Amagar los hábitos

Muchos días no tengo ganas de hacer algo. Por ejemplo, hoy no tengo ganas de escribir este artículo. Es más, llevo semanas con pocas ganas de escribir artículos. No solo eso, digamos que llevo muchos días sin decidirme a empezar artículos.

Los dos o tres primeros días me costaba retroceder ante la fuerza del deber, pero mi pereza era más grande. Mr. Hyde, mi lado oscuro, terminaba dando con buenas razones para hacer excepciones a la regla. Nunca soy más inventivo que cuando busco excepciones a la regla.

Las primeras veces me cuesta no hacer lo que debo hacer, lo que he determinado hacer y  acabo con sensación de culpa. Según pasan los días sin escribir un artículo (sin ir al gimnasio, sin salir a correr, sin mantener el equilibrio en mis comidas, sin trabajar en mi proyecto personal más importante; pon aquí  tú particular caballo de batalla: lo que evitas una y otra vez); según pasan los días sin escribir un artículo en este blog, el agudo sentido de culpa se diluye en un regusto amargo, después en una sensación indefinida de fastidio y más tarde en una simple incomodidad que termina por desaparecer.

¿Fin de la historia? No. Nunca me rindo. Por mí que no quede. Me levanto del suelo cual Fénix renaciendo de sus cenizas motivacionales.

He dado con un arma  para que el  Dr. Jekyll meta en cintura a Mr. Hyde. Lo he llamado “Amagar el hábito”.

Amagar.  (Quizá del gót. af-maga ‘desamparar’, y este der. de magan ‘tener fuerza’).

  1. tr.Mostrar intención o disposición de hacer algo próxima o inmediatamente.

 

Consiste en lo siguiente: cuando no tengo ganas de cumplir mis compromisos personales, cuando ni siquiera el compromiso público tiene fuerza para obligarme a hacer lo que sé que tengo que hacer, me digo lo siguiente (recuerda la importancia del diálogo interior):

“Sé que no tienes ganas. Bien. Lo acepto. Pero aunque no tengas ganas, seguro que ‘puedes amagar el hábito’”.

Entonces doy un pequeño paso que me recuerda que había resuelto hacer algo que hoy no me siento con fuerzas para hacer.  Por ejemplo, en el caso del artículo que no quiero escribir hoy: abro un nuevo documento de texto y escribo un título, una fecha y escribo una línea. Eso es todo, he amagado el hábito de escribir artículos de blog todos los días.

Sé que debería escribir 1000 palabras diarias al menos. Pero hoy no me siento con ganas. Es superior a mis fuerzas. Bien. No importa, la fuerza volitiva es precaria. Me basta con amagar el hábito, hacer como que voy a hacer, un pequeño movimiento en la dirección correcta que anuncia que sigo comprometido con mi decisión  primera.

La técnica de amagar el hábito también funciona retrospectivamente. Hacer como que he hecho.

Supón que has decidido meditar todas las mañanas, pero esta mañana camino del trabajo, cuando estás en el metro o en el autobús, te das cuenta de que no lo has hecho, no tenías ganas o no tuviste tiempo. Bien, no pasa nada.

Puedes amagar el hábito retrospectivamente: cierras los ojos y observas tu respiración durante 60 segundos. Ya está.

Con eso has hecho honor a tu intención de meditar todas las mañanas. El sentido de culpa se mitiga y has ratificado tu compromiso con la meditación, has renovado tus hábitos matrimoniales tras la infidelidad.

No son los 30 minutos planeados en tu dojo doméstico, no había olor a incienso ni una acogedora penumbra, sino más bien el ajetreo de gente entrando y saliendo, el traqueteo y la conducción  espasmódica  del autobusero, pero has hecho honor a la intención y te has reconciliado con la flojedad de tu voluntad.

Has evitado el fenómeno “De perdidos al río” y la pendiente resbaladiza que te hubiera conducido  al deterioro del ritual de meditación.  Estás reconduciendo la desviación y retomando el rumbo. Esto es lo que cuenta.

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