Viva la evolución

Viva la evolución

Los mejores planes de ratones y hombres
a menudo se frustran
y no nos dejan más que sufrimiento y dolor
por el gozo prometido.

–Robert Burns. Poeta escocés.

En materia de organización social y personal seguimos siendo pre-darwinianos. Creemos que una clara intención, formalizada en objetivos y ejecutada de acuerdo a un plan central –personal o del estado– puede procurar los resultados apetecidos.

En teoría, esta idea ya hace mucho tiempo que está refutada y rechazada (no  en la práctica política y en el imaginario popular).  En la forma en que manejamos nuestros asuntos personales definitivamente sigue teniendo vigencia. No tenemos planes quinquenales y quizá tampoco planes anuales, pero sí que tenemos resoluciones de nuevo año y rígidas programaciones de lo que queremos conseguir y cómo conseguirlo.

Como todos sabemos, estas programaciones y planes personales suelen quedar en agua de borrajas debido a  los acontecimientos inesperados, el cambio en nuestras metas y nuestra ineptitud para seguir los planes marcados.

En el futuro, el afán de planificar la vida quizá nos resulte tan extraño o folclórico como ahora nos resulta la danza de la lluvia, las sangrías medievales para curar enfermedades o la teoría del diseño inteligente para explicar la evolución de las especies.

–Homo Minimus

La realidad económica cada día más cambiante, las nuevas formas de trabajo y el universo de oportunidades que significa la era de Internet conspiran contra las formas tradicionales de organizar la existencia.

Para adaptarnos a las nuevas condiciones, hemos de renunciar al paradigma de la planificación central y sustituirlo por el paradigma evolutivo aplicado al cambio personal y social: cambio y evolución, pero sin diseño consciente y dirección central. Pequeños planes contingentes, pero sin un plan maestro que los englobe. Muchísimos experimentos y selección de los pocos que resulten exitosos o nos lleven en la dirección apetecida.

Centrándonos en el cambio personal, hemos de abrazar una concepción de la acción mucho más adaptativa, oportunista y orgánica. Esto significa:

  • En vez de un rígido plan central personal hemos de tener orientaciones o direcciones generales. Los planes y las estrategias más adecuadas emergen de un montón de experiencias, experimentos y acciones dispersas; difícilmente son conocidos a priori.
  • En vez de un programa definido de acciones, tendremos unas hipótesis de partida que testaremos en el día a día  y que iremos corrigiendo por el camino. Pequeños experimentos controlados de bajo coste serán la punta de lanza de nuestra mentalidad experimental.
  • La gradualidad y las acciones tentativas sustituirán a los saltos cuánticos. El principio del Kaizen, aunque poco espectacular, tendrá un lugar privilegiado en nuestra forma de actuar y mejorar.
  • Por tanto, menos revoluciones y más evoluciones.
  • En lugar de unos objetivos definidos y fijos, tendremos unos valores orientativos y unas metas flexibles –en ocasiones vagarosas–  que servirán para motivar, impulsar y evaluar el efecto de nuestras acciones. También tendremos en cuenta que hasta las metas  y nuestra jerarquía de valores pueden cambiar.
  • Abrazar  el caos, la diversidad,  lo inesperado y las oportunidades que se presentan a lo largo del camino. Una actitud abierta y receptiva hacia el cambio y el “fracaso”, porque es el material del que se nutre la creación, la creatividad y el progreso individual y social.