Undécima semana: conducción minimalista

El ejercicio de esta semana es mucho más completo que los de las semanas anteriores. Es el primer ejercicio de meditación cuasi-formal que te propongo. Y para él puedes aprovechar una situación cotidiana. Si no tienes coche, no importa: puedes adaptarlo a tus desplazamientos en transporte colectivo o andando.

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ryan-gosling

Vacía tu mente de todo lo que no sea la acción de conducir. Cuando conversas, conversas. Cuando comes, comes. Cuando conduces, conduces. Está por tanto desaconsejada la radio y la música; y por supuesto el hablar por el móvil. Un alto porcentaje de accidentes son consecuencia de distracciones producidas por ellos.

Tampoco comas, toques a tu acompañante o discutas. No intentes optimizar el tiempo de desplazamiento con audiolibros, cursos de idiomas o cualquier otro medio de exprimir el tiempo de conducción. Cuando conduces, conduces.

Sonríe, respira y ve despacio. El ritual comienza sentándote calmadamente, abrochándote el cinturón, comprobando los retrovisores y encendiendo el motor. Absolutamente centrado en lo que haces. Metes primera y comienza tu meditación diaria al volante. El foco de tu atención es la carretera y las condiciones del tráfico.
Sé grácil. Las manos en la posición de las dos menos diez. Siente la textura y temperatura del volante. Introduce las marchas como si interpretaras una pieza musical exquisita. Suavidad y alerta en calma. Atención al tráfico mental interno y al tráfico motorizado externo.
Sé amable. Como regla general, siempre conduces por el carril derecho, no efectúas adelantamientos, mantienes una respetuosa distancia de seguridad, anticipas los  movimientos de tus compañeros conductores, respetas escrupulosamente los pasos de cebra, los semáforos y los límites de velocidad. Estás preparado para cualquier cosa. Plena presencia.
Sé compasivo. Si algún conductor menos evolucionado te pita, se cruza, se exaspera, se queja de tu parsimonia al retomar la marcha tras un semáforo, sonríes y rezas un  microsegundo por su alma. El conductor exasperado es también un ser vivo. Aprovecha para ejercitar la compasión. Sé como el sándalo, que perfuma el hacha que le corta. Lo importante es el camino, no la posada.

Conducir es un proceso, no un destino. Confúndete con el acto de conducir: destino, camino, conductor, coche, todo forma parte de un mismo proceso. Sumérgete.

Cuando llegues al lugar de destino busca con tranquilidad y desapego un lugar para aparcar, relájate, no mires el reloj, controla la ansiedad, acepta la demora en aparcar. Deslízate con tu automóvil como un anciano chamán remando con una canoa en un río de asfalto.

Aparca. Apaga el motor. Desabróchate el cinturón. Haz tres respiraciones profundas. Estás calmado, relajado, totalmente presente, eres como el agua, flexible, adaptable. Estás preparado para empezar una nueva jornada, presto para cualquier cosa. Esbozas una tenue sonrisa.

Al final del día, mismo ritual. Una ligera variación: el viaje de vuelta a casa es un ritual de descompresión. Dejas todos los problemas, asuntos, tensiones, detrás de ti. No te preocupes por ellos, mañana seguirán allí, esperando como un perro fiel con la roja lengua fuera. Te centras una vez más en el tráfico y la conducción. Eres flujo en movimiento. Alerta en calma. Estás vivo.