El cambio por el cambio

Hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes, eso sí es estar loco.

―Albert Einstein

Corro 3 días a la semana (lunes, miércoles y viernes) durante 40 minutos. Así lo he hecho durante los últimos 4 años. Algunas semanas más, pero ninguna semana menos. Después de algún tiempo corriendo, me sorprendí tomando siempre el mismo camino, el que más cómodo me resultaba. No era el menos cansado de los posibles, tampoco el más difícil, pero se había convertido en mi circuito por defecto: como la opción por defecto en un programa informático; como si a la pregunta «¿Quiere usted hoy tomar este camino?» hubiera respondido muchos días «Aceptar», y al cabo del tiempo, hubiera elegido la opción «Sí a todo»; esto es, «Sí, todos los días lo mismo», para no tener que responder ya más a la eterna cuestión.

La decisión de seguir un determinado circuito no había sido inmediata, sino que había emergido a lo largo de decenas de carreras a lo largo de los meses. Reflexionando sobre esta observación, me pregunté en cuántas ocasiones más habría elegido la opción «Sí a todo». La respuesta es tan sorprendente como obvia: la mayor parte del comportamiento se basa en opciones automáticas. La conciencia y el pensamiento deliberado son las excepciones en el mundo mental. Es la naturaleza humana.

Encontré decenas de ejemplos en que la opción por defecto y el sí-a-todo se habían enseñoreado de mi comportamiento: siempre  tomo el mismo camino para ir a trabajar o a lugares habituales, siempre me lavo los dientes con la misma mano izquierda, siempre digo «Hola, qué tal» para saludar, siempre pongo (ponía) la radio cuando conduzco, etc.

Bien pensado, la expresión «opción por defecto» está muy bien traída, porque incluye  «defecto» junto a la «opción». Eso nos sirve de recordatorio de que hay que estar prevenido contra las opciones habituales. En lo que respecta al progreso personal y colectivo, son necesarias, pero no suficientes, por usar una analogía de la lógica matemática.

Ya hemos argumentado acerca de la mentalidad experimental y el sentido del ridículo; en esta ocasión hay que argumentar a favor de los pequeños cambios por los pequeños cambios. Cambiar por cambiar. Para ver qué pasa. Para ver si hay alguna sorpresa que violenta nuestras expectativas. Podemos empezar a usar Linux, o pasarnos a Google Chrome (cosa que he hecho hace menos de un mes después de estar toda la vida con el Internet Explorer), cepillarnos los dientes con la mano derecha, o decir, «Qué tal, hola», o irnos a otro país durante un mes y buscar trabajo y quizá encontrarlo (acabo de volver de Perú, donde he estado 6 semanas  trabajando).

Imaginemos que somos químicos –químicos un poco locos– que estamos en un laboratorio con montones de sustancias conocidas y desconocidas y que las podemos combinar a nuestro antojo: algunas veces no pasará nada; otras veces la mezcla nos explotará en la nariz y saldremos chamuscados; y otras, quizá, descubramos una nueva mezcla que mejore un poco nuestra vida, o al menos la haga más variada o más divertida.

A propósito, desde hace 3 años nunca he corrido por exactamente el mismo circuito.

(Artículo inspirado por mi colega Mínimo [es decir, se lo he robado])