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Estoy sentado en una cafetería en el centro de una ciudad europea delante de mi portátil. Si ahora estuviera escribiendo una postal a un amigo, el mensaje sería el siguiente: «No pienso en ti». El tic tac del cursor marca los segundos, pero no siento urgencia.

Las reglas son simples: durante los n próximos días me voy a sentar durante cuatro horas en silencio, libre de interrupciones externas, libre del flujo de entrada de información, a solas conmigo.  Voy a hacerlo según la técnica de las 0 alternativas.

Tengo una pantalla con una hoja en blanco delante, pero no tengo que escribir si no quiero: no hay metas. No hay fecha límite. No hay nada que hacer. Esto acabará cuando tenga que acabar.

Él  me dijo que saber lo que uno quiere es sencillo. Basta con aislarse durante cuatro horas, desconectar internet, y escucharse. Y eso día tras día. Dijo que en el metafórico bosque no hay wifi, pero que siempre encontraré una mejor conexión. Y  es lo que estoy haciendo ahora. Escucharme a mí mismo. No hay nada que hacer, simplemente me siento y siento.

He entrado en E1  y espero no salir de aquí en cuatro horas. No hay conexión inalámbrica, he cerrado todos los programas excepto mi bloc de notas.

Le pregunté  si se podría acelerar el proceso y aislarme durante ocho o doce horas al día. Me dijo que sí, que podría acelerarlo, pero que entonces me llevaría el doble o el triple de tiempo y un múltiplo de sufrimiento.

He de pensar como un economista, no como un ciudadano normal. Los rendimientos decrecientes empiezan a operar muy rápido. Parece que hemos de caminar cada vez más rápido para cubrir la misma distancia, todos queremos ahorrar tiempo e ingresarlo en el banco para acumularlo y luego exprimirlo en mil y una actividades.

El portátil cumple dos funciones: me proporciona una coartada para pasar varias horas sin hacer nada en un recinto público —simulo que estoy trabajando— y me permite articular los pensamientos y fijarlos en mi memoria extendida; más que eso, me permite pensar más lentamente. El sistema de producción del Yo Ocurrente siempre está bullendo y necesita pausar el paso.

Dicho esto, no me siento obligado a escribir una sola palabra; voy a pensar como un economista, no como un contable o un capataz en una cadena de producción; voy a pensar en términos de valor generado y de costes de oportunidad, no de unidades producidas, de páginas escritas o de fases del proyecto completadas.

No hay hitos. No hay objetivos. No hay entregables. Solo hay una regla:  cuatro horas diarias sentado sin hacer nada durante n días.

Él  se sonrió  cuando le planteé acudir a un retiro de meditación . Me dijo que por muy lejos que me fuera, siempre me llevaría conmigo, que no podía escapar a mí sombra por mucho que corriera o por muy lejos que fuera o por exótico que fuera el paraje.  El verdadero viaje de descubrimiento no requiere que cambie de lugar; lo puede facilitar, pero no es imprescindible. Me dijo que la embriaguez que produce la novedad de nuevos paisajes, gentes y culturas la puedes alcanzar «cambiando de ojos». Supongo que quiso decir cambiando de mirada: como buen gurú, salpica su discurso de  parábolas y juegos de palabras.

Me revuelvo en la silla y me late el corazón más rápido. Qué diablos hago sentado en una silla sin hacer nada. No soy capaz de permanecer sentado mientras el barro se endurece, sigo buscando la satisfacción inmediata, o al menos reducir la desazón. Quiero consultar el correo electrónico, quiero mirar alguna de las redes sociales donde estoy inscrito y llenar el espacio vacío.

Me resulta difícil hacer caso a las reglas que me marco a mí mismo. Las reglas están para romperse, me suelo decir; después de todo, soy un espíritu libre. Más difícil todavía es hacer caso a las reglas que provienen de otros, por mucho expertismo que acumulen, por muy gurús que sean, por muchas que sean las recomendaciones con las que vienen bendecidas.

