Homo Minimus me invitó a escribir en este blog y me sugirió un tema: el principio de intervención mínima en la crianza. Es, sin duda, un tema apasionante que me interesa muchísimo y que practico, así que creo que tengo algo que decir al respecto. Pero será en otra ocasión.
Hoy quiero hablar de otra relación entre la crianza y el minimalismo que estoy segura traerá debate y, quién sabe, tal vez también un poco de polémica. Y eso, ya lo saben, le encanta a mi anfitrión.
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Antes de entrar en vereda tengo que contarles una cosa: mi hijo no va a la escuela. Se educa en casa y en el mundo entero (literalmente, que para eso viajamos cuanto podemos) así que cualquier lugar y cualquier situación son “educativas” desde nuestra perspectiva. El tipo de educación que practicamos se denomina “unschooling” en referencia más bien a lo que no es y a lo que no hacemos: no hacemos escuela. No imitamos la escuela dentro de casa (algunas familias sí lo hacen). Lo que hacemos es aprovechar la curiosidad natural del niño y sus intereses. Para eso, necesita estar en un entorno rico en experiencias y posibilidades. Cuando más rico, mejor.
En la pedagogía Montessori se habla siempre de “ambiente preparado” en referencia a los espacios físicos donde la educación se desarrolla. Un ambiente preparado, según la perspectiva de Montessori es un lugar cálido y acogedor, con materiales adecuados para los niños y que les permitan acceder a diferentes tipos de conocimiento, teniéndolo todo a su alcance y a su disposición.
En el unschooling un ambiente preparado sería algo parecido pero con menos premeditación. Es decir, en unschooling el niño debe tener cosas a su alcance pero no necesariamente puestas ahí para que él las utilice. Por tanto, una casa minimalista es justo lo contrario a lo que nosotros necesitamos para que el unschooling sea posible.
Recuerdo, como paraíso del unschooling anti-minimalista, el desván de la casa de mi abuela. Allí subíamos mis primos y yo siempre que nos dejaban y, por más que pasaban los años, siempre seguíamos encontrando cosas nuevas. Nuevas para nosotras, claro, porque algunas tenían un siglo. Había allí todo tipo de tesoros:
- Libros cubiertos de polvo, escritos en castellano antiguo (¿cómo diablos hemos pasado de ése idioma al de hoy en día?
- Las libretas donde la bisabuela escribía sus recetas (podríamos hacerlas, a lo mejor están deliciosas).
- Fotos en blanco y negro (¡fotos! pero ¿cuándo se inventaron las cámaras de fotos?).
- Ropa de épocas varias (¡cómo cambian la moda y el diseño!)
- Cartas (esto es personal. ¿Estará mal que las leamos?)
- Enciclopedias (Si mi hijo las viera, él que ha nacido en el año IV después de Wikipedia…)
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Y cuando la tele se estropeó, nos la dieron para que pudiéramos abrirla e investigar en sus entrañas. Creíamos, inocentes como éramos, que podríamos arreglarla o, al menos, entender por qué ya no funcionaba y volver a montarla. No sucedió nada de eso, claro.
Pero no todos los niños tienen la surte de tener un desván como ése, lleno de tesoros y secretos de la historia, así que los padres unschoolers recurrimos a una técnica denominada «strewing» (literalmente, “esparcimiento”). Consiste en ir dejando cosas por la casa, a la vista y alcance de los niños, por si les llama la atención y quieren verlo, usarlo, investigarlo, preguntar… O por si quieren ignorarlo por completo y eso nos va dando pistas de qué cosas les interesan y cuáles no. O aún no.
¿Qué tipo de cosas esparcimos por la casa?
- Libros
- Piezas de construcción
- Cosas que encontramos por el campo (hojas, piñas, piedras, palos, plumas, etc)
- Juegos de ingenio
- Fotografías
- Alimentos de otros lugares poco o nada habituales en nuestra zona
- Documentos antiguos (esos enormes permisos de conducir de color rosa o esos dnis que ya no caben en ninguna cartera)
- Objetos antiguos (un teléfono de rueda, un disco de vinilo, una gameboy…)
- Flyers de eventos variados
- Revistas
- Objetos con texturas y olores diversos
- Mapas
- Imanes
- Instrumentos musicales
- Una brújula
- Y un larguísimo etcétera
No hace falta gastar dinero en estas cosas, pueden ser objetos que ya tengamos, o que nos presten o regalen, o que encontremos en la calle. Podemos dejarlos sobre los muebles, en el baño, en las paredes o incluso dejar abierta una página de internet en el ordenador.

Una casa no minimalista da muchas más oportunidades para que el aprendizaje suceda, especialmente si creemos que el aprendizaje debe partir de la curiosidad natural que todos tenemos (o que teníamos cuando éramos niños y que el “strewing” puede ayudados a recuperar).
¿Por qué?
- Porque permite tener acceso a objetos que no son cotidianos, investigar cómo y para qué funcionan o cómo están hechos.
- Porque permite al niño conocer la historia familiar.
- Porque permite al niño saber cómo era la vida en otra época e investigar los cambios que se han dado.
- Porque permite al niño explorar libremente, más allá de lo que sería un “ambiente educativo” expresamente diseñado para el aprendizaje.
- Porque pone al niño en contacto con disciplinas muy variadas, mucho más allá de cualquier currículum oficial o de cualquier libro de texto restringido a una sola materia.
- Porque nos ayuda a conocer los gustos e intereses de cada niño y así conocerle mejor.
Por todo esto considero que el minimalismo es anti educativo. Por todo eso, en mi casa no se tira nada.
Este es un artículo invitado de mi amiga Laura Mascaró. Es jurista, escritora y unschooler.
Puedes conocer más sobre Laura aquí:
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- Entrevista-podcast en Satori Time a Laura Mascaró sobre la educación en libertad. Por Entusiasmado y Homo Minimus.
- Canal de Youtube de Laura Mascaró. Un montón de videos producidos por Laura o de interés para familias de niños sin escuela muy ilustrativos y esclarecedores sobre la verdad del unschooling.
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