Visión con anteojeras sociales

Durante la mayor parte de la historia evolutiva del hombre, hemos vivido en pequeños grupos  de cazadores-recolectores y, desde hace unos doce mil años, en pequeñas comunidades agrarias alejadas unas de otras. Los núcleos urbanos solo se han convertido en el entorno cotidiano  para la mayoría de la población mundial en el último siglo.

En un paseo de una hora por una gran ciudad veremos más caras desconocidas de las que una persona en la Edad Media o una persona en un pequeño pueblo de hace cien años vería en toda su vida.  No solo estamos hiperconectados a través de los medios digitales, sino que también estamos hiper-rodeados de personas durante nuestro trabajo, nuestro ocio y descanso (playas atestadas, bares repletos de gente, restaurantes con largas colas) y nuestros paseos por la ciudad.

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Crowd in Times Square, por Victor Jolyot en flickr: https://flic.kr/p/9jBUXe

Las personas que vienen de pueblos  e incluso de pequeñas capitales de provincia no pueden dejar de sentirse abrumadas cada vez que ponen sus pies en una gran ciudad.  Ya he relatado en este blog mi sensación de entrar en un frenético hormiguero cuando hace años llegaba de una ciudad relativamente pequeña a una gran capital. Me sentía acelerado casi automáticamente y me contagiaba en segundos del ritmo  de las personas a mi alrededor.

El control de los estímulos informacionales es un asunto recurrente en el minimalismo existencial. Somos seres informívoros, nos alimentamos de información en las más variadas formas.

 En una economía de lo intangible (o de los servicios) dominada cada vez más por el conocimiento y la capacidad de aprender,  la habilidad de controlar la dieta de información es tan importante o más que controlar nuestra dieta alimenticia.  De la misma forma que un entorno rico en comida fácilmente disponible  amenaza nuestra salud física, un entorno rico en impactos informacionales,  además de crear escasez en la atención, crea dificultades para nuestra salud psíquica y bienestar emocional.

Si tienes un espíritu inquieto y una personalidad vigilante, alerta a los cambios en el entorno, especialmente los sociales (si eres un hombre o un primate con la habilidad de leer blogs), estarás muy afectado por las personas que aparezcan y desaparezcan de tu campo visual. Consideramos cualquier novedad como una fuente de amenaza o de oportunidad.

Antes, siempre me sentía casi obligado a estar pendiente de cualquier forma humana, especialmente femenina, que apareciera en mi campo visual.  Ahora me doy cuenta de que la mayoría de las personas no son amenazas y que, aunque sean oportunidades, pueden anegar mi memoria a corto plazo,  mi capacidad contemplativa y calma.

Las diferencias individuales respecto al nivel de estimulación social-visual son acusadas: algunos  parecen necesitar ese estímulo social constante y otros se cansan rápidamente del ajetreo, pero todos necesitamos espacios de descanso para recargar nuestras baterías y tener algún tiempo para la reflexión o la simple contemplación.

Los paseos por parques o por entornos naturales son especialmente restauradores de la calma y de nuestra capacidad de atención y por eso los he insertado dentro de mi rutina itinerante de trabajo-descanso.

Anteojeras sociales

Hoy traigo a colación una técnica que he desarrollado de manera intuitiva a lo largo de los años para lidiar con la sobreexposición a los estímulos humanos: las anteojeras sociales. Aunque solo en las últimas semanas he empezado a usarla sistemáticamente.

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Horse Blinkers, por Alex Proimos en flickr: https://flic.kr/p/7sJVxM

Anteojeras. ¿Qué quiero decir con anteojeras? ¿Las de un burro? ¿Quizá algo parecido al velo islámico? ¿Quizá un pequeño casco que me aisle del mundo? ¿Unas gafas google que solo me permitan mirar hacia delante y oscurezcan los estímulos visuales periféricos?

No. Tecnología simple. En vez de mirar a todos lados cuando voy por la calle, observando la diversidad de gentes y personas, cada una fuente de estímulos interesantes, pero también potencialmente agotadores, intento no cruzar la mirada con la gente y mirar hacia delante.

