En ocasiones, he pensado dar de baja a todos los suscriptores y empezar de 0 en el blog, sin lastres ni expectativas, quizá conservando los artículos antiguos y el dominio del blog, pero empezando fresco, sin la necesidad de contentar a nadie. Me seduce lanzar por la borda a los miles de suscriptores acopiados a lo largo de estos años, me atrae que los cientos —digamos— de lectores que realmente se benefician (esos que obtienen de cuando en cuando alguna pepita de oro) no vuelvan a leer nada mío, y siento curiosidad por saber si alguno de las pocas decenas de amigos del blog me pregunta o no qué paso, qué fue del blog, por qué no recibe más artículos en su correo.
Estas últimas navidades, con motivo de la revisión anual y mi costumbre de despejar las cubiertas, me decidí —por fin— a eliminarte implacablemente, sin explicaciones ni disculpas, y empezar, tal como he dicho, de cero. Pero…
Con buen criterio, WordPress no permite eliminar fácilmente a los suscriptores con un solo clic o con unos pocos clics. Para eliminarlos tengo que hacerlo de uno en uno, seleccionar uno a uno a los suscriptores y pulsar la fatídica tecla. Calculé que me llevaría casi tres horas. Tres horas y se acabaría el tener que escribir para alguien que espera algo de uno. Tres horas y podría empezar de cero o simplemente dar la puntilla final a este proyecto Zombi que parece ser Homo Mínimus. Pero…
No conseguí vencer mi desgana de pasar tres horas aburridas como requisito para la liberación y no eliminé a la audiencia. Por eso has recibido este correo, porque no pude superar la barrera de las tres horas de esfuerzo requeridas para multiplicar por cero a los suscriptores del blog.
WordPress y cualquier red social —para el caso, cualquier empresa que quiere retener a sus clientes— pone barreras de salida. WordPress sabe que si elimino a mi audiencia en un momento de debilidad o desgana perderé gran parte de la motivación para seguir escribiendo, y ellos perderán mi pago anual y el tráfico de mis lectores y su tiempo de atención y la publicidad que vende o los posibles nuevos suscriptores a sus servicios. Por eso lo ponen difícil.
Los ingenieros de la atención, esos hombrecillos con gafas y pretensiones de hacer el mundo un lugar mejor, actúan día y noche para que no nos alejemos de las pantallas, ya sea escribiendo y creando contenido, ya sea leyendo y consumiendo lo que otros crean.