Cuando eres joven (y además estúpido) todo lo ves a través de un prisma moral maniqueo: las víctimas, los malos, tú en el lado de los buenos o los iluminados, y la solución en que todos seamos buenos.
Si eres progresista o de simpatías socialistas dirás que todo es cuestión de educación (liberación de los relatos opresores, dirían unos; adoctrinamiento, dirían los del otro lado), cambiar el sistema y erradicar a los malos; si eres conservador o tradicionalista dirás que todo es cuestión de respetar las buenas costumbres y la moral, escuchar la voz de la conciencia y castigar o eliminar a los malos (justicia dirían algunos, venganza dirían los otros); si eres de un centro mediopensionista más o menos ciudadano querrás reprimir a los pillos y educar a partes iguales —porque en el aséptico medio está la virtud— y así eliminar el mal del mundo.
Pero si se trata de cambiar el mundo, ¿no sería posible que el campo de batalla más apropiado la mayor parte del tiempo no esté allí fuera y a lo lejos sino aquí dentro o en las inmediaciones?
Cuando siento ganas de culpar al sistema o a los mercados sin alma o a la falta de libertad individual, me gusta recordar la frase de Patricio Jake O’rourke: «Todos quieren salvar el mundo, pero nadie quiere ayudar a su madre a fregar los platos”.