Hace años un amigo me contó la anécdota de ir a un restaurante en Buenos Aires y preguntar sobre la calidad del asado. El camarero con ironía y desparpajo porteño le respondió que «fatal», que «no se podía comer». Es decir, que el camarero venía a decir: “qué te voy a decir yo, que trabajo aquí”. Era consciente de que su opinión estaba sesgada por su interés del negocio y su respuesta no tenía en principio demasiado valor.
Lo mismo ocurre con muchas de las opiniones que las élites intelectuales y socioeconómicas mantienen estos días: sus opiniones no son fiables y posiblemente están sesgadas por su propio interés de élite. Las élites han sido los “influencers” en todos los tiempos, son el faro que el resto de la sociedad sigue y sería ingenuo pensar que las opiniones o creencias que difunden no son beneficiosas para ellos o se mueven por un puro interés por la búsqueda de la verdad y el “bien común”.
En el caso de las élites tecnológicas, es claro: todos hemos oído historias de magnates digitales, tipo Steve Jobs, Bill Gates o Zuckerberg, que monitorizan el tiempo de pantallas de sus hijos y establecen rígidas restricciones. Por ejemplo, en Silicon Valley muchos de los tecnólogos llevan a sus hijos a escuelas tipo Waldorf o Montessori donde están prohibidas las pantallas y las herramientas principales son la pizarra y tiza tradicional, las manualidades, las actividades sensoriales en la naturaleza y el teatro.

Los gurús tecnológicos promocionan las bondades de sus tecnologías digitales a la vez que protegen a sus hijos y les imponen importantes restricciones [1]. Hablan de los beneficios pero obvian los inconvenientes y los costes, lo mismo que esperaríamos del propietario de un restaurante. La hipocresía, consciente o no, es evidente: se benefician y forjan su riqueza a través productos digitales mientras que protegen a los suyos de sus inconvenientes y peligros. Su creencia declarada, posiblemente errónea, sobre lo inevitable y beneficioso de la digitalización del mundo, no les afecta negativamente. Dado su comportamiento, es posible que solo crean en ella hasta un cierto punto: hasta el punto en que empieza a perjudicar a ellos y sus hijos, pero eso no les impide seguir pregonando las ventajas e inevitabilidad de la inmersión digital para los hijos de los demás.
La obsesión en Silicon Valley por alejar a los niños de la tecnología trasciende las paredes de las aulas. Cuando los chavales salen del colegio, se intenta que sigan sin tocar ni ver pantallas. En las familias de los altos ejecutivos de las empresas tecnológicas del valle se está generalizando la práctica de exigir a las niñeras que firmen “contratos sin móvil”.
“Yo he trabajado en casas en las que tenía que dejar el móvil en la garita de seguridad cada vez que entraba”, explica Janie Martinez, que lleva 15 años como niñera en la zona. “No podía mirar el teléfono en toda mi jornada de trabajo, y los niños no podían ver pantallas durante el tiempo que estaban conmigo. Es una locura”.
Martinez ha trabajado en familias de “perfil muy alto” del mundo de la tecnología, incluida la de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, asegura. Trabajos que, en los casos más extremos, pueden estar remunerados con hasta 100.000 dólares anuales. “Cuanto más alto ha sido el perfil de las familias, más preocupadas estaban por este tema”, cuenta. “No querían que sus hijos mirasen una pantalla y, por contrato, me impedían usar el teléfono. Eso me parece frustrante. Como cuidadoras, necesitamos el móvil para una emergencia. No solo para que nos localicen los padres de los niños, también para nuestras propias familias”.
El móvil de las niñeras prohibido por contrato.
En caso de incoherencia entre comportamiento y declaraciones verbales, el comportamiento es siempre más fiable.
Creencias de lujo
Hay un fenómeno relacionado con el anterior que pone de manifiesto esta instrumentalización de ciertas creencias por las élites para mantener y asegurar su posición: las creencias de lujo [2].
Las creencias de lujo, de acuerdo a Rob Andersson, son creencias que sirven a quien las profiere para aumentar su estatus e indicar su pertenencia a una élite intelectual o socioeconómica.
Asimismo, lo absurdo o erróneo o peligroso de muchas de ellas no se traduce en perjuicio para los que las expresan, bien por ser capaz de protegerse de sus efectos negativos o porque las ventajas de mantener esas creencias les compensan más que perjudican.
Las creencias de lujo son plumaje verbal ideológico que permite señalar valor personal y pertenencia a un grupo exclusivo.
Estas creencias tienen una función similar al plumaje del pavo real cuando lo despliega y exhibe ante las hembras de su especie. El plumaje del pavo es una señal de valor reproductivo que le permite atraer a sus congéneres.