Así preservo el recurso escaso de mi atención y mi calma. Intento dirigir mi mirada hacia los objetos más que hacia los sujetos, y evito,  sobre todo, cruzar la mirada, que para los homínidos tiene una fuerza de atracción casi hipnótica. Los ojos son el espejo del alma y de las intenciones y por eso es la primera variable de observación que tenemos en cuenta cuando interaccionamos con otros seres humanos.

Si estoy en un parque, dirijo mi mirada hacia plantas y árboles, la hierba o los patos en el estanque (sí, está permitido cruzar la mirada con un pato); cuando estoy en un entorno más de cemento, busco los árboles (en mi ciudad afortunadamente hay muchos árboles), y si no los encuentro, miro al cielo, sus tonalidades azules y las caprichosas formas de las nubes.

Las nubes. ¿Te puedes creer que hasta hace pocas semanas no había tenido consciencia de la diversidad de las nubes ni de las distintas tonalidades del cielo a lo largo del día? Por supuesto, intelectualmente sí que era consciente de ello, pero creo que nunca me había parado a contemplar cinco minutos seguidos el cielo ni me había quedado casi extasiado con él. Quizá sí en algún parque natural, en la montaña, pero nunca en la ciudad. En la ciudad sigue habiendo cielo, por rara que parezca esta afirmación.  Creo que he podido pasarme días y semanas sin mirar al cielo, y durante todo ese tiempo el cielo seguía  ahí arriba. ¿No es extraño?

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Angel Cloud, por Richard Raymond en flickr: https://flic.kr/p/ehyhPC

Objeciones y refutaciones

Al principio, puede parecer antinatural, complicado y es posible que experimentes aversión. ¿Por qué dejar de mirar a la gente por la calle? ¿En qué voy a emplear el tiempo? ¿Y si me tropiezo con la gente por no mirarla? ¿Voy a convertirme en un autista? ¿Pareceré un sabio distraído? ¿Un loco? ¿Un loco peligroso de dientes sudorosos?

Míralo así: la visión con anteojeras es una herramienta  mental más, como  la meditación, la lista de cosas que hacer o el pomodoro. Nos permite tomar el control de nuestra fuerza atencional y su dirección. Todo nuestro Curso de atención plena está dirigido a tomar las riendas de la atención; esto es, de nuestros productos  mentales;  esto es, del material del que está hecha nuestra vida.

En la meditación de atención plena y las mini-meditaciones o pequeñas meditaciones informales a lo largo del día, te haces consciente en tiempo real de los productos de tu conciencia.  Puedes estar atento a todo simultáneamente  o decidir enfocarte en un solo canal: pensamientos o emociones o el ritmo de la respiración o  sonidos u olores o sensaciones  propioceptivas.

Canoa

Puedes considerar la visión con anteojeras mentales  como una modalidad de la atención plena en la que te centras en objetos de tu campo visual y filtras las personas. Es como una bomba de neutrones que elimina a las personas pero deja en pie edificios y otros objetos inertes.

En vez de estar sentado en tu cojín de meditación Zen, estás andando, navegando como un viejo chamán en el río de asfalto y te conduces con su misma calma y concentración; el chamán  se enfoca en sus manos asiendo firmemente los remos y la  corriente del río; nosotros nos hacemos conscientes de las plantas de nuestros pies, el espacio vacío enfrente de nosotros y el mobiliario urbano;  cuando nos detenemos en un semáforo, elevamos la mirada y contemplamos el cielo.

8 pensamientos en “Visión con anteojeras sociales

  1. Rebeca Ramírez Hernández

    Hola. Me parece un poco extraña la propuesta, pues yo he estado haciendo lo contrario. He notado cómo al caminar por las calles las personas evitan mirar a los ojos; o van mirando al suelo, la acera, la calzada… o van mirando al frente con la mirada perdida y, pareciera, miles de pensamientos en sus cabezas. De vez en cuando me dedico a dirigir la mirada a las personas y esbozar una pequeña sonrisa, cuando me miran también 🙂

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    1. Homo Minimus Autor de la entrada

      Más que una propuesta, es una herramienta de control de la atención.
      Mirar a la gente está bien, pero cuando vives rodeado de miles de ellas, necesitas un filtro.
      Eso sí, cuando estoy con una persona cara a cara, tiene mi atención individida y mi mirada no curiosea a ver quién entra, quién sale y qué hay en mi entorno.
      Al preservar mi atención para cuando yo quiero en el momento que quiero, con la gente que quiero, mi concentración es de láser. Te hago sentir la persona más importante e interesante sobre la faz de la tierra.

