La honestidad como la economía del ser

Hablar del ser y de economía puede parecer cuando menos una salida de tono. No lo es. ¿Te has parado a pensar cuánto simplificarías tu vida si un día decidieras ser honesto contigo mismo y los demás? Sería duro, seguro; pero imagina la energía y tiempo que ahorrarías.

Truth hurts

La verdad duele

Honesto con los demás

Se acabaron las mentiras, las medias verdades, los encubrimientos y la gestión interesada de la información. Política de transparencia, glasnot del ser, apertura de ventanas hacia el interior. No necesitarías dedicar esfuerzo a la gestión de la imagen personal, no más allá de un mínimo.

Sé un hombre de una pieza

Tu comportamiento, tus palabras y tu pensamiento serían congruentes. Gran parte de los juegos con la verdad acabarían. Tendrías que seguir persuadiendo a la gente, porque eres un animal social que necesita intercambiar y obtener cosas de otros seres humanos, pero lo harías desde una posición de transparencia sobre tus intenciones y tus acciones. Tus promesas tendrían mucho más valor del que ahora tienen, la gente sabría que esperar de ti, te convertirías en un hombre o mujer de carácter.

La gente te percibiría como una persona íntegra. La integridad es una cualidad esencial e imprescindible para el liderazgo de calidad y los negocios, y para las relaciones humanas en general. No estarías impostando integridad, serías lo más cercano a la integridad que le es factible a un ser humano.

Quizá, en una primera fase de choque, romperías muchos esquemas, es posible que la primera víctima de tu recién estrenada honestidad 2.0 fueran las relaciones con muchas personas cercanas, quizá pondrías fin a amistades de años. Decir lo que piensas, destapar tus sentimientos verdaderos, ser consecuente con ellos, perturbaría a mucha gente.  Se te vería como alguien extraño, sin duda distinto, quizá peligroso.

Pero después de esta primera terapia de choque, con los amigos y relaciones que quedaran empezarías a vivir unas relaciones más genuinas, más profundas y más reales. Una vez que el velo de la duda, las medias verdades, las medias mentiras, hubiera sido corrido, liberarías   recursos mentales, unidades permanentes de atención en la memoria. Ya no tendrías que mantener en mente lo que has dicho y a quién se lo has dicho. Siempre dirías lo que crees que es verdad y no necesitarías diversas versiones de la misma verdad o de la misma mentira. Las relaciones serían más sencillas, y quizá con tu nuevo comportamiento estrenado animarías a que los demás fueran también más honestos contigo, más transparentes, más cercanos y menos cautos.

Honestos  con nosotros mismos

Siendo difícil lo anterior, es todavía más difícil el ser transparente con uno mismo. Estamos llenos de puntos ciegos. Puesto que tenemos más información sobre nuestras emociones, acciones pasadas, intenciones, etc., somos capaces de crear teorías más ricas y rocambolescas sobre nuestras vidas.

Desprecio

Micro-señales de desprecio

La insinceridad transpira

Los demás siempre pueden inferir de tu conducta tus verdaderas intenciones, tus deseos, tus valores, lo que pueden esperar o no esperar de ti. Ellos tienen mecanismos de defensa contra la falta de honestidad y te perciben más desapasionadamente. Quienes no tienen acceso a tu interior tienen una visión menos distorsionada de tu conducta y tu personalidad que la que tú tienes de ti. Ya vimos en la ciencia de la fisgonología que con muy pocos datos se puede obtener mucha información sobre una persona. Y que muchas veces menos es más.

Pero tú estás en general inerme contra tus contradicciones. Tú racionalizas tus acciones inventando extrañas teorías que te justifican ante el tribunal de ti mismo. La gente explica lo que haces según motivaciones simples. Y muchas veces acierta.

Tú distorsionas la verdad de tus intenciones, emociones y acciones hasta crear una historia verosímil y confortante.

El fenómeno de la disonancia cognitiva hace que estemos continuamente intentando  reducir la distancia entre acciones, emociones  y creencias. Siempre creemos que somos más coherentes y congruentes de lo que realmente somos. Es seguro que tenemos una imagen distorsionada de nosotros. Es muy difícil acceder a los procesos mentales, no siempre es fácil comprobar si nuestras acciones son coherentes con nuestros valores. Nuestros valores en uso o valores en acción no coinciden plenamente con nuestros valores pensados.

La honestidad en acción

Dejemos de actuar para el público. Hay tantos públicos… pero solo hay un yo, aunque haya distintos roles que adoptemos para actuar en distintas situaciones. Podemos diversificar la identidad, y eso está bien, pero hemos de integrar nuestros roles, so pena de convertirnos en un manojo de adaptaciones al entorno.

No podemos cambiar el público, pero sí podemos cambiar de público.

Esa integración de los roles puede llamarse identidad; o, dicho de un modo menos abstracto, la forma de ser, de sentir y pensar con la que nos sentimos más a gusto. Dejemos de actuar, juntémonos con los que son como nosotros y con los que no son como nosotros, pero siempre con los que nos sintamos a gusto y no nos obliguen a pasar el día fingiendo.

En vez de cambiar nuestro ropaje psicológico en función del público, busquemos un público que se encuentre a gusto con nuestra desnudez o con nuestros vestidos psicológicos de confección casera. No podemos cambiar el público, pero sí podemos cambiar de público.

Al final de todo, la gente que nos rodea nos lo agradecerá y nosotros nos lo agradeceremos.