Pavos reales y señalización del valor
Para que esta función de señalización sea eficaz, es necesario que sea difícilmente imitable o de otra manera perdería su capacidad de generar distinción. Los pavos reales de más vistosos plumajes incurren en un coste importante en movilidad y otras dificultades en la búsqueda de alimento; pero al incurrir en esos costes están transmitiendo el mensaje de que son tan sanos, fuertes y tienen tan buen potencial genético que pueden hacer frente a las desventajas del plumaje. Un pavo real de calidad genética más baja solo podrá tolerar un plumaje menos vistoso.
En las sociedades humanas, las exhibiciones de plumaje se realizan a través del estilo de vida, específicamente del consumo conspicuo o consumo de bienes posicionales[3] . Cuando consumimos bienes de lujo no solo tenemos la satisfacción hedónica del consumo, sino que además logramos señalar nuestra propiedad, capacidad económica y pertenencia a una élite moral o económica.
Posiblemente la diferencia hedónica entre unas vacaciones en el Caribe (al alcance de la clase media) y un safari en Kenya o unas vacaciones en Las Maldivas, no sea muy grande, pero sí el valor posicional o de estatus que confiere a quien las disfruta, y por eso los consumidores de bienes posicionales están dispuestos a pagar mucho más.
El sobreprecio que se paga sobre los bienes de consumo ordinario cuando compramos bienes de lujo es el plumaje del “Humano Real” que quiere resaltar y distinguirse del resto.
Los bienes de lujo, pues, tienen un coste que solo unos cuantos pueden pagar o están dispuestos a pagar, y ese coste es lo que convierte en eficaz y difícilmente imitable la señal que el consumidor de bienes de lujo pretende transmitir. Después de todo, una señal que todo el mundo pudiera imitar, con independencia de su posición en la sociedad y capacidad económica, dejaría de tener valor señalizador de la persona que lo consume.
Del plumaje del consumo de bienes de lujo al plumaje ideológico
Las élites culturales, económicas y políticas, generalmente de clase media alta o superior, ha dado con un medio más barato y a la vez más eficaz que el consumo de bienes lujo: la proferencia de creencias de lujo, aquellas creencias que señalan virtud, expresan una actitud vital y les señalan como vanguardia ideológica de la sociedad.
Varios ejemplos:
- “La familia tradicional de padre, madre y varios hijos está superada o debe superarse por opresiva o “patriarcal”.
- “La libertad individual y el deseo está por encima de cualquier otra consideración.”
- “No existe tal cosa como hombre o mujer, son constructos sociales, debemos hablar de “género asignado al nacer”. Cada uno es lo que siente o dice ser, sin necesidad de referencias objetivas “esencialistas”.
- “La inmigración favorece a los países. Cualquier tipo de inmigración. Ningún ser humano es ilegal, etc.”.
- «Cualquier tipo de familia, monoparental, biparental, con progenitores del mismo sexo, de distinto sexo, con hijos biológicos, con hijos adoptados, es válida e igualmente de eficaz a la hora de asegurar el bienestar de los hijos».
- “Pertenecer a una minoría “oprimida” te convierte en buena persona.”
- “Debemos renunciar a los viajes en automóvil o en avión para proteger al planeta”.
- “El estado-nación debe desaparecer o irse diluyendo en favor del cosmopolitismo y la disolución de las lealtades nacionales”, todo esto en favor de una vaporosa globalidad que acoja a todos los seres humanos.
Estas creencias, y muchas otras que sin mucho esfuerzo puedes recordar, tienen cierta historia, pero no han empezado a formar parte del plumaje verbal de las clases educadas occidentales muy recientemente, quizá cinco, diez o quince años.
Muchas de estas creencias de lujo son discutibles, extrañas o directamente absurdas. Pero es precisamente su extrañeza o aparente ridiculez lo que las hace aptas para convertirse en creencias de lujo y señalar distinción: hay creencias tan ridículas que solo una persona muy “educada” (posiblemente con másteres y doctorados en humanidades o ciencias sociales) o muy vanguardista y “concienciada socialmente” puede mantener, lo que hace que en principio ninguna persona de la calle puede aceptarlas o acogerlas intuitivamente e imitarlas sin sentir un fuerte rechazo interior.
Con el tiempo, como ocurre con las modas, creencias y ciertos comportamientos exóticos, el resto de la sociedad termina imitando las creencias y comportamientos de las clases dirigentes con lo que la ventaja como señalizadora de virtud o posición social disminuye; es en este momento cuando las élites buscan otras creencias de lujo, todavía mas extrañas y absurdas que las anteriores, que les permitan seguir distinguiéndose. Se da, por tanto, un efecto cascada o amplificación de la estupidez muy inquietante cuyos efectos llevamos años sufriendo los ciudadanos occidentales.
El extraño caso de de Ana Patricia Botín, la banquera víctima del sistema
Todavía recuerdo un tuit de hace dos años de Ana Patricia Botín, Presidenta de uno de los mayores bancos españoles, en el día de la mujer, cuando decía que ella había sufrido el prejuicio de su entorno cuando la llamaban “la niña”[4].
