El día en que apareció en la puerta del colegio, su propietario adquirió un prestigio superior al del resto de los padres. A muchos les pareció una salida de tono o un gesto extravagante, pero a otros les pareció una señal de riqueza y distinción. Estos últimos con el tiempo empezaron a pensar en comprar su 4×4, aunque no fuera probable que tuvieran que conducir por terrenos pantanosos.
Al cabo de unos meses había varios 4×4 en las inmediaciones del colegio, y algunos se sintieron amenazados por semejantes mastodontes, que si chocaban con sus más débiles coches seguramente no sufrirían más que un rasguño, mientras que ellos y sus hijos saldrían malparados.
A su vez, la menor visibilidad de los todoterreno sobre las alturas más bajas (en la que se mueven los niños pequeños) ya estaba perjudicando a todos, tanto a los niños de padres con 4×4 como a los niños de padres sin él.
Algunos progenitores, aunque no sentían ninguna simpatía por ese tipo de coches, empezaron a pensar también en comprar su tanque sobre ruedas y equilibrar la pérdida de seguridad (y quizá de estatus) que les habían infligido los propietarios de los todoterreno.
Un par de años después, gran parte de los padres acuden a recoger a sus niños al colegio en sus monstruos derrochadores de gasolina, sin que tengan ya por ello mayor estatus y sin que su seguridad haya mejorado. Eso sí, se han gastado entre cuarenta y cincuenta mil euros en el último modelo, dinero que no tendrán disponible para otros usos.
