Tras tantos años escribiendo en este blog, era previsible que tarde o temprano tropezara, me acometiera la desazón, me atacaran las dudas y quisiera tirar todo por la borda.
A veces la vida te toma por sorpresa y te golpea sin piedad cuando menos lo esperas. Te creías inmune a ciertas debilidades, por encima de ciertas tentaciones, protegido de las tempestades…; pero desgraciadamente todo esto acaba un aciago día y quedas desnudo, inerme y derrotado por tu propia estupidez y tu soberbia, naufragando, una vez más, ante la sonora carcajada de los dioses.
Sin embargo, ahora que me arrastro en el cieno, intentando levantar la cabeza y no ahogarme, me encuentro con que poseo recursos y dones, algunos inesperados, acopiados lentamente a lo largo de años prescribiendo sabios y certeros consejos:
Cuando el camino se hace díficil, cuando la vida aprieta y amenaza ahogarme, cuando paseo mi triste estampa en la noche oscura del alma y no sé qué rumbo tomar, siempre puedo hacerme esta pregunta:
¿Qué haría Homo Mínimus?