Un hombre se define por su capacidad de prometer.
—Friedrich Nietzsche
Este es otro de los superpoderes que debería estar en la panoplia de todo habitólogo y gladiador del cambio.
Cuando pensamos en las promesas, casi siempre pensamos en las promesas que los demás nos hacen (y que con cierta frecuencia incumplen) o en las promesas que hacemos a otros (que solo incumplimos por buenas razones y cuando no queda más remedio).
La promesa está en la base de la coordinación social. Si no hubiera promesas o —si habiéndolas— las personas no pudiéramos ajustar nuestro comportamiento a ellas, no podría haber intercambios comerciales y las relaciones humanas en general, no solo las comerciales, serían mucho más accidentadas o simplemente imposibles.

La necesidad de preservar una buena reputación y que nos vean como personas fiables, así como el deseo de evitar el rechazo y posibles represalias derivadas de no cumplir las promesas, nos mantiene habitualmente en el camino prometido.
La promesa permite aumentar la certidumbre de las acciones propias y ajenas y hace más practicable la navegación en sociedad. Engrasa el engranaje social. Facilita el intercambio no simultáneo en el que una parte paga algo o entrega un bien o servicio ahora y la otra se com-promete en el futuro a retribuir lo recibido mediante precio u otro bien o servicio. Permite reducir el caos y coordinarnos alrededor de proyectos conjuntos.
Empeñamos la palabra y luego nos empeñamos en convertirla en acción coherente. Un hombre que es capaz de prometer y hacer honor a sus promesas es un “hombre de palabra”. Es un componente esencial del carácter.
Prometer a otros no es suficiente
En el artículo Trabajadores autoprogramables vimos que gran parte de la regulación de nuestra conducta proviene de las organizaciones o grupos humanos a los que pertenecemos, sobre todo empresas, que son una excelente tecnología de motivación y coordinación social.
En la economía del conocimiento, cada vez necesitamos más dirigir nuestro propio trabajo y tomar decisiones y hacer trabajo creativo; en la dirección de nuestra vida en sentido amplio no podemos contar con los mecanismos de las organizaciones tradicionales: una empresa no te va a ayudar a buscar el equilibrio trabajo-vida personal, no te va a poner a dieta , no va dedicar muchos recursos a mejorar tus hábitos de organización personal, ni por supuesto ayudarte a descubrir intereses o aficiones que expandan tus horizontes.
Si quiero autorregularme necesito expandir el superpoder de la promesa y aplicarlo también a las promesas que me hago a mí mismo: si en la planificación de la semana digo que voy a hacer A, B y C, tengo que otorgar a esta promesa el rango de contrato con la persona a la que menos quiero decepcionar en este mundo: yo mismo. Si no estoy seguro de poder hacer honor a mi palabra, no planifico que voy a hacer A o B, no me prometo nada.

Si no soy capaz de prever mi propio comportamiento estoy añadiendo más incertidumbre al mundo: no solo dependo de sucesos incontrolables o de las acciones de otras personas, sino que también estoy a merced del viento emocional que sople en mi mente en cada momento. En tal situación la planificación es una simple danza de la lluvia, un rito supersticioso; el modo creativo de estar en el mundo no es factible y nos sumimos en un comportamiento reactivo, como de rata de Skinner, a merced de los estímulos internos y externos.
Un hombre se define por su capacidad de prometer-se.
Superpoder: hacer promesas a uno mismo y cumplirlas.