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  2. misael

    Precisamente y debido a uno de tus últimos posts que me llegó, relativo al tema de este artículo, esta semana HE RETOMADO la práctica de sólo mirar hacia adelante, coches y edificios: no más. Digo retomado porque lo que tu propones, como tantas otras cosas, y no sé si lo sabes, es común con la vida cristiana: “cuidar los sentidos”. Hace años, cuando iba por la calle, al ver una mujer, la mirada se me iba a la zona de…. Luego con el tiempo, para evitar distracciones al alma y otros sitios, empecé a bajar la mirada y en determinados casos, cambiar de acera.
    Por otra parte, he notado que los españoles miramos mucho, siempre estamos mirando a otros… creo que es para comparar… en otros países no miran tanto… En fin… que no quiero abrumar con un comentario largo.

    Muchas gracias por su blog, es un manantial de agua cristalina en este saturado mundo, que es mi cabeza.

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  3. Tremendosky

    Yo he descubierto las nubes en la ciudad gracias a la campana budista… Llevaba 3 años mirando por la misma ventana y ni me había dado cuenta de que estaban ahí (a veces), arriba, un poco más arriba de la pantalla de mi ordenador. La nubes del campo, digo, esas las tengo controladas. 🙂

    Me gusta cuando hablas de «fuerza atencional» y hablas de dirección. Me remite a la física del instituto, donde nos contaban aquello de que las fuerzas son magnitudes vectoriales y que, por lo tanto, además de su módulo —el valor—, debíamos indicar la dirección en que se ejercía. A partir de ahora, visualizaré mi atención como un vector a la hora de aplicarla: cuánta y en qué dirección.

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  4. Mario

    Muy interesante reflexion. Habia llegado a la misma hace a penas un mes pues para mi me resulta realmente complicado no estar pendiente del resto (y tanto por motivos profesionales como por “hobbie” al pasear, no dejaba de hacerlo durante todo el dia hasta el punto de sentirme desenfocado). Sin embargo creí que la idea era muy loca jaja. Ahora me noto mas apoyado para llevarla a cabo;)

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  5. José

    Ah, o sea que soy normal.
    Yo vivo, en parte por elección, bastante desconectado de la relación visual con otras personas.
    Cuando tengo que pasar un tiempo en una calle o un centro comercial abarrotados, me llego a encontrar físicamente mal. A veces he llegado a decir que “me absorbían la energía”. Curiosamente no me ocurre cuando viajo en avión. Hay mucha gente, pero menos contacto visual…¡porque en la mayoría de las situaciones avión /aeropuerto todos miramos en el mismo sentido!. Al propio avión, colas de facturación, control de seguridad, embarque…
    Muy interesante. Al instapaper para un bis.

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  6. Caro chan

    Pues si, estoy de acuerdo contigo (o dios mío que co*** me está pasando????) y utilizo esa técnica, Londres marea como te pongas a mirar la gente que sale de todos lados (son como setas, ¿Es qué no tenéis casa, por favor? ¬.¬UU).

    Pero también tengo mis momentos en los que me siento generosa y quiero regalar sonrisas, y te quedaría sorprendido de la poca gente que realmente te sigue con la mirada y te devuelve esa sonrisa, en eso nos hemos convertido; en seres que preferimos mirar un cemento renegrido por la polución que a otro ser humano que conecte por un microsegundo con nosotros ❤

    Sniff! 😉

    PD: Como algún día me cruce contigo y te me pongas a mirar a las nubes más te vale correr pero que muy, muy rápido…XDDD

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  7. Diana

    Pues yo lo voy a probar…Ayer me acordé y lo hice pero solo durante un par de minutos durante un trayecto corto en la capital de provincia que vivo. Caminé mirando hacia adelante sin mirar a nadie y vi el cielo ( gris) hasta que se puso a llover y me metí en el coche.
    Lo mejor es que mientras caminaba así por dentro me estaba partiendo de risa y tenía una sensación muy curiosa que no sé describir.

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