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Llevo más de una  semana sentado cuatro horas al día  sin hacer nada delante de una pantalla en blanco. Ayer terminé escribiendo  quince veces «Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido»: es la frase que teclea una y otra vez Jack Nicholson en su máquina de escribir en la película El resplandor antes de perder definitivamente la cordura y derribar a hachazos la puerta del baño del hotel en las montañas en el que están aislados por la nieve él y su familia.

En un retiro de meditación en las montañas  podría encontrar la iluminación. En un establecimiento de una gran cadena de cafeterías para bohemios con dinero, solo voy a encontrar café a doble de precio y el tedio de ver las mismas caras día tras día.

Un filósofo y matemático francés  dijo  —lo leí en algún lugar—  que todas las miserias  del hombre derivan  de no ser capaz de sentarse solo en una habitación tranquila. Nada te pone frente al espejo como no hacer nada. Pero qué pocas ocasiones tenemos de no hacer nada. Las mismas vacaciones son espacios que llenamos de acción para no sentirnos vacíos, no hay nada vacante en las vacaciones, nos sentimos impelidos a divertirnos y embutir la máxima cantidad de felicidad en los días que nos conceden.

Llego a casa tras un día de trabajo y pongo la televisión o enciendo la radio o escucho música. Estoy en la parada de autobús y consulto el correo o juego a algún juego que liquide el tiempo de espera. Ya no hay tiempos muertos para la atención. Antes podía aburrirme en las rendijas del día, todavía había ranuras por los que se escurría el tedio. Ahora, la publicidad y  el entretenimiento,  mediados por entornos digitales ubicuos, se encargan de evitar que nos quede una pulgada de tiempo libre de interrupciones y flujos de entrada de información.

Recuerdo que hace unos pocos años lo vi venir: estaba en un restaurante  y mataba el tiempo observando a mi alrededor. Captó mi atención una familia de cuatro miembros: padre, madre, niño y niña. En la más de una hora que estuvieron allí no les vi cruzar palabra. El padre aporreaba el portátil, la madre y la hija no levantaban la mirada de sus respectivos teléfonos inteligentes, el hijo jugaba a un videojuego en su consola. Solo intercambiaron algunas palabras al recibir los platos del camarero y cuando la madre preguntó a su hijo cómo usar una determinada función de su teléfono; entonces, el niño, visiblemente fastidiado, le mostró cómo hacerlo y volvió rápidamente a su pantalla.

Levanto la cabeza de la pantalla de mi portátil. Veo a una joven madre sentada en un sofá de un extremo de la sala amamantando a su bebé, podría ser una tierna escena si no fuera porque lo hace sin mirarle: está consultando la línea de mensajes de  su teléfono inteligente mientras el bebé succiona; es un uso más eficiente de su tiempo o una forma de hacer más llevadera la maternidad. Antes, comíamos con los ojos los platos que nos presentaban; ahora, nos apresuramos a subir la imagen de la comida exótica a un lugar virtual en el que la gente comparte fotografías. ¿Llegará el día en que los bebés  suban a una red social para infantes el pecho del que están a punto de beber?

En el pasado, la gente solía rescatar argumentos o datos de su memoria para dirimir dudas, ahora todos nos apresuramos a sacar el móvil para buscar el dato. El encorbatado de gesto dinámico de mi derecha  mata su escaso tiempo de la comida jugando a Angry Birds  mientras traga un sándwich. Bill Murray, el protagonista de El día de la marmota, escribió una vez: «Mi teléfono tiene dos millones de veces la memoria de la nave espacial Apolo 11 en 1969. Ellos fueron a la luna. Yo lanzo pájaros con tirachinas  a casas de cerdos».

Mi mente es el campo de batalla de cualquier persona u organización que puede beneficiarse de mi atención. Hay una lucha constante por cuota de mercado que se traduce en cuota de mente en cada una de las cabezas de los potenciales consumidores. Obtienen mi atención y  aumenta la probabilidad de que obtengan mi dinero, mi voto o más tiempo de atención. Siempre ha sido así, los primates pugnan por la atención de los primates, es la moneda de la comunicación humana y la sustancia de nuestro éxito y autoestima. La novedad es que ahora la competencia se ha intensificado y cada vez hay menos espacios físicos y mentales que no estén colonizados por reclamos atencionales. Cada vez son mejores absorbiendo nuestra energía psíquica, primero nos dan lo que nos atrae —novedad, atención de otros primates,la promesa de quebrar el tedio— y después venden esa atención  para que otros nos vendan algo.

