Esta mañana, justo antes de escribir estas letras que estás leyendo ahora, me he pasado veinte minutos viendo páginas web, mirando el correo electrónico y demorando el comienzo de mi pomodoro de escritura diario en este blog. Esto va contra mi regla de Empezar el día sacando, una de las reglas más antiguas e importantes de mi sistema de productividad minimalista.

Cuando lo he advertido, ya había pasado un buen rato desde que me había sentado a trabajar (presuntamente) y he sentido el fastidio de quebrar la regla. Me he dado cuenta de que durante unos minutos he olvidado la regla de comenzar el día con las cosas importantes, con mis compromisos y obligaciones. El entrenamiento del curso de atención plena me ha hecho más consciente de mis emociones y por eso he sido capaz en tiempo real de observar mi estado emocional sin sobrerreacionar.
He recordado uno de los consejos del Reto de meditación 10×10: no flagelarme por los errores, darme cuenta de la desviación de mi atención con serenidad, sin amplificar mi descontento, y retomar el rumbo con suavidad.
Y aquí estoy en medio del pomodoro intentando gesticular con palabras pensamientos inconexos y dotarlos de unidad para extraer alguna lección o enseñanza.
Ya he hablado de las líneas rojas (puntos no negociables, límites máximos y mínimos) y su utilidad para evitar pendientes resbaladizas: un minuto para ver el correo se convierte en cinco, y en diez y en veinte. Como siempre se puede demorar el comienzo un minuto más, y como un minuto no supone una gran diferencia en el gran sistema del universo, el comienzo de la actividad incómoda se demora.
Solo escribo cuando estoy inspirado. Afortunadamente, siempre estoy inspirado a las nueve en punto todas las mañanas.
—William Faulkner
Puesto que no tengo un punto exacto donde empezar el pomodoro, este tiende a demorarse, los descansos a hacerse más largos y mi actividad pierde foco. Se me ha ocurrido (¡Gracias Yo Ocurrente[o Inteligencia Generadora]!) que si supiera cuándo empezar exactamente el pomodoro habría una línea roja clara que actuaría como detonante del inicio del pomodoro y evitaría la postergación cotidiana.
La solución está en el título de este artículo: empezar mis pomodoros a las 8.30, 9:00, 9:30, etc. O a las 16:00, 16:30, 17:00, etc. Exactamente, sin dudas ni demoras. Con eso se acaba el debate interior sobre si empezar ahora o dentro de cinco minutos y reduzco la fricción de la decisión. Como mis pomodoros son de veinticinco minutos, eso me asegura un máximo de cinco minutos entre pomodoro y pomodoro. Sería una buena forma de automatizar el inicio de los pomodoros y de asegurarme que cumplo los descansos entre pomodoro y pomodoro.
No sé si con esta nueva técnica he hecho una muesca en el universo o si simplemente he añadido una regla más a mi caja del minimalismo robótico.