Cada vez que cortes un trozo de comida o tomes una cucharada de sopa deja el utensilio boca abajo sobre el plato y centra toda tu atención en el sabor y el olor de la comida que estás degustando. No vuelvas a tomar los cubiertos hasta que hayas acabado el bocado.
La mejor manera de recordarlo es asociar la práctica con el gesto de dar la vuelta al utensilio para la comida y dejarlo sobre el plato.
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Con esta práctica o mini-meditación tendrás al menos un par de ocasiones durante el día, en la comida y en la cena, para desconectar de la mente discursiva. El olfato y el sabor son dos de los sentidos menos intelectuales, y más directos y primitivos; por eso mismo nos pueden ayudar a acallar la cháchara verbal.
Como beneficio colateral, aumentarás tu apreciación de la comida. Con una menor cantidad de comida obtendrás más placer. Es probable que también ralentices el ritmo al que comes y con ello des más tiempo para que la información de retorno del estómago llegue a tu conciencia y sepas que ya has comido suficiente. Ten en cuenta que muchas veces usamos la comida como una forma de reducir la tensión; si esta se reduce, nos sentimos menos impelidos a devorar alimentos y más a degustarlos.