Nadie me ha puesto una pistola en la sien y podría faltar a mi palabra ahora mismo, pero algo me dice que tengo que seguir. Cuatro horas al día sentado sin hacer nada esperando la revelación que rompa el nudo gordiano de mi indecisión y aplicando la técnica de las 0 alternativas de Raymond Chandler.

Tuve que buscarla en internet, jamás antes había oído hablar de ella. Raymond Chandler fue un famoso escritor de historias de detectives y creador del famoso personaje Philip Marlowe, entre otros. Como todo novelista, tuvo que desarrollar métodos de autocontrol para obligarse a escribir aunque no le apeteciera. Vivió la gran depresión y sobrevivió a base de escribir relatos de pulp fiction , relatos cortos en revistas de baja calidad. Puesto que a la fuerza ahorcan, dio con un método que le permitió disciplinarse todos los días a pesar de su tendencia a la postergación. La técnica consiste en reservar cuatro horas al día  para escribir y seguir dos  reglas:

  1. No puedes hacer otra cosa que no sea escribir
  2.  No tienes que escribir.

Adivino que con esta técnica se evita la natural tendencia de dejar para mañana las tareas incómodas, pero al mismo tiempo, se proporciona una salida al bloqueo del escritor: si no se te ocurre nada, si no te apetece, si la mente no está clara para escribir, puedes no escribir y evitar el sentimiento de culpabilidad de no estar produciendo. Chandler decía que ocurría como a los niños en el colegio, que al estar obligados a permanecer en el aula, aprendían algo, aunque fuera para evitar el aburrimiento.

Para un escritor, especialmente para un novelista, un maratoniano de las letras, que a diferencia de un periodista o articulista no tiene jefe, fechas límite, ni artículos que entregar, es capital que sepa encadenarse a la silla. Víctor Hugo entregaba toda su ropa a su criado y escribía desnudo para no poder salir de la estancia y no  hacer otra cosa que no fuera escribir. Chandler no llegaba a tanto, simplemente reservaba esas cuatro horas diarias y escribía o no hacía nada, de ahí el nombre de la técnica.

Me apetece hacer cualquier cosa menos hacer introspección. ¿Qué es lo que quiero? ¿Cuál es mi propósito? Dónde voy. Quiero un millón de cosas, a menudo contradictorias. Quiero mantener mis opciones abiertas.

Siento palpitaciones en las sienes, la mandíbula está tensa y aprieto los dientes, creo que tengo principios de bruxismo, veo a la gente entrar y salir al establecimiento

Voy a escucharme. No hay ningún cálculo que hacer ni tarea que completar. Algo va a emerger. Eso me dijo:

Algo emergerá, quieres lo que quieres, pero quieres muchas cosas, pero no todas pesan lo mismo, y seguramente escuchas a las que más gritan, a las voces que tiran de las mangas de tu chaqueta como niños caprichosos. Las voces que más gritan y que parecen más urgentes no son las más genuinas. Lo sutil no hace ruido, lo sutil es una corriente subterránea que corre silenciosa.

Cuando lo dijo, me sonó a fragmento del Tao Te Ching, a frase ya vista, dicha, sabida; sin embargo, seguí escuchándole. Qué puede hacer un náufrago más que agarrarse a un tronco ardiendo. «Algo emergerá». Pero qué, no puedo convocarlo, ni siquiera definirlo.

Si no hubiera bloqueado la conexión de internet y apagado el teléfono ahora estaría viendo un videoclip de dos minutos, respondiendo al correo o vagando por E3. He mandado a mis marineros que me aten con sogas al mástil para protegerme de mí mismo. Las sirenas de las ganas y las desganas aúllan ahí fuera. Suplico a los marineros que me liberen, la liberación a un clic de distancia, el mundo en las yemas de mis dedos. Las sirenas son de los bomberos, hay fuego en algún sitio, alguna vida se está quemando.

