Hola, me llamo Homo Mínimus y nunca he tenido un teléfono inteligente.
Tampoco estoy en Facebook, Twitter o Instagram; sé que el primero es una feria de las vanidades; el segundo, un sitio para reafirmarse y confirmarse en el rebaño ideológico y que a través de eslóganes genera pensamiento de nicho; Instagram, me dicen, es un lugar para compartir fotos y halagos.
Pero tomad mis descripciones con reservas porque hablo de oídas.
Jamás me he hecho una autofoto y si tuviera una cámara en mi teléfono y un palo para hacerla, lo usaría para atizar narcisistas digitales y el fuego de mi desprecio. Cuando en la calle algún turista me pide que le saque una foto, le digo que no puedo, porque nunca he tenido un teléfono con pantalla táctil y cámara, y no sé en qué lugar pulsar; como compensación, me ofrezco a firmarles un autógrafo.
Cualquier niño de tres años me hace parecer una persona con retos cognitivos a la hora de usar una tableta. Tampoco he tenido ni tendré una, puedo decir que de ese agua tóxica nunca beberé, espero ser fuerte y no tener nunca que comerme mis palabras. Solo conozco la existencia de WhatsApp por lo que dicen mis amigos y conocidos, tengo entendido que es una especie de charla que puedes mantener a través del teléfono. Las apps son para mí palabras de cuatro letras. No tengo tampoco PlayStation, Nintendo, o Xbox, creo que son marcas de consolas de videojuegos con gráficos espectaculares, también las considero redes sociales porque puedes interaccionar con otros jugadores y aumentar su poder adictivo.
A pesar de llevar años trabajando para empresas consultoras, algunas multinacionales, y tener una vida profesional relativamente convencional, jamás he tenido ninguna de esas armas de distracción masiva. Sé que voy contra corriente y que la gente me mira raro cuando advierte mi teléfono Nokia de veinte euros de principio de siglo con solo mensajes de texto y llamadas. No paso desapercibido. Me sorprende que gente con el salario mínimo tenga teléfonos de 700 euros o advertir que cualquier mendigo o subsahariano en la calle porta un teléfono móvil más caro que el mío.
Bien, ya sé lo que estás pensando, que he salido de una cueva, que soy un eremita, un monje trapense, un tipo peligroso. Pero no, no es así, a pesar de no tener iPhone tengo electricidad, agua corriente y correo electrónico. Y un blog, un blog desde el que peroro contra las redes sociales. Me llamo Homo Mínimus, soy el último salto evolutivo, el que supera y deja obsoleto al Homo Sapiens en su versión digitalis.
No soy un Homo Digitalis, soy un neoludita ilustrado, un digno sucesor de los luditas ingleses de principios del siglo XIX, que quemaban telares en el inicio de la revolución industrial ante la amenaza de la pérdida de sus trabajos sustituidos por las máquinas. No, yo no temo la pérdida de mi trabajo ni del tuyo, aunque sí lo espero; de hecho, espero que lo pierdas para que te obliguen a trabajar en algo que haga mejor uso de tus talentos naturales específicamente humanos y con ello crees y aportes más valor a otros seres humanos. Por el momento, estás trabajando gratis en las redes sociales creando contenido y diversión para otros seres humanos y ayudando a captar la atención de otros usuarios como tú, que a su vez hacen lo mismo que tú, ayudar a que otros usuarios se enganchen a la red social, que a su vez…
Pero eso es otra historia de la que hablaré otro día, ahora remarco que soy un neoludita, es decir, alguien que mira con recelo la introducción de nuevas herramientas, productos o servicios y se lo piensa dos veces antes de decir que sí, que abomina de las complicaciones y ruido creciente que nuestra cultura conlleva. Mi opción por defecto es «No. No todavía» en vez del habitual «Sí a todo y cuanto más novedoso mejor». Tengo una mente compleja y gustos sencillos, a diferencia de los tecnófilos y los homo digitalis, que tienen mentes simples y gustos complicados.
Me he librado del sesgo de novedad que os hace tan dependientes de todo lo que cambia, sea para mejor o para peor; siempre espero varios años antes de acoger un cambio que transforme mi vida, por ejemplo, ya lo he dicho antes: Facebook, Instagram, tabletas, videojuegos, Twitter, WhatsApp, teléfonos inteligentes, son rechazados o aplazados. Y sí, ya he dicho que tengo un blog, pero no lo tuve hasta más de diez años después de la aparición de los primeros blogs.