Los ingenuos partidarios del libre mercado dicen que la gente es muy libre de no consumir o usar lo que no le produce satisfacción, que a pesar de las tentaciones somos seres libres con voluntad capaces de decir sí o decir no, y que cada individuo es el mejor juez de sus necesidades y deseos. Pero este argumento falla escandalosamente si imagino y constato que por cada instante de conciencia y por cada intento de dosificar mi exposición a las redes, hay decenas de miles de personas —algunas de las más inteligentes, ambiciosas y motivadas del planeta— en Silicon Valley y otros lugares trabajando catorce horas al día para subvertir mis fugaces intentos de autorregularme y perseguir mis mejores intereses.

Hay gente que viaja a Vietnam o las faldas del Himalaya para encontrarse. Yo estoy internándome en junglas de  recuerdos y observaciones cotidianas parándome cuatro  horas al día y permitiéndome no hacer nada. Es quizá por eso que él me sugirió que pasara unos cuantos días, todos los que necesitara, sin hacer nada. Quizá haya que parar para avanzar, quizá no es cierto que haya que seguir corriendo para no quedarse atrás.

Si repaso mi biografía me doy cuenta de que nunca he estado sin hacer nada. Siempre me he lanzado en estampida detrás de aquello que brillara y llenara mis días . Siempre he creído que si quieres algo hay que ir a buscarlo.  Nunca se me había ocurrido  que las cosas llegaran sin ir a buscarlas. Somos criaturas obsesivas-compulsivas que transitan espasmódicamente por el tiempo. «Quien espera, desespera», era mi hiperproductivo grito de guerra, pero quizá solo puede crear algo  el que se detiene, calla y adormece, quizá solo en esa mente sin estímulos se produzcan ideas como relámpagos capaces de encender algún nuevo fuego.

Es lo mismo que me ocurría en el colegio y la universidad, si no entendía algo hacía lo posible por entenderlo enseguida: fruncía el ceño y me volcaba en comprenderlo con el afán de pasar rápidamente al siguiente desafío. Si no lo conseguía casi inmediatamente, decidía que no era importante y no perdía el tiempo. Siempre he sabido que hay que ser paciente, aunque no fuera la mayor de mis virtudes, pero nunca se me había ocurrido que para conseguir algo me bastaría sentarme y esperar.

La felicidad, el éxito, la revelación, son  como una manta demasiado pequeña que siempre deja alguna parte sin cubrir. Pasa como con el sueño en una noche de insomnio: cuanto más lo perseguimos, más nos elude.

Tecleo en la pantalla unas cuantas preguntas: ¿qué quiero? ¿A dónde voy? Si solo pudiera hacer una cosa en lo que me queda de vida, ¿qué sería? ¿qué no puede esperar?

Miro las respuestas y ninguna de ellas me parece digna de mí. Ni suficientemente grande, o bella, por no hablar de justa. Nada me parece verdadero. Quiero muchas cosas que quiere la gente a mi alrededor: un coche más grande, unas vacaciones en Praga, una mujer a mi lado y diez pidiendo turno, descansar y dejar de trabajar en un trabajo que odio, parar y bajarme de la noria, retozar en la hierba fresca una mañana de mayo, ser el tipo más ocurrente de la fiesta, el profesor Keating subido a una mesa  arengando a mis alumnos del club de los poetas muertos, ser admirado por la gente, tener un millón o diez en la cuenta corriente, ser invisible y fisgar en los probadores de señora, un ladrón de guante blanco, tener el control absoluto de mis horas.

Espero que haya algo que haga clic. Por el momento, mis querencias son un enjambre de abejas.

Escribo de cuando en cuando alguna observación al azar en la pantalla.

Tengo ganas de levantarme y largarme.

De repente, todo me parece fútil.

Me canso.

Me vengo abajo.

Me calmo.