Los torturadores  de todo lugar y tiempo siempre han sabido que el aislamiento  es la mejor forma de quebrar  al prisionero. Cuando se quiere castigar al recluso se le aísla en habitaciones insonorizadas, sin luz natural y sin acceso a lectura u otro entretenimiento.  En prisiones de alta seguridad para criminales peligrosos, un interno que esté amenazado por otros reclusos y cuya vida peligra prefiere arriesgarse a perderla que vivir aislado del resto de los reclusos en alguna celda protegida.

Yo me estoy aislando socialmente durante cuatro horas al día. Soy mi torturador. No puedo charlar con nadie ni  obtener ilusión de compañía a través de redes sociales o correo electrónico o conferencias en línea. Estoy en un recinto perteneciente a E2, pero he decidido deliberadamente recluirme en E1, es decir, en mi mente y sus productos. Todo contacto con el mundo exterior, ya sea en E2 o en E3, está vedado.

Cuando no soporto la procesión de imágenes mentales y frases azarosas que me bombardean, miro fuera y   me siento como el niño mirando la pecera contemplando el trasiego: la gente entra y sale, piden un café o un pastel, intercambian palabras guionizadas y siguen con sus vidas.

No es que este aislamiento me resulte  difícil.  Cuando estaba en la universidad siempre me sentaba en la primera fila, no hablaba con nadie y mi interacción social se limitaba a no intentar colisionar con objetos en movimiento en los pasillos. A veces, les miraba a los ojos para adivinar sus intenciones, pero la mayor parte del tiempo seguía con mis asuntos y mis círculos sociales de siempre. Por supuesto, con el tiempo, y debido a las demandas reproductivas tuve que aprender a relacionarme con el otro sexo y trabajar en equipo, pero mi tendencia primaria se ha mantenido.

Para mí, lo verdaderamente difícil es el aislamiento informacional, no tanto el social. De repente, es como si las luces se apagaran y mi mente se rebelara ante la oscuridad. No hay nada ahí de lo que ocuparse, tampoco tengo que resolver ningún problema matemático o técnico. Tampoco tengo que ingeniármelas para conseguir la colaboración de otro ser humano o hacer esfuerzos por comprender algún documento complejo. No hay recados, no hay tareas en mi lista de cosas de hacer que tachar, no hay mensajes que espera, noticias que leer o escuchar. Es como si estuviera en una celda de 2×3  metros cuadrados con paredes de cemento y  sin ventanas en el corredor de la muerte esperando el indulto del gobernador del estado.

En los años 50, el doctor John Lily  inventó la cámara de aislamiento sensorial para estudiar los efectos de la eliminación de los inputs sensoriales y comprobar la hipótesis sobre el origen de la energía mental: se suponía que sin estímulos externos el cerebro no tenía razón de ser y se sumiría en el sueño. La otra hipótesis era que el cerebro era su propia fuente de energía y que estaba generando continuamente simulaciones mentales, entre ellas el sentido del yo y la identidad; así fue: en vez de un estado mental amodorrado propiciado por la ausencia de estímulos, los sujetos se mantenían conscientes y comenzaban a generar su propia realidad,  era el cerebro el que empezaba a crear los estímulos y el sujeto experimentaba alucinaciones. A esto quizá ayudaba que el doctor Lily estudiara simultáneamente los efectos de agentes psicodélicos, principalmente el LSD.

Me imagino sumergido  dentro de una bañera cerrada insonorizada con agua salada a la temperatura del cuerpo.  Gracias a una solución de sales de epsom, que aumenta la densidad del líquido, mi cuerpo  flota sin hundirse. En esta cámara no entra ruido, llevo tapones para que no entré agua en los oídos. La sensación es placentera, como si estuviera en el útero materno flotando en líquido amniótico, no hay fricción y el fragor del mundo me llega  como un sordo eco que se desvanece.

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5 pensamientos en “11

  1. Iñaki

    Interesante práctica y muy sencilla de realizar.
    Pero no me veo 4 horas diarias, es mucho tiempo

    Responder
  2. Pingback: 21 | Homo Mínimus

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