Durante la mayor parte de la historia evolutiva del hombre, hemos vivido en pequeños grupos de cazadores-recolectores y, desde hace unos doce mil años, en pequeñas comunidades agrarias alejadas unas de otras. Los núcleos urbanos solo se han convertido en el entorno cotidiano para la mayoría de la población mundial en el último siglo.
En un paseo de una hora por una gran ciudad veremos más caras desconocidas de las que una persona en la Edad Media o una persona en un pequeño pueblo de hace cien años vería en toda su vida. No solo estamos hiperconectados a través de los medios digitales, sino que también estamos hiper-rodeados de personas durante nuestro trabajo, nuestro ocio y descanso (playas atestadas, bares repletos de gente, restaurantes con largas colas) y nuestros paseos por la ciudad.

Las personas que vienen de pueblos e incluso de pequeñas capitales de provincia no pueden dejar de sentirse abrumadas cada vez que ponen sus pies en una gran ciudad. Ya he relatado en este blog mi sensación de entrar en un frenético hormiguero cuando hace años llegaba de una ciudad relativamente pequeña a una gran capital. Me sentía acelerado casi automáticamente y me contagiaba en segundos del ritmo de las personas a mi alrededor.
El control de los estímulos informacionales es un asunto recurrente en el minimalismo existencial. Somos seres informívoros, nos alimentamos de información en las más variadas formas.
En una economía de lo intangible (o de los servicios) dominada cada vez más por el conocimiento y la capacidad de aprender, la habilidad de controlar la dieta de información es tan importante o más que controlar nuestra dieta alimenticia. De la misma forma que un entorno rico en comida fácilmente disponible amenaza nuestra salud física, un entorno rico en impactos informacionales, además de crear escasez en la atención, crea dificultades para nuestra salud psíquica y bienestar emocional.
Si tienes un espíritu inquieto y una personalidad vigilante, alerta a los cambios en el entorno, especialmente los sociales (si eres un hombre o un primate con la habilidad de leer blogs), estarás muy afectado por las personas que aparezcan y desaparezcan de tu campo visual. Consideramos cualquier novedad como una fuente de amenaza o de oportunidad.
Antes, siempre me sentía casi obligado a estar pendiente de cualquier forma humana, especialmente femenina, que apareciera en mi campo visual. Ahora me doy cuenta de que la mayoría de las personas no son amenazas y que, aunque sean oportunidades, pueden anegar mi memoria a corto plazo, mi capacidad contemplativa y calma.
Las diferencias individuales respecto al nivel de estimulación social-visual son acusadas: algunos parecen necesitar ese estímulo social constante y otros se cansan rápidamente del ajetreo, pero todos necesitamos espacios de descanso para recargar nuestras baterías y tener algún tiempo para la reflexión o la simple contemplación.
Los paseos por parques o por entornos naturales son especialmente restauradores de la calma y de nuestra capacidad de atención y por eso los he insertado dentro de mi rutina itinerante de trabajo-descanso.
Anteojeras sociales
Hoy traigo a colación una técnica que he desarrollado de manera intuitiva a lo largo de los años para lidiar con la sobreexposición a los estímulos humanos: las anteojeras sociales. Aunque solo en las últimas semanas he empezado a usarla sistemáticamente.

Anteojeras. ¿Qué quiero decir con anteojeras? ¿Las de un burro? ¿Quizá algo parecido al velo islámico? ¿Quizá un pequeño casco que me aisle del mundo? ¿Unas gafas google que solo me permitan mirar hacia delante y oscurezcan los estímulos visuales periféricos?
No. Tecnología simple. En vez de mirar a todos lados cuando voy por la calle, observando la diversidad de gentes y personas, cada una fuente de estímulos interesantes, pero también potencialmente agotadores, intento no cruzar la mirada con la gente y mirar hacia delante.
Así preservo el recurso escaso de mi atención y mi calma. Intento dirigir mi mirada hacia los objetos más que hacia los sujetos, y evito, sobre todo, cruzar la mirada, que para los homínidos tiene una fuerza de atracción casi hipnótica. Los ojos son el espejo del alma y de las intenciones y por eso es la primera variable de observación que tenemos en cuenta cuando interaccionamos con otros seres humanos.
Si estoy en un parque, dirijo mi mirada hacia plantas y árboles, la hierba o los patos en el estanque (sí, está permitido cruzar la mirada con un pato); cuando estoy en un entorno más de cemento, busco los árboles (en mi ciudad afortunadamente hay muchos árboles), y si no los encuentro, miro al cielo, sus tonalidades azules y las caprichosas formas de las nubes.
Las nubes. ¿Te puedes creer que hasta hace pocas semanas no había tenido consciencia de la diversidad de las nubes ni de las distintas tonalidades del cielo a lo largo del día? Por supuesto, intelectualmente sí que era consciente de ello, pero creo que nunca me había parado a contemplar cinco minutos seguidos el cielo ni me había quedado casi extasiado con él. Quizá sí en algún parque natural, en la montaña, pero nunca en la ciudad. En la ciudad sigue habiendo cielo, por rara que parezca esta afirmación. Creo que he podido pasarme días y semanas sin mirar al cielo, y durante todo ese tiempo el cielo seguía ahí arriba. ¿No es extraño?

Objeciones y refutaciones
Al principio, puede parecer antinatural, complicado y es posible que experimentes aversión. ¿Por qué dejar de mirar a la gente por la calle? ¿En qué voy a emplear el tiempo? ¿Y si me tropiezo con la gente por no mirarla? ¿Voy a convertirme en un autista? ¿Pareceré un sabio distraído? ¿Un loco? ¿Un loco peligroso de dientes sudorosos?
Míralo así: la visión con anteojeras es una herramienta mental más, como la meditación, la lista de cosas que hacer o el pomodoro. Nos permite tomar el control de nuestra fuerza atencional y su dirección. Todo nuestro Curso de atención plena está dirigido a tomar las riendas de la atención; esto es, de nuestros productos mentales; esto es, del material del que está hecha nuestra vida.
En la meditación de atención plena y las mini-meditaciones o pequeñas meditaciones informales a lo largo del día, te haces consciente en tiempo real de los productos de tu conciencia. Puedes estar atento a todo simultáneamente o decidir enfocarte en un solo canal: pensamientos o emociones o el ritmo de la respiración o sonidos u olores o sensaciones propioceptivas.

Puedes considerar la visión con anteojeras mentales como una modalidad de la atención plena en la que te centras en objetos de tu campo visual y filtras las personas. Es como una bomba de neutrones que elimina a las personas pero deja en pie edificios y otros objetos inertes.
En vez de estar sentado en tu cojín de meditación Zen, estás andando, navegando como un viejo chamán en el río de asfalto y te conduces con su misma calma y concentración; el chamán se enfoca en sus manos asiendo firmemente los remos y la corriente del río; nosotros nos hacemos conscientes de las plantas de nuestros pies, el espacio vacío enfrente de nosotros y el mobiliario urbano; cuando nos detenemos en un semáforo, elevamos la mirada y contemplamos el cielo.