En inglés, “flinch” es el movimiento rápido y nervioso de la cara o el cuerpo como reacción instintiva ante un miedo o dolor.
En el mundo del boxeo, es un término de la jerga. Un boxeador antes de recibir un golpe puede echarse hacia atrás, dejar de proteger otras zonas del cuerpo y cerrar los ojos. Esa reacción le pone en un aprieto mayor, ya que le vuelve más vulnerable y permite que el contrincante explote las vías de ataque abiertas.

El flinch coloca al boxeador en una actitud más de evitar el dolor o el golpe inmediato que de mantener la guardia alta y seguir atacando. Los entrenadores son conscientes del flinch del novato y emplean métodos de entrenamiento para controlar el reflejo de cerrar los ojos y retroceder cuando van a recibir el golpe.
En los asuntos diarios, en el ring de la cotidianeidad, ante una situación de temor o incertidumbre nos enfocamos en evitar el previsible impacto y en escapar del peligro percibido. El flinch nos hace perder perspectiva y nos impide actuar inteligentemente.
Hace más de un año, en mi desafío de la ducha fría, tuve la ocasión de experimentar el flinch durante los 28 días en que me sometí al agua helada durante cinco minutos todas las mañanas.
El momento más difícil era el inicial, cuando estaba delante del chorro de agua fría, debatiéndome entre someterme al suplicio o no. Según pasaban los días, me lo pensaba menos, me lanzaba con mayor rapidez, aunque nunca dejé de experimentar la aversión y el deseo de salir de la ducha en los primeros minutos.
Poco a poco me fui acostumbrando y la incomodidad, que nunca dejó de existir, fue durando menos tiempo. Hoy en día ocasionalmente me ducho por las mañanas con agua fría o al menos acabo la ducha con ella.

Afrontar este desafío de la ducha fría como primer reto en la mañana me permite empezar el día con energía y con la satisfacción de vencer un obstáculo. Después de la ducha fría, me siento contento conmigo mismo y más propenso a tomar el toro por los cuernos, no retroceder ante las dificultades, hacer las cosas incómodas y seguir avanzando.
Por qué es capital superar el flinch
El flinch aparece en casi cualquier actividad difícil o incómoda en la que podamos pensar: un proyecto que llevo aplazando durante varios días porque sé que el comienzo será difícil y habrá partes que detesto; los diez primeros minutos de una carrera de una hora; tomar el teléfono para hacer esa llamada incómoda a un cliente que llevo postergando varios días; e incluso acciones mucho más pequeñas pero que demoramos porque en ese momento no nos apetece: por ejemplo, cuando no recojo la mesa después de comer y decido dejarlo para después de la siesta.

Hay muchas cosas valiosas que no hacemos simplemente porque no somos capaces de vencer el flinch. El artículo de Leo Babauta (traducido por mí al español) Por qué la incomodidad puede estar arruinando tu vida describe muy bien las consecuencias de no afrontar las actividades difíciles:
Piensa en los problemas más importantes de tu vida –desde la ansiedad hasta la falta de ejercicio regular, una mala alimentación, la procrastinación y otros–.
Casi cualquiera de estos problemas es causado por el miedo a la incomodidad.
La incomodidad no es dolor intenso, es solo la emoción que tienes cuando sales de tu zona cómoda. Para mucha gente comer verduras es causa de incomodidad. También el sentarse para meditar o sentarse con una tarea difícil delante de uno o decir No a otros o hacer ejercicio. (Por supuesto, distintas personas se sienten incómodas con cosas diferentes, pero ya sabes por donde voy.)
Y a la mayoría de la gente no le gusta la incomodidad. Escapan de ella. No es divertido, ¿así que para qué hacerlo?

En La zona de incomodidad: cómo dominar el universo, Babauta, resalta lo crucial de vencer el miedo a la incomodidad y llega a considerar esta habilidad como la más importante para el cambio personal. Es el superpoder por excelencia.
Babauta nos recomienda no solo que toleremos la inevitable incomodidad inicial, sino que aprendamos a sentirnos bien con ella:
De todas las habilidades que he aprendido en los últimos siete años de cambios en mi vida, hay una que sobresale:
Aprender a sentirme confortable con la incomodidad.
Si aprendes esta habilidad, puedes dominar casi cualquier cosa. Puedes vencer a la procrastinación, empezar a hacer ejercicio, mantener una dieta más saludable, aprender un nuevo idioma, afrontar los desafíos y situaciones físicamente exigentes, explorar nuevas cosas, hablar delante del público, dejar a un lado todo lo que sabes y convertirte en un minimalista.
Entrenamiento para el flinch
En el proyecto Los tres hábitos que cambiarán tu vida durante el 2014 he tocado también el tema de las evitaciones y el flinch:
- En el Curso de Atención Plena en la primera reencarnación, dedicamos una semana entera a detectar los sentimientos de disgusto y aversión, incluyendo los flinch.
- En el Curso de Perseverancia, dimos un paso más allá con la práctica Micro-evitaciones: el diablo está en los detalles:
Te concentrarás en detectar microaversiones, y el impulso de evitar tareas. Una vez que las detectes, harás aquello que te molesta, incomoda o te genera un cierto temor.
Todo el fenómeno de la procrastinación puede superarse si nos acostumbramos a hacer lo que tenemos que hacer, nos guste o no, en el momento en que hay que hacerlo.

Gracias a estas dos prácticas, ahora soy capaz de reconocer el flinch en muchas otras ocasiones:
- cuando me siento delante de la pantalla para escribir el artículo del blog del día y siento la desgana de ponerme a escribir (¡el flinch!);
- cuando estoy durmiendo plácidamente y suena el despertador y en vez de levantarme inmediatamente me digo que estaría bien quedarse un poco más (¡el flinch!);
- cuando estoy en un bar de copas, veo una chica atractiva y siento deseos de conocerla, hago ademán de acercarme pero enseguida siento una punzada en el estómago y me paralizo (¡el flinch!);
- cuando en una conferencia siento curiosidad por un tema que el ponente no ha aclarado, y cuando voy a preguntar siento el miedo escénico al anticipar la atención del público en mi persona y el probable temblor en mi voz (¡el flinch!).

Ya tienes un nombre para esa reacción tan natural como potencialmente peligrosa: el flinch. Todos la tenemos, hasta los boxeadores más veteranos, hasta los gladiadores del cambio y habitólogos más aguerridos. Lo que marca la diferencia no está en que sientas miedo o no, en que tengas el impulso de retroceder o no; lo que te hará diferente es cómo manejas el impulso: ¿mantendrás los ojos abiertos, soportarás la incomodidad, mirarás directamente al monstruo y serás el último en pestañear ?