No soy un adoptante temprano de ninguna tecnología, sigo el principio de precaución: creo que cinco, diez o quince años son periodos mínimos para diferir la adquisición de nuevos artefactos de comunicación y entretenimiento. Prefiero que sean los que tengan más tiempo y dinero disponible los que sufraguen el coste de desarrollo de los productos y sus mejoras, y que sean ellos y sus hijos los que sufran sus inconvenientes: reuniones familiares en las que nadie presta atencion a nadie, trastorno de déficit de la atención en los más pequeños, adicción a los videojuegos y las redes sociales, fragmentación de la atención, etc.
Los homo digitalis son mis conejillos de india, los paganos, los que pierden el tiempo y el dinero probando nuevos productos. Tras lustros o décadas, cuando el producto ha probado su efectividad, rebajado su precio a nivel de producto de consumo de masas, descubierto sus contras, delimitado claramente sus pros, entonces —y solo entonces— puedo decidir incorporarlo a mi vida con las características estrictamente necesarias y por una fracción de su precio de salida al mercado; en el caso del teléfono móvil, tengo uno que cuesta unas pocas decenas de euros, sin internet y con las únicas capacidades de hacer y recibir llamadas y mensajes de texto.
Para mí, vista su capacidad adictiva y su carácter de sumidero del tiempo, quedan descartados los teléfonos inteligentes y las redes sociales.
Algunos dirán que un teléfono inteligente tiene ventajas, que con las redes sociales puedes estar en contacto con tus amigos y conocidos o que sirve para lograr visibilidad profesional. También me podrías decir que qué más minimalista que un teléfono inteligente que en un solo objeto permite tantas funciones y aplicaciones, que es la navaja suiza multiusos de la tecnología digital de consumo. Pero quién necesita una navaja con más funciones de las que puede concebir. Mi regla es la siguiente: solo busco la herramienta cuando deseo la función; no al revés, adquiriendo la herramienta y después descubriendo sus funciones.
Es posible que para cierta gente tenga esas ventajas, pero este es el error fundamental de decisión cuando uno considera nuevos artefactos: fijarse SOLO en las ventajas y obviar los inconvenientes.
Cuando uno toma una decisión sobre si comprar y usar una nueva herramienta ha de hacer un análisis coste-beneficio, teniendo en cuenta los costes, no solo los beneficios percibidos (de que los recordemos ya se encargan los expertos en marketing), todos los costes, incluyendo los más importantes, tu tiempo y tu atención, que podrías emplear para mejores fines: establecer contacto cara a cara con otros seres humanos para mantener conversaciones significativas, hacer deporte y ejercicio, iniciar y mantener proyectos que necesiten largas horas de intensa concentración, estudiar una carrera universitaria, aprender a tocar el violín o, simplemente, no hacer nada, no tener ningún estímulo bombardeándote, aburrirte y dar la oportunidad de que la mente divague, genere nuevas conexiones y te ofrezca su mensaje.
Me dirás que quién tiene tiempo para hacer un análisis tan exhaustivo de sus compras. Yo te respondo: las empresas que te lo venden harán todo el análisis que sea necesario para incitarte a gastar tu dinero, pulsarán todas las teclas interiores que tengan que pulsar para que ansíes el producto o servicio, reclutarán a adoptantes tempranos para iniciar la ola, generarán el efecto llamada del rebaño y te proporcionarán calor humano incitándote a la imitación. Caerás irremisiblemente, sin ni siquiera haberlo pensado, sin conciencia de haber tomado una decisión (¿recuerdas cuándo y por qué decidiste entrar en Facebook o adquirir el último modelo de teléfono inteligente?). La i de iPhone no es de inteligente, es de irreflexivo, ingenuo e idiota.
Pero replicarás que, después de todo, un teléfono, una red social son herramientas inofensivas, que las usas en la dosis y con el propósito que tú determines. Dirás que soy yo el que no sé usarlas y por eso tengo que prohibírmelas (prohibido prohibir, dicen los herederos de mayo del 68, pero esta vez refiriéndose a la autoprohibición del consumo hedónico, a la censura interior, a las autocadenas que nos podrían hacer libres).
Te equivocas una vez más —estás tan equivocado en todo— cuando crees que un teléfono o una red social es una herramienta, un simple objeto pegado a una función.
No, un teléfono inteligente o una app para redes sociales son agentes, tienen agencia y agenda, la de sus programadores, la de los especialistas en marketing: captar tu atención, aumentar tu tiempo de uso y abuso, y mantenerte el máximo tiempo posible pegado a el teléfono e inmerso en la red para succionar tu atención y vendérsela al mejor postor.
Esta es la agenda de la tecnología digital y las redes sociales: colonizar tu mente, convertirte en un adicto y vender tu atención a los anunciantes que la compran para que adquieras productos que no necesitas e impresiones a gente que no te importa.