Ya me ha pasado varias veces los últimos días: siento ganas de dejar la exploración y volver a mis tareas de siempre. Esto es la anti-productividad. ¿Qué estoy sacando en claro de pasar las horas muertas en un recinto público sin hacer nada? Debí haber pedido más detalles. Tenía que haber cuestionado la imposición  de no hacer nada durante tanto tiempo. No supuse que fuera tan difícil. El segundo día tuve que instalar un programa de bloqueo de internet y redes sociales; ahora, si quiero consultar el correo  tengo que reiniciar el computador. Lo hice un par de veces: consultaba el correo o miraba mensajes personales, pero volvía a desconectar el sistema a los pocos minutos. Entonces, volvían a arremeter las ganas de entretenerme, pero el fastidio de tener que reiniciar  me empezó a disuadir. Tras unos pocos días soy capaz de sumergirme en mis pensamientos durante horas sin ceder al ansia de estimulación. Esto es lo que he conseguido en los últimos días; esto y emborronar algunos folios en papel con palabras tomadas al azar y con flechas que las conectan. He hecho alguna caricatura para matar el tiempo. He estrellado mis pensamientos contra la nada.

Con todo, he dado un paso, estoy logrando vencer el deseo de salir en estampida hacia algo más inmersivo: una conversación  con un ser de carne y hueso, un espectáculo, un libro, una pantalla. En la proverbial habitación propia, me estoy acostumbrando al desfile de ideas y emociones que surgen cuando estoy solo. Los fantasmas aparecen, sí, pero cuando los miro de frente no soy el primero en pestañear.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

Solo trabajo y nada de juego hacen de Jack un niño aburrido.

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11 pensamientos en “21

  1. Carlos

    Después de cosas flojas y un descanso, el
    Tuyo, necesario con el abandono de muchos proyectos quizá por saturación, comienzas un camino muy original, que muchos añoramos.
    Sigo con interés a donde te lleva este viaje, que me resulta muy inspirador.

    Que el buen viento te guíe

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  2. A. Hayworth

    Qué fácil es echarle la culpa al infame consumismo o a cualquier agente externo en lugar de a la propia debilidad de carácter. En el fondo sabes que eres tú el que se está vendiendo. Ejercita tu voluntad, pero también tu libertad. Me da la impresión de que estás en un momento muy Siddharta.

    Si todavía sigues creyendo que el malvado Silicon Valley te manipula, puedes pedirle a alguien que te espíe con tu consentimiento y desentrañar los misterios del libre albedrío. Como los detectives existenciales de “I heart Huckabees”.

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  3. Anca Balaj

    Pues lamento decirte que, para profundizar, cuatro horas son pocas. Para contestar bien a las preguntas que expones aquí necesitas un retiro de dos años, completamente solo, sin nadie con quien conversar pasadas las cuatro horas de tu disciplina, en una cabaña en el bosque ( mejor si lo haces plantando alubias 😉
    Solo cuando pases mucho tiempo sin conversar con otro ser humano empezarás a conversar contigo mismo. No se trata de no tener alternativa sobre tu entretenimiento, sino de no tener alternativas sobre interlocutores, ni nueva información sobre la que practicar la cháchara vacía.
    Cuando hayas hablado contigo mismo de todos los temas que se te ocurren y no tengas nada más que decirte, solo entonces empezarás a conversar sobre lo importante: otra de las incapacidades mentales humanas (que también traen problemas) es la de estarse interiormente callado. Así que de algo habrá que hablar cuando se acaben los temas insignificantes.
    Tú (mejor que nadie) sabes que lo bueno se encuentra al otro lado del límite.

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    1. atreverseacambiar

      Vaya, sesiones de ombliguismo, mis prefes. 😉 Ná, ahora en serio, debería ser obligatorio para todo el mundo. Hay mucha gente literalmente acojonada de sí misma, de sus chungueces y de las chungueces del mundo. Llega un momento, con un poco de suerte para los demás, en las que uno reune el valor y la determinación y simplemente mira. Ya eso es un gran paso.

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  4. Anónimo

    Te leo, con placentera atención.
    Por cierto…
    Por qué el artículo lo titulas 21?
    Tiene algún significado extraordinario?
    Y qué opinas de la cabalah mística judía?
    Creo que la caerías muy bien.

    Responder
  5. Ángel Lorenzo

    “…Di por hecho lo que sabia hacer y desatendí mi vida.”…“..Cuando tengas miedo utiliza la espada, llévala hasta ti y desgarra tu mente. Destruye todos los miedos y temores, el resto vive en el pasado o en el futuro.”
    El guerrero pacífico, Dan Millman

    Por supuesto, seguiremos leyendo…

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  6. Flames

    Vas a estrellarte. Espero verlo desde aquí sentado comiendo unas palomitas. 😉

    Pero se te ve más libre.

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