Hasta una persona nacida y criada entre algodones –con acceso a más oportunidades y recursos de las que cualquier ser humano normal puede siquiera soñar– es capaz de subirse al carro de la reivindicación, convertirse en víctima y abanderar la lucha por los derechos de colectivos “oprimidos”, en este caso, las mujeres.
Y este no es el único carro ideológico al que esta señora y su banco se suben: el cuidado del medio ambiente, la igualdad, la inclusividad y la diversidad están ya en sus declaraciones corporativas y publicidad.
Esto es muy típico de la clase universitaria educada, de los políticos y las élites empresariales: mantienen creencias que señalan o pretenden señalar virtud, que les colocan en la vanguardia del cambio social y que además son buenas para su cuenta de resultados personal, política o corporativa.
¿A quiénes benefician y perjudican las creencias de lujo?
Los bienes de lujo benefician a quienes los consumen, generando satisfacción hedónica y mejorando la posición social o estatus; perjudican indirectamente a los que no pueden acceder a ellos generando envidia y reduciendo su posición social.
Las creencias de lujo perjudican a los demás de una manera también indirecta pero distinta. Muchas de estas creencias de lujo son perjudiciales especialmente para los estratos socioeconómicos más bajos y peor educados de la sociedad, y casi inocuas para las élites, que, o bien están aisladas de sus consecuencias, o bien cuentan con los recursos suficientes para atenuar su influjo negativo, al menos en el corto plazo.
Un caso paradigmático: la defensa de las fronteras abiertas
La defensa de la inmigración y las fronteras abiertas es especialmente popular entre la gente acomodada, que se beneficia de mano de obra más barata (servicio doméstico a precio de saldo), salarios más bajos en ciertos trabajos (cualquier salario que pagues a un inmigrante del tercer mundo le parecerá bien); y entre los «iluminados», generalmente de izquierda y extrema izquierda, que se benefician de su buena conciencia (cosmopolitismo, multiculturalidad, humanismo) y señalan su superioridad moral. .
Ciertamente, hay desventajas en la entrada no controlada de inmigrantes a un país, pero a los que suelen estar a favor de las fronteras abiertas les afectan menos: suelen vivir en barrios o urbanizaciones donde los inmigrantes no se pueden permitir vivir; en los colegios privados a los que envían a sus hijos, no hay inmigrantes; tienen seguros médicos privados y no sufren la saturación de la sanidad pública; los únicos inmigrantes con los que suelen interaccionar en su día a día son el jardinero o el servicio doméstico, y en sus urbanizaciones de lujo hay servicios de seguridad que les mantienen protegidos.
Por otra parte, no tienen que competir en el mercado laboral con extranjeros de bajo nivel educativo llegados en patera y que nunca llegarán a ser profesores universitarios, funcionarios de grupo A, políticos o ejecutivos en multinacionales. Como mucho, llegarán a convivir con una cuota para gente “racializada” o de colectivos minoritarios parte de una campaña de marketing empresarial o político que señale —una vez más— su compromiso y responsabilidad social corporativa o institucional.
Compárese esto con el caso de la población nacional en barrios más humildes: sus hijos tienen que acudir a escuelas públicas donde su educación se resiente por problemas de comportamiento de jóvenes poco integrados, por su bajo nivel cultural o incluso por el desconocimiento del español; cuando acuden a la sanidad pública la encuentran atestada y con recursos insuficientes para la demanda existente; tienen que competir en el mercado laboral por los puestos menos remunerados, y en su acceso a las ayudas públicas (vivienda, educación, etc.) quedan relegados por los extranjeros, generalmente con igual o menor nivel económico que ellos y familias más grandes; también son los nacionales de menor nivel socioeconómico los que resultan perjudicados por la inseguridad en los barrios, el aumento de la criminalidad y el encarecimiento de los alquileres resultado del influjo de masas de población que no se puede asimilar ni culturalmente ni con la construcción de vivienda.
En resumen, las creencias de lujo expresadas y fomentadas por ejecutivos, profesores universitarios, funcionarios, políticos de alto nivel y otra gente de mal vivir, son creencias cuyos frutos disfrutan especialmente ellos —al expresarlas y promoverlas— pero cuya factura es pagada por otros, generalmente sus compatriotas de menor nivel económico y educativo.
Referencias
- [1]Los gurús digitales crían a sus hijos sin pantallas. El país.com
- [2]Las élites y las (nuevas) creencias de lujo. Ethic.
- [3] Bienes posicionales. Artículo en Homo Mínimus.
- [4] El tuit de Ana Botín por el 8M: «Me llamaban ‘la niña’ en una empresa en la que todos eran hombres». Vox Populi

