Escapando de la fortaleza interior

Durante este mes del Elul, en la hora diaria dedicada al silencio y la contemplación, han surgido muchas reminiscencias de mi pasado lejano, y, entre ellas, muchas ideas de las que puedo encontrar su fuente originaria en libros.

Por ejemplo, han pasado muchos años desde que leí los fragmentos que reproduzco más abajo de un libro del filósofo y Nobel de literatura Bertrand Russell, Los problemas de la filosofía1. Concretamente, pertenecen al capítulo XV con el título «El valor de la filosofía».

Debía de tener 17 o 18 años cuando leí este librito, al que llegué, como en otras ocasiones, por el deseo de conocer más del autor con el que me había identificado con su estilo o con algún elemento de su visión del mundo. A este filósofo lo conocí librescamente con 15 o 16 años a través de su Por qué no soy cristiano, libro que encontré en la biblioteca del padre de un camarada del instituto al que inmediatamente se lo pedí prestado.

Recuerdo en un verano en la Universidad de Sheffield haber robado de la biblioteca de la residencia uno de sus libros de epistemología, y algo más tarde leer El conocimiento humano. Su alcance y sus límites y dejarlo en la guantera o el asiento del copiloto del coche con la esperanza de que alguien leyera el título y reconociera lo intelectual e interesante que era mi yo juvenil. Parece que no he cambiado mucho, pues aquí estoy décadas más tarde en un blog dejando caer nombres de autores y libros que son más útiles como lucimiento personal vicario que para reforzar o iluminar la reflexión del artículo de hoy…

En el libro mencionado, Los problemas de la filosofía, encontré formulada una orientación vital que desde entonces ha resonado fuertemente en mí –aunque ciertamente, no continuamente, sino a intervalos–: el valor de la contemplación, no solo la religiosa, no solo la filosófica, también la de cualquier variante contemplativa que me aleje del mundo inmediato y egocéntrico de los intereses personales y me ponga en contacto con el proverbial “Algo más grande que uno mismo”.

La vida del hombre instintivo está encerrada en el círculo de sus intereses privados: familia y amistades se pueden incluir, pero el mundo exterior no es tomado en cuenta a menos que ayude o estorbe lo que esté dentro del círculo de los deseos instintivos. En tal vida hay algo febril y confinado en comparación con la vida filosófica, que es calma y libre. El mundo privado de los intereses instintivos es muy reducido, ubicado en medio de un mundo grande y poderoso que deberá, tarde o temprano, reducir a ruinas nuestro mundo privado.

Este y otros párrafos similares formulados con lenguaje claro, conciso y suma elegancia, confrontaron a mi yo juvenil con uno de los conflictos existenciales en toda vida humana: la finitud de nuestro tiempo en la tierra y la estrategia existencial trágica de perseguir nuestros intereses provinciales y provincianos en un universo infinito indiferente a nuestros deseos del que somos menos que infinitesimales granos de arena en una playa inacabable que se pierde en la distancia

A menos que podamos ampliar de tal manera nuestros intereses que incluyan la totalidad del mundo exterior, permaneceremos como en una guarnición de una fortaleza sitiada, sabiendo que el enemigo nos impide la escapatoria y que la rendición final es inevitable. En tal vida no hay paz, sino la lucha constante entre el deseo insistente y la impotencia de la voluntad. De una forma u otra, si queremos una vida grande y libre, debemos escapar a esta prisión y a esta lucha.

Con este texto de reminiscencias budistas, Russell me revelaba una encrucijada vital: afirmar mis deseos e intentar realizarlos en el mundo, o, considerando mis escasas capacidades personales, mayores o menores que las de muchos, pero escasas y finitas al fin y al cabo, buscar el contacto con lo infinito a través de la inmersión del yo en el no-yo. En definitiva, bien seguir en la lucha, o bien escapar de la prisión del yo y buscar una segunda vía más grande, más amplia, menos apegada y autocentrada.

En la contemplación, por el contrario, empezamos del no-yo y a través de su grandeza los límites del yo son ampliados; a través de la infinitud del universo la mente que lo contempla alcanza a compartir algo de esta infinitud

Wittgenstein, el filósofo analítico, estudiante un tiempo de Russell en Cambridge, odiaría y se burlaría de esta palabrería grandilocuente, pseudomística, de carácter New age cuando todavía no se había inventado el New age (“Infinitud”, “Grandeza”, “Límites del yo”), y consideraría el discurso como jerga impropia de un filósofo otrora creativo y riguroso, que a sus 40 años ya había entrado en decadencia y se rendía al embrujo de las palabras grandes que significan poco.

Su reacción no fue porque no compartiera sus inquietudes místicas sino por el intento de capturar esta experiencia en palabras.  (Wittgenstein, The duty of genius, Ray Monk, capítulo 4. 1990).

 Así la contemplación amplía no sólo los objetos de nuestros pensamientos, sino también los objetos de nuestras acciones y afectos: nos hace ciudadanos del universo, no sólo de una ciudad amurallada en guerra con los demás. En esta ciudadanía del universo consiste la verdadera libertad del hombre, y su liberación de la esclavitud de las estrechas esperanzas y miedos.

Russell vuelve al yo desde el no-yo, y acaba recalcando el efecto de la contemplación sobre la conducción de los asuntos personales y sociales. Después de ver el universo con los ojos puros de no-yo, resulta que la contemplación puede llevar a realizar en este mundo algunos de los ideales humanistas tales como la liberación de la esclavitud y el miedo.

Ciertamente, son palabras poéticas y alusivas, o grandilocuentes y confusas, según decidas, pero sin duda palabras que a un espíritu joven y con hambre de mundo pueden conmover, y quizá afectar e influir corriente abajo (“Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir” …).

El shofar se toca durante la plegaria matutina. El sonido de este cuerno, casi siempre de carnero, llama a los judíos a la meditación y a retomar el camino de la justicia (Teshuvá).

En este mes de Elul2, estoy dedicando una hora diaria a la contemplación y el silencio, y muchos recuerdos –literarios y no literarios– han surgido. Mi esfuerzo está siendo el tirar del hilo de recuerdos inconexos y sensaciones asociadas para intentar tejer historias personales con retales de episodios biográficos. Mi esperanza es que mejores historias personales, más veraces, más coherentes, más conectadas, me permitan explicar el origen de mis acciones e inacciones presentes, y, quizá con ello, situarme en una mejor posición para cambiar de curso en el nuevo año 5784.

Te deseo que seas inscrito y sellado en el Libro de la Vida3, y el nuevo año sea mejor que el anterior y, a ser posible, peor que el siguiente.


  1. Los problemas de la filosofía. Bertrand Russell. 1912. pdf. Accedido 14/9/2023 ↩︎
  2. Mes de Elul: introspección, arrepentimiento y retorno ↩︎
  3. Inscriptos en el Libro de la Vida (o no). Accedido el 14/9/23 ↩︎

2 comentarios sobre “Escapando de la fortaleza interior

  1. Ostras, chaval! Que para estar en un momento de pocos palabras, te veo muy elocuente y efervescente. Buenas recomendaciones literarias. Gracias! Y

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