabo de lanzar para empujarme y generar más…