El problema de ir demasiado deprisa es que no ves bien el paisaje. No es lo mismo un viaje en carruaje que uno en el AVE, aunque la ruta sea la misma. Lo mismo pasa con la vida, si corres demasiado, no te enteras de los lugares por los que has pasado, porque antes de que lo percibas ya estás en otro lugar con otras emociones.
La misión de esta semana fue practicar la lentitud deliberada. La lentitud no es un plato de gusto. Menos de gusto incluso que el no plato de nuestra próxima misión. La lentitud es un gusto adquirido.
Al menos una vez cada día recordé y practiqué la reducción del ritmo. Aunque fuera una tramo de escalera o diez metros en mi paseo diario. La siguiente expresión ha estado en mi cabeza muchos días: “mente apresurada”. Mente apresurada.
Vísteme despacio que tengo prisa
Nuria, de Casa Tía Julia , nos proporciona en su blog una receta contra la prisa en boca de Carmen Martín Gaite.
[…] “Vísteme despacio, que voy deprisa”, dice un refrán español. Lo cual no quiere decir: “deja de vestirme: mándalo todo al diablo, porque al fin ya no llego a tiempo”. Sino todo lo contrario: “vísteme con atención, haciendo bien lo que haces, y no pienses en si vamos a llegar a tiempo o no”. Parece una paradoja aconsejar reposo, serenidad dentro de la misma prisa, y, sin embargo, es la única forma de darle batalla, la única solución. Y es posible aunque sea difícil.
O este otro:
[…] Se trata esencialmente de liberar nuestro pensamiento de la confusión que la prisa produce. Se puede dejar que la prisa invada nuestras piernas, nuestros brazos: que alcance a todos los miembros eficaces para servirla. En cambio, hay que poner a salvo nuestra mente, en cuyo terreno hace la prisa sus verdaderos y más lamentables perjuicios, ya que puede llegar a sustituir al pensamiento. Cuanta más prisa tenemos, menos nos damos cuenta de por qué la tenemos.
En el artículo, Recetas contra la prisa de Nuria podéis leer el fragmento entero.
Dice anónimo en los comentarios:
[…] En un entorno urbano habrán ritmos lentos y rápidos, al igual que en un entorno rural y, puede darse, que el ritmo urbano “lento” se corresponda con el “rápido” rural. Para mí, la dicotomía es: estresado /no estresado. O sea, que puedes mantener un ritmo “rápido” con toda la tranquilidad del mundo. ¿Os parece paradójico?
Creo que el apresuramiento es un fenómeno mental más que físico, pero intuyo que en la mayoría de nosotros la rapidez en el movimiento físico va unido al de la mente.
Eduardo Laporte, en su blog El náufrago digital se hace eco en un artículo esta semana de esta-nuestra-de todos-necesidad de ir más despacio y lo relaciona con sus próximos proyectos creativos:
[…Iré más lento en mis próximos proyectos. Y la perspectiva me alegra, porque intuyo que los resultados pueden ser interesantes y porque al dilatar la permanencia en el proyecto se dilata también la sensación, balsámica, solemne, quijotesca, de estar en el mundo por algo, para algo.
¿Cómo parece el mundo cuando ralentizamos la mirada? (gracias, Antonio)