Lo peor de todo es una novela extraña y memorable, tanto que la estoy leyendo de nuevo muchos años después.
Lo peor de todo no son las horas perdidas, ni el tiempo por detrás y por delante, lo peor son esos espantosos crucifijos hecho con pinzas para la ropa.

No suelo volver a los libros leídos, tampoco a la escena de mis pasados crímenes, pero estoy empezando a hacer excepciones. Quiero que la excepción se convierta en regla. ¿Por qué?
Porque estoy obsesinado (otra vez) con establecer estructuras de reflexión que me permitan vivir menos en el presente (adiós mindfulness, plena presencia o atención plena, adiós hábito que cambiará tu vida).
[Obsesinado: mezcla de obsesión y antigua escena del crimen]
Siempre he querido conectar todo con todo, pero habitualmente me he olvidado de conectar mi presente con mi pasado y con mi futuro. La literatura, especialmente la que se escribe con mayúsculas –aunque no solo– me va a permitir adoptar una actitud más contemplativa durante más tiempo.
Lo peor de todo es una novela corta difícil de clasificar [acabo de hacerlo]. Frases cortas, incisivas como dagas venecianas con rubís incrustados, conclusivas como cigarros a medio acabar presionados contra el cenicero.
Es una mezcla del Guardián entre el centeno, las novelas cortas de Houellebecq, El extraño incidente del perro a medianoche y El príncipe del hastío, pero en versión española, adolescente e histriónica.
Me gusta su estilo. Me gusta cómo mezcla las ideas en el mismo párrafo, sus transiciones abruptas, sus cambios de ritmo. ¡Váyase usted a la mierda!
Visión mordaz, descarnada, tan crítica como puede ser la de un joven nihilista sin mucha experiencia del mundo que ha estudiado en colegio de pago, en colegio de ministros, rodeado de la peor chusma de la sociedad: niños cabrones, consentidos y despiadados, piaras de pirañas.
Las novelas son visiones del mundo, dicen que ayudan a desarrollar la empatía, que te sumergen en una visión ajena y que te someten a diversas voces, muchas veces contradictorias, como la vida misma. En esta novela solo hay una visión, aunque una visión con muchos matices: descarnada, cruel, íntima, espasmódica, con algunas gotas de ternura, implacable, a la defensiva, masculina, sombría.
Creo que el autor es Ray Loriga o una parte de Ray Loriga en la que cualquier hombre puede reconocerse: la lucha por intentar mantenerse a flote, el salvajismo juvenil del Señor de las moscas, las observaciones inconexas, reacción más que anticipación, el tráfago de la vida que te pasa por encima, la incapacidad para encontrar el norte, remar contra corriente, despellejarse las rodillas jugando a fútbol de barrio, la soledad y el tedio.
Si no eres capaz de pegar a nadie estás perdido, ser el mierda de la clase es casi tan malo como ser el gordo o ser el marica. Si yo hubiese sido el gordo de la clase, ahora estaría encerrado en un supermercado disparando con una recortada sobre todas las madres y sus hijos y los empleados de mantenimiento sin compasión alguna.
Quizá es peor ser del barcelona si vives en Madrid. En todas las clases siempre había dos raros: el del atlético, un tipo a contracorriente y con capacidad para soportar cualquier derrota; y el del barcelona, habitualmente un tipo medio tonto con el secreto deseo de ser maltratado. El internado, el colegio, los adultos lejanos, la gente inescrutable, la presión del grupo.
Entremezcla frases de libros de historia con extractos de artículos de periódico sobre caníbales japoneses acomplejados que se comen a su novia alemana con mofletes rosas y que luego lo cuentan sin aparente tensión o arrepentimiento. Ases de la aviación, Días de vino y rosas, Vietnam no era una fiesta.
Y el amor, sí, el amor por su novia, T, de la que solo sabemos que era sensible, muy bonita y nórdica. Y que le dejó, sí; como a un triste perro abandonado en una callejuela. Boxeo, fútbol y su novia T.
A mí lo que me gusta de verdad es Francia, pero es que allí fui con T y con ella todo me parece bueno…
También hablo mucho de T porque es tan bonita como tener a Dios de cara y porque no se me ocurre nada mejor de qué hablar.
Un hermano que corría la banda como un toro y marcaba a los contrarios como un jabalí, con su aliento sobre la nuca, otro hermano M que salía y entraba en el psiquiátrico y dos padres que no se sabe bien qué pintaban en todo ello.
En lo que cuenta Elder Bastidas, nombre robado a un misionero de la Iglesia de Jesús de los Santos de los últimos días, hay mucha verdad y mucha mentira, pero como bien dice lo que uno se inventa es más real que lo que a uno le pasa, porque lo que a uno le pasa no deja de ser accidente.
Cuando eres niño quieres quemarte en el infierno y ver cómo todo el jodido colegio te admira por ello.

No recomiendo este libro si no tienes una vena destructiva y no has querido morir matando si no puedes conquistar el mundo, si no sientes o has sentido algo de desprecio por tu prójimo. O puede que si lo recomiende, sobre todo si eres mujer o nunca has sido mala persona o nunca has pensado mal de nadie o no has querido ver arder a tus enemigos y regocijarte con ello.
Al final, Elder Bastidas se pone a trabajar en un trabajo de mierda de esos que podría hacer un mono (yo he hecho unos cuantos), en una hamburguesería, pasa los días vegetando y fantaseando con matar al empleado del mes, casi lo consigue, pero se le adelantan.
Antes de conocer a T me pasaba las noches bebiendo y andando por la calle, mirando a las putas y los travestís y las putas no me parecieron más interesantes que los fontaneros o los profesores de piano.
Dicen que no hay nada más interesante que un hombre con futuro y una mujer con pasado. Recuerdo la primera vez que me di cuenta de que tenía pasado, ya con varias décadas a mis espaldas; curiosamente, lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que nunca antes había contemplado mi pasado. Para los occidentales, el futuro está por delante, como lejana panorámica avistada desde una atalaya; para los chinos, detrás de uno, porque nadie lo ha experimentado todavía. Deberíamos actuar más como los chinos, contemplando el pasado según avanzamos de espaldas hacia el futuro, quizá así nos tropezaríamos menos. Lo peor de todo es vivir y no saber que has vivido.